CAPÍTULO 3
No sabía cómo sentirme al respecto luego de la ruptura.
¿Debería tomármelo en serio y acabar con el maldito mundo porque esa decisión me cabreaba y me dolía tan malditamente tanto que no podía contener el dolor dentro de mí por perder a la única chica que he amado de verdad? ¿O, bien podría hacer de cuentas que nada de lo que dijo era en serio y podría regresar a su casa esta tarde y seguir besándola, tanto hasta que se quede sin respirar? Demonios, ¿Qué decidía?
Estaba dando vueltas y vueltas en mi habitación cuando sentí que la puerta de entrada a mi casa estaba siendo abierta. Agudicé el oído, esperando escuchar las pisadas del visitante, que supuse sería Rixon, ya que era el único que, hasta ahora, conocía mi hogar. Sin embargo, no escuchaba nada. Apreté los puños, y comencé a caminar fuera de la habitación, también con paso silencioso. No tenía idea de quién podría ser si no era mi mejor amigo, pero por si las dudas, tomé un puñal que reposaba en la mesa de noche junto a mi cama.
Salí con paso lento y cuidadoso a la estancia, y me encontré con Rixon apoyado en el respaldo del sofá, cigarrillo en mano.
Bufé.
—Parece que no esperabas agradables visitas—dijo él.
— ¿Qué demonios haces con un cigarrillo? —pregunté, dejando el puñal en la barra.
Se sentó todo recto, mirando al objeto en sus manos.
—Se le llama "fumar". Es entretenido. ¿Quieres probar? —preguntó, tendiéndome el cigarrillo.
—Tú no fumas, idiota—gruñí.
Sacudió el cigarrillo y lo apagó contra la pared que reposaba detrás de él. Genial.
—Ya veo que estás de un humor magnífico—dijo, poniéndose de pie—Dime, ¿Qué carajos pasa con Nora ahora?
— ¿Cómo sabes que se trata de Nora?
—Seamos honestos, es la única que logra sacarte de tus casillas. Nunca en mi vida he conocido un tipo que sepa estar calmado hasta en las peores situaciones, como tú—dijo—Así que sí, es ella ¿no?
Suspiré, pasándome las manos por mi cabello enredado y caí con brusquedad en el sillón.
—Me ha terminado—susurré.
Esperé a que Rixon estallara en carcajadas, que comenzara a llamarme estúpido y esas cosas que sueles decirle a tu mejor amigo cuando está deprimido, porque cuando te vea partiéndote de risa él también hará lo mismo. Pero no. Estaba mirándome fijo, casi sin parpadear, completamente serio. Supuse que sabía el efecto que la decisión que había tomado Nora causaba en mí.
— ¿Qué, no vas a preguntarme cómo estoy? —inquirí, con una media sonrisa.
—Sé perfectamente cómo estás.
— ¿Y cómo se supone que estoy?
—Con ganas de matar a todo aquel que se te cruce en tu camino, cariño.
Solté una carcajada.
—Pues vaya, tan equivocado no estás—murmuré, desviando mis ojos al techo.
Rixon se sentó a mi lado.
—Siempre puedes matarla, ya sabes. Volverte humano—dijo.
—No voy a hacerlo, no puedo. La amo demasiado como para lastimarla. Además, si lo hiciera, que no lo haré, ¿De qué me sirve un cuerpo si dudo enamorarme de alguien más como lo estoy de ella, Rixon? —pregunté.
Ahora sí, soltó una ligera carcajada con un deje de irritación.
— ¿Amarla demasiado? ¿No enamorarte más? ¿Estás escuchándote, por Dios? —Preguntó, frustrado— ¿Qué pasó con ese Patch que peleaba para conseguir dinero, el cual, si no mal recuerdo, gastaba en putas? Y teniendo en cuenta que no sentías nada, porque no siempre era Jeshvan. Sólo querías que te gimieran al oído, que te suplicaran que les dieras más, y que eras el mejor, porque te sentías como tal. Y, ¡Oh! ¿El Patch que estafaba, mentía, asesinaba sólo por placer? Dime que has hecho con él, porque este sujeto que tengo acá a mi lado no lo conozco.
—Pues ha cambiado, Rixon. Cambié—gruñí.
— ¡Ya sé que cambiaste, maldita sea! ¡Ese es mi punto! ¿Por qué?
—Por amor.
— ¿Amor? Suenas patético, amigo.
Ya basta, me estaba cabreando. Y como él mismo lo había dicho hace unos momentos, estaba de un humor que mataría a todo aquel que tuviese cerca.
—Más te vale que cierres esa jodida boca ahora mismo—le espeté.
— ¿O si no?
—O si no voy a golpearte hasta que quedes inconsciente—gruñí, fulminándolo con la mirada.
Se levantó de un salto, aplaudiendo, incitándome.
—Eso, que maravilla. Venga, levántate de ahí. Pelea.
—Rixon—advertí.
—Pe-le-a.
Salté del sofá y aterricé sobre él, conectando mi puño con su estómago. Bueno, no sólo con su estómago, en realidad fue con una enorme parte de su cuerpo. Podía escuchar sus gruñidos y sus maldiciones, pero yo estaba cegado. En lo único en que pensaba era en golpear, y seguir golpeando.
