CAPÍTULO 11

Me llevó más de un par de horas de intentos fallidos, pero pude suspirar de alivio cuando vi que por fin lo había logrado. La casa de Nora se alzaba frente a mí cubierta por un manto a blanco y negro, dándole ese contraste irreal de la situación. Ella estaba dormida, afortunadamente.

La puerta principal se abrió fácilmente con un crujido grave. No esperaba mucha resistencia, después de todo, estábamos en un sueño.

Comencé a subir las escaleras con paso lento y silencioso, a sabiendas de que posiblemente Nora estuviese dormida aquí también. Caminé a través del corredor, y justo cuando daba el tercer paso cerca de la habitación, una media fue atada alrededor de mi cuello, tirando de mí hacia atrás. Hubo un momento de lucha antes de que usara su propio peso para empujarla hacia adelante, y entonces nos encontramos cara a cara.

—Quieres explicar, ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, con la respiración agitada. Frunció el ceño— ¿Fue tu mensaje el de hace rato? ¿Fuiste tú quien me dijo que me quedase en casa? ¿Desde cuándo tienes un número privado?

—Tenía que conseguir una nueva línea. Algo más seguro.

Rodeó sus ojos en una muestra de "Sí, claro" repleta de sarcasmo.

— ¿Se te ocurrió siquiera golpear? Pensé que eras otra persona.

— ¿Esperabas a otra persona?

— ¡De hecho sí!

—Son más de las tres —dije, apretando mi mandíbula—. Quien sea que estés esperando, no puede ser tan emocionante; te dormiste —Sonreí—. Sigues durmiendo.

Y me sentía satisfecho. Había pasado horas tratando de entrar, pero seguramente no había podido porque Nora estaba despierta. O eso imaginaba, al menos.

—Para tu información, me quedé dormida esperando a… Scott.

¿Disculpa? Escuché mal, seguramente.

—Scott —repetí.

Si eso era cierto, ya tenía que practicar entrar en la mente de alguien más y practicar un asesinato sonámbulo.

—No empieces. Vi a Marcie subiéndose a tu Jeep.

Y aquí vamos con Marcie otra vez.

—Necesitaba un aventón.

Adoptó la pose de "manos a la cadera".

— ¿Qué tipo de aventón?

—No ese tipo de aventón —dije lentamente.

— ¡Oh, claro! ¿De qué color era su tanga?

No respondí. ¿Realmente tenía que preguntar eso, joder?

Ella se dirigió hacia la cama, entiendo mi silencio; tomó una almohada, y me la arrojó. Me hice a un lado rápidamente, y la almohada se derrumbó contra la pared.

—Me mentiste—dijo— ¡Me dijiste que no había nada entre tú y Marcie, pero cuando dos personas no tienen nada entre ellos, no intercambian armarios, y no se suben a los coches de cada uno, tarde en la noche, vestidos en lo que podría pasar por lencería!

Lo decía la chica que no estaba usando nada más que un top de tirantes y unos pantalones cortos. Bueno, al menos ella si tenía efecto en mí.

— ¿Intercambiar armarios?—pregunté, enarcando una ceja.

— ¡Ella estaba usando tu gorra! —exclamó.

—Su cabello no tuvo un buen día.

Su quijada cayó.

— ¿Fue eso lo que te dijo? ¿Y te lo creíste?

De acuerdo, esto podría lastimarla, pero quizá era cierto.

—No es tan mala como tú la haces ver.

Se puso un dedo en el ojo.

— ¿No es tan mala?, ¿Ves esto? ¡Ella me lo hizo! ¿Qué estás haciendo aquí? —Volvió a preguntar, su ira estaba hirviendo al máximo.

Me apoyé en el escritorio y crucé los brazos.

—Pasé a ver cómo estabas.

—De nuevo, tengo un ojo morado, gracias por preguntar —soltó.

— ¿Necesitas hielo?

— ¡Necesito que te largues de mi sueño! —arrancó una segunda almohada de la cama y me la aventó violentamente. Esta vez, la atrapé.

—Fuiste a Devil's Handbag, un ojo morado viene con la entrada. —Empujé la almohada de vuelta a ella, como si estuviese puntualizando mi opinión.

— ¿Estás defendiendo a Marcie?

Sacudí mi cabeza.

—No necesito hacerlo. Ella puede cuidarse por sí misma. Tú, por otro lado…

Apuntó la puerta.

—Fuera.

Como no me moví, caminó de nuevo hacia mí y me azotó con la almohada.

— ¡Dije que te largaras de mi sueño, mentiroso, traidor…!

Le quité la almohada y la hice caminar en reversa hasta que se topó con la pared, mis botas rozando sus dedos. Había abierto su boca para replicar tal y como hacía siempre cuando tiré de la tira elástica de sus bragas y la jalé aún más cerca. Mi respiración era suave y profunda mientras la tenía acorralada ahí, entre mi cuerpo y la pared, con su pulso acelerándose. Me moría de ganas de besarla, y supe que ella estaba igual cuando enredó sus manos en mi camisa y me jaló más cerca.

