Tenía que ser un error.
—Lee el mensaje que te mandaron —indicó Giacometti—, a los dueños del spa les surgió no sé qué problema y están devolviendo las mascotas y el dinero a los dueños.
—Lo llevaré a mi apartamento —Babicheva intercedió—, a Yuuri, quiero decir, no puede quedarse aquí si Makkachin también está.
—¿Discúlpame? —Viktor miró a la pelirroja ofendido—, por supuesto que Yuuri puede estar aquí con Makkachin rondando, convivirá con él, después de todo.
—Cierto —concedió la fémina—, sin embargo ahora mismo Yuuri es muy pequeño y Makkachin no lo conoce de nada, ¿qué tal que...?
—Oh, no te atrevas a insinuar ni por un momento que mi Makka podría hacerle daño a Yuuri, Mila, no te lo perdonaré si lo haces.
Mila suspiró.
—Viktor, escúchame...
—No lo haré si piensas incluso sugerir algo así —frunciendo el ceño, Viktor desbloqueó su teléfono y llamó al número de la veterinaria, una voz que no le sonaba de nada le contestó y el platinado se alejó hacia la sala para poder hablar tranquilo.
—Mala idea meterse con su caniche —comentó Chris.
—Me preocupo por la seguridad de mi hijo —objetó la chica—, no me siento culpable.
Rubio y pelirroja rompieron el contacto visual cuando Yuuri empezó a llorar, sin saber en qué momento había despertado.
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Tocaron la puerta y Viktor abrió, su fiel mascota ingresando y saludándolo agitando la peluda cola con excitación y los oscuros ojos brillando, además de la lengua afuera.
—Bienvenido, Makkachin —Viktor se acuclilló, abrazando al can como recibimiento y riendo cuando el mismo empezó a lamerle la mejilla.
—Uh... —la mirada color cielo despejado se elevó, encontrándose a una jovencita de no más de dieciséis años con billetes en mano y una profunda expresión de consternación en el rostro—, l-lamentamos tanto esto, señor...
—Ya creo que lo hacen —indicó Viktor, poniéndose de pie y adelantándose para recibir el dinero, dejando un solo billete en manos de la chica, que lo observó sin comprender—, pero no es culpa tuya y lo trajiste sano y salvo —sonrió—, esa es mi muestra de agradecimiento.
La chica balbuceó y negó con la cabeza.
—Ah... No... No, se-señor, no puedo...
—Insisto —alegó Viktor, tomando el pomo para cerrar la puerta—, hasta luego.
Y la cerró, dejando a la muchacha aún aturdida con dinero que no sentía que se merecía.
Makkachin echó a correr hacia la habitación de Viktor, con el platinado yendo detrás y Chris y Mila se dedicaron a mirar el accionar del can color canela, que olfateaba el aire y el piso, por turnos, ni siquiera habiendo saludado al mejor amigo de su dueño, como hacía siempre.
El perro se detuvo frente al closet de su amo, resopló y rascó la madera de la puerta corrediza cerrada con ambas patas.
Extrañados, sobre todo Viktor por el extraño actuar del can, los tres se acercaron y Viktor corrió un poco la puerta, abriéndola apenas. Eso le bastó a Makkachin para agrandar más el espacio y enterrar el hocico hasta encontrar lo que buscaba y sacarlo a base de tirones. Cuál no fue la sorpresa del trío de amigos al ver la caja de cartón siendo sujetada por los dientes del caniche, que meneaba la cola, orgulloso de su descubrimiento.
Mila miró duramente a Viktor, que la miró de regreso, pasmado y Chris los miró a los dos. Cuando volvieron a centrarse en el perro, ya no estaban ni él ni la caja.
Entonces, escucharon un chillido de Yuuri.
