Yakov fulminó a Viktor con la mirada tan pronto como lo vio llegar, acercándose a paso severo.

—¡Me alegra mucho que decidieran venir! —Por supuesto, Viktor ignoró completamente la desaprobación en el semblante del que fuese su tutor privado en antaño y lo abrazó con la típica efusión que lo caracterizaba—, ¡sobre todo tú, Lilia!

La mujer, esposa de Yakov y cuyo apellido de soltera era Barabnoskaya, ignoró las palabras del platinado, centrándose en la única mujer del grupo de jóvenes.

—Párate derecha —le ordenó a la pelirroja—, Mila Babicheva, ¿no es así?

—¡Sí, señora! —corroboró Mila, quieta como una estatua.

Lilia la repasó de pies a cabeza y de cabeza a los pies, rodeándola con ojo crítico. Se detuvo tras un exhaustivo examen y miró a su esposo y a Viktor.

—Su porte no es absolutamente desastroso, y la vestimenta es adecuada— Viktor sonrió—, puedes casarte con ella.

Pese a que Viktor se lanzó a rodear a la mujer con sus brazos del mismo modo en que había hecho con el marido de la misma, Mila continuó sintiéndose ofendida.

—Oigan, chicos... —Christophe se quedó muy quieto ante la mirada verdosa y fija de Lilia.

—Por favor, digan–— del mismo modo en que Georgi, que entraba al final y con Yuuri en los brazos, hizo.

La atención del matrimonio se centró de inmediato en el bebé entre los brazos del pelinegro de ojos azules.

Yuuri, extrañado por la falta de movimiento, ladeó la cabeza hacia la mujer de rostro alargado y ojos claros que se posicionó frente a él.

—¿Quién es este niño? —inquirió Lilia.

A su lado, Yakov miró con el ceño fruncido hacia su ahijado.

Viktor abrió la boca para responder.

¡Usha! —mas fue Yuuri el que habló primero, parpadeando y extendiendo los brazos hacia Lilia—, ¡sha! ¡Ihya! —y mostrando su sonrisa desdentada.

Barabnoskaya se paró muy correcta y extendió del mismo modo sus brazos hacia el bebé.

—Dámelo —comandó a Popovich, que acató la orden sin dudar.

En brazos de Lilia, Yuuri rio más fuerte y miró al resto de presentes.

—Vitya —pronunció Feltsman, hacia Nikiforov.

—Se nos hace tarde —saltó a decir Giacometti, mirando la hora en su celular—, ¡vamos, vamos, vamos!

Al Lilia no oponer queja alguna, Yakov le siguió la corriente, mirando cada tanto de reojo al crío en brazos de su mujer lo poco que duró la ceremonia.