Disclaimer| Yuri on ice [ユリ! on ICE] y todos sus personajes pertenece a MAPPA, Sayo Yamamoto, Mitsuro Kubo, Kenji Miyamoto, y todos los correspondientes, yo solo decidí escribir algo que ellos se estaban saltando.
Pareja | Viktor x Yuri [Vikturi]
Advertencia | ¡Mpreg que sigue el canon de la historia!
Notas | ¡Gracias por seguir el fic! Y por sus reviews, no tengo más que decir, solo que lamento la demora en la actualización, 50 días dice FF, y que a partir de este capítulo se vienen los mejores momentos del fanfic… ¡Un abrazo gigante a todos!
Lean por favor:
Making History
Viktor x Yuri
―Capítulo 10―
De alguna manera era como si el aire hubiera dejado de circular en corrientes desde el interior, pues se estanca contra su nariz con un aroma familiar, choca contra su rostro e impregna cada centímetro de sus ropas, no existe forma posible de escapar de aquella densidad tan concentrada. Viktor ingiere aire a bocanadas, no es suficiente, pues el olor aún se pega contra su lengua y resbala por la garganta, en realidad es como si hubiese tomado la esencia de un perfume, como besar el cuello de Yuri cuando acababa de llenarlo con loción. Pero el olor difiere drásticamente de aquel, ese que le genera bonitos recuerdos, este es obnubilante. Incienso, cera, fuego, humo, frío piedra labrada, polvo, plantas… huele a encerrado, a bosque, a un montón de cosas que en realidad no producen aromas pero ahora mismo él puede olerlas.
Como sabueso.
Viktor pone el brazo sobre su nariz y su boca, las puertas estaban abiertas así que en realidad no le sorprende que haya logrado ingresar. Lo que le sorprende es la cantidad de actividad nocturna dentro del lugar, si hubiera sospechado que el lugar tenía ese aspecto durante las noches habría convencido a Yuri de quedarse en el interior un par de horas más, en lugar de exponerlo al frío abismal Ruso, a las aguas del canal, a cualquier cosa estúpida que se le pudo ocurrir. Viktor tenía media neurona, ahora era el momento ideal para culparse de todo. Se sentía con ánimos de flagelar sus heridas.
Quizá también tenía que ver con el ambiente que manaba del lugar. Aunque no pondría sus manos al fuego, porque dentro de casa se habría sentido de la misma manera…
De día 'El Salvador' sobre la sangre derramada, era uno de los principales atractivos turísticos, con una afluencia de personas enorme y un centro importante para los interesados en el arte, la arquitectura, la pintura y otras de las bellas artes. De noche, la que en realidad era una iglesia albergaba una mínima cantidad de personas que parecían realmente interesadas en el objetivo fundador del edificio… la religión.
Dentro de todo, la cantidad de personas no se equiparaba a la que frecuentaba el recinto mientras el sol alumbraba, pues Viktor podría contar a las personas en el interior sin que le faltaran dedos en las manos; lo que si le faltaba era formas para describir el ambiente dentro del lugar. Desde la puerta ya había dedicado unos minutos para permearse del aroma del mismo, pero conforme sus pasos creaban un camino por entre las bancas, que se separaban por en medio como si fueran dos partes iguales de un mundo dividido por el altar, Viktor podía admirar cada pequeño detalle. En gran parte para distraerse de caer de rodillas desconsolado y porque le era imposible apartar los ojos de la extraña imagen que se dibujaba contra sus pupilas.
Nunca había sido muy afecto a la religión, sus padres lo eran, sus abuelos probablemente mucho más. Viktor vivía en contra esquina con una iglesia que le despertaba todos los días a las siete de la mañana, razón suficiente para tener conflictos internos con las campanas y sus respectivos responsables, al menos había sido así durante su niñez, gradualmente su edad aumentó y su necesidad de alejarse de la iglesia creció con él, quizá por simple incredulidad, por desprecio o una inexistente falta de motivación para acercarse. Sin embargo hoy por hoy se encontraba caminando por el pasillo principal pegando sus zapatos a la alfombra roja…
Bañado por la luz de las velas encendidas en todo lo amplio y ancho del corredor, adornando las pequeñas escalinas que guardaban las imágenes de los santos y las plegarias regadas en notitas pegadas por todo el tapiz. El olor de incienso venía desde el altar, la parte más iluminada, bañada de oro en un intento desesperado por acaparar la atención de los creyentes, pero fácilmente ignorada cuando se contraponía a la luz de colores que de alguna forma se las arreglaba para seguir ingresando al recinto aun cuando la noche caía con brusquedad sobre la cabeza de todos, se debía a las linternas nocturnas del exterior o a la declinación de la Luna, cosas desconocidas, pero para Viktor verse envuelto entre los colores reflejados era ya bastante para sentirse picado por la curiosidad.
¿Qué le había movido hasta este punto? Probablemente su ferviente necesidad de no perder la fe, de buscar la solución en algo tan inamovible como este lugar, o tal vez el regresar los pasos hasta el instante donde Yuri y él habían parado cerca…
Viktor caminó con pasos turbios frente a las pocas personas vestidas de negro, con velos bordados sobre sus cabezas que le ignoraron olímpicamente. Él hubiera querido hacer lo mismo, pero pasaban de las once y esas personas rezaban tan hipnotizadas que parecían cantar, dispersas entre un lugar y otro no parecían venir juntas… pero sus bocas se movían al mismo tiempo y el pecho le latía con dolor con el plazo en el que sus ojos se posaron sobre aquellas almas.
Pero no era momento para dejarse vencer por el miedo.
Desde la entrada quiso correr, no enfrentarse al paso de pedir algo… pero ahora quizá debía ser menos egoísta y notar que no lo estaba haciendo por él. Sino porque se sentía perdido y… Yuri estaba más perdido que él.
Justo en el centro; la alta imagen de un Dios, que si tenía forma, miraba a la nada, pero los miraba a todos, uno por uno. Especialmente a él, prestándole toda su atención marmoleada, pétrea y pura. Descarada atención, toda para Viktor, parado como estatua enfrente de la iglesia, con los vitrales contra su rostro y la noche a sus espaldas. Un murmullo quedó bañando todo el lugar, el perfume eclipsante ahogándole y el reclinatorio contra sus rodillas.
Ofuscado, bajó el rostro, sentirse lleno de aquella atención la devoraba. Dejó caer sus rodillas contra lo abultado del reclinatorio. Estaba tan cerca del altar. Supuso que uno solo se acerca así de mucho cuando va a confesar un asesinato… o cuando va a dar el 'Si, acepto'. Pero los reclinatorios estaban ahí, esperándole, brillantes y duros. Con una vida llena de escuchar dolorosas plegarias y gente de rodillas contra la madera, los brazos encima, las palmas juntas…
Viktor conocía la técnica. Pero no la sustancia.
Si antes estaba callado, ahora estaba mudo. Ni sus respiraciones le desconcentraban. El temblor de su cuerpo se detuvo. Intentó mantener los ojos cerrados por unos instantes pero creía que su conciencia iba a perderse si no volvía a mirar el cielo. Agobiado levantó sus ojos, los santos le miraban. Viktor se mordió el labio.
