Pidieron delivery del primer número de restaurante que encontraron en el listado del teléfono de Viktor, y el repartidor llegó exactamente veintisiete minutos más tarde, despertando a Yuuri gracias a la fuerza con la que tocó la puerta.
El chiquillo se disculpó y fue a retirarse sin propina, pero Viktor lo detuvo y le dio unos cuantos billetes extra, alegrando así la mañana del muchacho.
—¡Usted será un padre genial! —exclamó el adolescente con una sonrisa radiante y ojos igual de ilusionados, antes de partir de vuelta a hacer el resto de sus entregas.
Animado por aquellas palabras, Viktor infló el pecho, ignorando por entero el que el repartidor hubiese dado por sentado que él era el padre en lugar de un hermano genial, y le comentó de lo ocurrido a Mila.
—Espero que no estés pensando en que todo lo que Yuuri va a necesitar es dinero, Viktor —lo picó la pelirroja—, como te vea ofreciéndole billetes en lugar de salir a jugar con él, me vas a conocer enojada.
Temblando, el platinado asintió con firmeza.
Nadie quería conocer a Mila Babicheva enfadada.
Yuuri berreó y Mila mandó a Viktor a preparar la leche.
Al volver, Nikiforov suspiró ante la preciosa escena frente a sus ojos: Mila meciendo suavemente a Yuuri, que ya no lloraba pero sí balbuceaba hacia la chica de rojizas hebras, como si siguiera la nana, no la que Viktor le había enseñado, de aquel modo.
Sin poder resistirse, Viktor sacó su teléfono y se dedicó a filmar hasta que Mila lo descubrió y, riendo, le ordenó que le pasara ya el biberón.
La filmación continuó corriendo hasta que Viktor recordó que no la había detenido.