Hasta que me desahogué, y me detuve.
— ¿Ya estás bien? ¿Ya liberaste tensión? —preguntó Rixon, labio roto y ensangrentado.
Flexioné mis músculos y lo miré, asintiendo.
—La próxima vez no me hagas cabrearte, dale un puñetazo a la pared y listo. Es difícil detenerte cuando estas enojado. Tal vez deberías practicar danza para desestresarte, he oído que los arcángeles te tienen bajo presión.
Hice una mueca.
—No hay nada que desee más que volver a ser un caído, te lo juro—le confesé—Pero no puedo perder mis alas. Me encadenarán al infierno si vuelvo a caer.
Los ojos de Rixon brillaron con un sentimiento que no reconocí, y que tampoco quise preguntar.
—Qué malditos.
—Lo son—acepté—Por eso no puedo romper las reglas. No puedo dejar que me separen de Nora. No quiero perderla, Rixon.
—Suena como si esa chica lo fuera todo para ti.
Me quedé en silencio unos segundos, pensando en eso. Tal vez tuviera razón.
—Lo es—admití.
Rixon suspiró.
—Si sabes que ahora van a por ella, ¿no? Todos aquellos que te odien, y que quieran destruirte. Van a matarla a ella para herirte, Patch.
Apreté mis puños con fuerza, desterrando de mi cabeza siquiera la menor imagen que se creara con esas palabras.
—Nadie va a tocarla—juré. —Primero van a tener que matarme.
—Ya no estás con ella, idiota. ¿Cómo cuidas de alguien que está lejos de ti?
Mierda, tenía razón.
— ¡Me terminó, maldita sea! ¿Qué se supone que haga? ¡Ya no puedo pasar todo el día sobre ella, tal y como hacía! Tengo que darle su espacio. No quiero, pero tengo que.
— ¿Quieres que nos vayamos de putas?
Sonreí.
—No, Rixon, no quiero. Sólo hay una mujer con la que quiero estar—murmuré, cerrando mis ojos y recostándome en el sofá.
—Oh, quieres tirarte a Nora. Eso es todo. Estás dolido porque te terminó sin darte lo tuyo.
Solté una carcajada.
—No, imbécil. No quiero tirármela. Quiero hacerle el amor, que es distinto.
—Oh, pero que cursi.
—Ya, cierra la boca y lárgate, me estás haciendo decir puras estupideces—le dije.
—Das pena, Patch—dijo Rixon, riendo.
—Lo sé—admití—Sólo deseo que este período de prueba termine, maldición.
— ¿Qué período de prueba? —preguntó, curioso.
—Los arcángeles. Me tienen vigilado, día y noche. No puedo hacer ningún movimiento en falso, porque me voy derechito al infierno y sin paradas. Estoy hablándote con tranquilidad porque no son capaces de llegar hasta aquí. Además de que no pueden entrar en mi mente, y tampoco en la de Nora. Sería romper sus propias reglas.
—Pero tú entras en la mente de Nora.
—Ellos no lo saben.
Rixon sonrió, y yo le devolví la sonrisa.
—Entonces, eso quiere decir que todavía poseen una de tus plumas, ¿no? —preguntó.
Asentí.
—Sólo tengo que buscar la manera de quitárselas. Claro, primero tengo que ganarme un trozo de su confianza lo suficientemente grande como para que me dejen subir al cielo.
— ¿Y cómo piensas hacer eso?
— ¿Recuerdas a Celiane?
— ¿Todavía está loca por ti?
—Es posible.
Así que… ¿Vas a enamorar a la pobre arcángel y la vas a traicionar? preguntó en mis pensamientos. Sonreí.
—Eres un jodido hijo de puta—dijo él, riendo.
—Sí, lo sé. Lo sé.
Me dio una palmada en la espalda y se encaminó a la puerta.
—Bien, tengo que irme. Tengo una cita con Vee.
Fruncí el ceño.
— ¿Vee Sky?
—La misma que viste y calza.
—Rixon—Advertí—Es la mejor amiga de Nora.
—Y tú eres mi mejor amigo. ¿No es genial?
Me quedé en silencio unos segundos, tratando fuertemente de no entrar en su mente.
—Claro—murmuré.
Se marchó sin decir nada más, cerrando la puerta con un golpe sordo detrás de él. Suspiré, tomé las llaves del Jeep y decidí dar una vuelta. Tenía que vigilar a Nora. Rixon tenía razón, ahora que ella era demasiado importante para mí, se volvía el objetivo perfecto.
Salí de la casa con paso apresurado, y me acerqué al coche con paso apresurado.
Me detuve justo en las narices de Nazarach.
— ¿A dónde vas? —preguntó.
— ¿No puedo tener privacidad en eso, tampoco? —inquirí. Él me escrudiñó con la mirada. Suspiré de nuevo lleno de frustración—Voy a ver cómo está Nora.
—Ella está bien—dijo con voz fría. —Ahora mismo, tenemos otros planes para ti.
Si bueno, ¿mala suerte? Tengo en exceso. ¿Alguien quiere una dosis?
