Otabek se presentó puntual en la puerta del departamento de Viktor el jueves, bolso al hombro y con la misma expresión de seriedad con la que lo habían conocido. Traía ropa sport y saludó con todo respeto a los padres primerizos.

Mila no perdió tiempo en hacerlo pasar y enseñarle dónde estaba cada cosa, asegurándose de que el pelinegro no necesitase nada antes de salir presurosa rumbo a su clase de las siete de la mañana.

Viktor, más relajado, se quedó unos minutos extra y conversó un poco con el nuevo niñero de su pequeño.

—¿Se te da bien el canto? —le preguntó al final—, hay una canción con la que Yuuri queda prácticamente noqueado y es muy fácil de aprender.

—Le agradezco, señor Nikiforov —indicó Otabek—, pero creo ser capaz de valerme por medios propios para cuidar de su hijo.

—No lo pondré en duda —sonrió Viktor y le dio un vistazo a su reloj de muñeca—, bien, tengo que irme ya —se inclinó a besar la frente de Yuuri con suma suavidad—, hasta la tarde, cerdito.

El kazajo lo acompañó a la salida y cerró la puerta sin hacer ruido una vez se hubo ido.

Makkachin miró al kazajo con curiosidad y el pelinegro se acuclilló para dejar que le oliera las manos. Después, el caniche jadeó y se le trepó para lamerlo.

Otabek se lavó bien las manos y la cara antes de volver a la habitación de los padres, donde la cuna estaba de momento.

Aquel primer día, Otabek apenas y tuvo que hacer algo.