Mila no tenía clases los lunes aquel semestre, así que aprovechó para buscar una niñera que viviera cerca y pudiera hacerse cargo de Yuuri los martes, jueves y viernes por la mañana, que era cuando ni Viktor ni ella podrían estar en casa para velar por el menor.

Lo habían hablado y decidido que Mila se mudaría, dividiendo así los gastos aún cuando Viktor había dicho que él se encargaría solo. Mila jamás se permitiría ser una sanguijuela, antes muerta que mantenida. Y lo decía en todo el sentido literal. Desde los quince que trabajaba, para sus padres, pero trabajaba. Se ganaba el dinero a base de sudor. ¿Que se la iba a llevar fácil por ser la hijita de papi? ¡Já! Todo lo contrario. Mila recordaba a la perfección la malvenida su primer día laboral.

La encargada en jefe le dio las pautas a seguir y la avisó de lo estrictos que eran con sus tiempos de entrega, mirándola de arriba abajo, la mandó a empezar sin esperar un segundo más.

Si bien en aquel momento la pelirroja formaba parte del grupo selecto para la organización de eventos de caridad y fiestas de gala exclusivas, empezó desde lo más bajo, como cualquier otro, en un almacén. Cargando cajas de un lado al otro y movilizándose entre estantes y más estantes de material para los eventos, desde las planchas de plataforma básicas que se colocaban sobre las piscinas y las personas caminaran sobre ellas, hasta salvavidas con forma de piña para alguna celebración en un yate de lujo.

Se adaptó mucho más aprisa de lo cualquiera habría pensado. Hizo amigos y empezó a divertirse. Incluso llegó a pasar horas extra sin remuneración por la simple tranquilidad que aquel lugar le otorgaba. Y de un momento al otro la arrancaban de su zona de confort con un ascenso que bien merecía mas no deseaba ni había pedido. Y después fue todo el camino hasta la cima, en donde se mantenía. Mila había escalado a base de esfuerzo, buen humor y en más de una ocasión habilidad de convencimiento y pensamiento rápido.

Y allí estaba ella, sentada en la cama de su esposo con el teléfono celular pegado a la oreja a base de presionarlo con ayuda de su hombro, porque Yuuri se negaba a dejar en paz las manos de su madre de rojiza cabellera y hacia pucheros cada que ella dejaba de mimarlo.

Cómo cambiaban las cosas.

Mila suspiró y le dio las gracias a la chica número trece por su tiempo.

La pelirroja se tomó unos minutos antes de llamar a la candidata número catorce, colocó su teléfono sobre las mantas y se inclinó a rozar su nariz con la de su bebé, Yuuri riendo con fuerza ante aquello.

La risa de Yuuri le encantaba a Mila, apenas tenía un par de días escuchándola y ya era su sonido favorito.

—Cerdito —usó el apodo que le había otorgado Viktor y el bebé rio aún más. Se notaba que le gustaba—, pequeño, pequeño cerdito bebé.

Mila tomó de regreso su teléfono y marcó el siguiente número en el listado, sonriendo al hablar cuando le contestaron, solicitando hablar con la encargada.

—Yo soy el encargado —Mila enarcó las cejas ante la voz profunda y dudó—, ¿le hace falta un niñero?

—Sí —confirmó Mila y preguntó si estaba disponible las fechas específicas. Los ojos se le iluminaron al recibir una contestación afirmativa—, pero, se trata de un bebé de apenas tres meses.

—No hay ningún problema, señorita.

—Señora —tuvo que corregirlo con pesadez Mila—, ¿te importaría pasar por una entrevista previa con mi esposo y conmigo?

—En lo absoluto.

—Gracias. Déjame te dicto la dirección, ¿tienes lápiz y papel a la mano?

Yuuri observaba a su madre con ojitos oscuros llenos de curiosidad, olvidándose de ella cuando Makkachin se subió a la cama.