Cómodo sobre el regazo del recién llegado, Yuuri se dedicaba a mirar de derecha a izquierda, hacia platinado y rubio.

—De acuerdo —pronunció Georgi, lentamente—, recapitulemos—, miró en dirección de Viktor—, ayer, mientras volvías a casa, te encontraste a un bebé dentro de una caja en un callejón y lo trajiste a casa —el platinado asintió—, dentro de esa caja habían un par de pertenencias —desvió la mirada hacia el pequeño llavero, hecho a mano, que Christophe sostenía—, además de dos cartas... La primera en donde pide que cuiden a este bebé...

—Yuuri —aportó Nikiforov.

—Que cuiden a Yuuri como si fuese de tu sangre —se corrigió Popovich—, y... ¿tú solo lo has acatado?

—Básicamente —corroboró el platinado.

El pelinegro de mayor edad miró al que se encontraba sobre sus piernas.

Goa —balbuceó Yuuri.

Georgi desvió de inmediato la cabeza de regreso a su amigo de ojos azules.

—¿Y qué con Mila?

—Le pedí que se casara conmigo para que podamos adoptar a Yuuri —sonrió Viktor—, ella es la única mujer, además de mi madre, en la que confió lo suficientemente. Además de que siempre ha sido muy buena manteniéndome a raya y, siendo sincero —miró hacia los oscuros ojitos de su bebé—, voy a tener problemas para negarle nada a mi cerdito...

Obviando el tierno apodo, Georgi aclaró su garganta.

—¿Y tus padres qué han dicho al respecto?, ¿los de ella?

—Mis padres nos desean lo mejor —Viktor pegó un chillido al oír la voz de Mila a su espalda, abriendo grande los ojos tras voltear a verla, apartándose—, y él aún no les dice nada a los suyos.

La pelirroja enarcó una ceja al no obtener respuesta inmediata y, riendo, extendió los brazos a los costados, de un modo mucho más elegante del que lo había hecho su futuro esposo.

—¿Ese silencio es porque me veo bien?

—Más que bien —asintió Viktor.

—Gracias, cariño —sonrió animada la chica—, tú también luces muy apuesto.

Nikiforov le guiñó un ojo mientras Giacometti silbaba por lo bajo y Georgi volvía a romper en llanto.

Yuuri pasó a brazos de Babicheva segundos más tarde.