Capítulo 1

Delphic Beach, Maine

Día presente.

Estaba de pie justo detrás de Nora, sosteniéndola entre mis brazos, mientras observábamos todo a nuestro alrededor. Me sentía relajado, aunque atento. Aún no olvidaba la última vez que había visto a Dabria, aunque no eran por las razones que a ella le hubiesen gustado, sino por lo que me dijo de los arcángeles. Por encima de nosotros, los fuegos artificiales iluminaban el cielo nocturno, lloviendo corrientes de colores en el Atlántico.

La multitud hacía ohh y ahh. Era un junio tardío, Maine estaba saltando hacia el verano con ambos pies, celebrando el comienzo de dos meses de sol, arena y turistas con los bolsillos llenos. Para mí, era el comienzo de una larga y exhaustiva investigación; tenía que encontrar la manera de liberarme de los arcángeles, y sin perjudicar a Nora. Debí suponer que ellos no me dejarían ser un custodio así como así. Me odiaban lo suficiente como para romper una de sus reglas, y enviarme derechito al infierno y sin paradas. Tenía que evitar esa mierda a toda costa.

El departamento de bomberos se estaba encargando de los fuegos artificiales en el muelle que no podían estar más lejos de ciento ochenta metros de la playa donde nosotros estábamos parados. Las olas chocaban en la playa justo debajo de la colina, y la música del carnaval tintineaba a todo volumen.

—Voy a buscar una hamburguesa de queso—dijo Nora, mirándome— ¿Quieres algo?

A ti pensé.

—Nada de lo que está en el menú—me limité a responder.

Sonrió.

— ¿Por qué Patch, estás coqueteando conmigo?

Puse mis manos en ambos lados de su cabeza y la acerqué a mí para darle un beso.

—Todavía no. Yo iré por tu hamburguesa de queso. Disfruta del resto de los fuegos artificiales.

Sin embargo, antes de poder dar media vuelta para buscar su comida, me detuvo sujetando una de las tiras de mi cinturón.

—Gracias, pero ya la ordeno yo. No puedo soportar la culpa. —dijo.

De acuerdo, no tenía ni la menor idea de a qué se refería. Enarqué mis cejas en modo interrogación.

— ¿Cuándo fue la última vez que la chica del puesto de hamburguesas te dejó pagar por la comida?—preguntó.

—Ha pasado tiempo—respondí.

—Nunca ha pasado. —Replicó—Quédate aquí. Si te ve, pasaré el resto de la noche sintiéndome culpable.

Muy bien, como quiera. Saqué mi billetera y extraje un billete de veinte.

—Déjale una buena propina—le dije.

Su turno de enarcar las cejas, se veía realmente guapa.

— ¿Estás tratando de redimirte por todas las veces que tomaste comida gratis?

Sí, muy guapa.

—La última vez que pagué, ella me persiguió y empujó el dinero en mi bolsillo—le dije. —Estoy intentando evitarme otro toque.

Me miró pensando en si creerme o no, hasta que finalmente notó que decía la verdad. Se marchó, dejándome solo, así que comencé a caminar por los alrededores. La noche estaba provechosa y animada, pero había algo que no me encajaba. Algo que no andaba bien.

Caminaba por la orilla del mar mientras lanzaba miradas furtivas a mí alrededor, y por un momento pensé en ir tras Nora. Pero me contuve; si ella estuviese en peligro lo sabría.

Una mano se posó en mi hombro y me di la vuelta, encontrándome cara a cara con Rixon.

— ¿Solo y triste? —preguntó él.

Sonreí.

—Acompañado y feliz—corregí.

El miró a ambos lados, y detrás de mí, buscando a alguien.

—Pues hermano, creo que te has vuelto loco, porque te veo a ti, y solo a ti.

—Nora fue por una hamburguesa.

— ¡Ah, Nora! Todavía no sé si sentirme celoso de ella, o feliz por ti. Últimamente te has desaparecido de mi vida, Patch.

Solté una carcajada.

—Tengo más trabajo que de costumbre—admití.

