A los tres años, Yuuri Nikiforov tenía grabado a fuego cada uno de los pasos básicos del ballet en su mente, y los practicaba en la mañana, tras despertar; en la tarde, luego de la siesta y en la noche, media hora antes de su baño y de meterse a la cama.
Viktor y Mila estaban perplejos ante la dedicación de su bebé, orgullosos y curiosos también.
Una noche, en la que ninguno podía dormir, se quedaron hablando en voz baja durante buena parte de la madrugada sobre el maravilloso hijo que tenían. Y otras cosas mundanas de la empresa.
