Al primero al que le respondieron fue a Viktor, el platinado saludando efusivo al que durante años había sido su tutor privado y a quien quería como a un segundo padre.
—¿En qué problema te metiste ahora, Vitya? —riendo brevemente ante aquel apodo que Feltsman siempre había usado con él, Nikiforov aclaró su garganta.
—Me hieres, Yakov —fingió mal un tono lastimero—, yo que te llamaba para invitarte a mi boda...
—¿¡QUÉ!? —Yuuri dejó de reír ante la exclamación, del mismo modo en que Makkachin dejó de olfatearlo, los dos pares de ojos oscuros centrándose en el dueño de las plateadas hebras—, ¡VIKTOR NIKIFOROV, TÚ...!
—¡Estás encantado con la buena nueva, lo sé! —se apresuró en cortar al mayor—, ¡te mandaré un mensaje con la dirección y la hora, no olvides llevar a Lilia también! ¡Ustedes dos serán nuestros testigos, gracias! —sin perder más tiempo, colgó y se dedicó a recuperar el aire perdido, sonriendo como todo un ganador.
Girando para mirar a Mila, notó que la pelirroja miraba con disgusto hacia la pantalla de su teléfono celular.
—De viaje, ¿eh? —supuso.
—De nuevo —resopló la chica, mostrándole el teléfono con el breve mensaje escrito en un grupo de whatsapp exclusivo de la familia Babichev.
~•~
Mamá, papá, tengo algo qué contarles.
Estamos en un avión ahora mismo, cariño, de camino a Alemania.
~•~
—Les aviso que debo contarles algo y apenas me informan de su nuevo viaje —Mila rodó los ojos—, ¿debería decirles o esperar a que regresen para informales de frente?
—¿Cuándo volverán?
—Un mes a mes y medio aproximadamente.
—Diles ya —enarcó las cejas Viktor—, ahora mismo.
La pelirroja asintió y empezó a teclear.
—No, Georgi —La voz de su mejor amigo incentivó a Viktor a acercarse al mismo, que hablaba con el que sería el testigo de Mila número dos—, no tienes que venir aquí... con que te presentes a tiempo en... No, no te estamos dejando de lado...
—Deja que venga —comandó Viktor en voz baja, ganándose una expresión de confusión del rubio—, alguien debe maquillar a Mila, ¿quién mejor que Georgi Popovich para la tarea? ¡Que venga!
Suspirando, Chris asintió.
—Pensándolo mejor, Georgi, sí sería bueno que te pasaras por aquí.
