Chocolate
Disclaimer: Junjou Romantica es completamente de Shungiku Nakamura.
—Junjou Terrorista—
Soltó un suspiro, ¿Acaso había hecho algo realmente malo en la otra vida para tal castigo? Pero, ¿Realmente malo? Porque sin lugar a dudas tener que preguntarle a Risako, su hermana, la exmujer de su novio el cómo preparar unos malditos chocolates, a vista de Takatsuki Shinobu no era para nada lindo. Cerró por un segundo sus ojos, tranquilizándose, esto era verdaderamente importante – por lo menos para él – y aunque el preguntarle sobre el cómo hacer esos dulces le incomodaba de sobre manera no le quedaba de otra ya que su madre se había ido de viaje de negocios por un mes.
Desvió la mirada, la castaña se encontraba dándole la espalda mientras tomaba un poco de agua. Bufo. ¡¿Por qué diantres se debía de preocupar por cosas como esas cuando Miyagi no lo hacía?! ¡Mou, jodidos sentimientos!
—¿Shinobu? —llamó la oji-azul al notar el actuar de su hermano.
¿Por qué estaba sonrojado?
El susodicho fijo su mirada sorprendida hacia su hermana mayor, la cual le veía extrañada – que ya era mucho decir teniendo en cuenta lo muy expresiva que era – al tiempo que sentía sus mejillas arder, trago con dificultad, ¿Se había sonrojado? ¡¿Y sólo por pensar en el pelinegro?!
—¿Sucede algo? —cuestiono la mujer al mirar fijamente a su pequeño hermanito.
—Me gustaría que no. —pensó un resignado rubio. —Risako…Er….te quería preguntar algo. —dijo con seriedad, aunque ese sonrojo lo dejaba ver adorable.
—¿Sobre qué? —dijo con tranquilidad la mayor al tomar otro trago del trasparente líquido.
—Es sobre…—comenzó a explicar.
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El buen profesor de Literatura de la Universidad M, Miyagi You, se encontraba leyendo intranquilamente el periódico, tal vez fuera por la amenaza de muerte que recibió de parte de Kamijou que prácticamente consistía en desollarlo vivo si volvía a desordenar su oficina compartida, o tal vez por los exámenes y las deprimes notas de sus estudiantes – exceptuando a uno que otro – aunque su buen sentido común apuntaba a otra cosa, y claramente esta vez no era que nuevamente comería repollo quemado, ¡Oh claro que no! Más bien era su cocinero, que por alguna razón, según había notado desde que había regresado a su departamento al salir del trabajo, se encontraba enojado, malhumorado, y esas numerables venas en su sien, junto con la penumbra que lo rodeaba no dejaba lugar a dudas, ni la más mínima.
—¿Le habrá pasado algo malo? —pensó el pelinegro al mirar disimuladamente al menor.
Siguió cortando el repollo con la misma rapidez y fuerza – pero con el debido cuidado – con la que lo venía haciendo desde que había llegado de su casa al departamento del mayor. Bufo molesto. ¡Qué idiota había sido! Fue demasiado el creer que su hermana le enseñaría a preparar unos míseros chocolates caseros, ¡Hasta había dejado de lado su orgullo – y celos – para preguntarle aquello!
"—Lo siento, Shinobu, pero no sé cómo se hacen, nunca tuve que hacerlos, cada vez que los debía regalar, los compraba ya hechos. —"
Recordaba que la oji-azul le había dicho, con cierto deje de pena, tal vez por no poder ayudarle o simplemente por haber tenido que rebelar su secretillo a su pequeño hermano menor, suspiró, mirando con un tic nervioso su requemado frito de repollo.
Otra vez debería recurrir a los libros de cocina.
—¡Miyagi, ya está la cena! —exclamo el rubio al terminar de poner la mesa y servir la comida.
—Vamos amigo tu puedes. —animo mentalmente el profesor a su pobre estómago, pero en cuanto vio el aura maligna que salía de su riquísima comida sus animos cayeron estrepitosamente hacía el piso. —¡Oh mi pobre estómago! —pensó You Miyagi mientras sonreía con nerviosismo a su amante.
—¡Gracias por la comida! —exclamaron al unísono tanto el mayor como el menor.
Y los rumores dicen que por largo periodo de días el profesor de literatura Miyagi falto a la universidad.
