Viktor admiró el rostro durmiente del bebé y suspiró, contemplando también cómo se aferraba a la tela celeste que Mila le había entregado al volver del cuarto de lavado.

—¿Viktor? —Mila lo llamó y dos tipos de azul se encontraron al segundo siguiente—, llevas allí sin moverte casi quince minutos, empiezas a asustarme.

—Perdona —le sonrió con culpa el platinado—, Yuuri es tan lindo que solo olvido todo lo demás.

—Pues si tú piensas así, solo es cuestión de tiempo para que tenga pretendientes por montones.

—Woah, alto ahí, compañera— Viktor la miró con horror—, es solo un bebé, falta mucho para que siquiera le interesen las personas de otro modo que no sea para que lo alimenten y entretengan.

Mila encogió los hombros.

—Mi madre siempre dice que crecí mucho más rápido de lo que ella habría deseado —acercándose, se detuvo junto a Viktor y tocó los cabellos del bebé—, aunque ella lo dice porque retomó sus viajes junto a papá tan pronto empecé a comer alimentos sólidos..., me veo diciéndole exactamente lo mismo a Yuuri en cuestión de nada.

—Noooo —berreó Viktor, como un niño pequeño y bajó la voz al ver una arruga aparecer en el pacífico rostro del bebé—, ni siquiera les he dicho nada a mis padres aún, ni tú tampoco —resopló—, me niego a dejar que me metas ideas a la cabeza sobre nuestro pequeño dejando el nido ahora.

—Yo no dije nada de independizarse, Viktor —rio Mila—, tú sí que acabas de proyectarte.

—Viktor —Mila y el aludido voltearon a ver a Christophe, que lucía preocupado—, tenemos un imprevisto.

—¿Qué sucede? —preguntó el mayor, poniéndose de pie.

Chris le arrojó su teléfono a Nikiforov.

—Están trayendo a tu perro de regreso ahora mismo.