Disclaimer| Yuri on ice [ユリ! on ICE] y todos sus personajes pertenece a MAPPA, Sayo Yamamoto, Mitsuro Kubo, Kenji Miyamoto, y todos los correspondientes, yo solo decidí escribir algo que ellos se estaban saltando.

Pareja | Viktor x Yuri [Vikturi]

Advertencia | ¡Mpreg que sigue el canon de la historia!

Notas | ¡Hola! Qué feo es comenzar cada capítulo pidiendo perdón por haberme atrasado tanto al actualizar, quisiera ser más constante. Espero que los retrasos no me cuesten muchos seguidores, en defensa propia diré que estuve trabajando exhaustivamente durante las vacaciones y apenas entré a la escuela tengo un poco de tiempo para actualizar, el cual aprovecharé inmediatamente. Sin más doy por inaugurado el capítulo 9…


Making History

Viktor x Yuri

―Capítulo 9―

Las luces rojo y azul que brillaban con fuerza encima de las cabezas de todos y destruían lentamente las pupilas de los ojos, debían ser una visión extraña para cualquiera, sin embargo no lo eran. Viktor estaba acostumbrado a ver este tipo de luces todo el tiempo, no que se la pasara en recorridos extremos con la policía, pero tenía vagos recuerdos de su niñez y muchos de ellos estaban permeados de la luz que la alternancia de colores producía. Desde la ventana de su casa podían verse por las noches siempre una fiel patrulla que cruzaba las calles en busca de peleoneros ocasionales, así mismo estos rufianes provocaban que las ambulancias hicieran base cerca de casa, justo frente a la iglesia. Viktor tenía más que fresco el recuerdo de las luces, de las sirenas, podía fácilmente distinguir una sirena de patrulla a la de una ambulancia, ambas eran completamente distintas a la de un camión de bomberos. Esos tal vez eran los recuerdos más extraños de su niñez, el sonido hueco y profundo de los vehículos de emergencia…

A lo que Viktor no estaba acostumbrado era a subirse en uno de estos. Vaya, era la primera vez que veía el interior de una ambulancia y aunque hubiera querido concentrarse perfectamente en cada uno de los detalles del equipo de rescate que había en cada espacio del lugar no podía apartar su vista de Yuri. Habían salido del hospital en calidad de fugitivos, después de advertirle a Viktor tres veces que Katsuki no estaba en condiciones de un traslado. El ruso insistió con una sonrisa amable que rayaba en lo molesto, fue muy firme en su posición y justo antes de salir en la ambulancia de lujo que Yakov había contratado soltó una buena sarta de quejas que habrían despertado al más dopado de los pacientes. Los doctores le miraron como si no tuvieran la culpa, aunque claro que no la tenían, para Viktor cualquiera que no pudiera hacer algo por la salud de su amor estaba en la lista de personas indeseables.

Finalmente habían subido a Yuri a la ambulancia y aunque su aspecto era mucho mejor no había una mejora definitiva en su estado. Los paramédicos encargados de llevar a Yuri al nuevo hospital fueron firmes pero sutiles. Al pelinegro ya se le habían dado todas las medidas preventivas necesarias para su tratamiento, la fiebre estaba estable y disminuyendo, su inconciencia y desvaríos se aplacaban notablemente, incluso los calmantes y analgésicos debían mantenerlo en un estado taciturno por las siguientes horas. Viktor entendió que tal vez la vida de Yuri no se encontraba en el mismo peligro que antes cuando desesperadamente lo llevó a aquel hospital, pero que, sin buenas noticias, la enfermedad por la que estaba atravesando era desconocida.

No, Viktor no culpaba a los paramédicos, después de todo ellos no podían hacer mucho por ahora, solo pisar el acelerador de la forma más lunática que sus pies y las leyes de transito les permitieran y evitar que Yuri cayera de nuevo en un estado crítico.

Yakov y Yurio, por otra parte, habían tenido que tomar el auto de Viktor y llevarlo hasta el hospital por su propia cuenta. Jalar al perro contra su voluntad, a costa de casi arrancarle el cuello, y decirle a Viktor que se relajara, Yuri estaría mucho mejor en el nuevo hospital. Esperaban. Por consideración a la salud mental, no sólo de Viktor también de ellos, que fuera así. No podían arriesgarse a que Viktor tuviera un colapso nervioso o algo, aunque casi no los tenía, no podían descartarlo… ¡Era de Katsuki de quien estaban hablando! Y Viktor parecía tener grabado el nombre del japonés en cada pedazo del cuerpo como si fuera una placa de identificación. La coherencia de todos y la nieve que caía a borbotones del cielo dependía de un diagnóstico acertado para el pobre extranjero.

Las calles apenas se llenaban de peatones, se trataba de una mañana demasiado fría y sola incluso para las almas más trabajadoras, cada edificio desprendía de sus angulares ventanas una solitaria esencia, como si en el interior no hubiese una familia desayunando o despertando alegremente. Tal vez, era Viktor, quien veía todo de forma lúgubre e inhóspita, pero su humor no daba para otra cosa, apenas podía concentrarse en el camino, o contar cuantos minutos habían transcurrido desde que subieron a la ambulancia. Sus compañeros de viaje tampoco decían mucho, pero al menos ellos tenían la decencia de no mencionarlo como una figura pública altamente importante, tenían la capacidad de comprender aquello que Viktor estaba transmitiendo con solo su aura.

Profunda ansiedad.

La ambulancia frenó de golpe.

―¿Llegamos? ― preguntó Viktor con destellos en la mirada

Uno de los paramédicos se limitó a asentir mientras comenzaban a abrir las puertas del auto para sacar a pelinegro, un equipo de cuatro personas, Viktor estaba seguramente estorbando, pero se pegaba alrededor como una mosca necesitada de comida. Al ruso estos momentos le parecían eternos, el viaje, el ascenso y el descenso de la ambulancia ¿Acaso no podían apresurarse un poco más? Cada instante era como si estuviera ahogándose, como algo atorado en el interior y más profundo punto de su garganta, a menudo se cuestionaba si así se sentía perder el aire por una ola del mar que golpeaba directamente con su salado cuerpo en tu rostro, o si un pedazo de zanahoria del tamaño exacto para quitarte la vida se quedaba atascado en su tráquea. Querer respirar y recibir ayuda rápidamente, esa era la sensación.

―Viktor ― gritó Yakov una vez vislumbro al ruso caminando detrás de la camilla ―, ya están esperando a Yuri, lo atenderán inmediatamente.

―Bien ― suspiró satisfecho.

El lujoso interior del hospital revelaba la posición en la que se encontraban. Fuentes de mármol y plantas decorativas circundaban el espacio dentro de la recepción. Hasta los cojines eran más mullidos y acogedores, Yurio rápidamente se tiró sobre ellos con los lentes de sol en los ojos. Los de seguridad insistieron dos veces, y solo dos, en que el perro debía quedarse afuera, la primera vez Plisetski les gruñó, la segunda bajó los lentes de sol y soltó un par de palabras antisonantes hasta que le dejaron en paz. Probablemente habían descubierto que se trataba del patinador y promesa Ruso más importante, después del dueño del perro, así que dejaron el asunto por la paz.

―Oye, viejo ― llamó Yurio al entrenador, quien observaba el cuadro de Viktor dando detalles a los médicos y a la trabajadora social.

Lo hacía con énfasis en cada detalle y Yakov le miraba con especial atención. Como si esperara que el ruso se desmayara de tanto hablar. O mejor dicho, de hablar sin descanso y hacerlo sin respirar.

―¿Qué quieres? ― preguntó Yakov sin mirar al quinceañero

―¿Cuánto tiempo nos vamos a quedar aquí?

―El que sea necesario hasta que Katsuki se recupere ― gruñó con los brazos en jarra ―. Mejor dicho, tú puedes irte en el instante que quieras. Deberías de estar entrenando ahora mismo, no perdiendo el tiempo aquí. Si no estás preocupado harías bastante bien en dejar de estorbar…

―Estoy preocupado ― respondió interrumpiendo osadamente ―. ¿Qué tal si es contagioso?

―¿Eso es lo que te preocupa?

―He comido y estado en casa de Viktor desde hace un tiempo ― murmuró meditabundo ―. ¿Qué tal se trata de una extraña enfermedad asiática? Podemos desatar una epidemia en la parte civilizada del mundo…

―Tú te fuiste a Japón por más tiempo del que te gustaría admitir y nadie está echándote la culpa de que Yuri está muriendo…

―¡Yuri no está muriendo! ― interrumpió Viktor con la furia contenida en su pétreo semblante ―, si eso es lo que piensan les agradezco mucho por su ayuda, pero ya pueden irse a casa.

―No pensamos esto, cálmate viejo ― refunfuñó Yurio un poco nervioso ―, solo pensábamos que…

―Como sea, no tengo tiempo para esto. Los doctores ya internaron a Yuri para realizar nuevos y mejores estudios, desafortunadamente no tengo los resultados que nos dieron en el otro hospital, pero mejor, seguramente se trataba de basura poco profesional ― comenzó a relatar Viktor con el pulgar sobre su mentón ―. No tardarán mucho en salir y con suerte tendremos un diagnostico en un par de horas. Yuri ya se ve mucho mejor… así que de verdad, pueden irse a casa yo me quedaré aquí con Makkachin.

