N.A.:
He regresado, más cansada que nunca (ya les contaré después en que embrollos me he metido.) y sin la bendición de mi beta para este capítulo pero es que no me daba el corazón para hacerles esperar más. Ruego que me disculpen los errores, siento que me ha quedado un poco atropellado pero espero que les guste y ya estoy trabajando en el próximo capítulo (ya era hora no?) así que disfrútenlo y déjenme sus opiniones, siempre estoy dispuesta a escucharlos. Los quiero!
- B.K.S.
Sus ojos se cerraban ligeramente ante los golpes de la briza que amenazaba con
congelar todos sus huesos. Era un vientecillo discreto pero frío. al caballo que estaba amarrado a nte los golpes de la briza que amenazaba con congelar todos sus huesos. Era una briza discret A su lado yacía el pequeño Merlín, tiritando de frío bajo su chaqueta café. Sonrió. ¿Por qué? ¿Por qué sonrió al verle sus cabellos iluminados por el fuego? Sacudió su cabeza con firmeza, se sujetó fuertemente el mango de su espada y miró a la luna y cómo poco a poco iba perdiendo el brillo al enfrentarse con los rayos del sol.
El alba iba llegando poco a poco, podía sentirlo en la forma en la que la luna y
las estrellas se desplazaban a lo largo del manto negro que les cubría para cederle el escenario a los colores pasteles y al sol.
Le dio unos empujoncitos a Merlín para que despertara. Entre más rápido se
encaminaran hacia Ealdor, tendrían más tiempo antes de que las tropas sean enviadas en su búsqueda.
-Eh, Merlín. Despierta.
El niño se frotó los ojos y bostezó:
¿Qué sucede? Aún es de noche.
Tenemos que empezar a movernos. Pronto vendrá el sol y con él, mi padre a buscarme. Levántate pero no hagas mucho ruido- le aclaró.
Merlín hizo caso y poco a poco, aún somnoliento, se levantó cuidadosamente. Colocó su chaqueta en sus hombros y empezó a apagar el fuego.
Arturo miró hacia todos lados. Deseaba haber traído su caballo, ahora el viaje
les tomaría dos días… Todos sus sentidos alerta, escuchando cada hoja crujir, cada rama retorcerse en su tronco y cada animalillo que se escabullía en la oscuridad del bosque.
Bordearían el paredón de la ciudadela hasta encontrar el camino de lastre que
los guiaría directamente a Ealdor. No estarían ahí mucho tiempo pues no quería arriesgarse a que, por una vez en su vida, los centinelas de la ciudadela en realidad estuvieran haciendo su trabajo y los atraparan. Además, es más seguro que simplemente atravesar el bosque casi a ciegas. Una vez encaminados y con el sol reluciendo a sus espaldas debían apresurarse antes de que dieran la alerta de su desaparición.
Se preguntó cómo estaría Gaius… ¿Lo habrían atrapado de camino al castillo?
¿Lo habrán interrogado? ¿Acaso estaban perdiendo ya mucho tiempo? Gaius…
Se sobresaltó al sentir la mano de Merlín en su hombro y dejó salir un diminuto grito sin pensarlo dos veces.
Lo siento, no quería asustarte – dijo el joven apenado. Se vio en la penumbra de la noche, solo iluminado por la tenue luz de la luna.
Está bien. No me asusté – insistió el príncipe. Tomó las riendas del camino y comenzó a guiarlos a ambos hacia donde sabía que se encontraba el paredón mientras le explicaba su plan a su nuevo amigo. Este se limitó a asentir y agradecerle una vez más por toda su ayuda.
Caminaron cuidadosamente entre el bosque, entre esos gigantes de madera y sus pequeñas hojas muertas que crujían bajo sus botas. Mientras tanto, ambos se
miraban ocasionalmente, controlados por la pena y las risillas tímidas que escapaban de vez en cuando.
Una vez que estaban a metros de la pared, se dirigieron hacia el oeste, paralelo
al cemento que los abrazaba desde un costado. Unos metros más tarde tomaron rumbo hacia el sur, siguiendo el camino.
