Era el ser más adorable en toda Rusia, ¡sobre la faz de la tierra entera!

Gya... Gah... —Yuuri no entendía qué pasaba, el porqué estaba él solito apoyado contra el respaldar del sofá y el platinado, el rubio y la pelirroja lloraban mientras sostenían unos rectángulos frente a sus rostros y le pedían que mirara en sus respectivas direcciones. Tampoco entendía qué era esa leve presión que sentía en la cabeza. O qué era esa cosa que estaba sobre el sofá junto a él, mucho más pequeña y casi tan larga como su pierna.

Yuuri entreabrió la boca, estirando los bracitos hacia Mila, porque ella estaba en el medio y más cerca de él.

—¡Me quiere! —Lloriqueó Mila, sorbiendo por la nariz—, ¡me quiere más que a ti, Viktor!

—¡Eso jamás! —negó Nikiforov, dejando de filmar y limpiando las lágrimas lo mejor que pudo con su puño—, Yuuri, ven con papá...

—¡No te muevas! —gritaron Mila y Chris al mismo tiempo, erizando a Viktor—, ¡siéntate y espera a que nosotros también terminemos!

—Pero- —empezó Viktor.

—Sin peros —gruñó Mila.

Yuuri chilló ante el sonido.

—A nuestro hijo no le gusta que mamá le gruña a papi —se burló Nikiforov.

Yuuri chilló de nuevo.

—A nuestro hijo no le gusta que papá se llame a sí mismo papi —contraatacó Babicheva.

Yuuri chilló por tercera vez.

—A su hijo ya le aburrió estar en esa posición —concluyó Giacometti y se acercó a cargar a Yuuri.