—Cierto, ahora eres un custodio—dijo, con un deje filoso.

Fruncí el ceño.

— ¿Qué pasa?

—Nada, no es nada—dijo, reapareciendo su sonrisa— ¿Quieres jugar a los bolos? Te apuesto cien dólares a que no me ganas.

—Siempre te ha gustado perder el dinero, ¿verdad?

Se encogió de hombros, y sonrió. Sin embargo, había algo en esa sonrisa que no me convencía. Algo en la profundidad de sus ojos que no me inspiraba confianza.

Decidí restarle importancia al asunto y nos encaminamos al lugar donde jugaríamos. No estaba tan concurrido, sin embargo había un par de personas (más específicamente mujeres) que se nos quedó observando al entrar.

—Esta es mi vida, cariño—susurró Rixon, guiñándole un ojo a una mujer al otro lado de la sala.

Sonreí.

—A veces me pregunto qué pasaría si te enamoraras de alguien—le dije.

Soltó una ligera carcajada.

—El amor es para los débiles—Dijo, y antes de que pudiera darle un puñetazo en la nariz, agregó: —Y para los más fuertes. Yo no soy ni uno, ni otro.

Me acerqué a la barandilla y pagué por unas cuantas jugadas. Sabía que Rixon perdería, así que no me importaba adelantarme a los hechos.

—Dos oportunidades solamente. Una jugada. Cien dólares—propuso él.

Me encogí de hombros.

—Cien dólares me los gano a cada rato en el billar. ¿No tienes una propuesta más decente?

—Amigo, ¿Cuánto puedes pensar que gano en el servicio de electricidad?

—No me digas, ¿No estafas a las mujeres?

Sonrió perversamente.

—Eso es un secreto.

Se posicionó frente a las bolas y cogió una. Hizo el lanzamiento y sonrió, derribando la mayoría de los bolos.

—Supérame—retó.

Estuvimos un largo rato jugando. Bueno, estaría mejor decir que estuve un largo rato humillándolo, porque lo que él hacía con dos bolas de boliche, yo lo hacía con una. Al cabo de un rato, sólo quedaban tres bolos que me darían la victoria.

—Cinco dólares a que no puedes hacerlo de nuevo—dijo Nora de pronto, apareciendo atrás de mí.

Patch miré hacia atrás y sonreí.

—No quiero tu dinero, Ángel.

—Hey ahora, niños, vamos a mantener esta discusión en un rango que implique solo besos—dijo Rixon. Por favor añadió en mis pensamientos.

—Todos los tres pinos restante —Me retó Nora.

— ¿De qué clase de premio estamos hablando? —Le pregunté.

—Demonios—dijo Rixon. — ¿Esto no puede esperar hasta que estén solos?

Le regalé una sonrisa secreta a Nora y luego cambié mi peso hacia atrás, acunando la pelota contra mi pecho. Moví mi hombro derecho, estiré mi brazo, y envié la pelota volando lo más fuerte que pude. Hubo un ruidoso estallido, y los tres pinos restantes se dispersaron de la mesa.

—Sí, estas en problemas chica —gritó Rixon por encima de la conmoción causada por un montón de espectadores, quienes me estaban aplaudiendo y silbando.

Así es como se hace, cariño grité en los pensamientos de Rixon.

Me incliné hacia atrás contra la cabina y le arqueé las cejas a Nora. El gesto decía todo: Págame.

—Tuviste suerte —dijo ella.

—Estoy a punto de tener suerte. —Insinué

—Escoge un premio —Me ladró el anciano encargado de la cabina, agachándose a recoger los pinos que habían caído.

Observé los "premios" que había en el mostrador, deteniendo mis ojos en uno en particular.

—El oso morado —dije, y acepté un osito horrible con una espesa piel morada. Lo sostuve para ella.

— ¿Para mí? —dijo, presionando una mano contra su corazón

—Te gustan los rechazados. En el supermercado siempre eliges las latas abolladas. Estuve presentado atención —. Enganché mis dedos en la banda de la cintura de sus jeans y la atraje más cerca de mí. —Salgamos de aquí.

