Cuando me detuve en la casa de Marcie, eché un vistazo a su alrededor.

Podía sentir a Nazarach con su mirada fija en mi espalda, evaluando cada movimiento que hacía. Me hubiese gustado tener una caja de cigarrillos a la mano. No fumaba, pero necesitaba algo en lo qué distraerme mientras estaba con esta chiquilla. Desafortunadamente, el último paquete de cigarros que había visto en mi vida se fue en la camisa de Rixon.

Marcie me esperaba en la ventana de su habitación, con una insinuante sonrisa en el rostro. Llevaba puesto un vestido que bien podría mostrarme todo, si estuviese parado debajo de ella.

Agradecí que no fuera amiga de mi chica.

— ¿Qué estás haciendo ahí arriba? Nos vamos—Le grité, cruzándome de brazos.

Ella se mordió el labio inferior.

—Estaba pensando que tal vez era mejor quedarnos aquí. Mis padres no están en casa.

Solté una carcajada dura y fría.

—Mueve ese esqueleto tuyo aquí ahora mismo. Nos vamos—Repetí.

Rodó los ojos y se alejó, asumiendo que bajaría.

Cuando subimos al Jeep, posó una mano en mi muslo, apretando con fuerza, queriendo incitarme.

—Eso no va a funcionar conmigo—Le espeté.

Ella solo sonrió.

—Funciona con todos los hombres—Murmuró—Pero ya me imaginaba que no eras igual a ellos.

No, definitivamente no lo soy.

No sabría exactamente a dónde podría llevar a esta chica sin llamar demasiado la atención; aunque claro, si mi intención era que Nora no se enterase, era un intento en vano. Era probable que en cuanto bajara del coche, Marcie se lo contaría directamente. Así que la lleve al billar Z.

Z es de un solo piso, con una ventana de cristal que ofrecía una vista hacia adentro del billar y bar. Basura y hierbas decoran el exterior.

Le pedí a Marcie que se adelantara y tomara una mesa, y que pidiese lo que quisiera mientras llegaba; necesitaba encontrar un buen lugar para estacionar el Jeep, y la verdad era que esperaba que se fijara en otro tipo y me dijera que la "cita" quedaba cancelada.

Estaba cerrando la puerta del coche cuando observé a Nora caminando hacía la puerta trasera del lugar, buscando con la mirada algo, o alguien. ¿Qué demonios hacía ella aquí? ¿Estaría buscándome? No, no podría saber que yo estaba aquí. ¡¿Habría venido con alguien más?! Maldita sea, iba a matar a alguien esta noche… Me adelanté para interceptarla, así que en cuanto asomó la cabeza, la tomé por el cuello de su chaqueta arrastrándola hasta colocarla contra la pared del exterior.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —Demandé, la lluvia chocaba contra mi espalda, salpicando hacia todos lados.

—Jugando billar —balbuceó, intuí a causa de la sorpresa. Lo cual me daban más ganas de matar a ese individuo, porque definitivamente no venía aquí para buscarme a mí.

—Jugando billar —repetí, sonando incrédulo.

—Estoy aquí con un amigo. Scott Parnell.

Sentí como mi expresión se endureció. Sabía quién era ese chico. Ya había oído bastante de él. Era una lástima que el muy jodido fuera inmortal. Pero sentía dolor. Eso era un detalle muy importante.

— ¿Tienes un problema con eso? —Me dijo, supuse que mi cara lo decía todo—Terminamos, ¿Lo recuerdas? Puedo salir con otros chicos si quiero —Estaba enojada—Con los arcángeles, con el destino, con las consecuencias—Y yo estaba muchísimo más enojado porque ella estaba aquí con Scott y no conmigo.

¡Maldita sea! Tenía tantas ganas de abrazarla, de decirle que dejaría sus palabras en el olvido porque lo único que quería era protegerla de todo, y que estaba muriéndome por golpear al estúpido nephilim que la había traído, y quería besarla, ¡Pero demonios, Nazarach estaba encima de mí! Desvié mi mirada al suelo y me presioné el puente de la nariz, necesitaba tener paciencia.

—Scott es un Nephilim, de primera generación, un purasangre, justo como lo era Chauncey. —Le dije, esperando que se aterrorizara y saliera corriendo, y me prometiera que nunca volvería a verlo.

Ella parpadeó, aunque no tan sorprendida.

—Gracias por el dato, pero ya lo sospechaba.

Hice una mueca de disgusto. ¿Lo sospechaba y no me había dicho nada? Ya sabía que habíamos terminado, ¡Pero yo era su maldito ángel guardián, joder!

—Deja de actuar como si fueras valiente. Él es un Nephilim.

—No todos los Nephilim son Chauncey Langeais —dijo con irritación—No todos los Nephilims son malvados. Si le dieras a Scott una oportunidad, verías que…

—Scott no es cualquier Nephilim viejo —dije, interrumpiéndola—, él es miembro de la sociedad de sangre que ha estado tomando fuerza, la sociedad quiere liberar a los Nephilim de la esclavitud de los ángeles caídos en el Jeshvan; han estado reclutando miembros como locos para pelear contra los ángeles caídos, una guerra inminente se aproxima, si la sociedad se vuelve lo suficientemente fuerte los ángeles caídos se retirarán y comenzarán a usar a los humanos como sus juguetes.

Bien, eso no se lo había dicho, lo aceptaba. Y tampoco pensaba en eso, no todavía. Cuando había sabido de esos planes, yo sólo pensaba en matar a Nora, no en enamorarme.

Ella mordió su labio y me miró, inquieta.

