Mila le sonrió al bebé, que no despegaba su oscura mirada del rostro de la chica, concentrado en los ojos claros de la misma.

—Eso es —dictó la pelirroja, terminando de desvestir al bebé y recostándolo en medio de la amplia cama de su pronto esposo—, no tengo ni idea de cómo se cambia un pañal, Yuuri, así que ayúdame con esto, ¿de acuerdo? No te muevas...

Asomándose por un lado de la puerta, Viktor y Chris no fueron capaces de ver más que la pequeña espalda de Mila y suspiraron, decepcionados.

—¿No vas a probarte el anillo? —preguntó Christophe a su mejor amigo, en voz baja para que Mila no escuchara—, te quedaste tan prendido con la ropa para Yuuri que ni ojeaste la joyería.

—Confío en tus gustos —sonrió divertido el platinado, pero aceptó querer ver los aros, siguiendo a su mejor amigo de regreso a la sala.

—¡Éxito! —escucharon a Mila proclamar, de camino, y luego la risa contagiosa de Yuuri bebé—. ¡Viktor, Chris, acabo de cambiar el pañal de Yuuri por primera vez!, ¡y me salió muy bien!

—¡Felicidades, Mila! —exclamó entre risas Viktor, quien asentía en señal de aprobación hacia el par de anillos que Christophe le mostraba—, tómale una foto a nuestro hijo para conmemorar el momento.

—¡Ya le tomé una docena! —chilló la pelirroja—, ¡él está sonriendo!

A Viktor le alegraba inmensamente lo feliz que su amiga se oía, lo feliz que Yuuri la hacía.

—Dame tu mano —Chris chasqueó los dedos frente al rostro del mayor—, quiero asegurarme de que te queda.

Extendiendo la mano derecha hacia Giacometti, Viktor ya sabía que le quedaría perfecto.