―Viktor, se razonable ― suplicó Yakov en voz baja, su cabeza se meneó de derecha a izquierda en una rotunda negativa ―, ni siquiera has probado bocado desde anoche. Debes estar muriéndote de hambre…

―Si, además no tenemos otras cosas mejores que hacer ― secundó Yurio un poco preocupado.

―Gracias por habernos ayudado cuando lo necesitábamos ― continuó Viktor sin inmutarse ―, pero puedo encargarme yo solo de mi prometido ahora que está mejor. Vayan a casa y descansen, los llamaré de ser necesario.

Viktor no dio, ni iba, a dar su brazo a torcer. Le quitó a Yurio la correa del perro y caminó en solitario hasta un conjunto de sofás cerca de la ventana, donde el frio debía ser aún más intenso. Por más que no quisieron, Yakov y Yurio intercambiaron una mirada de preocupación seguido de un suspiro resignado. El estrés hacía cosas malas con Viktor, en realidad, era un estado tan poco frecuente en él que incluso en sus peores momentos podía manejar, pero ahora mismo parecía estar cerca de un colapso producido por el cansancio de tantas emociones. No pudieron más que deducir eso, rogar porque Yuri se mejorara y salir del hospital en espera de buenas y mejores noticias. La parte positiva de ambos decía que todo iba a solucionarse más rápido de lo esperado, la parte negativa gritaba que hoy no iba a haber entrenamiento… el estado de todos se encontraba delicado.

Sobre todo el de Yuri Katsuki.

Supo Viktor apenas unas horas después.

Los doctores no podían asimilar que existiera un estado mental en el que el cuerpo luciera como un cadáver, desprendiese de su aura una frialdad densa y espectral, hasta que notaron la presencia extraña que Viktor tenía, recargado sobre el sillón verde de la sala de espera, dormitando apenas, las ojeras bajo sus destellantes pestañas plateadas se acentuaban con la fría luz invernal proyectada directamente del exterior, la ventana sin piedad mostraba el exterior árido y muerto contra su rostro, como una película. Mover el hombro del patinador parecía un oficio peligroso, sobre todo cruel, como empujar con una vara el pequeño cuerpo de un pollito muerto.

Desprendido del sueño apenas le tocaron; Viktor abrió los ojos, entornándolos rápidamente al rostro del doctor frente suyo. Un hombre de edad avanzada y cabello blanco.

Se veía tan cansado como Viktor.

―Viktor Nikiforov ― nombró el hombre en una misión de reconocimiento

―Sí, si ¿Qué sucede? ― preguntó Viktor incorporándose cual resorte sobre sus botines de nieve

―Es sobre nuestro paciente, Katsuki Yuri… quiero darle algunas noticias sobre el caso.

Viktor no tuvo voz para responder, por supuesto se percató que el medico buscaba la forma más cordial para hablarle, pero tampoco encontraba consuelo en estas palabras. Desconsolado, exigió una respuesta con los ojos.

―Claramente se trata de un caso aislado, los síntomas que padece no son raros, en absoluto lo son ― explicó claramente el doctor refiriéndose a la fiebre y otras cosas parecidas ―, sin embargo mientras buscábamos la causa de estos, es decir que fue lo que los originó nos encontramos con varias trabas en el camino…

―¿Es que acaso ustedes tampoco cuentan con los recursos necesarios para encontrar la enfermedad de Yuri? ― inquirió Viktor con evidente frustración

―No se trata de eso ― interrumpió el medico enfadado ―, estamos descartando opciones viables, pues Katsuki parece no ser víctima de algunas cosas. Le pedimos paciencia, estamos trabajando duro para encontrar el origen de sus padecimientos…

―Eso significa que aún no tienen respuestas ― aseveró el ruso con el ceño fruncido

Viktor no tuvo la voluntad de decirle al médico que se encontraba inconforme con ese pobre anuncio. Pues el hombre parecía bastante preparado y seguro de lo que hacía, aunque evidentemente parecía no ser suficiente, además como si no fuera poco el cansancio empezaba a penetrar en cada espacio de su alma, tanto física como mentalmente, aquella pequeña siesta que inconscientemente había tomado no fue suficiente para reponer las fuerzas, así que antes de encontrar las palabras correctas para reclamar algo dejó que su cerebro sacara chispas intentando reaccionar, al mismo tiempo que dejaba caer su cuerpo contra el sillón.

―Además, lamento informarle esto…

Levantó la mirada, pues aquellas palabras se le antojaron de lo más desafortunadas, un tic nervioso, que hacía siglos no tenía atacó directo en su rostro. Comenzó a morderse el labio nerviosamente.

―Yuri tiene recaídas cada determinado tiempo. Se encuentra estable en un momento y al siguiente su estado va en picada, tardamos un poco en reestablecer su salud pero no parece estar mejorando… es solo como si concediera ciertas pausas antes de empeorar.

Viktor se recriminó, porque hacia solo unos segundos no había tenido la fuerza o voluntad para sostener al médico de los hombros y gritarle que se esforzara un poco más, había culpado a su cerebro y al cansancio por ello. Pues tanta fatiga dejaba su capacidad de reacción aún más lenta. Pero con esto su subconsciente había actuado de una forma peculiarmente abstracta, pues tan pronto el medico dijo estas palabras, el escenario más fatídico se postró frente a los ojos del patinador. Y quiso odiarse por ello, porque no podía exigir mejor atención pero si podía imaginar el peor de los casos que deparaba el estado de Yuri… triste realidad.

―Significa que… ¿Yuri está empeorando? ― la boca seca y los labios cuarteados, apenas los había mordido por quince segundos pero ya se encontraban rojos como manzanas, la voz estrangulada. Nadie podría tomar enserio a alguien que hablaba así en un curso de oratoria.

Afortunadamente, no era el caso.

―Dentro de la aparente estabilidad, lo hace ― continuó el medico sin inmutarse, como si hablara sobre el clima―, de seguir así puede haber consecuencias irremediables. Estamos intentando mantenerlo en su mejor estado, pero se encuentra al filo y no podemos asegurarle nada. Esperamos tener resultados antes de que algo irremediable nos alcance…

―¡Es que no puede llegar a ese extremo! Deben detener el avance de esto ahora mismo… ― gritó Viktor empujando la fuerza que quedaba en sus piernas para levantarlas y quedar frente a frente con el insufrible.

―Eso es lo que intentamos pero no podemos detenerlo si no sabemos de qué se trata.

―¡Pero para eso estoy pagándoles! ¡Para que encuentren el mal por el que Yuri está pasando y lo erradiquen! ― se encontraba eufórico, desenfrenado.

Las pocas personas que le acompañaban en la recepción y sala de espera giraron sus rostros contrariados por el repentino escandalo dentro del apacible lugar. La voz resonaba no solo entre las paredes y los sillones, muy seguramente penetraba por los pasillos, una dolorosa forma de enterarse de las malas noticias, por medio de gritos desesperados que no se detenían a pensar en el lugar o el espacio donde eran proferidos.

Profesionalmente el medico no perdió los estribos, había tratado con gente desesperada por toda una vida. Un jovencito enamorado no iba a ponerle de los nervios, aun con mucho poder económico de por medio.

―Le aseguro, señor Nikiforov, que trabajaré duro para mantener a su prometido con vida.

Viktor iba a hablar. Oh, claro que lo haría, tenía un argumento contra eso y era uno bueno… de esos sacados desde el fondo de su pecho y re cosechados en la profundidad de su cerebro. Le prometía mantener a Yuri con vida por que esa era su prioridad, pero no podía ver más allá de eso, no podía asegurarle que iba a encontrar la enfermedad de Yuri para erradicarla y terminar con este calvario. Abría sus fauces para soltar aquella venenosa respuesta cuando una voz suave y firme intervino entre ambos.

―Sabemos que así será ― interrumpió Mila tomando a Viktor de los hombros, apartándolo del doctor un minúsculo paso ―, y esperamos más de usted y sus servicios. Gracias. ¡Viktor, por favor ten calma, siéntate, estás temblando!

Portaba con una elegancia envidiable un abrigo de gamuza café y piel en cada una de las costuras, recién salido de una peletería de alta costura, botas del mismo tono adornaban sus largas piernas de bailarina y contrastaban de forma juguetona con la definida figura de sus rulos rojos cual sangre caliente. La bella jovencita no se esforzaba por enmascarar su preocupación, con gran ímpetu consiguió sentar a Viktor nuevamente sobre el sillón y pasar su delicado brazo por encima de los hombros decaídos del pentacampeón.