— ¿Qué tienes en mente? —pero estaba completamente caliente y agitada por dentro, porque sabía exactamente lo que tenía en mente.

—Tú casa.

Sacudió su cabeza.

—No va a pasar. Mi mamá está en casa. Podríamos ir a tu casa —insinuó.

Me envaré. Bien, eso no podría ser posible. Llevarla a mi casa significaría mantener un trato íntimo con ella, y tenía que asegurarme de que los arcángeles no notaran que estaba completamente loco por Nora. Nathanael me lo había advertido. No podía permitir que me quitaran a mi chica, nadie iba a hacerlo.

—Déjame adivinar—dijo. —Vives en un componente secreto debajo de la cuidad.

Cerca.

—Ángel.

— ¿Hay platos en el lavabo? ¿Ropa interior sucia en el piso? Es mucho más privado que mi casa.

—Es cierto, pero la respuesta todavía es no.

— ¿Rixon conoce tu casa?

—Rixon necesita conocerla.

Bien, no tan cierto, pero vamos, lo conocía de toda mi existencia. Tanto en el cielo como en la tierra.

— ¿Yo no necesito conocerla?

Mi boca se torció.

—Hay un lado oscuro que no necesitas conocer.

—Si me la muestras, ¿Tendrías que matarme? —adivinó.

Envolví mis brazos a su alrededor y besé su frente.

—Lo suficientemente cerca, ¿A qué hora es tu toque de queda?

—A las diez, la escuela de verano comienza mañana

Miré mi reloj.

—Es momento de irnos.

Nora hizo un puchero y dio media vuelta. Subimos al jeep y me le pedí que se colocara el cinturón de seguridad. La moto había pasado a la historia. Cuando se corrió el rumor de que me habían regresado mis alas, un grupo de caídos la destruyeron. De ellos sólo quedó el recuerdo.

A las 10:04 hice una vuelta en U frente de la granja y me estacioné cerca del buzón de correo. Apagué el motor y las luces de los faros, dejándonos solo en la oscura naturaleza. Nos sentamos así por mucho tiempo.

— ¿Por qué estas tan callada, Ángel? —pregunté.

— ¿Estaba siendo callada? Solo prestaba atención a mis pensamientos.

El temblor en su voz y en su quijada me hizo notar que estaba mintiendo. Una sonrisa que-apenas-estaba-ahí curvó mi boca.

—Mentirosa, ¿Qué está mal?

—Eres bueno —dijo.

Mi sonrisa se amplió una fracción.

—Realmente bueno.

—Huí de Marcie Millar del puesto de las hamburguesas —admitió. Su rostro tornándose triste—Ella tuvo el suficiente tacto como para recordarme que mi papá está muerto.

Zorra.

— ¿Quieres que hable con ella?

—Eso suena como el Padrino.

Sonreí.

— ¿Cómo empezó la guerra entre ustedes dos?

—Esa es la cosa. Ni siquiera yo lo sé. Solo solía ser acerca de quién obtenía la última leche chocolatada en la cafetería. Luego un día en la secundaria Marcie fue a la escuela y pinto con spray "puta" en mi casillero. Ni siquiera intentó ser cautelosa sobre ello. Toda la escuela lo supo.

— ¿Ella se volvió loca así como así? ¿Sin razón?

—Sip.

Puse uno de sus rizos detrás de su oreja.

— ¿Quién va ganando la guerra?

—Marcie, pero no por mucho.

Mi sonrisa creció.

—Ve por ella, tigre.

—Esa es otra cosa ¿Puta? En la secundaria ni siquiera había besado a alguien. Marcie debió haber pintado con spray su propio casillero.

—Empiezas a sonar como si estuvieras colgada, Ángel —. Deslicé mi dedo debajo del tirante de su top sin mangas, que desde hacía rato me andaba tentando. —Apuesto que puedo alejar de tu mente a Marcie.