―Estoy… desesperado ― susurró en voz baja, tan baja que nadie podría escucharle. Salvo eso que estaba prestándole atención.
Bajó la mirada avergonzado.
―Sí, lo estoy… Sé que debe haber mucha gente que se siente igual que yo. Todos los días mueren personas, hay quienes lo han perdido todo ¿Por qué sería yo especial entre todos ellos? ― Viktor se removió incomodo sobre la madera ―, toda mi vida me han dicho que soy especial. He sido especial para muchos… por mucho tiempo. Ahora por fin yo… conocí a la persona que es especial para mí.
Viktor calló repentinamente. Sentía su corazón desbordándose en latidos excitados, emocionados, embriagados de un veneno cruel.
―No soy digno de decir esto, quiero decir… lo que sea que eres tú ― se mordió la lengua, su torpeza al hablar iba a terminar por causarle un problema; un problema con ese ente anti natural en el que depositaba cada grano de confianza ahora mismo ―. Sé que a ti te no te gusta la gente como yo. Y yo nunca he sido devoto a ti, a ustedes. Así que puedes llamarme un hipócrita o un oportunista. Pero por favor, solo necesito, necesito que alguien me escuche.
A pesar de su aparente calma, pequeños indicios de desesperación se mostraban en las ansias de su cuerpo, desde sus ojos rojizos llenos de lluvia, o su cabello eternamente suave que pintaba las de un loco puntualmente, en un sentido mucho más principal e íntimo; su voz, aquel jadeante ruego que hacía las de oración y suplica, se tambaleaba como una hoja frágil. Igual que su cordura. El sudor de sus manos recorriendo la piel. Viktor tenía la sensación pastosa en la boca, sedienta y frágil, a cada palabra le seguía otra atropellada, todas desprendiendo la misma desesperanza implorante.
―Necesito decirte que… esto ni siquiera es por mí, así que no te estoy pidiendo nada para mí. Puede que parezca lo contrario, que solo es un deseo egoísta… pero no es así, puedo asegurarlo. Esto es por él; mi persona especial. Él es… realmente una persona buena, creo que sería incapaz de dañar a alguien por su propia voluntad, y a ti te gusta la gente que es buena, eso lo sé, me lo han dicho hasta el cansancio, pero a mí me gusta él y yo creo que tú… ¿Puedes esperar? Ya has obtenido lo que querías de muchos, si alguien aquí es realmente egoísta ese serás tú… porque te vas a llevar a alguien que ni siquiera ha terminado de hacer lo que tenía que hacer aquí. Eso es egoísta…
Viktor buscó por todos lados con la mirada, algo que le indicara que aquello no estaba bien, que no se suponía que viniera a hacer un reclamo descarado del porque algo, una fuerza que aún no alcanzaba a comprender, se empeñaba en arrancarle un trozo de su vida. Pero no hubo nada, incluso el murmullo de los rezos parecía haber cesado. Miró por encima de su rostro, encontrándose nuevamente mojado por las miradas curiosas de las figuras estoicas, repletas de bondad, respiró por la boca un par de segundos antes de cerrar los ojos y fruncir el ceño.
―Si estoy aquí, es que estoy dando por sentado que existes y por tanto que me estas escuchando ― apretó sus manos, una contra la otra hasta que la sangre paró de circular entre sus dedos ―, así que: deja a Yuri en este lugar, déjalo por un tiempo más, si lo haces… dejaré mi alma en tus manos para que la guíes en todo momento, pero ahora no puedes hacerme esto. No puedes llevártelo solo porque él es demasiado bueno para permanecer a mi lado…
―Nuestro señor jamás haría tal cosa movida por actos egoístas.
Viktor brincó en su lugar, levantó su rostro asustado al grado de perder la poca circulación que con trabajos conseguía mantener de forma fluida, dio dos pasos largos atrás antes de siquiera pensar por qué esa persona estaba hablando con él, o que tanto le había escuchado decir, e incluso si había subido el volumen de su voz hasta ese punto. Pero el hombre aún le miraba con visible calma, una figura apacible entre un mar de emociones, a Viktor se le revolvió el estómago solo con mirarle. Era un sacerdote.
―Es un poco noche para que los jóvenes pasen por este lugar ― habló nuevamente con una sonrisa conciliadora entre sus labios ―. Dios se muestra ante nosotros a cualquier hora, hijo…
―No soy digno ― admitió Viktor sin fuerzas, sus dos manos apretadas a los costados ―. Él no va a escucharme…
―Entonces ¿Por qué estás aquí? ― preguntó con genuina curiosidad, merodeando la largucha figura del patinador
Viktor le miró nuevamente, parecía dispuesto a escucharle. Pero él ¿Estaba listo para decírselo abiertamente a alguien? Ser débil… ser mucho más débil de lo que siempre podría haber sido.
―No soy digno, pero estoy desesperado ― suspiró Viktor aguantando las lágrimas ―; la persona que amo… está muriendo… y no puedo hacer nada.
La cálida mano de aquella persona se posó con cuidado sobre su hombro. Viktor le miró con el alma desgarrada y los pétalos de su vida manchados de sangre se revelaron frente a ambos, con ganas locas de ponerse a llorar y soltar que nada en esta vida era justo, que quería suplicarle a Dios que le regresara a su amor, que no se lo llevara, porque sentía que iba a perderlo todo y no tenía sentido que él, egoístamente, le quitara a alguien que tanto había luchado por procurar.
―¿No estás dispuesto a dejarlo en las manos de Dios?
―No, definitivamente no estoy listo ― meneó la cabeza de lado a lado soltando las lágrimas que había guardado ―. No estoy dispuesto, aunque sé que no puedo hacer nada, no quiero esperar para ver que va a pasar…
―Dios es piadoso, él comprende tu dolor ― explicó el hombre con suavidad ―, si estás tan desesperado como para buscar consuelo en algo en lo que nunca has creído, entonces debo decirte que has encontrado el camino correcto… muchos de tus hermanos comienzan así. Sin esperanzas… pero a veces hay que perderlo todo para poder encontrarnos a nosotros mismos. Muchos han pasado por lo mismo que tu…
―Lo sé, lo sé ― admitió Viktor con la cabeza gacha y las manos sobre las mejillas, tiritaba ―. Sé que hay gente que sufre, que le duele, que la está pasando mal… pero no quiero llegar hasta ese extremo, no puedo perderlo todo solo para entender que yo tenía que haber hecho muchas cosas y que aún tengo muchas ganas de hacerlas.
Viktor no pudo saber lo que pasaba por la mente de aquel sacerdote mientras le veía llorando, pero tampoco pudo resistirse a caer en sus brazos. Extraños motivos tenía, pero aquella figura representaba para él lo único en lo que podía desahogar su verdadero dolor. Su egoísmo, su desesperación y las ganas de suplicar…
―Por favor, por favor, dígale que me lo deje ―lloró Viktor contra su hombro, aferrándose a sus ropas, el hombre le devolvió el abrazo ―, dígaselo por favor. Que yo no puedo… no puedo estar sin él, se lo suplico, se lo imploro…
El hombre suspiró, confortando el tembloroso cuerpo bañado en lágrimas de un hombre adulto sumido en intensa desesperación. Viktor estaba muy concentrado aferrándose a la presencia como para poder razonar severamente lo que comentaba, la desesperación le poseía como un demonio infernal, atacaba sus puntos débiles, generaba un vacío en su estómago, procrastinaba con su dolor juguetonamente, jadeante. Subyugador dolor le consumía mientras lloraba. Hiperventilaba sin constancia, entregado al llanto, a las lágrimas, aferrado al dolor… no había manera de consolarle. Parecía a punto del desmayo.