No, los dos no eran tan cercanos, ni siquiera se acercaban a la relación que Viktor poseía con Yurio, pero la chica era una patinadora empática y amable, sabía que Viktor y ella se llevaban bien, a secas, compartían agencia y representaban al mismo país, aunque con una abrumadora diferencia de talento. Pero ahora mismo el abrazo de cualquiera le hubiese bastado el hombre, estaba destruido. Y Mila era comprensiva, en cuanto tuvo noticia de la desgraciada salud de Yuri no dudó en acercarse para brindar la ayuda correspondiente, y pretendía que no fuera poca.

―Tengo sueño, estoy cansado, tengo hambre, odio todo y a todos… solo quisiera estar en casa ― enumeró el ruso jadeando.

No mentía cuando decía que el cuerpo del pentacampeón temblaba indecorosamente, sin saber la causa, la pelirroja atribuyó todo al repentino enfado que embargo el cuerpo del hombre apenas escuchó las terribles noticias, que ella también había presenciado sin querer interrumpir, hasta que fue demasiado inevitable, tuvo que entrometerse para poner un alto entre un Viktor a punto de perder los estribos y un médico demasiado calmado. Claro, no había tratado con Viktor Nikiforov antes y ella sí.

―¿Por qué no vas a casa? No sé, tomas una ducha, comes algo, intenta calmarte ― imploró Mila bajo un semblante preocupado

―¡Ni hablar! ¡Yuri está en un estado grave inminente! ― Atacó Viktor mirándole como si acabará de gritar que la reina de Inglaterra no existía ―, no puedo abandonar este lugar un solo segundo, debo estar al pendiente de él y de cada noticia…

―Viktor has pasado horas con solo café entre tus venas, te está afectando ― continuó la chica ―, los doctores no van a dejar que a Yuri le pase nada, además yo estoy aquí, aprovecha que te relevo para…

―Si estás aquí para ayudarme, ve por una ensalada de espinaca y un tylenol. La cabeza me está matando ― suplicó sin dar crédito a los intentos de la rusa por ayudarle ―, anda ve, yo te espero aquí, que de aquí no me voy a mover. Si quieres te lo pago…

―No hay necesidad― murmuró Mila levantándose ―. Voy por eso Viktor, pero intenta calmarte un poco, que toda esa frustración no hará bien a nadie, sobre todo a ti mismo ni a Yuri.

Viktor tiró su cuerpo cual peso muerto contra los cojines del sillón, la mano derecha contra el rostro, intentando infructuosamente cubrir sus ojos de la casi inexistente luz exterior y la molesta luz halógena y artificial que las lámparas del hospital proyectaban desconsideradas contra sus enrojecidos ojos. Mila suspiró como si tuviera que cuidar de un hombre borracho, desolado y claramente fuera de sus sentidos.

Movió todo su cuerpo con gracia hasta la salida y sacó el celular del bolsillo. Tenía prioridades y una de ellas era Yakov. Apenas sonó dos veces cuando Mila ya había cruzado la calle principal buscando entre los pórticos alguna cafetería de comida vegetariana y orgánica sin gluten ni conservadores. Algo que Viktor querría.

―¿Y bien? ― gruñó el entrenador del otro lado de la línea con incomodidad.

La pelirroja suspiró.

―Si me hubieras dicho con más detalles en qué clase de situación nos encontrábamos no estaría ahora buscando una cafetería que venda ensaladas de espinaca y tomates cherry. ¡Viktor estaba a punto de perder la cabeza! Nunca lo había visto tan enojado…

―Y con justa razón ― rectificó Yakov, Mila podía sentir sus ojos en blanco a kilómetros ―, han pasado días y no tenemos respuestas del estado de Katsuki. Viktor debe estar usando sus últimos granos de conciencia y cordura para mantenerse en pie. Pero no te preocupes, es inofensivo.

―Lo mismo creía yo ― aseguró ella inclinándose sobre un aparatoso mostrador lleno de platillos frescos ―, hasta que entré al hospital y Viktor estaba a punto de morderle el ojo al doctor. Además, como dices ¡con justa razón! No tenemos noticias de nada y no quiero alarmarte más… pero la situación tiene una pinta bastante preocupante.

―¿Crees que no lo sé? ― gritó el hombre bastante desesperado, Mila intuyó que no estaba dando clase. Obviamente. El ambiente era demasiado pesado para continuar con la vida normal de cualquiera ―. Sí que estoy preocupado por Yuri, aunque no lo parezca, no solo porque parece ser el principal soporte dentro de la vida de Viktor, sino por él en sí mismo…

―No es para menos ― continuó Mila pagando en la caja sin dirigirle a la cajera más que señales con las manos ―. Yuri es un chico amable, no entiendo porque en un momento tan decisivo tuvo que pasar algo así, estoy decepcionada y asustada. Yakov, debo colgar dejé a Viktor solo y no quiero perderme de nada importante, llegar y encontrarle despellejando a alguno de los encargados…

Antes de que Mila pudiera colgar el teléfono y dar por terminada la conversación, hubo una chispa de intuición dentro de Yakov que le hizo suspirar con frialdad. Ya en casa había podido contemplar el panorama sentado desde el reposette y meciendo su cuerpo, despejada la mente notó que la gravedad del asunto era mucho más intensa que lo que en primera instancia le pareció una débil gripa, había complicado drásticamente el ritmo de vida de dos personas que ahora mismo se veían afectadas y sin muchas posibilidades de encontrar una pronta solución. La respuesta quería no ser clara, pero para Yakov el nudo en la garganta comenzaba a formarse…

―Mila, lamento tener que pedirte esto a ti ― continuó con la voz trémula ―, si yo estuviera ahí, yo lo haría, pero si las cosas siguen así… temo decirte que tendrás que decirle a Viktor que contacte a la familia del muchacho. Vitya, es fuerte, es muy fuerte, pero no puede lidiar con esto solo. Ahora mismo el cree que es todo el soporte del mundo de Yuri en Rusia, a pesar de que nosotros estemos a su lado, él debe sentirse solo, así que será mejor conseguir apoyo para Katsuki desde otra fuente.

―Yakov, no voy a decirle a Viktor que llame a la señora Katsuki ¿No temes por mi vida? ― Rio con jovialidad ―. Viktor podría arrancarme el cogote de un cuajo si tan solo le sugiero aquello, lo mejor será esperar el informe de los doctores. Te dejo porque estoy cruzando la calle ¡Adieu!

La chica quitó el teléfono de su oreja, ya un poco caliente mientras bailaba de un pie a otro en la entrada del hospital. Por supuesto, su rostro había adquirido una verdosa tonalidad en cuanto Yakov pronunció aquellas palabras y más le dolía admitir que lo que realmente le preocupaba de esa extraña afirmación no era la futura molestia de Viktor sino las implicaciones que traer a los Katsuki tendría, solo mencionárselo a Viktor debía de ser una tortura para él, se trataba de asegurar que en realidad el asunto pintaba de la gravedad más íntima y era necesario dar el aviso correspondiente. Aunque probablemente él estaba intentando postergar lo inevitable. Ahora Mila también quería ser cómplice de ese retraso…

―Yuri, ponte bueno pronto ― suplicó la chica mirando al cielo ―, no podemos lidiar con esto solos y no queremos alertar a tu familia, nos pondría los nervios de punta a todos…

Rehízo su semblante después de tan extraña suplica. Bajo ninguna circunstancia tenía permitido mostrar tanta aflicción frente a un ya demasiado desbaratado pentacampeón Viktor Nikiforov, llegar con una sonrisa era la opción más sana para ambos. ¡Seguramente su estómago estaba hecho trizas! Ayunar tanto no debía hacerle bien a nadie y por más que el joven quisiera negarlo su estómago debía estar devorándose a sí mismo en el interior. La chica tambaleó lentamente hasta el sillón donde Makkachin, igual de preocupado como su dueño, dormitaba sin poder pegar el ojo realmente.

―¿Cómo te has atrevido a enviarme por una ensalada de espinada a las ocho de la noche? ― Gruñó Mila entregando el conteiner con un tenedor de plástico ―. Las personas normales cenamos twinkys con leche, no ensaladas.

―Necesitaba energía ― murmuró Viktor temblando, extendió su blanca mano para tomar el contenedor y pellizcar sin gana la ensalada.

―Voy un paso delante de ti… ¡Taran! ― Rio la joven sacando de su bolsillo una alargada botella gris con rojo ― un **, no sé qué pueda hacer tanta cafeína dentro de ti pero no quiero cuestionártelo…

―Espera ¿¡Que?! ― Gritó levantándose del sillón, el cual ya había recibido su peso durante tanto tiempo que mantenía la figura hundida de sus piernas ―. ¿Ya anocheció? ¿Qué día es hoy? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que salí de casa?

―Mmm ¿Desde qué Yuri enfermó? ― murmuró Mila pensativa

―¡Eso pues, eso! ― gritó dramáticamente moviéndose de un lado a otro

―Pues, cerca de dos días y la mitad de otro ― pensó la pelirroja como hipnotizada por el movimiento exacto que las piernas de Viktor conseguían de derecha a izquierda, preparado para crear un agujero regular en un espacio de dos metros dentro de la sala de espera ―. ¿Te preocupa el pago?