Arturo quería relajarse y quizás hasta conversar con Merlín pero sabía que
debía estar alerta, cuidando sus espaldas y escuchando al bosque en busca de peligro al cual enfrentarse. Siguiendo el plan estipulado, se adentraron en el bosque,
Se encaminaron con fervor hacia su destino, seguros uno con el otro y a gusto con su compañía.
Los árboles se empezaban a pintar con los colores del alba, los pajarillos
cantaban y las hojas aún se estremecían con el viento. El paisaje pintado ante sus ojos, pensó Arturo, era casi tan lindo como una pintura de algún gran artista.
Merlín, a su lado, también contemplaba boquiabierto el paisaje que les
rodeaba; sus ojos se iluminaban al ritmo de los rayos de sol que llegaban a estos. Apreciaba cuidadosamente las hojas de los arboles, la visible textura de los troncos y los pájaros que volaban sobre su cabeza. La escena para el pequeño Arturo era refrescante, admirable, incluso… exquisita. Ver a aquel enclenque niño tan feliz con tal simplicidad le hizo sentir un regocijo inexplicable pero pronto su felicidad se vio interrumpida por el crujido de una rama a su izquierda. Se detuvo en seco y tomó a Merlín del brazo, colocándole un dedo en sus labios para que éste no hablara. Arturo tomó el mango de su espada, listo para desenvainarla
Una flecha rompió el silencio mientras surcaba el aire en su dirección; ambos
se agacharon al verla (Merlín tomado de la camisa por el príncipe) pero la flecha pasó a unos metros de ellos; sea quien sea no tiene una excelente puntería pero Arturo no iba arriesgarse a otra flecha; empujó a Merlín contra el suelo y éste cayó inmediatamente, golpeándose la espalda contra el suelo.
El príncipe desenvainó su espada lo más rápido que pudo y se abalanzó contra
el hombre que sostenía un arco cargado, apresurándose a hacerle perder el equilibrio.
El hombre, quizás un treintañero a lo mucho, se derrumbó contra el suelo y
soltó la flecha sin apuntar. La punta de madera rozó la mejilla del rubio, cortando su piel y unos cuantos mechones de cabello; aún así, y sin chistar, precipitó su espada contra el rufián, cortando la cuerda del arco y el dorso de su mano. El hombre dejó salir un alarido, víctima del dolor de la herida.
Merlín miraba la escena desde atrás, boquiabierto ante la agilidad de su
príncipe, la manera en la que su pequeño cuerpo se movía rápidamente. Tan sumido estaba en aquella escena que notó muy tarde una espada precipitándose contra él a su derecha; el acompañante del Rufián Numero Uno, Rufián Numero Dos, buscaba ponerle fin a su corta vida, y en defensa, el pequeño Merlín levantó sus brazos suplicando misericordia. Rufián Numero Dos salió volando por los aires mágicamente hasta azotarse contra un árbol. El joven hechicero abrió los ojos poco a poco, temblando de pies a cabeza, al escuchar el golpe del hombre contra el árbol. ¿Qué había ocurrido? ¿Acaso él lo había detenido, con su magia? ¿¡Y que habían sido esas palabras que misteriosamente habían brotado de su boca?!
rhychu yr awyr
No tenía ni idea de qué idioma era ese- si siquiera era una lengua. De igual manera había combatido a ese bribonzuelo por sí solo y un subidón de adrenalina lo invadió, comenzando en su pecho y estomago y recorriendo todo su cuerpo. Estaba alerta, atento y listo para cualquier otro ataque.
Arturo y el otro brabucón miraron boquiabiertos a Merlín quien aún tenía los
brazos sobre su cabeza y embozaba una pequeña y satisfactoria sonrisa. El príncipe aprovechó rápidamente el descuido de su enemigo para precipitar en él un golpe con el mango de su espada que lo dejaría inconsciente por unas cuantas horas.
Seguidamente robó las tres flechas restantes, aunque reparara el arco con
cualquier cuerda improvisada no podría hacer mucho sin las flechas.
Merlin se levantó y sacudió el polvo de su ropa. Se acercó al príncipe y éste se apresuró a guiarlo; tomaron la daga del segundo rufián y huyeron rápidamente de ahí.
El sol se levantaba rápidamente y el cielo tomaba un color azul claro.