―Hijo, encuentra la calma ― suplico el párroco cuando notó que el joven oscilaba entre un estado consiente e inconsciente ―, de ahora en adelante, pase lo que pase no hay más que dejarle al señor el rumbo de nuestras vidas, no importa que tanto supliques de ahora en más, si se ha decidido así pasará. Así que busca la tranquilidad mientras le abrazas, que de otra forma no…
En ese momento no supo que sucedió, si fue la intensa voluntad del rompimiento de un espíritu fuerte, la condena invisible de la pérdida o un extraño suceso anormal con origen en el más allá lo que impulsó al sacerdote a ver el rostro de Viktor. Aquel rostro que antes había admirado, pero no de la misma forma en la que ahora se le presentaba, si antes se mostraba dudoso, sin tener idea de si era escuchado, o si de verdad había algo ahí que le escuchaba, el cambio que ahora denotaba era suntuoso, en el peor sentido posible. Estaba abatido hasta sobrepasar los niveles físicos, pero por supuesto, lo físico solo era el reflejo de lo que estaba muy dentro de su ser… y si había atravesado aquella línea solo era cuestión de tiempo para demostrar su verdadero dolor. Aquello podía haberle sido indiferente, pero no pudo ser así, no cuando alguien estaba tan desvalido contra su ser, tan suplicante y lastimero…
―Pero si no puedes encontrar la calma. Hazlo. ― Viktor abrió los ojos como platos, rojos y venosos no era más bajo que el sacerdote, pero sus rodillas estaban como quebradas tuvo que levantar su rostro para verle directamente y morderse el labio para no continuar llorando ―, toma las riendas y hazlo…
―¿Qué lo mate? ― preguntó infantilmente, confundido
―No hijo, dijiste que aun tenías muchas cosas que querías hacer ¿No es así?
Al atrapar así su atención y hacer una pausa en el llanto; el hombre tuvo por fin la voluntad de sujetarle de los hombros y alejarlo un poco de su espacio personal. Encarándolo.
―Si crees que el tiempo se te acaba y no encuentras solución a ese problema, no te arrepientas de nada y haz las cosas que tengas que hacer ¡Todas ellas! O al menos, todas las que se te ocurran. Realízalas antes de que te arrepientas, que pase un día más y te des cuenta que aun tenías tiempo de hacerlas pero no pudiste…
―Pero no puedo, está en cama, está muriendo…. ― Viktor bajó sus pupilas, buscando entre sus palabras lago que le impulsara lo suficiente como para tomar la arriesgada decisión ―, además, aquello que más quiero, lo que yo más deseo…
El patinador había dejado de derramar pesadas lágrimas. Llevó su dedo pulgar en medio de sus uñas y comenzó a masticar nerviosamente la piel que rodeaba su perfecta uña rosada, aun con la mirada gacha y la mente perdida entre un montón de pensamientos cual remolinos podía sentir la mirada del sacerdote, expectante y tan extrañado como él mismo. En esencia los dos estaban esperando que alguien dijera algo, pero Viktor seguía rebuscando entre las profundidades de su moral si debía o no tomar esa decisión porque ¿Exactamente que implicaba? Tenía la respuesta para eso… probablemente no. Pero ya había dado un gran paso. Yurio le dijo que dejara de lamentarse e hiciera algo, la única solución que encontró fue venir a implorarle a un algo desconocido, pero que extrañamente le había arrojado a los brazos de un bondadoso hombre que le incitaba a algo que Viktor aun no podía definir.
Sacar a Yuri del hospital y hacer eso que ellos dos más deseaban, pero ¿Cómo? ¿Sacarlo así?
Viktor miró al hombre nuevamente, no admiraba realmente sus facciones, su rostro no quedaba impreso en sus ojos, pero la bondad que transmitía le carcomía enormemente. Podía sentirse tocado suavemente por aquella densa aura, que le movía. Conmovido Viktor apartó su mirada para enfocarlo en algo más, quizá nuevamente en el atril, el reflejo del oro y las velas que poco a poco alguien había estado apagando mientras se aferraba a una esperanza. La iglesia vacía de almas, los rezos cesaron, pero la sensación estaba ahí… aquel sentir extraño, atmosférico, donde algo le estaba escuchando, algo le miraba, le proyectaba la luz suficiente para revelarle que estaba en el lugar correcto o que lanzarse a sus esperanzas había tenido un efecto que probablemente nunca esperó.
Aferrado a esa idea, a lo que significaba la abstracción de un Dios, Viktor miró al hombre nuevamente.
―¿Usted me va a apoyar? ― preguntó intentando convencerse de aquella locura.
De aquella espina que germinaba en su interior y le quitaba espacio a cualquier otra cosa. Una decisión que no solo implicaba tomas las riendas, porque lo que Viktor más anhelaba en este mundo…
Unir su alma con la de Yuri.
―Hasta el final de los tiempos, hijo ― respondió el sacerdote alejándose un paso.
Viktor miró nuevamente al piso, los mosaicos por fin podían capturar su atención, el espacio oscuro y sin vida que lentamente se apoderaba de él, la iglesia era más un extraño sitio vacío e inocuo. Nada brillaba, más que sus pensamientos, uno tras otro. Paso a paso alejándose de aquel pequeño espacio, sentía que por fin había comprendido… que tal vez aquella solución era la que no le daría dolor, sino jubilo. Unirse con Yuri. Decirle a Yuri que se casara con él, que estuvieran juntos para siempre…. Porque cuando te casas murmuras un estúpido ''Hasta que la muerte nos separe'' y el creía firmemente que ni eso podría arrancar su corazón del de Yuri, se lo había dado con telarañas y diamantes, enterrado en el pecho de su amante. Descuidadamente. Lo haría dos veces sin que se lo pidieran, por eso Viktor tenía que casarse con Yuri antes de que este dejara su mundo…
―Pero claro, el muy pingo… dejar este mundo sin darse cuenta que él ha sido mi mundo ― suspira Viktor mientras toma la fuerte puerta de madera de la iglesia.
La jala y mira por encima de su hombro en dirección al altar. Solo le recibe la oscuridad inmensa, ni una vela, ni siquiera el atisbo de un alma… cierra antes de que su mente le susurre que ha perdido la razón.
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Era probablemente la décimo cuarta vez que el tono de buzón penetraba en sus tímpanos, estaba tan familiarizada con el sonido que se limitó a colgar tan pronto la voz sonó y a pulsar el botón de remarcar; con tan poca diferencia de tiempo no sabía que cambiaría, al final de cuenta seguirían siendo dos o tres segundos y probablemente no era pauta suficiente para que Viktor milagrosamente encendiera su teléfono o se dignara a revisar el buzón de voz.