―¡No digas bobadas! ― Rio Viktor con sarcasmo ―, el dinero no debiera ser problema, me preocupa que han pasado más de dos días y Yuri no se ha recuperado… ¿Sabes qué significa eso?

―¿Qué debes ejercitar tu paciencia y tus formas de ser positivo con videos de YouTube? Porque tengo un excelente plan de datos ilimitados y…

―¡No Mila! Deja de decir bromas, esto es grave ― la chica bajó la mirada avergonzada, ¿Cómo pudo siquiera imaginar que Viktor estaba de humor para bromas? Al menos tenía el semblante cubierto de un extraño color rojizo, como si la sangre hubiese vuelto a circular en sus mejillas ¿Era buena señal aquello, no? ―, significa que tendré que llamar a Mamá…

Mila levantó el rostro, más pálida que cualquier chica rusa de su edad, cualquiera que no sufriera de anemia en un nivel grave. Frunció el ceño, sus delicadas cejas rojas se juntaron como dos animalitos salvajes peleando por un trozo de carne ¿había escuchado bien? ¿La señora Nikiforova? Cualquiera que fuese su nombre. Un hueso de pollo se quedó atorado en su garganta, o tal vez una gota de saliva deslizó mal, porque comenzó a toser cual víctima de un gas pimienta.

―¿Tu… tu madre? ― Jadeó una vez que pudo recuperar el aire ―. ¿Vas a llamar a tu…?

―¡No! ¡Hablo de la señora Katsuki! ― gritó Viktor dejándose caer en una sentadilla perfecta contra el piso de mármol, manos a cada lado de la cabeza, jalar el cabello no podía ser nada sano para él ―, mi otra madre, mi suegra… mi suegro, mi cuñada, los Katsuki ¿Qué hora es en Japón?

―Viktor, espera un solo segundo…

A esas alturas el patinador ya tenía la mano sobre el teléfono y la mirada perdida entre los ventanales. Pues bien, según los registros que Mila tenía el en realidad no había reaccionado de una forma tan perturbada como aparentemente llamar a los familiares del implicado tendría que ser, porque para Mila eso solo significaba lo ya dicho. Gravedad absoluta en la situación. Y Viktor parecía ser muy consciente de ello, pues habían pasado dos días y no había señales de mejora en un ser humano que no le pertenecía del todo…

―No puedo esperar ― continuó Viktor molesto ―. ¿Esperar a que exactamente? Yuri está allá solo y yo estoy aquí desde hace una docena de horas sin tener noticias de él… ¿Qué clase de anuncio fatídico debo esperar para darme cuenta que la situación lo amerita? No me corresponde tomar decisiones así sobre la vida de Yuri, pero él no está aquí ahora mismo y yo no puedo tomar todo sobre mis manos, tampoco quiero ser el culpable de que los Katsuki me odien… porque te aseguro que podrían hacerlo. Después de todo les quité a su hijo y por más que quise convertirlo en algo mío ahora me doy cuenta que no es así y Yuri estaba lejos de ser mío, apenas y me pertenece lo que Yuri siente por mí, solo sus sentimientos me pertenecen, pero él, él pertenece a su familia y por tanto yo debo… debo de decirles que el… que él está muy mal y que está al filo de la muerte desde hace dos días y los doctores no saben que tiene y que yo… que yo no sé qué hacer.

Mila toma el cuerpo tembloroso y asustado de quien en un principio pareció tomar la decisión más madura de su vida para después convertirla en la tapa de profundos miedos, tapa que acababa de dar a luz todo un grave círculo de obscuridades, debilidad, infelicidad, miedo, tristeza. Viktor no lloraba pero temblaba, de verdad lo hacía, contra los abrigadores brazos de Mila. Y la muchacha, ella no era mucho mayor, en realidad seguramente tampoco era más madura que Viktor… menos impulsiva si y mucho, pero ahora mismo estaba luchando con fuerza por no ponerse a llorar desconsoladamente. Tal vez había llegado el momento de ser fuerte por alguien más, alguien que no era ella misma.

Porque claro, Viktor estaba ahora mismo aquí, poniendo todo su esfuerzo en ser alto y fuerte como un roble, invencible, inamovible. Tomar la decisión de llamar a los padres de Yuri, su Yuri, a quien trajo a tierras nórdicas bajo promesa de cuidarle y protegerle y ahora estaba en una situación que extralimitaba sus capacidades de protección. Encima se acababa de dar cuenta, de forma terrible, que era más débil de lo que alguna vez pensó, y que estaba perdido, sólo, no sabía qué hacer. Estaba, por mucho, lejos de encontrar paz y calma.

Como pudo Mila cambió el cuerpo de Viktor de sillón, aunque fuese solo unos metros, un ligero cambio en aquello que le rodeaba podía hacer la diferencia en su estado de ánimo. Lo hizo sin soltarlo del abrazo profundo en el que se habían sumido, con la frente del patinador contra su hombro y las delicadas manos de la joven contra sus suaves cabellos plateados. Makkachin, como fiel espectador, miraba todo desde abajo, con una mueca sedienta y el semblante hambriento, pero sin poder esconder la creciente ansiedad de ver colapsado a su dueño.

―Tranquilo Viktor ― suplicó Mila acariciándole la cabeza ―, no te mortifiques, Yuri estará bien, te lo aseguro, se paciente… no estás solo.

Viktor asintió lentamente sin soltarla.

―No lo estás. Todos estamos apoyándote ― continuó ella con una débil sonrisa ―. Yurio está preocupadísimo, no deja de mandarme mensajes preguntándome por Yuri. Yakov puede ser duro pero en realidad está angustiado, no ha podido pegar el ojo…

―Y Georgie está aquí.

Mila levantó los ojos, su corazón había dado un vuelco ligero. Mientras el de Viktor había profundizado en un infarto al miocardio severo.

―¡Vengo a relevarte! ― gritó Georgie con una sonrisa plena que dejaría descolocado a cualquiera.

Como si fuera totalmente ignorante dentro de las circunstancias.

―Creo que me voy a quedar aquí ― sonrió Mila ―, aunque eres bienvenido, Georgie, querido. Es un gusto que vengas a vernos ¿Verdad Vitya?

―Gracias por venir, Georgie ― comentó Viktor con frialdad

El pelinegro eliminó de su rostro aquella sonrisa superficial, que se transformó en una muestra verídica de estrés, tan solo ver a Viktor, una débil sonrisa ladina se postró en su semblante preocupado y tomó la mano de Viktor desde arriba.

―Señor Nikiforov, de verdad lamento lo que está pasando con Yuri, le envió desde aquí todas mis fuerzas y oraciones para que recupere su buena condición lo más pronto posible ¿Si?

Viktor sonrió de vuelta y apretó la mano de Georgie con consideración.

―Gracias, amigo.

Para Georgie había sido difícil ponerse la cazadora, renunciar a un duro día de entrenamientos y salir a buscar el hospital en el que Yuri estaba internado. Si, había sido muy duro para él darse cuenta que todos estaban cabizbajos y extraños dentro de la pista, que sus compañeros de patinaje por alguna extraña razón no se encontraban ahí y que Yakov aparentemente no iba a aparecerse durante todo el día. Se llevaba de maravilla con Viktor, según él, no tenían mayor problema en su relación, eran cordiales, amables, considerados, como compañeros… pero lo que más le dolía era Yuri. Pues con Yuri todo era diferente, Yuri era dulce, suave, como un osito. El enterarse de su repentino cambio de salud marcó la diferencia en sus días, supo de inmediato que tenía que venir y darle el apoyo a ambos, aunque con su presencia quizá las cosas no fueran a mejorar demasiado podía servir de algo mostrar su preocupación.

Se ofreció a llevar al perro a comer y tomar agua. Viktor y Mila continuaban hablando en voz baja.

El resto de la noche fue un infierno, para todos, así como gran parte de la mañana. La sala de espera era el peor lugar para pasar más de dos horas, Georgie no entendía como podían siquiera tolerar permanecer sentados en esos horrorosos y fríos sillones por más de dos horas. Las revistas eran viejas, los cuadros pasados de moda, hasta las luces eran una completa molestia para sus ojos. El perro era el más tranquilo entre los tres, se limitaba a permanecer sentado en un lugar y luego moverse a otro. De vez en cuando rascar sobre la pierna de su dueño, el cual le dedicaba una lenta caricia para volver a ignorarlo y sumirse en sus profundas vacilaciones producidas por el sueño extremo que amenazaba con tumbarlo.

Mila tomaba su celular en la mano y permanecía cerca de Viktor dedicándole maternales sonrisas y miradas cargadas con una preocupación arrebatadora. Luego dirigía sus suplicas al cielo, o mejor dicho al techo del hospital, un par de segundos para después cerrar los ojos, recargarse contra el respaldo, esperando las prontas noticias de algo. Lo que fuese que pudiera salvar a los cinco de ese infierno.

