Un par de días antes de cumplir los cuatro, Yuuri descubrió una caja forrada con papel azul brillante en el fondo del armario de sus padres. Picado por la curiosidad que siempre lo había caracterizado, tiró de ella hasta sacarla y la llevó hasta la cocina, en donde su padre batallaba con una receta nueva como reto de su esposa.

—Papá —llamó Yuuri y alzó el objeto entre sus manos cuando azul cielo giró en su dirección—, caja en tu armario.

—Oh, cerdito —Yuuri fingió enfadarse ante el apodo. A él le gustaban los cerditos, eran rosados –la mayoría–, bonitos y gorditos, como él, pero su madre siempre regañaba a su padre por llamarlo de aquel modo con demasiada frecuencia, pese a que ella no se oponía a que Yuuri cargara con un llavero de cerdito hasta el estudio de Lilia colgando de su pequeña mochila azul con franjas negras de lunes a sábado, en donde pasaba de dos a tres horas practicando ballet. Se quedaría más tiempo, pero no lo dejaban—, ya había olvidado la existencia de eso.

—¿Es tuya? —parpadeó Yuuri.

—No, cerdito —Yuuri ya no fingió enfado—, es tuya.

—¿Mía? —Yuuri bajó la caja y miró en su interior—, pero, tiene cosas dentro.

—Sí, las tiene —sonrió Viktor. Se acuclilló frente a su hijo y sacó la foto que sentía hacia una eternidad había sido tomada, mostrándosela a Yuuri—, esta es una foto de cuando tenías tres meses. Hicimos una pequeña fiesta y tú no estabas mirando a la cámara—, rio—, te negaste a observarla en todas y cada una de ellas —Viktor suspiró—, esta fue la primera que tomamos —le mostró el reverso—, allí está la fecha y las firmas de todos los que asistimos. Una manía mía.

Yuuri tomó la foto con una mano, los ojos my abiertos y repasó cada rostro.

—Papá tenía el cabello largo —observó—, y mamá lo llevaba corto —rio—, ahora es al revés.

—Buena observación —dijo animado el platinado—, al principio, Yuuri gustaba mucho de tirar de mi cabello, aunque luego dejó de hacerlo, no estoy muy seguro del porqué.

Yuuri no se acordaba de eso.

—¿Qué es lo otro? —quiso saber y Viktor extrajo la fotocopia de la partida de nacimiento.

—Es el documento que te certifica como hijo de tu madre y mío, cerdito —Viktor desdobló la hoja—, bueno, es una fotocopia, un duplicado. El original está archivado en algún lugar.

Yuuri ladeó la cabeza.

—¿Sin ese papel... ustedes no serían mis padres?

El corazón de Viktor se aceleró ante aquella pregunta inocente.

—Lo seríamos —aseguró el platinado—, lo somos —se corrigió—, esto es solo algo quee todos quienes tienen un hijo deben hacer... formalismos, papeleo, tonterías.

Yuuri siguió mirándolo.

—Mila y yo somos los padres de Yuuri y Yuuri es nuestro hijo —repitió Viktor, nervioso.

Al final, Yuuri le sonrió y asintió.

—Entonces, ¿puedo guardar cosas en la caja también?

Viktor se relajó.

—Puedes y debes —asintió—, guarda tus tesoros, los objetos que consideres valiosos.

—Okey —asintió Yuuri y, olfateando, puso cara de consternación—, papá, la comida...

—¿Hm? —Viktor se puso pálido—, ¡el guiso!

Yuuri entrecerró un ojo y se fue para el cuarto de sus padres.

¿Con qué tesoros contaba él?