¡HORA DE DIBUJAR!
El dibujo nunca fue uno de los mayores fuertes de Oikawa, y debido a que necesitaba entregar un cuadro para la clase de apreciación artística, decidió pedir clases a Iwaizumi. Tras un par de días de constantes ruegos, Hajime aceptó, pero no tardó ni veinte minutos en perder la poca paciencia que poseía para sacar a su amigo de su dormitorio (no sin antes echarle en cara que, en efecto, dibujaría mejor usando el culo que las manos). Luego de eso recordó que él tampoco era buen dibujante, pero ya era muy tarde para pedir disculpas y por nada en el mundo iría tras Tooru.
Como si el destino así lo quisiera, el desventurado armador se encontró de nuevo en el parque en el que solía pasar el rato cuando su mejor amigo se molestaba con él.
Tenía un lienzo en las manos con un extraño intento de pintar una manzana. Y parecía que el karma de sus vidas pasadas se apresuró, ya que el capitán de Nekoma se acercó a dialogar.
—¿Pero qué haces aquí de nuevo, pequeña criaturita del señor? —agregó con el tono empleado por el anfitrión de algún reality show mientras se sentaba a su lado.
Oikawa le contó lo sucedido.
—Vamos, no puede ser tan malo. Muéstrame el dibujo —dijo mientras le arrebataba dicho objeto de las manos.
Pasados unos minutos de girarlo en todas las direcciones posibles para intentar interpretarlo, y tras darse por vencido, intentó regresarlo a su creador, pero como éste lo observaba de una manera extraña e inquietante, tuvo que probar en hacer un buen comentario.
—Bueno… esto es una… una bonita... —estuvo a punto de agregar algo más, pero el capitán de Fukurodani apareció a sus espaldas.
—¡¿Pero qué clase de extraño maleficio es ése?!
El extraño sonido que el corazón de Oikawa hacía cada que escuchaba los comentarios del búho, se hizo presente. De nueva cuenta había pisoteado su esfuerzo... de manera involuntaria y nada maliciosa, claro.
Tal vez debería cambiar de parque para evitar encontrarse con ese par una temporada.