Como su aburrimiento era evidente, Georgie se dedicó a contar a las enfermeras que pasaban horas detrás del mostrador, a memorizar las claves del hospital que de vez en cuando resonaban por los amplificadores del techo y a temblar cada que el teléfono de la recepción tenía la intención de sonar dos o más veces seguidas. A diferencia de la mañana, la noche era mucho más interesante, pues gran parte de la sala de espera se mantenía a oscuras y el mostrador vacío. Ver el teléfono sonar en medio de la oscuridad podía ser una buena idea para un drama de terror, y el pelinegro estaba dedicando sus últimos meses en convertirse en escritor, tal vez el patinaje no era cien por ciento asunto suyos.

La mañana, en cambio, era fastidiosa, había personas llegando, autos en la calle, el sol cruzando entre las persianas con una asombrosa facilidad. Nadie habría creído que estaban a unas semanas de la primavera, mejor dicho a unos cuantos días. El hospital traía consigo mismo un halo espantosamente gris y aburrida, el exterior no cambiaba demasiado, pues la nieve seguía rodeando cada centímetro dentro de las resbalosas calles y el hielo congelaba la calefacción como si estuvieran a tres días de navidad. Así de frio se sentía en el interior.

―¿Debería llamar a Yakov? ― preguntó Mila sentándose a su lado estirando los brazos

―¿Quieres un relevo? ― Intuyó Georgie acariciando el lomo del perro, que al parecer se había encariñado con él

―Quiero ir a almorzar y lo más sano es que vayamos los tres, llevamos toda la noche aquí ― murmuró ella con cuidado para que Viktor no tuviera la fortuna de despertar ―, pero no podemos irnos los tres, podría pasar algo importante.

―Mila, ni un doctor se ha parado aquí durante la últimas doce horas, si hubiera algún cambio ¿No crees que no los dirían?

―Eso es lo que más me preocupa ― susurró ella como una plegaria contrariada ―, ya ha pasado demasiado tiempo, las plantas ya se han acostumbrado a nuestra presencia y parece que estamos a punto de comenzar un campamento en esta esquina. Viktor tiene que salir, a alguna parte, donde sea, al baño…

―Tiene ojeras ― comentó Georgie levantando la mirada de los profundos ojos azules de Mila para ver la cansada cara del destrozado Viktor.

Su rostro era un poema. No era raro para nadie. Las personas amaban a Viktor en cuanto lo veían, no solo por su gran y peculiar belleza, sino por todo lo que conseguía trasmitir, incluso ahora, aquí, aferrado al sillón de la sala de espera con el pelo sucio cubriendo gran parte de su rostro, los labios secos y la nariz roja se veía como alguien absolutamente digno de amar. Como un santo. Pero era preocupante, de cualquier forma, no había usado un baño, cambiado su ropa o si quiera caminado por más de dos minutos desde hacía horas…

―Voy a llamar a Yakov ― gruñó Mila consiente por primera vez de que estaba perdiendo el valioso tiempo de ambos.

―No hay necesidad, ya estoy aquí ― la silenciosa figura del entrenador se presentó ante ambos como un espíritu.

Quitaba la nieve de su sombrero y bufanda cuando Georgie se levantó de su lugar para pedirle que se sentara y Mila guardaba su Smartphone. Había sido tan cauteloso y silencioso que ni siquiera Viktor había podido intuir su presencia, seguía roncando por lo bajo sobre el cojín del sofá.

―Lamento dejarles esta carga.

―No hay nada que lamentar, lo hacemos por gusto.

―Estamos preocupados por Yuri, no hemos tenido noticias suyas desde hace una eternidad…

―Estará bien, entonces ― se encoje de hombros ―, no le pidan a nadie que les dé razones, si no se las han dado es por una buen razón, no esperemos malas noticias.

―Disculpen ― la atención de los tres se posó justo en el rostro de una enfermera bastante ancha de caderas y amargada expresión ―. ¿Todos ustedes son familiares del interno?

―¡Si, lo somos! ― Gritó Viktor levantando la mano ―. ¿Está bien?

―Solo puedo decirles que no tenemos permitido alojar a más de tres personas de la misma familia, hacen demasiado alboroto y la sala se sobresatura ― comentó ella molesta, con los brazos en jarra

―¡Este lugar está vacío! ― Gritó Mila levantándose ―, además estamos en silencio, solo busca una excusa para armárnosla…

―Si sigue gritando le voy a pedir que se retire ― continuó la mujer sin inmutarse por las quejas de la pelirroja, que estaban bastante bien planteadas.

―No estamos gritando, solo dejé de molestarnos estamos pagando por los servicios…

―Además el perro…

―Suficiente ― gruñó Viktor desperezándose, con una sonrisa incongruente y un gesto vil ―, gracias por ponernos al día, señora. Mila, Georgie, ¿Por qué no vamos a comer algo antes de que Yuri despierte y tengamos noticias suyas? Además, creo que Makkachin ya debería de irse a casa, no puede quedarse aquí durante más tiempo. Yakov, supongo que puedes tomar nuestro lugar…

―A eso vine.

―Perfecto. Vámonos.

Viktor tiene una forma peculiar de hacer todo. De despertar, de hablar, moverse, dar órdenes, cualquier cosa en él es digna de una confianza desbordante. Hasta verlo molesto. Tenía la capacidad de ser amable con quien evidentemente no lo estaba siendo de vuelta y también la de parecer un modelo de pasarela caminando hasta la salida cuando en realidad había pasado más de media semana con la misma ropa en una sala de espera. Makkachin, por otra parte, gruñía en molestia a la desgraciada mujer que había perturbado la calma de todos y encima el sueño de su dueño, pero no se dejaba guiar por estos pensamientos, pues caminó fielmente tras de Viktor como si nada.

―Mila, ten el teléfono a la mano ― le pidió Yakov antes de que la muchacha y el resto del grupo se marcharan.

Lo hizo en un susurro. Como para que la preocupación no alcanzara las orejas de Viktor.

En ese momento Mila quiso pensar que se trataría de un desayuno bastante normal, probablemente tendrían que contener a un Viktor mucho más hambriento de lo usual y la conversación tendría que ser llevada con cuidado sino querían provocar un maremoto de llanto de tres personas y un perro en un lugar público. Además la zona en la que el hospital se encontraba era un lugar concurrido y rodeado de bonitos establecimientos con comida deliciosa. Y fue eso, en realidad si se trató de eso, solo que también hubo mucho más en esa salida de lo que Mila hubiera podido siquiera imaginar, pues en primer lugar, cada quien masticaba con una lentitud temible, como si la comida apenas pudiera pasar entre sus gargantas, cual espinas y púas, ni el agua podía calmar su sed. Ni el tema más amigable podía quitarles esa terrible sensación del cuerpo, era algo parecido al miedo, pero más bien podría definirlo como expectación. Y aunque ninguno de los tres pudo decirlo cuando el teléfono sonó apenas unas horas después de que terminaran los tres platos y fueran por el postre, se levantaron como resortes previamente colocados…

Ya estaban esperando la llamada, la de las malas noticias.

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Viktor mira al doctor, como si no hubiera querido clavar un cuchillo en su pecho hacía poco tiempo, lo mira con los ojos como muertos, cubiertos por una neblina intensa que podría confundirse con bruma marina. En cambio desde su rostro no se refleja nada, más que una expectativa distinta a la que hubiera tenido nunca en su vida. El medico mira de hito en hito a cada uno de los presentes en la sala de espera, se asegura que todos estén prestándole atención para suspirar con evidente cansancio y soltar toda la palabrería que Viktor estaba ansioso por escuchar…

―Voy a ser sincero con ustedes, hemos hecho nuestro mejor esfuerzo ― tiene un mal comienzo, una pésima pinta. Cualquiera habría querido interrumpir pero parecen ser vanas intenciones, nadie dice nada ―, realizamos todos los estudios que teníamos a nuestra disposición para poder encontrar el origen de los males en el paciente, pero no hemos obtenido los resultados deseados. Ahora mismo comenzaremos a manejar otro tipo de análisis para descubrir la raíz del problema, esperamos obtener resultados satisfactorios de estos, pero desafortunadamente tardarán un poco en llegar a nuestras manos.

Tras este breve intercambio de avisos el ambiente habría tenido que ensombrecerse o convertirse en un jubilo magnifico. Pero la expectativa sigue siendo grande, a cada segundo la necesidad de eliminar las pausas en el habla del médico crece.

―Hay malas noticias, el paciente no encuentra la estabilidad que buscamos… siendo sincero con ustedes Yuri Katsuki está en peligro de muerte. Ahora mismo. Hacemos todo lo posible por mantenerlo con vida, y hay puntos en los que presenta una evidente mejora, pero las recaídas ponen en riesgo su salud a cada instante ― suspira con frustración ―, en este instante él se encuentra bastante inestable. Seguiremos intentando llegar a la raíz del problema, además de mantenerlo con vida…

―¿Pero? ― pregunta Mila afligida

―Si quieren entrar a verlo, es mejor hacerlo ahora ― continua el medico con firmeza ―, ya que no sabemos en qué momento su estado pueda complicarse. Para comodidad de todos se ha decidido mantenerlos en la sala de espera dentro del piso del paciente, todos pueden estar ahí mientras pasan a verle, no es contagioso.