Miró en dirección a su casa, y luego a mí. Desabrochó su cinturón y se dobló a través de la consola, encontrando mi boca en la oscuridad. Nos besamos lentamente, con suavidad. Mi boca rozó su garganta y le di un toque de mi lengua.

Mi beso se movió hacia su hombro desnudo, moviendo el tirante de su top sin mangas hacia abajo y frotando mi boca hacia abajo por su brazo.

Nora se arrastró por encima de la consola, sentándose con una pierna a cada lado de mi regazo. Deslizó sus manos por arriba de mi pecho, agarrándome por el cuello y empujándome hacia ella. Abracé su cintura, encerrándome contra ella, y se acurrucó más profundamente.

Deslizó sus manos por debajo de mi camiseta, haciéndome contener la respiración. La sentí llevar sus manos a mi espalda, y rozar levemente el lugar donde se encontraban mis alas. Tomé su mano y la deslicé hacia abajo, lejos de ese lugar.

—Buen intento —murmuré, con mis labios rozando los de ella mientras hablaba.

Mordisqueó mi labio inferior.

—Si pudieras ver mí pasado solo tocando mi espalda, tendrías un momento difícil resistiendo la tentación también.

—Tengo un momento difícil manteniendo mis manos alejadas de ti en estos momentos.

Bien, era bastante cierto. Nora rió, pero rápidamente se volvió seria.

—Nunca me dejes —Susurró, enredando un dedo en el collar de mi camiseta empujándome más cerca. Si pudiera sentir, la sangre ardería en mis venas ahora mismo. Siempre pensé que las emociones no eran algo que podían tener algún efecto en mí, sin embargo, ella había logrado sacar la parte más humana dentro de mí.

—Eres mía Ángel —murmuré, rozando las palabras a través de su mandíbula—Me tienes para siempre.

—Demuéstralo —dijo solemnemente.

Nadie nunca me había pedido que demostrara nada, así que realmente no sabía cómo hacerlo. La estudié durante un momento, luego se me ocurrió algo. Busqué debajo de mi cuello y desabroché la cadena de plata que he usado siempre, incluso cuando era un arcángel. Era demasiado importante para mí, porque con ella tenía poder sobre cualquier ser con alas. Podría hacerlo hablar con ello. Nunca me la había quitado.

Deslicé mis manos en su nuca, donde abroché la cadena.

—Me dieron esto cuando era un arcángel —dije. —Para ayudarme a percibir la verdad de la decepción.

Ella la tocó con ternura.

— ¿Todavía funciona?

—No para mí —entrelacé nuestros dedos y giré su mano para besar sus nudillos.

—Es tu turno.

Ella se quitó un pequeño anillo de cobre del dedo medio de su mano izquierda y lo sostuve para mí, un corazón estaba tallado a mano en el suave lado debajo del anillo.

Sostuve el anillo entre mis dedos, examinándolo silenciosamente.

—Mi papá me lo dio la semana antes de que fuera asesinado —dijo ella.

Mis ojos se cerraron con un golpe rápidamente.

—No puedo aceptar esto.

No podía. Sabía lo que significaba para ella. Sabía que era demasiado para mí.

—Es la cosa más importante en el mundo para mí, quiero que lo tengas—cerró mis dedos, envolviéndolos alrededor del anillo.

—Nora —dudé. —No puedo aceptarlo.

—Prométeme que lo guardarás. Prométeme que nunca nada se interpondrá entre nosotros—dijo. —No quiero estar sin ti. No quiero que esto acabe nunca.

Si había un hombre más feliz que yo en estos momentos, que lo trajeran. Porque su felicidad se vería opacada por la mía. Bajé la mirada al anillo en mi mano, volteándolo lentamente.

—Júrame que nunca dejaras de amarme —susurró.

Aunque ligeramente, asentí.

Se apoderó de mi cuello y me empujó hacia ella, besándome más fervientemente, sellando la promesa entre nosotros, cerró sus dedos contra los míos, el agudo borde del anillo cortando nuestras palmas. El anillo se enterró más profundamente en mi mano, hasta que estuve segura que había roto nuestra piel. Una promesa de sangre.