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Con la irritabilidad pintada en el rostro el Takatsuki cerró el libro que tenía entre las manos. Se encontraba en la biblioteca releyendo por, posiblemente, decima quinta vez la receta para hacer los endemoniados chocolates, con una palpitante venita sobresaltando en su frente leyó uno por uno los ingredientes, tratando de encontrar la paciencia que ya no tenía, ¡¿Cómo demonios algo que parecía tan fácil de hacer podía ser peor que preparar un poco de Sukiyaki?!
—¿Sólo por un pequeño error? —pensó alterado el blanquecino.
Él y sus malditas ganas de darle un regalo hecho por él al pelinegro, sería más fácil hacerle una nueva y perfecta taza de café con arcilla, rechinó sus dientes, y pensar que creyó que al estar en un lugar más tranquilo, sin intentar hacer los famosos dulces, no tendría más problemas, y finalmente aprendería bien la bendita receta, bufó, a veces era bastante crédulo. Acomodó sus brazos sobre la mesa donde se encontraban todos los libros de cocina que esa tarde había leído, para luego apoyar su cabeza sobre ellos, usándolos como una almohada improvisada, echó un pesado suspiro, se encontraba cansado, sus parpados le pesaban, y lentamente los fue cerrando, ¿Dormir un poco no le vendría a mal, no? Aunque fuesen por unos pocos minutos, y lo último que pudo escuchar fue como alguien lo llamaba, alguien que reconoció aun dentro de su inconsciencia.
—¿Shinobu? —cuestiono un sorprendido oji-azul oscuro.
Parpadeo varias veces, mirando cada pequeño, minúsculo detalle del rostro del rubiecito, sin dudas se trataba del pequeño terrorista, ¿Qué hacía en la biblioteca a esas horas? Se cuestionó extrañado, era raro – por lo menos para él – ver al niñito en ese "templo de la sabiduría" ya que pocas y contadas eran las veces que se encontraba con él en ese lugar. Miró con curiosidad las montañas de libros que estaban sobre la mesa que usaba el menor, leyó el título de dos o tres para después mirar al bello durmiente que seguía de lo más tranquilo durmiendo como si nada.
—Todos son de cocina. —dijo en un susurro.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, después de todo tenía que reconocer el esfuerzo del chico de orbes azules. Se rasco la cabeza, suspirando antes de negar con la cabeza, y con rapidez junto los libros que se encontraban sobre la mesa para llevarlos y regresarlos a su lugar, y cuando finalmente terminó con su tarea, volvió al lado del universitario, tomando sus cosas mientras cargaba al menor en su espalda, saliendo de la biblioteca para ir al estacionamiento, entrando a su auto, acomodando a Shinobu en el asiento trasero del auto – para poner bien el seguro de ambas puertas – para luego subirse en el auto, poniendo en marcha el vehículo para irse a su departamento.
Y pensar que había ido a buscar material nuevo para su próxima clase…
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En esos momentos sin lugar a dudas el rostro de Takatsuki Shinobu era el concepto grafico de cómo deberían ser todas las determinaciones del carmín, y el recordar que hace un par de días atrás cierto profesor lo había encontrado, dormido, en la biblioteca aunque eso no era la gran cosa ya que, por el momento, lo único que le interesaba al joven rubio era que el pelinegro no se hubiese dado cuenta de lo que estaba leyendo, ¿Había cerrado el libro donde se encontraba la receta para hacer los chocolates? No lo recordaba.
Suspiró, bueno mejor seguía con su intento de chocolate, y mientras el chico de orbes azules seguía batiendo el espeso líquido oscuro, se podía ver a su alrededor – y seguramente por toda la cocina – chocolates con auras malignas saliendo de ellos, algunos rotos por la mitad, otros crudos, y otros que, parecían cualquier cosa nunca antes vista, pero no chocolate. Bufó con molestia, nuevamente se comenzaba a impacientarse, respiró profundamente, calmándose, ya había aprendido a las malas – y su ropa, delantal, rostro y manos llenas del empalagoso dulce eran prueba de ello – que debía ser paciente, volvió a suspirar, sin parar de hacer todo lo que debía para hacer un dulce y para nada siniestro chocolate, leyendo y siguiendo la receta al pie de la letra – de la manera más posible – a la vez que controlaba la hora, lo bueno de no vivir con el mayor era que él no sabía bien sus horarios y podía aprovechar el departamento de Miyagi de la forma más conveniente. Sonriendo, dejó la bandeja llena de chocolate donde debía y mientras esperaba que estuviera listo, se puso a limpiar la cocina y todo lo que utilizó para hacer su – aún incierto – dulce. Se rascó una de sus mejillas con el dedo índice mientras miraba los chocolates – si es que los podía llamar así – frente a él, ¿Qué podía hacer con ellos? No los tiraría, aunque le fuera lo inteligente, ya que aún recordaba la rabieta que aquel chico castaño de segundo año le había hecho por "derrochar la comida de esa manera", y en ese momento una idea paso por su mente, bueno, ¿Podría mandárselos secretamente a esas arpías que intentaban poner sus garras sobre su Miyagi, no?