―Como si eso nos importara ― gruñe Georgie cargando a Makkachin entre sus brazos.

El doctor caminaba frente a ellos, pero parecía hacerlo desde otra dimensión. Una mecánica, en la que les indicaba el piso, el cuarto, el lugar, el recorrido. Los únicos que parecían capaces de mantener una conversación común eran Georgie y Mila, pero se limitaban a no hacerlo por respeto al terrible vacío interior que Viktor debía tener en este momento. Yakov miraba lejanamente dentro del elevador, como si hubiera algo que ocupaba toda su capacidad de pensamiento dentro de la mente. Makkachin gemía entre los brazos de Georgie, aunque su dueño no hacía caso alguno.

Viktor se encontraba en una dimensión paralela a la del doctor, era un ente lejano, no solo física sino mentalmente. De alguna forma parecía imposible poder acercarse a él ahora mismo, inalcanzable. El suspiro de cansancio del médico trajo a todos nuevamente a la realidad.

―Cada uno tiene veinte minutos, para no perturbar el descanso del paciente.

La nueva sala de espera era mucho más pequeña, rodeada de dos largos y estrechos pasillos blancos con mosaicos en rosado, los sillones eran delgados, de vinipiel color café, uno al lado de otro, como una escuadra. Era un lugar pequeño para extrañas ocasiones. Además estaba vacío, parecía que en el piso no había nadie más que ellos, ni un ruido lejano, una respiración, o alguna apurada enfermera caminaban cerca. El doctor aún esperaba pacientemente cerca del pasillo a que los cuatro se acomodaran en el lugar, como si los hubiera llevado a su nueva habitación del hotel. Una cosa de lo más normal, en un lugar de lo más anormal. ¿Estaría realmente acostumbrado a esto? Porque Mila no lo estaba, sentía que era una experiencia infrahumana y que no quería vivirla nunca jamás de nuevo…

―¿Quién va primero? ― preguntó Viktor con un tono casual. Una sonrisilla en los labios y las manos dentro de los bolsillos del abrigo.

―¿Estás de broma? ― pregunta Georgie bajando al perro ―, por supuesto que puedes tomar mis veinte minutos…

―Y los míos ― secundó la chica sentándose.

―Mira, Viktor, puedes entrar a esa habitación y pasar ahí todo el tiempo que quieras, no vamos a cambiar contigo y solo serán capaces de sacarte con 3 oficiales ― murmuró Yakov alentándolo ―, así que ve, nosotros estaremos justo aquí.

En circunstancias normales, Viktor habría sonreído, abrazado y hasta besado en la mejilla a su entrenador, así como a sus compañeros, soltando efusivas palabras de agradecimiento, sin embargo ahora mismo no tenía la capacidad de hacerlo. El aire del hospital le envenenaba un poco a cada segundo, así de doloroso era tener que caminar a un suicidio, o algo así, pues solo dio media vuelta indicándole al doctor, solo con sus gestos, que ya estaba listo para continuar, para moverse y seguir caminando. Yakov se dejó caer cerca de sus estudiantes y suspiró.

Dios quiera que Yuri esté bien.

Pero no lo estaba, y por eso estaban ahí, por eso la situación los había sobrepasado, a todos.

―Es aquí ― señaló el hombre empujando una puerta de metal que parecía pesada, pero cedió con bastante ligereza. Una rejilla en el centro con una pequeña ventana, como si fuese un animal.

De pronto, más que antes, temió dar el siguiente paso. Como entrar a una pista de patinaje nueva, como recuperarse de una lesión y tener miedo de caerte de nuevo sobre el mismo pie y arruinar tu vida, tu carrera. Era como tener nuevamente doce años, tener miedo, salir al mundo vestido elegantemente, ser la promesa del país. Un montón de sensaciones en el estómago, un dolor en los hombros, el corazón latiendo demasiado rápido para entender siquiera que está sucediendo, pero demasiado lento, como si en cualquier instante fuera a detenerse y a caer sobre sus manos. Su boca iba a abrirse y a sacar pedazos rojos del alma que se le estaba quebrando en el interior.

―Adelante ― murmuró el médico, un ligero impulso molesto.

Viktor miró a todas partes, derecha, izquierda y luego el decisivo pasó al interior.

De pronto ya no hacía frio, así debían ser las habitaciones, así de poderosa debía ser la presencia se Yuri, como un sol que daba calor a todo lo que tocaba, o tal vez la increíble fiebre que abrazaba su piel y apenas podían mantener controlada. No había detalles en el cuarto en los que pensar, ni segundos para distraerse mirándolos, en cambio, lo único que saltaba a la vista era aquella encantadora cama con cobijas azules, con Yuri en medio de esta. Almohadas demasiado grandes para una cabeza tan pequeña. Sueros. Cables suficientes para poner en marcha a un robot japonés… y el débil sonido de su corazón, como decoración, como música.

El doctor cerró la puerta y Viktor pudo seguir avanzando.

Aun no fijaba la vista en el rostro de Yuri, miraba sus brazos, atónito, le sonreía a su cabello extensamente abierto por toda la almohada, como una red de mechones negros entretejidos, brillantes cual ónix. Tan lacios como los de un oriental podían serlo.

Tenía la sensación de que apenas mirara su rostro iba a caer de rodillas al piso, iba a llorar ahí todo lo que no había llorado, iba a sufrir todo el coraje que estaba acumulando y soltando en otras personas, que iba a colapsar si veía su rostro. Lagrimas brotarían de sus ojos como manantiales, imágenes mentales se proyectarían repetitivamente una tras otra enfrente de su mente, que iba a querer morir.

Pero nada de eso sucedió, en realidad, cuando posó sus ojos sobre el rostro de Yuri, su corazón se llenó de sensaciones dispersas y distintas, mucho más cálidas de lo que pudo imaginar. Se sintió profundamente enamorado nuevamente, como un amante cariñoso… cada milímetro de su rostro transmitió un hermoso sentimiento a través de su cuerpo. Su pecho se hinchó con amor, su sonrisa se acentuó lentamente, naciendo en las orillas y extendiéndose por las mejillas. No sintió dolor, solo sintió amor corriendo por sus venas. Fue como volverse a enamorar, volver a caer tras el hechizo insensato del Dios cupido. Ser víctima y sirviente de un humano hermoso, tan hermoso como Yuri lo era para él.

La revolución vino después. Presa del amor, iba a ser más difícil dejar atrás todo eso.

Y el dolor, iba a ser una miserable puñalada de hierro.

―Tiene que ser una broma ― rio cruelmente acercándose a la cama ―, un muy mal chiste ¿no crees? Esperar casi toda tu vida para conocer a alguien, para que cuando lo hagas no puedas tenerlo el tiempo suficiente a tu lado.

El cielo cayó a sus pies después de eso.

Yuri estaba ahí, con los ojos cerrados, las venas marcadas en los parpados como mapas de ríos morados y verdes. Piel blanca, traslucida, sin rastro de sangre. Labios morados como uvas maduras, heridas extrañas y abiertas sobre la orilla de ambos, sangre seca, un camino de lágrimas que iba desde las pupilas hasta la barbilla.

Con temor Viktor elevó su derecha y la acercó hasta la mano de Yuri, que colgaba con cuidado sobre el colchón, descansando como todo su cuerpo, un peso muerto y cálido. Pero frio al tacto.

―Ahora mismo siento que todo es mi culpa, Yuri. Que no supe amar suficiente ― suspiró ―, que te traje aquí con promesas de felicidad eterna, pero que nuestra eternidad en realidad iba a ser demasiado corta, porque si te vas y me dejas, si repentinamente esto empeora, me vas a dejar. Y me voy a quedar solo, porque si tú no estás ya no habrá nadie con quien yo quiera estar…

Apretó su mano.

―No te estoy amenazando ― rio débilmente, como si pudiera reír ―, solo estoy siendo sincero, Yuri, si te vas yo creo que no tendría razón ni de quedarme aquí… ¿Para que seguiría viviendo? Cuando tú fuiste el que dio color y sentido a mi vida, nuevamente, no ha habido días grises desde que llegaste aquí, eres un estímulo para mi vida, una razón de mi curiosidad, le das forma a todo Yuri.

Viktor se detuvo a pensar unos segundos.

―Pero tampoco puedo morir ― frunció el ceño ―, no sé si sería capaz de quitarme la vida. Así que solo tenemos una opción aquí, mi amor…

Levantó sus hermosos ojos azules y le miró.

―No puedes irte ― Dijo con una fuerte convicción ―. Tenemos que vernos pronto… abre los ojos Yuri, dime que nos vamos a quedar juntos. Recupérate ¡Se fuerte! ¡Abre los ojos y date cuenta que yo estoy aquí! Que si te vas, serás un egoísta, si te vas y me dejas no te podré perdonar. Me atormentarás, porque eres demasiado hermoso para dejarte ir, eres tan hermoso que me abriste los ojos a mi… dejé de ser ciego por ti.