Al cabo de un rato de lo que sería uno de mis momentos favoritos, Nora se alejó, descansando su frente con la mía. Sus ojos cerrados, su respiración causaba que sus hombros se elevaran y cayeran.

—Te amo —murmuró. —Más de lo que creo que debería.

Entonces fue allí cuando lo escuché. Más que escuchar, lo sentí.

Murmullos, voces no muy contentas. El viento susurrar. La noche oscura.

Arcángeles.

Instintivamente mi agarre en Nora se apretó. No dejaría que me la quitaran. Primero tendrían que enviarme al infierno.

— ¿Qué está mal?— preguntó.

—Escuché algo.

—Esa era yo diciendo que te amo —dijo, sonriendo mientras trazaba mi boca con su dedo.

Mi mirada estaba fija en los árboles, porque sabía que era allí dónde se escondían.

— ¿Qué hay ahí afuera? —preguntó, siguiendo mi mirada. — ¿Un coyote?

—Algo no está bien.

Pude sentir que se congelaba, y se deslizó fuera de mi regazo.

—Estas empezando a asustarme ¿Es un oso?

Desearía que fuese un jodido oso. Los susurros aumentaron. Patch dijeron en mi cabeza.

—Enciende las luces de los faros y toca la bocina. —dijo ella.

Detrás de nosotros las luces del porche se encendieron. No necesitaba leer mentes o mirar para saber que Blythe estaría esperando a Nora con los brazos cruzados. Dos calles más abajo. Te esperamos. No tocaremos a Nora

— ¿Qué es? —Me preguntó Nora una vez más. —Mi mamá está saliendo. ¿Está segura?

Encendí el motor y puse el Jeep en marcha.

—Entra, hay algo que debo hacer.

— ¿Entrar? ¿Estás bromeando? ¿Qué está pasando?

Quise decirle que los arcángeles estaban buscándome, pero no creí que fuese correcto. Ellos estaban escuchando. Sabrían que la conexión entre nosotros era demasiado fuerte.

— ¡Nora! —gritó Blythe, bajando los escalones, su tono fue grave. Ella se detuvo a metro y medio del jeep y le hizo señas para que bajara la ventana.

— ¿Patch? —intentó de nuevo Nora, ignorando a su madre.

—Te llamo luego. —respondí.

Blythe tiró de la puerta para abrirla.

—Patch —reconoció secamente.

—Blythe —Respondí, con un asentimiento distraído.

Ella se volteó hacia Nora.

—Llegas cuatro minutos tarde.

—Estuve cuatro minutos más temprano que ayer.

—Rodar minutos no funciona con los toques de queda. Adentro. Ahora.

Nora me miró un poco desesperada, pero sabía que no tenía de otra.

—Llámame. —pidió.

Asentí una vez, prestando atención a los movimientos de las sombras detrás de los árboles. Se alejaban. Tan pronto como estuvo fuera del carro y en tierra firme, el jeep rápidamente se puso en movimiento hacia delante, no perdiendo tiempo en acelerar. Tenía bastante prisa, pues estaba nervioso. Quería terminar con esta charla incluso antes de empezarla.

Detuve el jeep dos calles más abajo, como me habían pedido ellos. El poder que destilaban era sumamente alto; sin embargo, no se comparaban con lo que yo una vez tuve. Para que lograran igualarme, tendrían que existir unos dos mil años más.

Me encaminé entre los arbustos, siguiendo mis sentidos hasta hacerles frente.

—Jev—saludó Celiane.

Celiane era un arcángel, que se me insinuó una temporada sintiéndose encaprichada conmigo. Me odiaba.

—Que pasa, Cel. —dije.

Apretó los puños a la mención de su antiguo apodo y me fulminó con la mirada.

—Venimos a recordarte las reglas, cariñito—dijo ella, con una sonrisa cruel en sus labios.

No sé porque presentía que nada de esto me iba a gustar.