Se fijó en la hora, y con la intranquilidad pintada en sus lindos ojos el menor de los Takatsuki trajo la bandeja de chocolate ya hecho, probó un pedazo, no sabía tan mal y su apariencia era normal, una simple barra de chocolate de forma rectangular rellena de dulce de leche, finalmente esas dos semanas de trabajo daban sus frutos, feliz y satisfecho con su trabajo guardo el gran dulce en una caja de su tamaño, forrada de rojo y que en la tapa tenía un lindo moño. Suspiro con cierto alivio, aunque aún faltaba que el pelinegro lo pruebe y le dijese que le parecía, y como lo venía haciendo desde que llego volvió a fijarse la hora, sorprendiéndose un poco al notar que aún tenía tiempo de sobra, como para bañarse – y quitar ese empalagoso y fuerte aroma dulce que se le había impregnado – y dormir un poco antes de que el mayor llegara del trabajo.
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Soltando un cansado suspiro, entró a su departamento, extrañándose al notar un par de zapatos en el genkan, cerrando la puerta detrás de él dejo sus zapatos al lado de los del "intruso", yendo hacia la sala de estar, encontrando la televisión encendida, y en cuanto vio el programa que pasaba en ese momento tuvo una idea de quién era el "maleante". Escucho un ruido provenir de la cocina e inmediatamente fue a ver que sucedía, y en cuanto vio una cabecita rubia no tuvo más dudas.
—¿Shinobu? — llamo el hombre de orbes azules oscuros al estar recostado contra el marco de la puerta.
El susodicho dio media vuelta en su lugar, quedando cara a cara con el mayor, sorprendido, ¿En qué momento había llegado?
—Miyagi…—dijo el universitario en un susurro, bastante audible.
Y ese preciso momento fue aprovechado por el moreno para escanear con la mirada de arriba abajo al menor, notando que en vez de estar vestido con su uniforme como siempre en esta ocasión el rubiecito estaba vestido con una remera mangas cortas que tenía el dibujo de un gran patito de hule ceñudo en el frente y unos pantalones ajustados, con sus cabellos rubios húmedos y posiblemente descalzo, y cuando finalmente termino con su análisis sobre el pequeño terrorista paseo por su mirada por toda la cocina, encontrándola completamente limpia, reluciente y fue allí cuando se percató de la existencia de esa caja rectangular que estaba sobre la mesa de la cocina.
—¿Admiradora nueva? —pregunto el pelinegro en son de broma, dejando pasar por desapercibidos sus crecientes celos al tiempo que se acercaba a la mesa, tomando la rectangular caja entre sus grandes manos.
—N…No. —dijo con nerviosismo el blanquecino, imitando la acción del oji-azul oscuro, caminando alrededor de la mesa, quedando de pie frente al mayor. —L…Lo hice para ti. —confeso al desviar la mirada y tener un lindo sonrojo adornado sus mejillas.
Mientras que a cada segundo el sonrojo del universitario aumentaba, el profesor quedo estático en su lugar, atónito, bien, esa confesión no se la había esperado, negó varias veces con la cabeza, saliendo de su trance y comenzando a abrir la caja.
—¡Para que lo sepas sólo lo hice porque se me dio la gana…!—anunció mientras observaba como el pelinegro cortaba un pedazo del dulce y lo probaba. —¿Le habrá gustado? —pensó un ansioso Shinobu.
¿Por qué se le había ocurrido preparar algo que nunca había hecho?
—Delicioso. —dijo en un susurro el profesor al terminar de saborear el dulce.
El "chef" parpadeo incrédulo. —¿De verdad? ¿Te gusto? —inquirió con un brillo en sus ojos, pero inmediatamente agregó. —¡I-Idiota, no lo digas sólo para hacerme sentir bien! —finalizo completamente rojo.
