Al día siguiente, Viktor faltó a clases. Mila preparó el desayuno antes de marcharse, aún así, pero fue Viktor quien alimentó al hambriento bebé durante el transcurso de la mañana, paseando con él de arriba abajo por la casa, contándole sobre lo bonito que él también había sido de bebé, sumamente tranquilo y bien portado según sus padres, una pequeña amenaza cuando estaba enfadado según la mujer que le había ayudado a su madre a cuidarlo y tristemente hacia un par de meses que había fallecido... Pero una ternurita se le viera por donde se le viese.
—Yuuri —le habló muy serio a la criatura—, como mi hijo, tu adorabilidad no puede tener límite, ¿lo entiendes?
Mirándolo fijamente, Yuuri rompió a reír.
Viktor, orgulloso, asintió.
—Buen cerdito.