No hubo respuesta, Viktor no esperaba que la hubiera. Yuri no tenía ni un solo movimiento corporal, más que tal vez, el de su pecho, su delicado pecho moviéndose de arriba abajo. Fuera de eso la relajación a la que se sometía era tan amplia que su cuerpo de muñeca dejaría en ceros a cualquier princesa dormida, a cualquier alma desmayada. Estaba tan calmado, tan tranquilo ¿Quién podría perturbarle?

―Debí haberme casado contigo cuando tuve la oportunidad ― jadeó Viktor besando su mano ―, debí pedirte que huyéramos a América, debí casarme contigo. Debí hacerlo Yuri. Conocí tu amor y me pregunto si eso será suficiente para toda una vida separados…

Se cubrió la boca, dejando caer la mano que con tanta firmeza había sostenido por los últimos segundos. Viktor sintió que había estado dejando pasar algo, algo bastante importante, la esperanza. La esperanza. ¿Se había acabado? Porque ahora todo le sonaba como si estuviera despidiéndose, y era bastante duro. Había amenazado, jurado amor, se había arrepentido por muchas cosas, también había suplicado que volviera, que se recuperara. Pero estaba parado sobre arenas movedizas, ahora mismo le era imposible creer que pudiera pasar algo que le trajera de vuelta a Yuri, algo así como una luz de vida, un rayo de ilusión, la mayor de las esperanzas. Así de débil era, ahora todo era concreto, que fácil. Se había resignado a que podía perder al amor de su vida….

Viktor tomó el rostro de Yuri entre sus manos, acunó sus mejillas entre sus temblorosas manos. Las acaricia con los pulgares. Mordió sus labios. Y llevó su boca hasta aquellos maltratados labios. Robándole a Yuri un beso inconsciente. Acariciándole con las manos, jugando con sus labios, pegándolos con fuerza, golpeando hasta sentir sus dientes. Repetir el beso una, dos y tres veces. Dejar su boca recargada encima hasta que las primeras lágrimas calientes bajaron por sus ojos, empaparon sus pestañas y mojaron la boca de ambos.

Era un beso.

Necesitaba darle más, darle más para ser feliz. Todos. Todos sus besos podían nacer y morir en la boca de Yuri y en la de nadie más, jamás. Su amor intramundano. Amor internacional. Relación aprendiz y maestro. Ídolo y amante. Amantes. Novios. Prometidos… casi esposos. Porque querían casarse, debían casarse, debían al menos tocarse una última vez. No así, no con los labios muertos, con la boca destruida, con la mente de uno viajando entre medicamentos. Sintiendo dolor. No así, así no.

Viktor dio un pequeño paso atrás. Hubiera deseado que Yuri fuese como la bella durmiente, que en ese momento abriera los ojos, le mirara con el mismo amor de siempre, las mismas interrogantes entre sus anteojos. Su confusión, la forma en la que su sonrisa se ensanchaba cada que era feliz… pero no lo había hecho, por más que hubiera deseado aquello desde el fondo de su corazón Yuri seguía inconsciente. Con su carita de princesa, una mirada que podía volver loco a cualquiera. Retrocedió un poco más antes de sentir que la tierra bajo sus pies desaparecería, le dio la espalda al amor de su vida y salió de la habitación sin poner la cabeza en nada más.

―¿Viktor? ― escuchó una lejana voz, también una mano sobre su codo.

Un par de ladridos.

Muerto en vida llegó al elevador, recargado contra una de las paredes de espejo, el perro le había seguido. Tal vez había perdido la esperanza, pero también la mente, el corazón, cualquier pizca de razón abandonaba con lentitud cada parte de su cuerpo. Salió del hospital entre trastabilleos inútiles, como un ebrio, aunque eso más que nada desearía ahora mismo. Pero no necesitaba el alcohol, el amor era una bebida más fuerte que cualquier otra, y el dolor era un medicamento que podía matarte… bebidas y medicamentos, eso que te podía quitar la vida lentamente, si la combinación errónea se daba. Pues Viktor la tenía. La tenía mientras caminaba, como eso y más, como la mirada de Makkachin clavada en él, siguiéndole el paso de un humano errante, con los ojos secos, las manos llenas de temblor, tinitus en las orejas, la boca árida como un desierto, dolor de estómago, hormigueo en las piernas. ¿Había un estado más deplorable? ¿Dejarse caer contra una de las calles podía quitarle la vida ahora mismo? ¿Tenía sentido llegar a casa? ¿Podía dejar a Yuri en el hospital, solo?

Él le había dejado solo después de todo.

―No fue su culpa ― gruñó Viktor para sí mismo ―, él no quería abandonarme.

¡Deseaba tanto beber! ¡Deseaba pelear! ¡Que Yuri se recuperara! Pero tampoco se permitía tener esperanza.

Se estaba convirtiendo en un mentiroso.

―Ambos deberíamos morir ― murmuró cruelmente ―, no existe otra solución para nosotros, vivir felices eternamente o morir juntos ¿Qué otra cosa podía importar sino? ¿Qué alguien más entrara en mi corazón? Eso es imposible. He sido hecho a mano para él.

A su forma de ver, tampoco tenía sentido volver a casa, en realidad no debía tenerlo. No había nadie esperándole ahí. Ni siquiera el perro podía significar algo ahora mismo, porque básicamente todo estaba perdiendo su sentido, su forma y su color. ¿El patinaje? ¿Cuál fue su última idea para patinar…?

Ah claro. Quería hacer un programa de pareja con Yuri.

―¡Destino, que cruel broma me has jugado! ― Gritó Viktor ―. ¡Ahora la canción que anhelaba patinar tiene más sentido que nunca! ― Dio media vuelta sobre su propio eje y abrió los brazos antes de seguir caminando ―. Cuando vivo solo sueño un horizonte falto de palabras, en las sombras y en tres luces todo es negro para mi mirada, si tú no estás junto a miii… aquí….

En tu mundo

Separado del mío, por un abismo.

¡OYE! llámame, yo volaré, a tu mundo lejano…

Por ti volaré… espera, que llegaré… ¡Mi fin del trayecto eres tú! ¡Para vivirlo los dos! ¡Por ti… volaré, por cielos y mares, hasta tu amor! ¡Abriendo los ojos por fin… contigo viviré!

0―0―0―0

―¡Viktor! ― Gritó Katinka asustadísima, con el corazón en un puño, cuando vio la resbaladiza figura a travesar la puerta de cristal ―. ¡Estás empapado! ¿En dónde has estado?

―Santo cielo, muchacho. Ivan rápido, trae algo para cubrirle ― Antonida golpeaba con su bastón contra la alfombra, su corazón de anciana estaba destruido ―. ¡No pierdan el tiempo! Cubran al perro también. Jesús, pero ¿Qué ha pasado?

―¡Viktor! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde has estado? Te fuiste sin decir nada, son casi las diez de la noche, nadie te ha visto en días… ¿Dónde estabas? ― Katinka cubría a Viktor con la afelpada chamarra que Iván acababa de extenderle.

Makkachin se quitaba el agua sobre la alfombra. Tiritaban. Ambos.

―Hay que llevarlo a su departamento ― gritó Antonida ―. Ayúdame Iván, hay que subirlo, está hecho una sopa…

―¿Estás ebrio, Viktor? ― preguntó Katinka contrariada.

Por la forma en la que Viktor se dejaba caer contra el cuerpo de su sirvienta, parecía que en realidad estaba pasando por una crisis nerviosa.

―¡He intentado llamarte desde hace días! ¿Dónde está tu teléfono? ¿Dónde está Yakov? ¿Dónde está Makkachin? ― Preguntó Katinka presionando el botón del elevador ―. ¡Por el amor de Cristo responde Viktor! ¿Acaso te volviste loco? Antonida, ¿Habrá perdido el juicio?

―¡Tonterías! ― Gruñó la anciana ―, nadie pierde el juicio por la partida de un novio.

Katinka fulminó a Antonida con la mirada, la anciana, por supuesto, ni se inmutó, estaba acostumbrada a decir las cosas como son y sin pelos en la lengua. Pero por el aspecto que Viktor tenía la situación tintaba de algo mucho más preocupante que una ruptura, aunque nadie quiso sugerirlo, por miedo a empeorar la delicada cordura del joven, que apenas podía mantenerse en pie.

―Vamos, vamos hijo ― suplicó Antonida abriendo la puerta con la llave maestra que Iván le había proporcionado ―, ese chico era un extranjero, era obvio que este día llegaría y tendrías que aceptarlo con buena cara. Así son los muchachos jóvenes, los extranjeros, quieren ser libres… además los orientales no están acostumbrados a nuestro tipo de vida, son tan rectos y serios. Yuri era un buen chico pero…

―¡Nadie que le rompa el corazón a mi Viktor puede ser un buen chico! ¿Cómo se atrevió a dejarte aquí? ¡Viktor, me alegra que no lo siguieras a Japón! No valía la pena, lo supe en cuanto lo vi… ese niño de amante tuyo, tú das alma y corazón él era puro nervios.

