REY DEL DRAMA

Era un fin de semana soleado. Oikawa se sentía con ganas de hacer unas compras para consentirse. Sin duda, sería asombroso; o eso creía hasta que, en el camino, se topó con aquellos sujetos que tanto agobiaban su existencia.

No sabía qué había hecho mal para que alguna deidad lo maldijera de esa forma, pero siempre se convencía de que debía ser alguien que envidiara su popularidad entre los mortales.

—¡Bokuto, es suficiente! —Tooru le arrebató los lentes, con los que Bokuto se divertía, y volvió a colocárselos—. ¡Largo los dos! —gritó, y una vena de molestia adornó su sien.

—¡Nunca podrás deshacerte de mí! —respondió Kotaro, y a sus palabras siguieron una estruendosa carcajada—. ¡Soy de tus mejores amigos!

—No, estoy seguro de que eres el peor de todos los que he tenido.

Al momento de escuchar aquello, todos los músculos del cuerpo se le paralizaron, menos los de la mandíbula, porque se desencajó en una mueca que demostraba el shock que las palabras habían ocasionado.

«Oh, no» Pensó Kuroo, y casi al instante llevó una mano al puente de su nariz. Sabía que al búho le había dolido escuchar eso.

«¿Bokuto?» pensó Akaashi, quien observaba al trío de conocidos a la distancia. Planeó girar sobre sus talones y desaparecer de la escena, cuando vio a Kotaro caer dramáticamente de rodillas, con las palmas de las manos apoyadas en el suelo.

Fue hacia ellos un poco preocupado y, tras saludarlos con una reverencia, se acercó a su superior.

—¿Por qué está en el piso?

—Oikawa me tiró algo —contestó con palabras entristecidas.

—¿Quiere que le ayude a buscarlo? ¿Era algo importante? —y lo más relevante—: ¿Qué es?

—Mi motivación y mi autoestima…

Keiji ya se hacía una idea sobre lo que había sucedido, así que le dirigió una mirada de reproche a Oikawa, quien se cruzó de brazos y lo ignoró de forma olímpica.

No pasó mucho hasta que Bokuto decidiera hacer uno de sus típicos dramas, y aseguró que se suicidaría ahogándose en la fuente del centro comercial. Akaashi intentó calmarlo, como siempre.

Por supuesto, Tetsuro se quedó cerca con una de las manos aferrada al cuello de la ropa de Oikawa impidiendo su escape. Sólo por haber provocado el incidente, merecía pasar pena ajena.

Sin duda alguna, otro día memorable en la vida del desdichado armador de Aoba Johsai.