El miércoles fue día de compras.
Christophe se les unió de último minuto y, como era de esperarse, se divirtió a lo grande. Con Yuuri bebé en brazos, quedó exento de llevar una sola bolsa y no disimuló ni una sola de sus sonrisas burlonas cuando los ojos azules de su mejor amigo lo observaron con algo parecido al odio en estado puro.
Terminaron comprando un par de objetos de más porque Yuuri se negaba a despegar la vista de ellos y Viktor era débil a la mirada brillosa de su hijo.
De paso compraron un nuevo juguete masticable para Makkachin y un pack de tres cremas humectantes iguales de edición limitada, repartiéndolas al volver a casa.
El resto del día se resumió en armar una cuna, acomodar un par de peluches de cerdito, uno de cisne, un caballo, un oso, un perro y una bailarina de tal modo que formaran una barrera alrededor del bebé a la hora de dormir; re acomodar la despensa, buscar el pedazo de manta azul y otras tantas actividades que drenaron las energías del matrimonio y buena parte de la del mejor amigo del esposo.
Todo hubo valido la pena cuando observaron a un Yuuri durmiente aferrado a la pata de uno de los cerditos.
