La caja fue devuelta al armario de Viktor aún cuando Yuuri protestó, quejándose con agudos chillidos y no se calmó hasta que volvió a brazos de Lilia.

Mila ya podía imaginarse a su hijo, un poco más crecido, tal vez tres o cuatro años, moviéndose con gracia al son de El lago de los cisnes o cualquier pieza clásica que a Lilia le pareciese bien.

La chica, de pronto, se detuvo a pensar realmente lo que significaba todo aquello. Acababa de casarse con un amigo al que nunca podría amar como a un hombre, solo porque el mismo se lo había pedido, para adoptar juntos (y criar, por supuesto) a un bebé que él había encontrado horas atrás. Mila pensó en que, si no hubiera invitado a Viktor a su casa a beber y, por lo tanto, si no hubieran dejado a Georgi aquella tarde, entonces en ese momento nada de eso estaría pasando. Ella no estaría de pie con una bandeja medio llena de pequeños panes dulces, usando un vestido precioso con accesorios a juego de rosa y unos tacones terriblemente cómodos; Viktor no estaría riendo (o lo más probable era que sí pero ni por asomo por una razón similar) todo vestido de negro con la larga cabellera algo desarreglada producto del abuso que había recibido junto a Chris, que usaba aquella camisa amarilla de manga larga y pantalones azul marino, además de traer puestas las lentillas incoloras para no tener que cargar con sus gafas redondas, y a Georgi, con su siempre peinado de copete impecable, una camisa blanca y pantalones celestes, sumado al accesorio de reloj plateado. Del mismo modo no tendrían a Yakov Feltsman, el reconocido socio y amigo entrañable de padre y madre de Viktor, quien además tenía entendido había formado parte fundamental de la crianza del menor de los Nikiforov, conociéndolo desde pequeño; ni a Lilia Barabnoskaya, esposa de Feltsman además de ex prima ballerina del ballet Bolshoi como ella misma había declarado (y dato del que Mila era totalmente ignorante hasta hacia escasos minutos). Y Yuuri... Mila abrió grande los ojos, fijándolos en el bebé de cabello color tinta y mirada color roble, el mismo que hacia ruiditos de contento, rodeado por el matrimonio antes mencionado y Makkachin, el caniche que no dejaba de agitar la peluda cola. Yuuri era el más importante en aquella sala; de no encontrarse allí en aquel momento quizá... quizá continuaría solo en el oscuro y sucio callejón, quizá alguna otra persona lo habría encontrado ya y tenía pensado cuidar de él, justo como Viktor, o por el contrario planeaba venderlo a alguna red de tráfico de bebés...

¡Bahba! —Mila sacudió la cabeza, regresando al presente al oír el chillido de Yuuri y, sonriente, se acercó a su hijo, ofreciendo comida al resto de invitados y a su esposo, incluso dejando a Makkachin atrapar uno de los panes tras consultarlo con Viktor.

Ya de nada servía pensar en el hubiera.

El ahora era perfecto tal cual estaba.