La tarde llegó a su fin mucho antes de que cualquiera de los amigos se diese apenas cuenta. Lleno de pereza, Christophe se puso de pie, se estiró, se despidió y prometió pasar a visitar a la feliz nueva familia en unos días, en cuanto se desocupara con los deberes de la universidad y Georgi pactó de igual modo. Se despidieron de la pareja y del ya despierto bebé y partieron cada uno a su hogar, charlando de paso hasta que sus caminos se bifurcaron y se dijeron hasta luego.

Yuuri, con renovadas energías, estaba decidido a jugar con Makkachin, terminando de aquel modo solo sobre el sofá con el perro a su lado, olfateándolo con la mejor de las disposiciones. Mientras, sus padres deliberaban en la cocina.

—¿Y qué haremos al respecto?

—¿Llevarlo a Japón en las vacaciones?

—Esa, de hecho, es una muy buena idea —observó la chica—, ¿le conseguimos un tutor que le enseñe el idioma?

—¿Por qué? —Viktor frunció el ceño—, es nuestro hijo, en Rusia hablamos ruso, no japonés.

—Es su herencia legítima, Viktor —Mila se mordió el labio inferior brevemente—, considero que deberíamos mantenerla lo más vigente posible.

El platinado chasqueó la lengua.

—Viktor —insistió Mila—, si no estuvieras de acuerdo te habrías desecho de todo rastro de su hogar, me refiero a ese llavero y a la manta.

—Eso es distinto —Viktor hizo una mueca—, es lo que sus padres le dejaron.

—Y ellos eran japoneses.

—No ambos. Si estaba aquí, es porque nació en Rusia, ¿no? Entonces es mitad ruso.

—Nada nos asegura eso, y así fuese solo el cincuenta por ciento sigue teniendo mucho peso —resopló la pelirroja—, creo firmemente que debe aprender japonés.

—Entonces quieres decirle que no somos sus verdaderos padres en cuanto aprenda a hablar, debo suponer.

—Me parece que no tardará mucho en deducirlo por su cuenta. Es demasiado listo.

—Mila —Viktor la miró con seriedad—, mi padre tiene el cabello rubio color heno y los ojos grises mientras que mi madre lo tiene castaño y sus ojos son verdes —enarcó una ceja—, me niego a decirle a mi hijo que no compartimos lazos de sangre.

—Tú eres idéntico a tu abuelo en apariencia, Viktor —Mila suspiró—, pero ninguno en tu familia ni en la mía tiene los ojos cafés... y, al menos, tampoco el cabello negro de mi lado. Hasta donde sé.

—Eso no importa —Viktor se puso de pie—, Yuuri es nuestro. Padres son quienes crían, no quienes engendran.

Mila permaneció callada, y asintió.

—Gracias —dijo Viktor.

—No saldrá de mi boca —habló Mila—, mas si Yuuri lo pregunta, no pienso mentirle.

—Lo entiendo —asintió Viktor—, no lo hará.

Él se encargaría de ello, como que se llamaba Viktor Nikiforov.