Yuuri miró con sus oscuros ojos llenos de curiosidad hacia los recién llegados, ladeando la cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha en imitación a la mujer castaña de ojos verdes. No era un verde como el que poseía Christophe, era más turbio, pero le gustó. Aún así, no fue hasta que los rizos castaños se colaron en el interior de la cuna y quedaron colgando sobre el bebé, que Yuuri estiró los brazos.

Chillando de emoción, la castaña se dispuso a tomar en brazos al bebé.

—Uh, mamá, no creo que sea buena idea, Yuuri...

—¡Ay!

—Gusta de tirar del cabello largo...

—¡Qué fuerza tiene! —Mila se admiró de la bonita sonrisa que nunca se borró del rostro de la mujer mayor, pese a que Yuuri no se estaba conteniendo al jalar—, es un niño saludable.

—Querida —el padre de Viktor posó una mano sobre el hombro derecho de su esposa y rio, inclinándose hacia el bebé para examinarlo mejor ahora que estaba en brazos de su cónyuge—, es un niño lindo.

Yuuri miró fijamente a aquel color extraño para él, balbuceó y, dejando los largos cabellos de la madre de su padre, estiró los bracitos hacia el hombre rubio.

—¿Puedo? —les preguntó al reciente matrimonio.

—Por supuesto —respondieron a la vez.

El rubio tomó en sus brazos a Yuuri, y el bebé quiso tocar el rostro ajeno casi al instante.

—Tiene buen peso —aprobó el mayor de los Nikiforov.

—Y buen gusto —sonrió su esposa.

Las risas no demoraron en dejarse oír.

Makkachin observándolo todo desde su lugar en la cama.