Yuuri no tomó rencores contra su madre. No la culpó por abandonarlo con un grupo de perfectos extraños que lucían como corderos pero en realidad habían resultado ser lobos hambrientos. Todo lo contrario, Yuuri se aferró a Mila y lloró y lloró hasta no poder más, ante la mirada rencorosa de su esposo y padre del pequeño. Porque Yuuri no la culpó, pero Viktor sí que lo hizo.
El platinado se volvió distante, frío. No era descortés, eso nunca, mas las risas que compartían y los buenos ratos de relajación se extinguieron. Fingían frente a su hijo, más Yuuri no era tonto y acabó por retraerse en sí mismo, pasando más y más horas practicando en su habitación tras volver del estudio de Lilia, la puerta siempre abierta aunque todo dentro de Yuuri gritara cerrado. Porque no podía evitar culparse por el estado de la relación de sus padres, llorando en silencio cuando estaba seguro de que nadie lo oiría mientras se esforzaba por mostrar la mejor de sus sonrisas ante su familia.
Hasta que un día estalló en plena práctica y Lilia y Otabek tuvieron que asistirlo.
La esposa de Feltsman llamó muy airada a Viktor y lo citó de inmediato, el platinado apareciendo por la puerta y protestando cuando no le fue permitido ver a su hijo.
—Tenemos que hablar primero —le dijo Lilia y el escalofrío que recorrió a Nikiforov fue monumental.
Más tarde aquel día, Viktor le pidió perdón a su esposa por haber sido tan injusto con ella todos esos meses. Mila admitió su pleno sentir de culpa y que no había sido capaz de reclamar nada en lo absoluto, habiendo sido ella tan tajante en inscribir a Yuuri en aquel centro.
Yuuri se aferró a sus padres y les confesó que quería volver a intentarlo. Sentía que, si no lo hacía, lo arrastraría como un fracaso. Los Nikiforov no podían ser unos fracasados.
Dudosos, Viktor y Mila aceptaron, mas decidieron que, primero, Yuuri debía aprender a convivir con niños con los que no compartiría más de unos minutos, una hora a lo mucho.
Al día siguiente lo llevaron a un parque de juegos por primera vez.