Miyagi sonrió, aprisionando al pequeño niño contra la mesa y su cuerpo, dejando la caja con el chocolate sobre la misma, mientras abrazaba por la cintura al rubio y con su otra mano le acariciaba la mejilla.
—De verdad, me gustó mucho. —dijo en un susurro lo suficientemente audible, acortando la distancia cada vez más. —Gracias. —y lo besó, fue un beso dulce y lento.
Después de unos minutos ambos amantes tuvieron que separarse por falta de oxígeno, pero no separaron sus rostros ni un poco, y fue así que el mayor notó ese aroma dulce que se encontraba impregnado en el rostro del menor, no era muy fuerte, era suave, casi invisible pero era lo suficiente notable gracias a la falta de distancia.
—Chocolate. —pensó el pelinegro mientras iba bajando del rostro de su pequeño hacía su cuello, sorprendiéndose al notar que en ese sector también había rastros del rico aroma.
Y al tiempo que el profesor seguía oliendo, lamiendo, mordisqueando y chupando la suave piel de ese lugar, dejando una que otra marca y arrancándole pequeños gemidos a su víctima, su mano libre se metió por debajo de la remera negra que el chico de orbes azules utilizaba, acariciando cada parte de su pecho, abdomen y espalda. Lentamente la ropa comenzaba a desaparecer, y al ser la remera del rubio lo primero en la lista el mayor aprovecho para seguir con su recorrido de besos y lamidas – sentando al, ahora, sumiso universitario en la mesa – bajando del suave cuello, a la clavícula y de allí al pecho entreteniéndose en las tetillas del menor, siendo una atendida por su boca, mientras que la otra era atendida con delicadeza por la mano libre del moreno, y así continuaron, el oji-azul oscuro disfrutando del dulce aroma que salía del pequeño cuerpo bajo el suyo, y el muchacho blanquecino soltando gemidos y jadeos ante las atenciones que recibía por parte de su pareja.
De la nada se pudo escuchar como el sonido del timbre resonaba por todo el departamento, dando aviso de una posible visita y de paso, rompiendo el ambiente apasionado.
—Debo atender…—dijo un molesto Miyagi al mirar fijamente a su sonrojado amante, mientras intentaba separase.
—Déjalo. —pidió el tomate de cabellos rubios, y de un momento para otro ponía un pedazo del dulce en su boca, abrazando a su novio por el cuello y comenzando con un tímido beso.
El profesor miro sorprendido a su Shinobu, pero no tardo en corresponder el beso, convirtiéndolo en uno apasionado y así, entre beso y beso ese pedacito de chocolate desaparecía en las bocas de ambos hombres. Y así, el único testigo de lo que sucedió después fue desapareciendo lentamente, después de todo ese dulce era el culpable y por ello debía de pagar, ¿No?
Momentáneamente un pensamiento cruzó por las mentes de ambos amantes:
Tal vez sería bueno que Shinobu preparara chocolates más de seguido….
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Del otro lado de la puerta una castaña, daba media vuelta regresando por donde había venido, mientras comía una barra de chocolate, ignorando por completo lo que sucedía dentro de aquel departamento por culpa del apetitoso dulce.
Tan…tan..tan…
Colorín colorado, este cuento se ha terminado (xD?) ¡Hola, hola! ¿Cómo están gente? ¡Yo perfectamente atómica! (?) ¡Finalmente he traído el tercer y último capítulo de este pequeño fic! Aunque me salió prácticamente completamente diferente al original, omitiendo el final, estoy contenta de cómo me salió.
Hadku: ¡Lo re-escribió cinco veces! ¡Cinco malditas veces! 7w7
Es todo culpa tuya, pero bueno…¿Qué tal me quedo? ¿Bueno, malo, horroroso? ¡Espero que les haya gustado! nwn. Como siempre ya saben disculpen los horrores ortográficos, y la tardanza. ¡Estoy feliz de que este fic haya caído bien hasta ahora! Sin más que decir – mientras yo sigo peleando con Hadku xD – me despido.
YA SABEN CRITICAS, CONSEJOS, COMENTARIOS Y DEMÁS [MIENTRAS SEAN DE BUENA MANERA] BIENVENIDOS SEAN!
Nos vemos~
¡Sayonara minna-san!