Ya habían transcurrido dos extenuantes días, completos, de sol a sol, y lo único que recordaban de él era la imagen doliente de su figura saliendo taciturna por la puerta del elevador y perdiéndose toda la noche junto con Makkachin. Aunque esto último lo sabía por el abordaje que habían tenido su ama de llaves y la vecina, en el hospital, buscando a Yuri. Lo cual resultó un alivio para todos, así podían repartirse el trabajo de cuidar al enfermo entre seis y no cuatro. Mila había aguantado una jornada doble de tres horas en la silla de la habitación, pero suspiró aliviada cuando Katinka llegó con su cara imperturbable y le pidió con amabilidad que le dejara cuidar al pobrecito japonés. Mila aceptó embelesada y se dispuso a un objetivo:
Rastrear a Viktor.
El hombre había desaparecido de la faz de la tierra. Sabía, por testimonio de las vecinas, que llegó al departamento aquella noche, pero que tan pronto como lo dejaron solo volvió a salir y nadie lo había visto desde ese momento. 48 horas. Esperaban, con toda la buena fe posible, que solo se tratara de un estado meditabundo excesivo y que al menos se estuviera alimentando bien, cuando menos al perro. Mila se había tomado la molestia de buscar en redes sociales si algún fan lo había visto por ahí y tomado una foto in fraganti, pero las posibilidades eran pocas y no salía ninguna respuesta en el buscador. El teléfono no sonó y la envió directamente al buzón.
―Mierda ― gruñó la pelirroja guardándoselo en el abrigo.
A dos asientos, despreocupado de la vida y con las piernas encima del sillón, Yurio traía los cascos puestos, el celular frente a los ojos y el ceño fruncido. El silencio sepulcral del hospital le dejaba escuchar perfectamente lo que el joven estaba viendo.
―¡Oye! ― Gritó el rubio cuando la chica le bajó los audífonos sin malicia
―¿Estás viendo Rocky tres? ― Preguntó con una sonrisa diabólica ―. Eso es taaan ochentero…
―¿Qué te importa? Bruja ― gruñó desperezándose en el sillón y guardando el celular en su bolsillo derecho ―. La programación del hospital es tan jodidamente aburrida que cualquier cosa es buena comparada con ello…
―Deberías estar entrenando ― le reprimió sin ánimos de sermonear
―Sí, ya sé ― respondió este sin ganas de recibir un regaño ―, pero Yakov sigue de un lado para otro con los tramites del hospital y manteniendo a los demás estudiantes. No quiero ser un peso extra para él, sé que le preocupa Viktor… y el puerco.
―Yakov es… un tipo duro, pero al final del día seguimos siendo sus bebés del patinaje ― Rio ella tontamente ―, al menos Yuri es un peso más ligero desde las últimas doce horas, aunque no debemos cantar victoria.
―Definitivamente no ― comentó el como si fuera evidente ―, con las referencias de los últimos días, puede ponerse bien en un segundo y perder el conocimiento al siguiente.
Mila quería decirle que no dijera eso tan despreocupadamente, pues las palabras en realidad tenían bastante poder y decretar algo así no traería sino mala suerte. Podía llegar a ser bastante supersticiosa. Pero en realidad Yurio no lo decía despreocupadamente, su semblante reflejaba todo lo contrario, el bello rostro de adolescente descuidado, con ojeras y falta de humectación solo era la imagen superficial de un quinceañero que había trasnochado y gastado plata en quedarse a dormir en un incómodo sofá, no lo hacía precisamente porque Viktor estuviera ausente, intrínsecamente a Yurio le importaba tanto como a los demás. Su lucha mental y preocupaciones estaban ocultas, pero dejaba pequeños vestigios tan pronto comenzaba a pensar en algo demasiado.
―Señorita Mila ― llamó una de las enfermeras desde el pasillo, capturado la atención de ambos inmediatamente.
―¡Si! ― Gritó levantándose ―. ¿Qué sucede?
―¿Es usted la responsable a cargo? ― preguntó la mujer confundida al notar la rotación de responsables para el paciente
―Si, por ahora… mi maestro vendrá en la noche ― explicó Mila dudativa ―. ¿Pasa algo importante?
La enfermera puso sus ojos cansados sobre Yurio, inconexo, con los pies encima del sillón. Luego en la bonita pelirroja frente suyo, parecía que los familiares solo eran gente hermosa, tal vez se trataba de una familia de modelos… aunque los apellidos fueran diferentes y bueno; el enfermo era un japonés, bastante lindo, pero extranjero al final de cuenta. Incluso la que había resultado ser la sirvienta, que estaba en el interior de la habitación, era una mujer de edad madura y belleza inmaculada. Suspiró.
―El paciente se encuentra estable ― retomó después de ese breve soliloquio ―, y parece que está por despertar, según nuestros reportes debería recuperar el conocimiento dentro de poco…
―¿Ya saben que tiene? ― preguntó Mila crispada
―Me temo que seguimos sin una respuesta certera ― La enfermera esperaba ahorrarse esta conversación, eso le concernía al doctor ―, en cuanto el medico tenga la disposición les proporcionará los detalles.
―¡Está despertando! ― gritó la gutural voz de Katinka desde la puerta de la habitación.
La enfermera le miró con los ojos inyectados en sangre, después de todo Katsuki no era el único interno. Pero Mila y Yurio se precipitaron de sus lugares por el pasillo para acercarse a la estancia, sin duda, si Yuri estaba despertando, necesitaban estar ahí para él. A Mila le emocionaba especialmente, el joven había estado sedado casi por una semana, verlo despierto era algo por lo que realmente estaban esperando, curado o no. Pero en las circunstancias actuales era maravilloso verlo recobrar la conciencia, sin tanto dolor. Lo preocupante dentro de eso, no era para Yurio o para Katinka y tampoco debía serlo para Mila… pero lo era, porque Viktor no estaba ahí y no sabía que tan bien iba a reaccionar Yuri a aquello…
Se quedó paralizada en la puerta, Yurio había entrado y tomado asiento en una de las sillas. Katinka estaba recargada en la ventana mirando preocupadamente a donde el pequeño pelinegro se revolvía entre las cobijas. La enfermera ya pululaba en el interior, revisando que todo se encontrara en condiciones adecuadas. Para Mila las cosas comenzaban a ponerse de cabeza, lo que anteriormente parecía un bulto, negro, desgarbado y moribundo, recobraba la vida de a poco. Era un espectáculo impresionante para todos los espectadores.
El primer sonido lo fue aún más. Durante varios días las sonoridades de Katsuki se definía entre gemidos cortos, repletos de dolor y alucinaciones que Mila no había presenciado, pero Yurio había escuchado a Yakov hablar con Viktor sobre estas. Un secreto a voces.
Yuri abrió los ojos tras segundos eternos de revuelcos entre las cobijas azuladas del lugar. Su cabello tenía el aspecto alborotado de alguien que ha pasado todo el día en cama, pero su rostro se llevaba el premio a las cosas más sorprendentes que la pelirroja pudiera haber visto, es que bueno, estaba más que acostumbrada a las personas bellas, pasó toda su vida rodeada de ellas, incluso ahora tenía a Yurio justo al lado, pero Yuri Katsuki tenía una belleza distinta. La de un muerto resucitando con la piel verdosa y amarilla, venas moradas sobre los parpados, coloreando sus abundantes pestañas negras y sus cejas prominentes. Una boca redonda rojiza desprovista de calor, amoratada. Ligera belleza glaciar, cobertura frívola de enfermedad y entumecida por la falta de movimiento, lo rasgado de sus ojos distinguiendo su origen y su anguloso rostro azaroso contrariado por la repentina luz halógena de la habitación. Tan lindo como celestial. Provisto de dudas y la garganta seca.