―¿Quieren callarse par de brujas?

Las dos mujeres dejan caer el pesado y deprimido cuerpo de Viktor para girarse con fuerza hasta la rotundamente molesta voz que las mira desde el arco de la puerta. Yurio enciende las luces del departamento a su paso, lo que originalmente era un desastre había sido arreglado por Katinka en cuanto tuvo la oportunidad, pero el encierro solo le daba un terrible aroma a detergente. Yurio hizo cara de asco y entró con desagrado, las manos en los bolsillos, el pelo atado y el gorro puesto.

―¿Disculpa? ― Gruñó Katinka ―. ¿A ti quien te ha permitido…?

―Viktor no está siendo un novio despechado. Yuri jamás se atrevería a terminar su relación con Viktor, no así… ¡Yuri está en el hospital desde hace 4 días! ¡En urgencias médicas! Y al parecer el pronóstico no es favorable. Viktor viene del hospital…. Solo mírenlo, es un desastre.

―¡Ah! ― Grita Katinka con las manos sobre sus fuertes mofletes ―. Ya se me hacía raro, era tan buen chico, ama tanto a Viktor, no puede ser ¿De verdad está así de mal?

―Sí, y ustedes dos podrían tener más consideración con este pobre sujeto… ¡Viktor! Solo mírate, estás ahí, como si nada en la vida mientras Yuri está ahí en el hospital, luchando por su vida ― grita Yurio levantando la pierna y colocando sin consideración su gran tenis encima del sillón ―, ¡No puedes simplemente dejarte morir de inanición!

―No me estoy dejando morir ― replicó Viktor sin levantar la mirada ―, ya estoy muerto.

―¡Deja de decir estupideces! ― gritó el rubio tomándole de las solapas del abrigo ―. ¡Levanta tu culo de patinador, ve a bañarte, vístete y reponte! ¡Yo personalmente me encargaré de que Yuri vea tu jodida cara recién perfumada cuando despierte!

―¿Acaso no lo entiendes? ― Gruñe Viktor quitando las manos del agarre del rubio ―. ¡Yuri no está bien! No puede hablar, mucho menos ver, con trabajos se mantiene con vida y los doctores no pueden curarle. ¡Lo voy a perder en cualquier momento! Solo necesito ser débil ahora mismo, así que sería maravilloso si me dejaras hundirme mucho en la mierda…

―¡Viktor! ― gritó Katinka escandalizada.

―¿Eso es lo que quieres? ¿Es ese el Viktor Nikiforov que Yuri ama y admira? ― Sus gruñidos son similares a los de un gato molesto, erizando la espalda ―, en ese caso, si ibas a dejar que su relación muriera así ¡Nunca debiste luchar por él, imbécil!

―¡Mi relación no muere, su cuerpo es el que muere!

―¿Crees que Yuri quería eso?

―¡Estoy seguro que no!

―¡Entonces deja de victimizarte, patético patinador anciano y ponte las pilas! ― Yurio está lejos de estar a su altura, pero al menos sonríe ―, te he hecho levantar.

―Sal de aquí ― suplica Viktor.

Yurio pone los ojos en blanco, no esperaba una reacción positiva de alguien que parece acaba de pasar por los infiernos de Dante, pero al menos está consiente de una cosa, ha motivado a Viktor, ha encendido su interruptor de la furia y ahora tiene cosas más importantes que hacer. Sonríe abiertamente, le da la espalda con toda su hermosa figura y grandiosamente pequeña humanidad.

―Señoras ― pide Yurio desde el arco de la puerta ―, síganme por favor.

Antonida y Katinka se miran entre ellas con evidente confusión, miran a Viktor después, el joven observa a Yurio en la puerta, con frustración en la mirada, un extraño análisis corporal, aprieta los dientes. Yurio les espera sin mirarlas, como si estuviera completamente seguro que irán detrás de él. Lo cual hacen después de una diminuta meditación. Una vez salen del apartamento Yurio gira de nuevo su pequeño rostro y mira a Viktor con grandes expectativas.

―Haz algo con tu mierda Viktor ― escupe Yurio molesto ―, sino será demasiado tarde. Recuerda, situaciones desesperadas, medidas desesperadas.

La puerta se cierra tras él, el florero impacta contra la bonita madera de la puerta y si no fuera suficiente los trozos de porcelana se estrellan y salen por todos lados, tirando las fotos de Yuri y Viktor. Destruyendo el departamento de a poco, eso antes de que Viktor decida llevar su dolor a un nivel menos humano y termine por caer al piso preso de un colapso. Makkachin descansa en su cojín, bebe agua, come croquetas, se siente feliz de estar en casa. Ignora cualquier dolor emocional por el que Viktor este pasando.

―¿Desesperado? ― Jadea Viktor con una sonrisa ―. ¿Acaso podía haber alguien más desesperado que yo?

¡Probablemente el presidente de los estados unidos! Nadie más podía estar peor.

Yurio no podía tener razón, el solo llegaba gritaba. Juzgaba, si, era el dueño amo y señor de los juicios de valor. En realidad no tenía razón, era un adolescente gritón que se encontraba completamente fuera de la situación y extrañamente había llegado a su apartamento justo en el mismo momento que él. Ahora abría la puerta del departamento y le gritaba sobre su propia debilidad ¿Que estaba mal con Yurio? Mejor dicho, ¿Qué estaba mal con ser débil? ¿Cómo podía actuar fuerte y omnipotente cuando se sentía tan derrotado? ¡Estaba perdiendo la batalla y ni siquiera tenía armas para defenderse! ¡Ahora estaba solo en la terrible luz del departamento! Yuri no estaba y las luces le quemaban en todo el rostro, ese era el sentido y la razón de su debilidad. Yuri no estaba, lo estaba perdiendo…

Y no podía seguir adelante sin él.

No podía tomar medidas desesperadas sin él.

Era tan dependiente de su figura que ahora mismo parecía que todo dentro del apartamento se hundía, se sumía en oscuridad. ¿Qué podía hacer ahora mismo para que Yuri volviera? No era doctor, no podía curarlo, no era psicólogo, no era un sacerdote… era inútil en una situación así.

―¡Puedes dejar de ser débil, levantarte e intentar algo! ¿Lo que sea? ¡Si lo que sea! ― se gritó a si mismo frente al espejo, con aparente decisión cayendo de las pupilas como miel del árbol. ―¡Bien, voy a intentar algo, aunque no creo que funcione!

Se veía tan decidido que asustaba. Pero dentro de si aún aguardaban tantas lagrimas por ser derramadas que iba a ser imposible contenerlas por más tiempo…


N/a: Aquí tenemos a un Viktor severamente destruido, quise plasmar eso desde el inicio del capítulo. Viktor cansado y abatido, como quizá no lo hemos visto en la serie original y pueda parecer un poco OOC pero en realidad creo que fue una situación que lo superó por mucho. Y a pesar de eso quiero recalcar que él fue bastante fuerte, dentro de lo posible, pues aún dentro de toda su tristeza el no lloró en ningún momento, más que cuando besó a Yuri.

Recuerdo la frase de una película que me parece de lo más cierta ''Derrama una lagrima, una sola, pero bien llorada''

Algo así con este hombre.

En fin, arriba la esperanza abuelita.

Reviews:

Kiku: ¡Yo pensaba que el capítulo pasado había sido aburrido! Pero me alegra que te emocionara, aunque fuese por razones incorrectas XD Muchas gracias por permanecer en este fic aunque se tarde demasiado en actualizar, perdona a esta pobre alma, pero te mando un abrazo y ojalá te guste el nuevo capítulo. Todo muy sensible pue.

Cata: ¡Aun falta un poco para comprender! Pero gracias por quedarte aun así, y mil perdones por la demora. Espero nos leamos pronto y disfrutes el nuevo capítulo, un abrazo.

Tseje: ¡Yo jamás, jamás abandono un fic! De hecho, tampoco suelo tardarme mucho en actualizar, pero he tenido asuntos y ha sido la excepción. ¡Gracias por amar mi fic y por dejarme review! Eres una gran persona y mjy bondadosa, te mando un abrazo fuerte.

Guest: Claro que si, ahora Yuri y Viktor, sobre todo Viktor están sufriendo, pero todo servirá a un propósito, uno muy bueno y bonito, así que espérenme con ansias, voy lento pero seguro. Un abrazo!

Marie: ¡Hola nueva compañera de fic! Pues vaya que te tomaste todo el día para leerlo, es algo que agradezco y aprecio, sobre todo que dejaras un review. Los ocs, es mi primera vez usándolos, pero me alegro que te gustaran y también mi narrativa, de verdad, ojalá nos sigamos leyendo y no le pierdas la pista al fic.

¿Un Review para que en el siguiente capítulo tengamos el desenlace de la enfermedad y podamos continuar felizmente a temas menos amargos?