Temblaba con el susurro del viento. Se abrazó a sí mismo, encogiéndose entre las hojas bajo la pequeña caverna en la que estaba.
Era un lugar modesto, apenas lo suficientemente ancho para cubrirse de la noche, para ocultarse de los males que se encontraban afuera, merodeando y reinando la noche.
Tenía los ojos bien cerrados pero todos sus sentidos alerta. Nunca había tenido tanto miedo.
Recordaba su casa como un lugar cálido y tranquilo, seguro a los pies del Reino de Camelot. Ealdor.
Tanto añoraba su camita maltrecha, el calor de la pequeña choza, las caricias y besos en la frente de su madre, Hunith.
Esa pobre mujer ha de estar destrozada en este momento, quizás siendo consolada por alguna de las vecinas pues en Ealdor todos se conocen y ver a Hunith sin el pequeño Merlín en brazos sería espantosamente confuso para los habitantes.
Mientras tanto, Merlín se aferraba a la esperanza de ver el sol salir pero la noche era joven, aún era de madrugada.
Tiritó, el frío parecía colársele entre los huesos y desgarrar su piel desde adentro hacia fuera.
Menuda crueldad la del Rey, se repetía Merlín mientras intentaba calentar sus manos en una modesta y pequeña fogata a su lado. No era mucho pero lo mantendría lejos de la hipotermia durante la noche.
Una vez fuera de la ciudadela, había corrido tanto que se perdió aún más de lo que ya estaba. No sabía donde estaba el sur o el norte, el oeste o el este pero lo sabría a la salida del sol porque, aunque no se ubicaba con las estrellas y la luna (muy vistosas aquella noche, cabe decir) con el sol si.
No había nadie a su alrededor, nadie que lo mirara o atestiguara de lo que estaba a punto de hacer.
Giró su cuerpo hasta quedar frente a la modesta fogata a su lado, llevó las manos hacia el frente y con mucha concentración pudo levantar las llamas. Las hizo más vistosas, más grandes y más coloridas, alumbrando un gran radio a su alrededor. Sonrió, aquello había sido de su creación. Él lo había hecho, nadie más que él.
Para Arturo la noche fue larga, los minutos y horas pasaban sin ver señal del chico.
¿Cómo es que se había metido en tal lío? Había ido por un inocente paseo por el mercado y ahora estaba en los bosques, buscando a un inocente niño pueblerino. ¿Cuántos años podía tener? Quizás su edad pero vaya que parecía menor, mucho menor gracias a una delicada figura, delgada y frágil.
Si era verdad que tenían la misma edad, Merlín debía comer mucho menos que él… ¿Merlín comía 5 veces al día como lo hacía él? Claro, después del entrenamiento… ¿Y si no? ¿Sería justo que Merlín comiera solo una vez al día? Quizás no comía… Quizás… Arturo sacudió la cabeza con ligera violencia, tenía que dejar de pensar tanto y concentrarse más. Se aferró a la espada, sus manos sudaban pero el viento las refrescaban un poco.
Se había dirigido hacia el norte, ligeramente inclinado hacia el oeste, solo por una mera corazonada pues recordaba que había visto unas pequeñas cuevas ahí.
Esperaba que su corazonada tuviese razón y pudiese encontrarlo pronto, el solo hecho de pensar que Merlín estaría por ahí solo le hacía sentir los pelos de punta.
Llevaba caminando un buen rato, en guardia, con la espada en alto y todos los sentidos activos, propio del joven cazador.
Olfateo el aire, olía a madera quemada. Conocía el olor perfectamente.
Quizás eran vándalos, aunque de serlo no estarían tan callados.
Aguardó un momento, escuchando atentamente mientras apoyaba su espalda contra un fuerte roble frente a quien sea que estaba ahí, cerca de esa fogata.
Tomó aire y se preparó. Podía encontrarse cualquier cosa, a cualquier persona al voltear pero solo esperaba encontrar al muchacho.
Dio otra bocanada y contó hasta 3 en su mente
1… Quizás sean vándalos, si es así, tendré que enfrentarme a ellos.
2… Quizás solo sean pueblerinos, si es así, seguiré mi camino.
3… Quizás sea Merlín, si es así…
Volteó, con la espada en guardia, a enfrentar lo que estuviese ahí.
Sus ojos se entrecerraron, el destello fue impresionantemente fuerte, algo totalmente sobrenatural, fuera de lo común… Era mágico.
Se cubrió la mirada con una mano y con la otra mantuvo firme la espada pese a los temblores que recorrían su cuerpo.
Estaba estático ante el horror de la realidad, de todo lo que pudo encontrarse en el bosque, se había encontrado con un mago. Era cierto, no podía negarlo. En ese estado de shock que duró unos segundos supo que algún terrible mago o una malvada hechicera estaba frente a él, lo miraba fijamente y se preparaba para asesinarlo a sangre fría, pues así eran los magos. Todos eran asesinos. Todos.
Tenía que reaccionar rápido, tenía que atacar.
Una vez el destello se apagó a una luz moderada, levantó su espada por lo alto y adelantó unos pasos, listo para atacar al maléfico y terrible ser con el que se había encontrado.
Detuvo el arma al ver una chaqueta marrón familiar, los brazos debiluchos y delgados que se levantaban en un intento fallido por detener el inminente ataque.
Pero, acaso sus ojos lo engañaban?
Arturo parpadeó dos veces, con el arma aún levantada. Frente a sus ojos solo estaba Merlín, solo… Merlín.