―¡Yuri! ― gritó Katinka una vez que el pelinegro examinó los rostros en el cuarto
―¿Yurio…? ― preguntó al reconocer la melena rubia, sorprendido ―. ¿Mila? ¿Katinka? ¿Qué…?
Por supuesto, el primero en ser nombrado fue el rubio. Después de todo entre las almas del cuarto sin duda era el más cercano al japonés, por eso los últimos dos nombres habían sido dichos con muchas más interrogativas. Y la mirada que le lanzó a la enfermera, como si jamás en la vida hubiera imaginado estar más de dos segundos en una habitación sin tener idea de lo que pasaba y encima con gente que no reconocía, o con la que se relacionaba tan poco…
Pero esa mirada no solo se limitó a mostrar su extrañeza, llevaba mucho más consigo, una necesidad absoluta de respuestas.
―¿Dónde está Viktor?
A Mila se le desfiguró la parte interna del rostro, aunque intento esconderlo. Katinka le envió una mirada nerviosa a la pelirroja, el único que permaneció impertérrito fue el joven ruso, pero tampoco hizo ademan de responder la ansiosa cuestión del japonés. Mila supo que tenía que hablar, quizá no era la mayor en el grupo, pero de momento era la responsable de la salud del mismo. Si, ella, la persona con la que no había tenido una conversación entera en una vida… no habían pasado de saludarse dos veces si se encontraban, eso no significaba que ella sintiera desapego al chico, en realidad le resultaba un joven fascinante, tanto como los demás. Le preocupaba su salud y había estado dispuesta a dejarlo todo para regalarle sus noches en vela, por supuesto que ella debía encargarse de responder la incógnita número uno. La más emblemática también.
―Está en casa ― soltó como quien suelta un respiro ―; fue a cambiarse de ropa, una ducha…
―Ah ― murmuró a secas incorporándose con ambos brazos, cuidando de no mover los cables que le conectaban a una barbaridad de máquinas ―. ¿Qué es…? ¿Qué son estos cables? ¿Qué es todo esto? ¿Qué está pasando?
La enfermera, que hasta ahora había mostrado una intervención pasiva en lo que su paciente se dedicaba a reconocer los rostros y escuchar la celestial respuesta de su enfática pregunta, dio un paso enfrente dispuesta a soltar la verdad de aquellas otras interrogantes que, desde su punto de vista, tenían una importancia mucho mayor a la del dichoso Viktor. Pero antes de que pudiera soltar palabra alguna el médico a cargo, que Mila ya reconocía bastante bien, entró por la puerta apresuradamente, como un huracán dejando orden en lugar de destrucción.
―Yuri Katsuki ― le llamó con la tabla en la mano ―. Soy el doctor a cargo de su salud. Mucho gusto…
Yuri abrió los ojos de sobremanera, el japonés hablaba perfectamente el ruso, pero tenía un problema cuando comenzaban a hablarle demasiado rápido. Mila lo había notado con anterioridad cuando Viktor y él se comunicaban en otro idioma, hablaban bastante lento, así que supo de inmediato que el medico representaba un problema para él. Pues incluso los demás habían sido cuidadosos con sus palabras…
―Yuri no habla tan fluido el ruso ― intervino Katinka, pensando seguramente en sus encuentros con el chico ― y tiene dificultad para comprender algunas palabras con las que no está familiarizado.
El médico lo vio, hastiado. Lo que le faltaba.
―En ese caso, tendré que valerme de alguien que pueda explicarle bien lo que voy a mencionarle… ― nuevamente Mila tomó el papel responsable ―, los demás pueden esperar en la sala.
Sin necesidad de dar otra orden Yurio y Katinka salieron del lugar sin detenerse a pensarlo. Yuri los vio salir con una mueca triste en los labios, así hasta que cerraron la puerta y pudo focalizar su atención nuevamente en el médico. Mila habría deseado hablar un fluido japonés para poder darle a Yuri todo su diagnóstico en ese idioma, de ser necesario. Pero cuando el medico comenzó a hablar notó que no había tomado en vano las advertencias de los familiares, pues midió su tono de forma que fuera claro y conciso, lo suficiente para que Yuri asintiera con la cabeza de tanto en tanto. La pelirroja se quedó callado a un costado, escuchando todo aquello que el médico le soltaba, por más que quiso prestar atención y comprender de mejor manera el diagnostico, parecía que el más interesado era el enfermo; tenía el ceño fruncido y la concentración en cada poro.
De vez en cuando miraba a Mila en busca de un sinónimo para palabras extrañas como ''гормональная неравномерность'' u '' наблюдение'' Y Mila tampoco estaba muy segura de como traducirle al pobre aquellas palabras que ella antes comprendía, por su inexperiencia médica y su vacío mental actual. Era dueña y señora de solo media mitad de su cabeza.
―Le… agradezco ― murmuró Yuri concluida la explicación del medico
―Lo mantendremos en observación al menos una semana más ― comentó finalmente el hombre ―, aproveche ahora para descansar, pronto será su cambio de medicamentos y…
―Está bien ― interrumpió preso de severa frustración, pero con amabilidad ―, me gustaría hacer una llamada.
Mila entornó los ojos a Yuri, el pelinegro no le prestaba atención, miraba fijamente al doctor. Por un segundo la chica se encontró segura de que aquella mentira sobre Viktor era una metida de pata, pues era tan falsa como insostenible, tarde o temprano Yuri notaría que Viktor simplemente no estaba y que no había hecho acto de presencia desde hacía un buen tiempo, encima nadie podía comunicarse con él y no tenían idea de cuando volvería. Si al extranjero se le ocurría marcar el número de su novio para presionarle o llorar, seguramente Mila iba a terminar por revelar la verdad, era una pésima mentirosa y una mala amiga. Podía decirle ''Yuri, ese chico no te conviene…'' antes que un ''Seguro se quedó dormido''. Pero antes de que el médico respondiera algo o ella colapsara el joven le sonrió tímidamente.
―Creo que debo contactar con mis padres ― explicó al ver su preocupación ―, dudo que Viktor se atreviera a hacerlo, viendo como estaba todo…
Mila suspiró. Había pasado por alto que Yuri en realidad conocía bastante bien a su pareja y podía predisponer de sus acciones.
―Le acercaré el teléfono ― sugirió el médico.
Mila se acercó al chico y le sonrió. No supo que más decirle, cualquier palabra podría ser un inconveniente, pero para su fortuna el hombre no tardó mucho en mover una mesita con ruedas que cargaba encima un moderno teléfono con su base y cargador, por supuesto no era un celular, pero al menos era inalámbrico. Se despidió con formalidad y dejó a Yuri hacerse bolas con las claves lada…
―¿Qué hora es? ― preguntó al mismo tiempo que presionaba los botones de memoria
―Cerca de las diez.
―Ah, es buena hora.