Después de unas cuántos kilómetros de correr y cuando la adrenalina había
abandonado sus cuerpos ambos se detuvieron a recuperar el aliento.
El joven heredero sudaba sus cabellos y la sangre se mezclaba con éste, aunque su pequeña herida no dolía mucho y había sido pura casualidad que no lo hiriera de gravedad, la sangre aun no coagulaba del todo. Tocó ligeramente su mejilla, manchando sus dedos de sangre fresca y sudor.
Ambos se miraron, Merlín más agitado que Arturo, se percató del corte que
tenía. Su rostro se ruborizó, el príncipe de Camelot estaba herido y había sido su culpa. No le importó que fuese una herida superficial; de no ser porque quería guiarlo a casa ninguno de los dos estaría en esta posición, ciertamente no Arturo. Miró a su alrededor buscando una planta en particular, ¿dónde? ¿dónde? Posó sus ojos en la pequeña planta de sardón y tomó unas hojas recién nacidas de este. La herida no era muy grande pero esto le ayudaría a cerrarla rápidamente.
Merlín la colocó en la mejilla del rubio sin consulta
-¿Eh? ¿Qué haces? – objetó éste.
-Es sardón. Cerrará la herida en poco tiempo – contestó el mago al tiempo que tomaba la mano del príncipe sin especulación y la colocaba en donde estaban las hojas en su mejilla derecha.
Su mano, su mejilla, su piel era tan cálida y tersa, justo como la imaginó.
-¿Sardón? ¿No querrás decir lecinera? – Arturo no era muy hábil con las plantas y la medicina pero había usado esta planta antes y su olor era inolvidable.
-Nosotros le decimos Sardón.
-Sardón – saboreó Arturo la palabra, se asentaba bien en su boca. La pensó una y otra vez; definitivamente ahora no olvidaría el sardón. – Bueno, mago del sardón, tenemos que seguir moviéndonos.
Merlín asintió, no estaba seguro de haber dejado inconsciente al segundo
bárbaro y no quería arriesgarse a enfrentarle otra vez. Caminaron en silencio unas horas hasta que fueron interrumpidos por un gruñido. Merlín miró a todos lados mientras buscaba la fuente de aquel sonido
-Lo siento, tengo hambre – afirmó apenado Arturo mientras frotaba delicadamente su estómago
- ¿Ese fuiste tú? – Merlín lo miró sorprendido. ¿Tanta hambre tiene? Aunque ahora que lo piensa puede que a estas horas el Príncipe ya estuviera recibiendo un desayuno monumental.
Arturo rió apenado y Merlín dejó salir una pequeña carcajada. A decir verdad, el también tenía un poco de hambre pero estaba acostumbrado a aguantar más que su amigo.
Encontré unas bayas, creo que no son venenosas puesto que son las que comen los ciervos. –Merlín le tendió las bayas a su famélico amigo. Sentados en unas
rocas comieron los frutos rojizos; el sol estaba alzado completamente y se olía la leña quemándose en el pueblo a solo unos cuántos kilómetros más.
Lo que daría Arturo por cargar unos cuántas monedas; nadie le creería si decía ser
el Príncipe ¿o sí? Pero todo eso no importaba cuando vio a su amigo con la boca llena de frutos y los labios rojos por el néctar, las mejillas infladas como ardilla.
Ambos rieron y se molestaron mutuamente un poco, codazos suaves y bromas.
Arturo incluso lo imitó cuando estaban en el castillo, diciendo que parecía un perro asustado
¡Estaba aterrado! – reclamó él, tragándose a la fuerza los frutos
Lo sé lo sé… - apenado, el Príncipe frotó sus cabellos rubios – él siempre dice "Un buen rey es aquel al que le temen."
A Merlín no le pareció una agradable frase, tampoco parecía gustarle a Arturo pero
no se pronunció más del asunto. Ambos se encaminaron otra vez en el sendero, el joven Príncipe rodeando con su brazo los hombros de su amigo mientras le frotaba la cabeza con los nudillos y el hechicero pedía misericordia. Ambos riendo. Ambos despreocupados por unos segundos, felices.
A solo unos pocos kilómetros se encontraba el pueblo de Naix, una noche ahí y
estarían en casa o al menos eso esperaba Arturo.
