Tal y como lo indicó el padre de Viktor, él y su esposa partieron de regreso a Moscú al caer la noche, Mila y Yuuri mucho más afectados por aquel hecho que el propio Viktor. Los acompañaron hasta la central y volvieron a casa algo acongojados.
Yuuri se refugió en su mantita rota en cuanto llegaron a casa y balbuceó triste, Mila suspirando mientras Viktor los observaba con gesto divertido.
—Prometieron volver cada fin de mes, Mila, no partieron hasta la próxima década.
—¿Cómo puedes decirlo tan tranquilo? —lo acusó la chica—, ¡tienes los mejores padres del mundo!
—No —rio Viktor—, los mejores padres del mundo los tiene nuestro hijo.
Mila se sonrojó.
—Entonces los segundo mejores... ¡Pero los tienes!
—Estoy seguro de que tus padres también son geniales.
La chica presionó juntos los labios.
—Sí... Ellos están bien.
—Mila —enarcó las cejas el platinado.
—Prefiero a los tuyos.
—He escuchado eso tantas veces —Viktor se acercó a tomar asiento junto a su esposa—, hey, mis padres no son perfectos, tampoco los tuyos... Nosotros mismos no lo somos, pero todos compartimos algo en común.
Mila miró hacia Yuuri, quien los miraba con un solo ojo, el derecho, el izquierdo estaba oculto tras la manta celeste. Sonrió.
—El amor por nuestros hijos.
—Bien —asintió Viktor—, y, si te hace sentir mejor, puedo burlarme disimuladamente de ellos cuando vengan.
—Viktor, no —se soltó a reír la chica—, no, gracias.
—Así está mejor —aseguró Nikiforov—, la Mila sonriente es mi favorita.
Enrojeciendo una vez más, ella dio un golpe de puño cerrado al hombro del mayor.
—¡Iah! —y Yuuri reclamó por el abuso.
