Viktor le mostró la caja en la que había recogió al bebé a Mila por petición de la misma.

—¿Piensas conservarla? —inquirió curiosa la chica.

—¿Por qué habría de hacer algo así? —respondió con otra interrogante el hombre—, es solo una caja, de nada me sirve.

—Viktor —amonestó Mila—, es uno de los escasos recuerdos de quién fue Yuuri, arrojarla a la basura simplemente... no me parece.

Really? —El platinado miró con fijeza la caja, no estaba precisamente vieja, pero... —supongo que está bien si la guardamos.

—Bien —aplaudió Mila—, dámela, la colocaré en algún lugar de tu armario.

Viktor se la entregó y Mila fue a hacer un espacio entre la ropa y zapatos de su futuro esposo.

Viktor se sentó al filo de la cama, muy cerca de donde Yuuri continuaba dormitando y se inclinó para ver el regordete rostro en paralelo.

—Yuuri —llamó con suavidad—, duerme, duerme, duerme niño —entonó después, acariciando la sonrosada mejilla ajena con su pulgar.

Era toda una locura y lo sabía, solo tenía veintiún años e iba a casarse en unas horas con una amiga a la que estaba seguro jamás podría amar de forma romántica, adoptaría junto a ella a un bebé que nada tenía que ver con ninguno y lo criarían juntos... Sí, una locura de proporciones mayúsculas.

Era extraño que se sintiera tan bien al respecto.

Extraño, fascinante y maravilloso.