Seguro hablaba de Japón. ¿Dónde más sino? Mila sintió un vuelco en el estómago cuando Yuri pegó el teléfono en su oreja, esperaba escuchar el sonido del timbre pero ni siquiera fue un instante antes de que la preocupada voz de una extranjera le reventara los tímpanos a alguien. Estaba nerviosa sin saber porque, sentía que tenía sobre los hombros una responsabilidad de hacer lo que fuese indispensable y correcto, pero no podía entender la conversación. Yuri sonaba preocupado, de vez en cuando, pero se reponía para responder preguntas y tranquilizar a sus interlocutores… también dudaba al hablar, como si no supiera explicar bien que era lo que estaba sucediendo. Mila tampoco lo sabía. Entre tantas palabras desconocidas pudo distinguir el nombre de Viktor… varias veces, aunque no tantas como le hubiera gustado a la pelirroja. Seguido de pausas incomodas y sonrojos involuntarios. Quizá debió darle más privacidad…
―… Bye ― escuchó finalmente. Levantó el rostro desde su sillón y vio a Yuri colgar el teléfono, no la miraba ―. Gracias por estar aquí Mila.
―No es nada ― aseguró ella cruzando la pierna elegantemente ―. Todos estábamos muy preocupados por ti… esperamos que te repongas pronto. Yakov también estuvo aquí, incluso Georgie…
―Ah ¿En verdad? ― Sonrió sin una pizca de entusiasmo ―. Bueno, espero no ser una molestia. Parece que aún no podré salir del hospital…
―No te preocupes. Dispón de mi tiempo todo lo que quieras ― rio jovialmente aplacando sus risos ―, estamos encantados de cuidarte Yuri… sé que no nos hemos relacionado lo suficiente pero quiero que sepas que en verdad te apreciamos. No hay necesidad de explicártelo, eres muy especial y potencial como patinador…
―Mila ― murmuró Yuri con una sonrisa, había un brillo luminoso en sus ojos marrones cuando le sonreía ―, eres muy linda, te lo agradezco…
―¿Estás preocupado por Viktor? ― preguntó Mila en un arranque de debilidad.
―¿Cómo lo sabes? ― suspiró el enfermo con vergüenza.
―Bueno, no pareces estar preocupado por ti mismo…
Mila podía estar pasando por momentos estresantes, pero seguía siendo demasiado aguda. Además era una fémina, su intuición estaba muy por encima de otras cosas, podía notar a leguas que Yuri era serio con respecto a su condición pero que le preocupaba en un nivel mucho menor a lo que otras cosas que podían estar ocupando su mente ahora mismo.
―Me sorprende de ti ― confesó Mila ―, sé que tienes crisis de ansiedad y terminas preocupándote demasiado por nada. Pero ahora mismo, te veo tranquilo, de alguna forma…
Yuri miró a todos lados con un aspecto resignado, como si quisiera evitar responder aquello o simplemente hacerlo de una forma que no resultara ser tan humillante.
―Yo puedo preocuparme mucho por el patinaje, o por mi propia estupidez ― admitió fríamente ―, también por otras personas y lo que les pasa, pero… con respecto a esto siento que no hace falta preocuparse.
―¿Por qué? ― preguntó ella con genuina curiosidad, quizá sobrepasando el límite que ella sola se había impuesto.
―Creo que es algo; algo regional ― suspiró Yuri intentando encontrar la respuesta en su interior ―, no es que no me preocupe estar enfermo, sobre todo con tantas incógnitas sin respuesta… pero creo que si algo va a pasarme no hay forma de que consiga evitarlo así luche con todas mis fuerzas por detenerlo. Yo… no creo en Dios, o tal vez no en el mismo Dios que todos ustedes creen, en Japón somos sintoístas, aunque tampoco soy practicante de ello, sé que si el Dios, o lo que sea que existe en este mundo si no quiere que te pase algo no te pasará, por el contrario si algo va a sucederme…
―¡Yuri! No puedes entregarte de esa forma a la resignación. Toda la semana has tenido una batalla de la vida contra la muerte ― explicó ella encendida ―, piensa en Viktor, en tu familia…
―No es resignación ― le calmó él con cuidado ―. Es precisamente a eso a lo que me refiero. Tendré que pelear con fiereza para seguir adelante... porque tengo pensado hacerlo, pero no puedo entregarme al dolor y sufrir. Pase lo que tenga que pasar…
Guardó silencio dolorosamente mientras mordía su pulgar. En realidad Mila comenzó a pensar que sus inquisiciones habían hecho que el chico se pusiera nervioso y realmente ese no era uno de sus objetivos, pero antes que dijera nada Yuri volvió a mirarla. Tenía la misma mirada acuosa de antes, como si estuviera evitando llorar, pero le desesperara hacerlo.
―Espero estar bien ― suspiró suplicante ―… volver a estar bien muy pronto.
―Viktor ― profirió la joven atrayendo por completo su atención ―, cambió muchas cosas en ti ¿No?
Yuri sonrió. Sonrió como quien recuerda algo maravilloso, que te llena por completo el alma, cosa que quizá era cierta, por la veracidad que la pregunta desprendía, daba la impresión que era más una confirmación de algo que desprendía evidencialismo, pero que aun así tenía que corroborar porque Mila no conocía por completo al patinador.
―Si ― reconoció ―, antes de él yo no habría reaccionado igual ante esto… el me hizo confiar en mí, aunque sea un poco más. Por esto estoy seguro de que debo ser fuerte y seguir, sin importar que vaya a salir al final.
Mila quiso decir que aquello era lindo, que ese era el espíritu de una pareja, o mejor… del amor verdadero. Pero solo consiguió llenarse de más preocupantes, principalmente sobre Viktor, en menor medida sobre Yuri, ahora comprendía porqué Yakov estaba tan alterado con respecto a su pentacampeón. Si había alguien inestable entre los dos, ahora mismo estaba convencida de que era Viktor y quien sabe a qué desasosiego podía entregarse dadas las circunstancias. Yuri era una persona mucho más fuerte, todo gracias a él, pero era como si aquella fuerza que Viktor le había transmitido también hubiera desaparecido del interior del patinador… Viktor, Viktor Nikiforov, la promesa del país, el sueño de todos, el ideal de perfección… tenía una debilidad, Yuri era su debilidad y él le hacía débil. Por más fuerte que fuese, o que Yuri fuese. Viktor había perdido la batalla de la fuerza…
―Estoy preocupado por él ― continuó Yuri, adivinando las vacilaciones de la patinadora ―, debe sentirse muy culpable y solo. Lamento haberle dejado…
―Estabas muy grave, no fue tu culpa ― intentó tranquilizarlo la chica, aunque en realidad Yuri no desprendía preocupación.
―Lo sé, todos lo sabemos ― aceptó con una sonrisa tímida ―, incluso mis padres. Pero no puedo dejar de preocuparme, Viktor es impulsivo. Ya quiero verlo.
