Mila se erizó al oír un grito proveniente de Yuuri, se despidió de la mujer que la había criado, prometiendo que la llamaría al día siguiente y echó a correr a la habitación.
Suspiró de alivio al ver que solo se debía a que Viktor llenaba el rostro del bebé de besitos que al pequeño no parecían gustarle, porque se removía y gimoteaba, pero Viktor sencillamente no paraba.
—Eso significa que lo tomaron bien —supuso la pelirroja.
—¡Más que bien! —le sonrió Viktor—, se mueren por conocerlo —rio—, vendrán este domingo, no te molesta, ¿verdad?
—¿Recibir a los padres de mi esposo cuando ni siquiera me he mudado a vivir con él como es debido? —una ceja rojiza se elevó—, ¿por qué habría de molestarme?
La sonrisa en el rostro de Nikiforov desapareció dos segundos antes de que su esposa se echara a reír, contagiando a su hijo casi al instante.
Viktor suspiró.
Definitivamente necesitaba a Yuuri de su lado.