— ¿Porque los ángeles caídos no poseen a los humanos? —Preguntó— ¿Por qué usan Nephilims?

—Los cuerpos humanos no son tan fuertes como los cuerpos Nephilim—contesté—. Una posesión de dos semanas los mataría. Miles de humanos morirían cada Jeshvan, y es más difícil poseer un humano. Los Ángeles caídos no pueden forzar a los humanos a entregar sus cuerpos, tienen que persuadirlos de hacerlo y eso toma tiempo y esfuerzo. Además, los cuerpos humanos se deterioran fácilmente, no muchos ángeles caídos desean pasar todo el problema de poseer un humano para que en una semana esté muerto.

Se estremeció.

—Es una triste historia, pero es difícil culpar a Scott o a cualquier Nephilim por eso. Yo tampoco querría a un ángel caído posesionando mi cuerpo por dos semanas una vez al año. Esto no suena como un problema de Nephilims, suena como un problema de ángeles caídos.

Mi mandíbula se tensó.

—Z no es un lugar para ti, vuelve a casa.

—Acabo de llegar.

—Bo es nada comparado con este lugar.

—Gracias por el dato, pero no estoy de humor para quedarme en casa sola sintiendo lastima por mí.

Doblé mi brazo y la miré fijamente. ¿Así era como se sentía, por eso hacía todo esto?

— ¿Te estás poniendo en peligro, para volver conmigo? —Adiviné—Por si no lo recuerdas no fui yo quien terminó todo.

—No seas engreído, esto no es sobre ti —Busqué mis llaves en mis bolsillos. Marcie tendría que quedarse sola, me daba igual. Pero no iba a dejar a Nora aquí con ese tipo.

—Te llevare a casa—Me aseguré de decirlo con la suficiente frialdad como para que Nazarach pensara que lo estaba haciendo por obligación, y no por cuestión de celos.

—No quiero que me lleves y no necesito tu ayuda.

Reí, pero la risa carecía de humor.

—Te subirás al jeep, incluso si tengo que arrastrarte dentro de él, no te quedarás en este lugar. Es demasiado peligroso.

—Tú no puedes darme órdenes—Apenas y la miré.

¿Ah, no?

—Y mientras estás en ello, también dejaras de ver a Scott.

Oh, sí. En especial lo de dejar de ver a Scott. Ella me miró desafiante.

—No me hagas ningún favor más. No te lo he pedido. Ya no te quiero como mi ángel guardián.

Mierda. Me paré sobre ella, una gota de lluvia cayó de mi cabello aterrizando en su cuello. La vi deslizarse por su piel, desapareciendo en el cuello de su blusa. Mis ojos siguieron toda la trayectoria de la gota, deseando que fuesen mis labios los que vagaran por ahí.

Estuve dispuesto a mandar todo a la mierda, a enfrentarme a los arcángeles, y a llevármela a mi casa en este preciso momento, pero me detuve. Los arcángeles me tenían en sus manos mientras tuvieran mi pluma, no podía desobedecer tan arraigadamente. No todavía. Pero aun así, esas palabras habían trastornado algo en mi interior. Ella no podía desear eso, ¡era mentira!

—Retráctate—dije en voz baja.

Ella no me miraba, y tampoco daba señal de retroceder. Levanté su barbilla, y fijó su vista en la lluvia.

—Retráctate, Nora—Repetí con más firmeza.

Nazarach se retorcía de júbilo por encima de mí, contando los segundos que quedaban para que se retractara, antes de tomar su palabra en serio. ¡Maldita sea, esta situación me enfermaba! Mi estómago se estaba revolviendo, y la suave risa del maldito arcángel me estaba cabreando.

—No puedo hacer lo correcto contigo en mi vida—Dijo, su barbilla temblaba— Esto será más fácil para todos si nosotros… quiero una ruptura limpia. He estado pensándolo. —No, definitivamente ella no quería decir eso, joder— Te quiero fuera de mi vida.

Sentía como si hubiesen tomado mi corazón, y en su lugar habían puesto dagas, veneno y azufre. Dolía, dolía jodidamente. Pero me mantuve en silencio mientras procesaba, conteniéndome de dar un suspiro.

Después de un largo silencio, me acerqué más a ella y metí una buena cantidad de dinero en el bolsillo trasero de sus pantalones, dejando mi mano ahí unos segundos más de lo necesario. Esta no iba a ser la última vez que la tocara, de eso estaba seguro.

—Efectivo—Expliqué—Vas a necesitarlo.

Sacó el dinero.

—No quiero tu dinero—Como no tomé el dinero, lo puso contra mi pecho, pero antes de poder quitar su mano, la tomé, sosteniéndola contra mi cuerpo.

No sería la última vez que me tocara.

—Tómalo—le dije, sin fingir más esa frialdad. Quería enojarme, quería cabrearme por su reacción, por la salida que había tomado de todo esto. Pero no podía culparla, porque ella actuaba según su criterio. Ella no conocía toda la verdad. Ella no entendía este mundo. —La mitad de los tipos allá adentro cargan un arma. Si algo pasa, tira el dinero sobre la mesa y corre hacia la puerta, nadie va a seguirte cuando hay una pila de dinero para tomar.

Solté su mano y giré la manija de la puerta, los músculos de mi brazo se tensaron. Luego escuché como la puerta se cerró detrás de mí, aun chirriando sobre sus bisagras.

Ya no eres su guardián, Jev. ¿Lo sabes, no? susurró su voz en mi mente.

Lo sabía, maldita sea.

Lo sé

Pero eso no sería por mucho tiempo.