Disclaimer: El universo de Hellsing, así como sus respectivos personajes son propiedad intelectual del gran mangaka Kōta Hirano y son empleados sin fines de lucro.


Un sonido vago y distante la despertó de su sueño. Era hora de levantarse e iniciar con el entrenamiento rutinario de los mercenarios, pero el golpear de las gruesas gotas sobre los cristales de la mansión la pusieron al tanto sobre la terrible tormenta. Seras salió de su sarcófago y de forma presurosa se alistó, tendría que buscar al capitán Bernadotte para ver que procedería. Corrió en dirección a las habitaciones sin prestar atención en la fornida espalda que le bloqueó el paso, chocando contra alguien y cayendo sobre sus sentaderas.

— ¡Lo siento! Iba distraída y...

Se detuvo al ver a Pip girarse hacia ella y sonreír de una forma que no supo interpretar. La fugaz mirada que le dedicó a sus piernas no pasó desapercibida, pero ignoró el gesto cuando el castaño le extendió la mano.

— ¿Estás bien, mignonette?

— Sí, gracias.

Se incorporó y jaló hacía abajo del largo de su falda, tratando inútilmente de cubrir sus piernas. Pip observó detenidamente cada uno de sus gestos, sin tomarse la molestia de disimular su repentino interés en las manos de la draculina.

— ¿Porqué ibas como yegua descarriada?

— ¿Qué haremos con el entrenamiento, capitán?

— Hay un diluvio allá afuera. Nosotros podemos trabajar bajo cualquier circunstancia, pero no sé si la lluvia sea un impedimento para ti, cherie.

— ¿La lluvia?

— Si, ya sabes. Es agua cayendo del cielo y recuerdo del folclore popular que los vampiros no pueden mojarse.

Seras meditó esas palabras, desconocía si el agua podía afectarle de alguna forma, pero no recordaba algún vampiro de la literatura ni el cine que pudiese mojarse.

— Tendré que preguntarle a Sir Integra.

— No está. Ella y Walter salieron hace un rato y aún no han regresado.

La única opción era preguntarle a Alucard, pero el miedo que sentía al acercarse a sus aposentos bastaba para que descartara la idea. Pip siguió hablando tras notar la angustia en su expresivo rostro.

— Podemos cancelar el entrenamiento. Walter nos pidió un inventario del arsenal que hay en los cuarteles, así los chicos y yo lo hacemos y tú no tienes que arriesgarte a derretirte con el agua.

— Eso sería de ayuda. Gracias, señor Bernadotte.

El capitán le dio la espalda tras dedicarle una despreocupada sonrisa y se encaminó a los cuarteles.

— Derretirme con el agua.

Seras se acercó al gran ventanal del pasillo y observó al exterior. La lluvia se acumulaba en varios charcos a lo largo del enorme jardín y el viento mecía las copas de los árboles, agitando los pinos y silbando cuando pasaba entre las ramas. Amaba los días lluviosos, porque recordaba varios momentos que vivió con sus padres, saltando en los charcos y dejando que «las lágrimas de nubes» mojaran su ropa. Suspiró y se encaminó al gran salón, tendría que buscar algo que hacer para no volverse loca; podría ayudar a los gansos con el inventario, pero la idea de estar rodeada de hombres trabajando le incomodó un poco. Sin darse cuenta ya se encontraba en el recibidor, las cortinas permanecían cerradas y la estancia en penumbras, pero el sonido de las gotas de lluvia azotando en los cristales bastaba para acaparar su atención.

— Me pregunto sí...

Se dirigió a la ventana más próxima y la abrió un poco, dejando que el agua salpicara su piel. Suspiró aliviada al ver que no se derretía, pero no pasó mucho tiempo antes de que tuviera que cerrarla, ya que de la zona húmeda de su brazo brotaron pequeñas pero dolorosas llagas.

— Los vampiros no pueden mojarse.

Otro cambio del vampirismo que nadie le explicó. Dejó que su piel sanara a una lentitud poco naturalista alguien de su especie mientras observaba con anhelo el exterior. No supo cuanto tiempo pasó de esa forma hasta que una familiar voz rompió el silencio.

— ¿Aburrida?

— ¿Eh?

Pip estaba bajo el marco que dividía el recibidor del resto de la estancia, sosteniendo una cerveza con la diestra.

— No, solo miraba la lluvia. Es relajante el sonido del agua.

— ¿En serio?

Caminó hacia Seras y se colocó tras ella. La draculina podía sentir el calor que emanaba de él, escuchar el flujo de sangre recorriendo sus venas, oler esa masculina fragancia que le era agradable.

— Jamás he sido fanático de los días lluviosos, aunque deben ser agradables si le hayas gusto al mal clima.

— ¿Porqué no le gusta la lluvia?

— Ablanda la tierra y el terreno fangoso dificulta la movilidad, además es complicado enfocar un objetivo con el agua golpeando en tu cara, y ni hablar de lo que hace con el cabello.

Pip sujetó la punta de su trenza mientras observaba con fastidio por la ventana. Seras rió suavemente, tapando su boca con un recatado gesto.

— ¿Y qué tiene de especial la lluvia para tí?

— Me recuerda mi infancia. Siempre que papá estaba en casa y llovía salíamos a jugar. Me encantaba saltar en los charcos y arrojarme sobre la hierba, aspirar el olor de la tierra húmeda y hacer pasteles de lodo.

El castaño terminó su cerveza y dejó la lata vacía sobre una pequeña mesa que decoraba la esquina donde se encontraban. La rubia se mordió un labio, inquieta e incómoda ante sus propias palabras, habló sin pensar y aún no sentía la confianza suficiente para tocar esos temas con el señor Bernadotte.

— ¿Averiguaste si los vampiros pueden mojarse?

— Sí.

Seras levantó su brazo, dejando a la vista del capitán las llagas que aún no cerraban del todo.

— Es uno de esos cambios a los que tendré que acostumbrarme.

Desvío la mirada hacia la ventana y siguió observando con nostalgia. Pip se cruzó de brazos y miró en la misma dirección sin decir nada por varios minutos, hasta que su voz interrumpió ese pesado silencio.

— Seras, ven conmigo.

La aludida se giró para ver como el capitán iba en dirección a la entrada principal. Lo siguió hasta alcanzarlo pero se detuvo al ver que abría la enorme puerta.

— ¿Va a salir?

— Vamos.

— Vio las heridas. ¡No puedo!

— ¿Crees que voy a permitir que te pase algo?

La draculina lo miró con incredulidad.

— ¿Es una broma?

— No, pero puede ser una orden si así lo quieres.

— Pero...

Posó sus ojos azules en él, observándolo de forma suplicante y dudando hasta que desistió y asintió. Antes de pasar por el enorme marco de caoba Pip se quitó su cazadora y la cubrió con ella, asegurando de que la mayor cantidad de su expuesta piel quedase cubierta. Colocó un brazo en sus hombros para pegarla a su cuerpo y la llevó al porche. El tejado dejaba que pequeños riachuelos cayeran frente a sus ojos, podía sentir el aire frío, oler la tierra húmeda y escuchar la sinfonía de los cielos. El castaño acercó su mano a uno de los bolsillos de su chaqueta y extrajo una cajetilla de cigarrillos y su encendedor, rozando su cintura en el acto, pero a Seras no le importó, tampoco prestó atención al olor de la nicotina ni a su aliento ligeramente alcohólico exhalando cerca de su nuca. Ese hombre hizo algo muy significativo para ella, no importaba lo demás, siempre que permanecieran bajo la lluvia.