Nazarach me esperaba en las afueras del parque de atracciones, apoyado en el tronco de un árbol lo suficientemente grande como para cubrirlo completamente. La entrada al Delphic se alzaba en agonía y esplendor detrás de él, a unos metros; lo más cerca que podían llegar a estar de este lugar.
La razón por la cual los ángeles que aún trabajaban para el grupo de los siete no podían pisar este lugar se remonta a hace más de doscientos años atrás, cuando los arcángeles y los caídos se enfrascaron en una guerra por libertad, por derechos. Los arcángeles querían dominar cada espacio por el que vagaban los desertores, y no los dejaban vivir en paz, incluso después de pagar su castigo. Así que lucharon… Pelearon por tener un pedazo de tierra que pudiera mantenerlos a raya, separados, un refugio. Muchos ángeles se unieron al bando de los caídos, por lo cual, estos ganaron. El cielo tuvo muchas pérdidas esa fecha, pérdidas importantes. Los caídos ganaron su libertad en este pedazo de tierra, sin vigilancia, sin ser manipulados, sin correr riesgos. Crearon los túneles, y vivieron aquí por muchos años. Construyeron el parque, que fue abierto al público en general. Y cada Jeshvan, fueron libres de poseer a todo aquel que les jurase lealtad.
—Has llegado pronto, Jev. —Dijo él, acercándose un paso.
—Tengo curiosidad por saber quién fue el listillo que me encadenó a Marcie.
—No estás encadenado, estás cumpliendo con tu deber—rezongó él, luego alzó una ceja— ¿Estás deseando renunciar a tus obligaciones, Jev?
Me senté en la rama del árbol más cercano al parque, con la mirada fija en el horizonte.
—De hecho, sí.
Él sonrió.
—Serás enviado al infierno. Ahí si estarás verdaderamente encadenado.
Bufé.
—No, por supuesto que no. Soy lo suficientemente listo como para salir de esto sin perjudicarme.
Su sonrisa disminuyó un poco.
—Estás bajo la mirada de siete arcángeles, Jev. Mi presencia aquí en la tierra es un claro recordatorio de ello. No eres lo suficientemente listo como para burlarnos.
Una sonrisa venenosa curvó mis labios, mi sangre convertida en hielo.
—No me subestimes, Nazarach. Recuerda con quién estás hablando. Que no se te olvide quién soy, ni quién fui.
—No eres más que la sombra del poder que alguna vez tuviste.
—Un caído nunca pierde su fuerza ni su poder, Nazarach. Yo que tú, elegiría bien las palabras que salen de tu boca.
Se quedó en silencio unos segundos, mirándome directamente a los ojos. El hielo que brillaba en su mirada me dejaba más que en claro que sabía que era cierto lo que decía, y que me creía más que capaz de acabar con él en estos momentos.
—Da igual—dijo, finalmente—No he venido aquí para discutir sobre eso.
—Lo sé. ¿Qué pasa con Marcie? ¿Por qué tengo que cuidar de esa máquina sexual?
Nazarach sonrió de nuevo, esta vez una sonrisa divertida, para mi sorpresa.
—Jev, ¿Alguna vez has escuchado hablar de Mano Negra?
Me quedé en silencio. ¿Fingía no haber escuchado nada de ello? ¿O le decía todo lo que sabía? Preferí guardar silencio. Era importante saber todo; lo más probable es que si le dijera que sabía algo de ese sujeto, me limitaría con sólo mis conocimientos, y no me daría detalles.
—No.
Suspiró, desviando su atención. Bien, esto parecía tener mucha importancia.
—Mano Negra es un Nephilim pura sangre, un antiguo. Nos han llegado los rumores de que planea reagrupar a sus seguidores, los mismos que tenía antes, y los nuevos que han aparecido ahora.
— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?
Me miró, diciéndome que aún no terminaba de hablar. Levanté mis manos en un exagerado gesto para decir "continúa".
—Su objetivo es crear una secta lo suficientemente grande y bien estructurada como para declararnos la guerra. No más ángeles, no más caídos.
—Somos demasiados, ni aunque reuniera a todos los Nephilim del planeta podría con nosotros. El número de caídos es elevado, ni hablar del número de ángeles que hoy habitan en el cielo. No entiendo cual es el problema.
—El problema, Jev… es que tienen a Celiane.
De acuerdo, eso no me lo esperaba.
— ¿Cómo pudo permitir que la capturaran? Celiane tiene un poder increíble.
—La tomaron por sorpresa, y sabes bien que ella no sabe manejarlas.
—De acuerdo, ¿Cómo entro yo ahí, y por qué estoy cuidando de Marcie?
Él me miró a los ojos de nuevo, y lo entendí, demonios.
—Mano Negra es el padre de Marcie. Hank Millar.
— ¿Y tengo que sacarle información a la chica acerca de lo que hace su padre?
—Sí, algo así. El plan es que te ganes su confianza, que ella sienta que pueda contarte todo sin temor a nada. Que se sienta protegida contigo, tal como Nora lo hacía—Me tensé ante la mención de ella—Pero trata de no romperle el corazón a esta chica, no queremos que la dejes vuelta nada, como a Nora.
Ese comentario me lastimó, porque me recordó lo mierda que fui con ella. Pero no me rompí ante él, porque sabía que eso era lo que estaba esperando. Era obvio que seguía buscando alguna razón para lanzarme al infierno.
Me obligué a encogerme de hombros.
—Yo no la obligué a enamorarse.
Sí, eso sonó lo bastante frío como para quitar su mirada de mí por un momento.
—Está bien, supongo que tienes razón—Dijo, dándose la vuelta y extendiendo las alas. Me sorprendió claramente, porque sacar tus alas frente a un caído cuando estabas de espaldas, tenía un significado. Quería decir confianza, apoyo. Pude ver sus mejillas estirarse, e intuí que sonreía. Me confundí aún más—Nos vemos pronto, Jev.
Sacudió sus alas y se alzó en vuelo.
De acuerdo, las cosas estaban así: Tenía que rescatar a una arcángel que posiblemente… no, que realmente me odiaba, pasar los días que venían que una chica que mi novia odiaba, y tratar de descubrir qué demonios hacía Hank Millar. Siempre he dicho que tengo una suerte excelente.
Pero primero era lo primero… Saqué mi teléfono y marqué.
— ¿Me ayudas a sacar una pluma del cielo?
Rixon rió.
—Estoy dentro, hermano.