Mila creyó que aquella petición le pesaba tres toneladas más de lo normal. Era como si Yuri le gritara que Viktor tenía que volver… y ella tenía la necesidad de hacer ''lo indispensable y correcto''. Le sonrió con cierta falsedad en su interior y se puso una nueva meta personal, desafortunadamente para conseguirlo tendría que abandonar al japonés con Katinka o Yakov, pues acababa de prometerse a sí misma, por el bienestar de Yuri, que encontraría a Viktor y lo traería de vuelta así fuera arrastrándolo de los pies. Aunque no se tuvieran tanta confianza… porque de hecho tampoco la tenía con Yuri, pero era algo como un código, y ya se había acercado lo suficiente a uno de los dos como para saber lo que quería: ver a su novio. Y ella ayudaría, sin duda.
O al menos lo intentaría.
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Se convirtió en una guerra de miradas, para Viktor aquellas pequeñas acciones significaban mucho más que las palabras, encima transmitían algo distinto. Por eso había descifrado de forma tan correcta la mirada que el médico le dirigió, llevaba una fuerte carga moral, un desprecio máximo por sus palabras y por él mismo, pero Viktor no se rindió, sostuvo la mirada del doctor durante todo el tiempo, con una media sonrisa en la boca, aunque en realidad no tenía ningún motivo para sonreír; buscaba ser persistente, un poco persuasivo y no dejarse vencer. Tras unos segundo más el doctor no se rindió, pero extendió la nota por encima de la mesilla, y puso una pluma perfecta sobre la línea.
Viktor no iba ni a leerlo.
Pero firmó.
Lo regresó, a aquel rostro que no cambió ni un ápice durante aquel breve intercambio.
―Quiero que sepa, señor Nikiforov que estoy en completo desacuerdo con su decisión ― mencionó palabra por palabra con cuidado de ser enfático ―, usted es el responsable de nuestro paciente y por tanto no puedo hacer nada para detenerle, pero Katsuki Yuri sigue bajo observación… y aunque en los últimos dos días en los que él ha mostrado visible mejoría y usted no tuvo la decencia de acercarse…
―Estaba ocupado con asuntos personales ― se excusó el patinador.
―Eso no quiere decir que esté recuperado ― interrumpió nuevamente el doctor ―, no cometa la imprudencia de siquiera pensar que Yuri está en su mejor forma…
Viktor se guardó lo que tenía pensado decir. No tenía por qué dar más explicaciones, la decisión estaba tomada y así Yuri hubiera estado bajo la terrible fiebre de antes se comportaría igual de inamovible que ahora mismo. No era cuestión de argumentos. Esos ya estaban más que dados.
―El hospital se deslinda de lo que pueda pasar con él de ahora en adelante ― cortó de tajo el medico ante la mudez ―, y seré sincero con usted… si Yuri recae de la misma forma, le aseguro que se encontrará no solo desahuciado, sino con necesidad de preparar lo pertinente para un funeral.
―Querido doctor, no deje que sus emociones le controlen ― musitó Viktor con violencia ―, recuerde que sigue siendo un médico y que actualmente está ejerciendo. No se consiga un problema conmigo.
No hubo respuesta, Viktor le dio la espalda y el médico se acercó al resto del área administrativa para dar la orden. Sin embargo aquellas palabras habían calado hondamente en Viktor de nuevo, por más que quería escapar de ese tipo de pensamientos terminaban volviendo ante él de una u otra forma, preparar un funeral para una persona con la que aún no había vivido una vida entera… era un pensamiento que le erizaba la piel. Tener a Yuri desahuciado. Ese tipo de cosas podían ennegrecer sus intenciones, procuró no mostrar aquella debilidad y continuó con su camino al elevador hasta el piso donde Yuri estaba y pronto sería desalojado. Pues ya había mandado a cortar todo lazo con el hospital…
Por fin vería a Yuri, de nuevo, desde aquella estúpida e incongruente despedida. ¿Qué clase de rostro tendría? ¿Se vería igual? Probablemente la resequedad de sus acciones se vería sugestionadas por todos, pero esperaba que a la larga pudieran comprender que era lo que se había movido dentro de sí. Y que Yuri le apoyara en aquello…
Que si su prometido iba a pasar sus últimos días, no iba a permitir que sucediera en el interior de un desconocido hospital.
Cuando las puertas se abrieron, Viktor reconoció que a pesar del largo abrigo de invierno que llevaba encima seguía aparentando una imagen en desacorde con el lugar, su mera presencia que destilaba cierto grado de taciturno antojo era una nubecilla negra que se adentraba por los pasillos y ni hablar de su atuendo, que en el interior sabía, era mucho más elegante que a externas podía parecer, el abrigo y los aguantes solo eran el complemento ideal para desenfocar la atención en el maravilloso traje que llevaba abajo, pero ahora no era tiempo para pensar en eso.
Estaba nervioso, tan nervioso como alguien en su posición debía estarlo, iba a ver a Yuri. Quería verlo, moría de ganas por verle… pero en realidad la confrontación le intimidaba. Se notaba a cada paso, era como caminar entre fango, mojado hasta las rodillas, asustado y presuroso, no había forma de mantener aquella despreocupada actitud que por algún tiempo le caracterizó, ahora mismo sus nervios estaban a flor de piel y las cavilaciones mentales sacudían sus pestañas al mismo tiempo que sus agitados pálpitos. Un mini infarto cada que visualizaba el encuentro de sus miradas, las palabras que debían decirse ¡Las explicaciones! Que miedo tan brutal, tener que rendirle cuentas a alguien cuando nunca en la vida Viktor había tenido que dar cuenta de nada… quizá antes de cumplir los doce, a veces, pero después de eso, no, nunca, jamás y ahora tenía que dar unas y unas buenas.
Se detuvo en la puerta. Estaba entrecerrada con una pequeña rendija del tamaño de dos dedos, perfecta para ver bien la cálida escena desarrollándose en el interior. Las voces habían comenzado a escucharse solo a unos pasos antes, pero Viktor ya era consciente de la conversación.
―… Y cuando entré a la habitación ¡Tenía las tijeras en la mano! ― relataba Antonida sentada obesamente sobre uno de los sillones de la habitación ―. ¿Te imaginas mi impresión? Le dije: '' ¡Hijo! Taparás el lavadero con ese cabellote…''
Yuri se rio bajo, pero tímido desde la cama. El sonido de aquellas campanillas logró que Viktor relajará su postura, al final de cuenta la risa de Yuri era capaz de aplacar cualquier marea, mar o maremoto, e incluso podía aplacarlo a él. Una risa verdaderamente angelical. Empujó suavemente la puerta…
―Pero no me escuchó, siguió cortando los mechones de treinta centímetros y dijo ''No me importa, voy a donarlo a los niños con cáncer…'' y efectivamente eso hizo.
―Eso escuché ― suspiró Yuri con cariño.
Poco antes de que la puerta revelara la desgarbada figura del patinador y el pelinegro dejara de mirar a la mujer regordeta y burguesa que no dejaba de tejer, pelar una naranja y conversar animadamente con el enfermo. Al otro lado de la sala Yakov aguardaba en silencio con el celular en la mano, estaban los dos, tranquilamente cuidando de Yuri. Pero la mirada de los tres se alzó como el sol en el horizonte.
― ¡Viktor! ― gritó Yuri levantando los brazos desde la cama. Aún con las cobijas sobre las piernas.
―Jovencito, santo Dios ― murmuró Antonida con el aspecto de alguien que acababa de ver un fantasma ―, te creíamos muerto.
― ¡O peor! ― gruñó Yakov escandalizado.
