A solo treinta minutos de partir, Viktor por fin se decidió a llamar a sus padres, luego de haber constatado que Yakov había recibido las indicaciones y que asistiría, incluso cuando lo tendría encima suyo por días o semanas recordándole lo torpe que había sido por casarse tan joven.

Fue su padre quien le respondió, Viktor sintiendo la sonrisa a través del saludo que le dio y correspondiéndole de igual modo.

Charlaron unos minutos de asuntos banales relacionados a las empresas y se rieron por nada, hasta que el menor de los Nikiforov recordó el motivo de su llamada y lo soltó de golpe.

—Papá, me caso en menos de media hora.

El silencio fue la respuesta y la voz de su madre lo que oyó después.

¿Es una broma, cariño?

—No, no es ninguna broma.

Silencio.

¿La conocemos?

—Sí.

—¿La dejaste embarazada?

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí, mamá, no está embarazada —miró de pies a cabeza a Mila—, ni un poco.

¿Estás seguro? —su padre otra vez al teléfono.

Viktor suspiró. Allí empezaban las diez preguntas.

—Sí, papá, lo estoy.

¿Muy seguro?

Mientras Mila degustaba dos caramelos de mora al mismo tiempo, intercalando su mirada entre su pronto esposo, su del mismo modo casi hijo que era entretenido por Christophe, Georgi y Makkachin y su teléfono celular, Viktor repetía que estaba convencido una y otra vez.

La pelirroja contó diez antes de que Viktor pronunciara su nombre.

¿Mila Babicheva? —escucharon todos la voz de los padres de Viktor, el platinado habiendo puesto el altavoz.

—Yo, señor y señora Nikiforov —respondió Mila.

¡Estupendo! —soltaron a la vez de nuevo el matrimonio—, ¡Mila es una buena chica!

Riendo, la aludida agitó una mano, sonrojándose levemente.

—¡También estoy aquí, mamá y papá! —declaró Chris, risueño—, ¡Georgi igual!

¡Christophe! —la madre de Viktor sonó encantada—, ¿Georgi también? Me sorprende de él.

—Fui el último en enterarme, señora —comentó el pelinegro—, pero también estoy aquí.

Yuuri, que había estado concentrado en el pedazo de manta celeste entre sus manos, alzó la cabeza y chilló, alarmándolos a todos.

¿Qué ha sido eso? —preguntó el padre de Viktor.

Sonó como a...

¡El tiempo corre, mamá, papá! —Viktor se apresuró en despedirse—, los llamaré más tarde, ¡los amo!

¡Vikto, es—Yuuri soltó otro chillido y el que sería su padre colgó sin más.

Recibiendo todas las miradas, Yuuri sonrió y agitó la tela que empuñaba en su manita.

¡Gya! —se carcajeó—, ¡gua hyah!

Les encantará —aseguró Viktor con el doble de confianza—, estoy convencido de que lo hará.

—Bueno, mis padres no tardarán más de un par de horas en llegar a Alemania... Los llamaré mañana, quizá.

—Fantástico —Chris se dejó oír—, ¿qué les parece si salimos ya?

—Buena idea —dijeron Viktor, Georgi y Mila al mismo tiempo.

¡Ea! —gorgoteó Yuuri. Y Makkachin ladró.