—No hagas que me arrepienta de esto—dijo, sin aliento.

—No te has arrepentido de mí ni una vez.

La besé, y la manera hambrienta en la que me respondió me dejó en claro que sus sentimientos por mí nunca cambiarían. Ella era mía, y yo sería suyo por siempre.

Subió sus dedos hasta mi cabello, atrayéndome aún más cerca. Mi boca estaba sobre la suya, caótica, salvaje y hambrienta. Todas las desastrosas y complicadas emociones por las que había pasado desde que habíamos roto se esfumaron, mientras me ahogaba en la loca y compulsiva necesidad de estar con ella.

Mis manos estaban debajo de su blusa, deslizándose expertamente desde su espalda hasta sus hombros, sosteniéndola contra mí. Estaba atrapada entre la pared y mi cuerpo, manejando torpemente los botones de mi camisa, sus nudillos rozando mi abdomen.

Me sacó la camisa por los hombros, y el sólo pensar que esta podría ser la oportunidad perfecta para estar realmente juntos me aceleró en un noventa por ciento; Los arcángeles no podían llegar hasta aquí, porque no podían entrar en nuestras mentes. Me sentía un puto genio por haber logrado esto.

Tiré la camisa a un lado, mientras ella deslizaba sus manos a lo largo de mi pecho, lo que envió una onda de locura a través de mí. No podía sentir su toque, pero el amor que sentía por ella me estaba guiando. La amaba tan malditamente tanto, que no faltaba mucho para que desafiara a los ángeles y llevármela lejos.

La levanté con mis manos, y enredé sus piernas alrededor de mi cintura. Mi mirada se dirigió a la cómoda, después a la cama, y mi corazón brincó con deseo. Todo pensamiento racional me había abandonado. Lo único que sabía era que haría lo imposible por aferrarme a este enorme trastorno. Esperaba que esta fuera una especie de reconciliación, porque demonios, deseaba desesperadamente tenerla a mi lado de nuevo. Fue el último pensamiento que registré antes de percibir que Nora se perdía, su mente se desconectaba del ahora. Y sí, maldita sea, ella había entrado a mi mente. No sabría decir exactamente cuánto tiempo había pasado cuando sus manos se aflojaron alrededor de mi cuello.

Parecía agitada, aturdida.

La tomé por los brazos, y miré al techo rogando a los cielos que no hubiese visto lo que no deseaba que viera.

— ¿Qué viste? —pregunté silenciosamente.

El sonido de su corazón resonó entre nosotros.

—Besaste a Marcie —dijo, mordiendo su labio para evitar que las lágrimas se derramasen.

Pasé mi mano por mi cara, maldiciendo. Luego apreté el puente de mi nariz.

—Dime que es un juego mental. Dime que es un truco. Dime que ella tiene algún tipo de poder sobre ti, que no tienes opción cuando se trata de estar con ella.

—Es complicado.

—No —dije, con una feroz sacudida de cabeza—. No me digas que es complicado. Ya nada es complicado; no después de todo por lo que hemos pasado. ¿Qué es lo que esperas conseguir de una relación con ella?

—No amor.

De acuerdo, Marcie me había besado, y yo le seguí el beso porque un arcángel me estaba vigilando. Eso no podía contárselo a Nora, en cualquier momento ella podría soltárselo a Marcie. Estaba seguro de que en estos momentos podría estar pensando en que era cierto todo aquello que le dijeron sobre mí, y tal vez tuvieran razón, porque no podía asegurar que los besos entre Marcie y yo no se repitieran.

—Me enfermas —dijo, su voz temblando acusadoramente.

Me agaché, los codos sobre las rodillas, el rostro enterrado en mis manos.

—No vine aquí a lastimarte.

— ¿Y a qué viniste? ¿A tontear a espaldas de los arcángeles? ¿A lastimarme más de lo que ya lo has hecho? —no esperó respuesta. Se llevó la mano a su cuello, se arrancó la cadena plateada que le había dado días atrás. Me la arrojó.

—Y quiero mi anillo de vuelta.

Mis ojos oscuros permanecieron en ella un momento más, después me doblé y recogí mi camisa. ¿Devolvérselo? Era la única esperanza que me quedaba de que ella y yo nos amábamos, y de que todavía podíamos estar juntos.

—No.

— ¿Cómo de que no? ¡Lo quiero de regreso!

—Tú me lo diste —dije con calma, pero no con gentileza.

— ¡Bueno, cambié de parecer! —Su rostro estaba encendido, su cuerpo ardía de ira. — ¡Te lo di cuando fui lo suficientemente tonta como para creer que te amaba! —Extendió su mano con brusquedad. —Regrésalo. ¡Ahora!

Ignorando su petición, salí del cuarto.