Aquel domingo, la puerta fue abierta por Mila y un torbellino de cabellos castaños se abalanzó sobre ella, chillando y felicitándola. Detrás, un hombre rubio con una sonrisa completamente normal la saludó e ingresó con un par de maletas de buen tamaño.
—Señor y señora Nikiforov...
—¿Y bien? —la madre de Viktor se alejó, tomándola por los hombros—, ¿dónde está tu flamante esposo y nuestro pequeño nieto?
Mila balbuceó algo, enrojeciendo ante la perspectiva de que estaba usando tanto la bata del hijo del matrimonio frente a ella como la parte superior que completaban los pantalones de pijama azules con los que Viktor había dormido.
Eso se prestaba para tanta mal interpretación...
—¿Mamá, papá? —erizándose, la pelirroja giró sobre sus talones, Viktor estaba de pie, descalzo, el cabello ligeramente aplastado por un lado y una pequeña sonrisa en los labios.
Tanta malinterpretación.
—¡Vitya! —La mujer corrió y saltó a los brazos de su hijo, quien la recibió gustoso y le dio vueltas, los dos riendo.
—Lamentamos llegar a importunar —el padre de Viktor se disculpó con su nuera—, nos iremos hoy mismo —aseguró—, pero eso sí, les trajimos muchos presentes —le entregó a la muchacha las manijas de las maletas, que pesaban—, tanto por su matrimonio como por el pequeño.
—¡Quiero ver a nuestro nieto!
Sin bajar a su madre, Viktor le indicó a su padre que los siguiera, Yuuri debía haberse despertado con todo aquel escándalo.
Todavía pasmada, Mila cerró la puerta sin hacer ruido y se dispuso a jalar las maletas hacia la habitación. Ella sola.