Ciertamente, Viktor ya había lanzado atrás todas aquellas frases solo para concentrarse en los preciosos brazos de Yuri levantados hacía él. Como si fuera un niño pequeño esperando que le cargaran, con una sonrisa abismalmente grande y un brillo en los ojos que rara vez aparecía, salvo quizá durante las navidades y Viktor no era precisamente un viejo en traje rojo con un saco de juguetes, pero igual se acercó hasta él y aceptó que rodeara su cuello con los brazos, para jalarlo lentamente de la cama y sentir sus piernas en su cintura, sus piernas desnudas y el suave camisón del hospital cubrirle, Yuri se aferraba a él como un koala.
―Yuri… mi precioso cerdito ― suspiró Viktor enamorado besándole la boca a Yuri.
El pelinegro comenzó a soltar suaves caricias por las orejas del patinador y a repartir besos satisfechos por toda la boca y las zonas cercanas. Se mostraba verdaderamente contento de sentirse abrazado por su novio. Viktor por su parte se dejaba consentir un poco por aquellas manos lastimadas y a sentir con plenitud el delgado cuerpo que le rodeaba, jadeante, dejó todos sus miedos a un lado, al final Yuri estaba consciente, vuelto en sí mismo y le cargaba como un gatito sobre sus brazos. Podía permanecer así durante cien años y no le parecería tiempo suficiente.
―Bájame ― pidió Yuri cuando los cables del brazo comenzaron a jalarse y Viktor tuvo que ceder a la petición aunque el calor comenzaba a escocerle en su interior. De forma, solamente, romántica.
― ¡Mila ha estado buscándote durante días! ― regañó Yakov con vanos esfuerzos. Era evidente que Viktor estaba perdido en las pestañas del pelinegro.
―Tuvimos que hacernos cargo de Yuri por nuestra propia cuenta ― secundó la anciana.
―Se los agradezco mucho ― aseguró Viktor con el rostro de Yuri contra su vientre, acariciándole debajo del mentón ―, fue una cobardía de mi parte irme sin decir nada, pero ya no será necesario que se preocupen por Yuri o por mi…
― ¿De qué hablas? ― preguntó Yakov olfateando lo que se avecinaba
―Yuri, prepara tus cosas… vamos a irnos del hospital.
Aquello fue como un balde de agua fría. Para todos y cada uno de los presentes, incluso para Viktor, pues aquello por primera vez le hacía pensar que tal vez no tenía sentido. Pero tan pronto como soltó aquello algunas enfermeras ingresaron en el lugar para guardar y desconectar a Yuri, no hubo tiempo a reaccionar, pues el trámite estaba hecho y aunque cualquiera quisiera negarse no había mucho que hacer. Antonida comenzaba a angustiarse mientras Viktor guardaba en las maletas todo lo que Yuri había ocupado durante esos días…
Yakov, seguro de que esto era irremediable, comenzó a guardar las medicinas y anotar cada detalle de los medicamentos necesarios para el enfermo. Conocía de buena mano a su pupilo, estaba seguro que una vez que algo se le metía en la cabeza era incapaz de razonar. Por ello incitó a la anciana a ayudar a Yuri a salir de la cama y vestirse con una muda de ropa limpia y nueva que le habían dejado cerca por si era necesario. Las enfermeras pusieron un poco de ayuda con el enfermo, pero se dedicaron principalmente a desconectarlo y desearle suerte…
Soltándole miradas hostiles al pentacampeón.
―Vamos Yuri ¿Puedes caminar? ― preguntó Viktor tomándole de la mano cuando todo estaba listo ―. ¿Pido una silla de ruedas?
―Estoy bien ― respondió Yuri sujetando los dedos fríos del mayor ―, he estado caminando poco a poco desde que recuperé la conciencia.
―Bien, iremos lento entonces ― Viktor le sonrió a Yuri solo para después depositar un beso casto sobre su frente.
El rostro del japonés era la viva imagen del desconcierto, pero decoroso se dispuso a seguir el paso de Viktor hasta el elevador. Seguido de cerca por Yakov y Antonida, con dificultades para caminar, al menos el ruso tuvo la delicadeza de esperarla tanto como pudo esperar que Yuri caminara con esas pantuflas. Pero carecía de importancia, después de todo el auto les esperaba justo en la entrada. Cuando llegaron hasta el primer piso, las personas de la recepción miraban la pequeña caravana de personas como queriendo restarles importancia, aunque sus miradas resultaran bastante obvias y objetivas. El doctor de Yuri estaba recargado en el mostrador con las manos en el interior de la bata blanca.
Viktor iba a pasar de ellos, pero en cuanto Yuri se dio cuenta que ahí estaba el doctor y al menos tres de las enfermeras se apresuró a soltarse del brazo de Viktor y dar unos pasos alocados hasta postrarse en frente. Viktor le llamó en voz baja, sin embargo no se detuvo en su andar, ni se preocupó por qué motivo Viktor quería salir del hospital sin decirles ni mú.
―Muchas gracias a todos por cuidar de mi ― dijo Yuri con su más formal ruso, inclinándose ligeramente.
Todo un remolino de cultura japonesa hablando cordialmente a un grupito de egresados en Moscú.
Viktor retomó su camino, atrayendo a Yuri, sacándolo del cuadro con el brazo encima de sus hombros, y la mano sobre su derecha, le jaló sin pizca de rudeza, pero desesperación en el rostro. Necesidad oportuna de apartar a Yuri de aquella despedida formal.
―No hay necesidad de que agradezcas, mi amor ― murmuró Viktor siseante alejando a Yuri del lugar.
El pelinegro entornó su rostro, más confundido aún que antes y miró a los doctores que no se habían tomado la molestia de reaccionar a su despedida y agradecimiento. Fugazmente pensó que tal vez debía agradecer de forma menos ruidosa o con un pastel, o tal vez simplemente estaba mal visto por las masas hacer ese tipo de aseveraciones…
―Joven Yuri ― llamó el médico, imperturbable desde su lugar ―, si necesita cualquier cosa, vuelva inmediatamente. Le atenderemos con toda confianza. Enviaremos los resultados de sus análisis hasta su dirección.
―Gracias... ― suspiró Yuri con una ligera sonrisa.
Viktor también sonrió. Más que nada porque el hombre le había quitado un peso de encima a Yuri, que ya comenzaba a contrariarse por la extraña forma de salir de ambos. Había sido un arma de doble filo aquella respuesta del doctor, pero Viktor no podía dejar que eso le cambiara el ánimo, en realidad estaba a gusto de saber que el doctor cooperara con su salida, pero por otra parte, abiertamente le señalaba en su cara que Yuri era el encargado de tomar las decisiones que concernían a su salud, en lo que estaba totalmente de acuerdo, pero no sobre decir que Viktor estaba haciendo las cosas movido por egoísmo total. Ya que no era el caso, así que mejor no le presentaran de esa forma.
― ¿Trajeron auto? ― preguntó Viktor sacando las llaves de su abrigo y quitando los seguros del Audi.
― ¿De qué hablas muchacho? ― habló Antonida encendida, como si acabara de reparar que en realidad Viktor no pensaba, ni por asomo, llevar a casa a cada uno.
―Pediré un taxi para que los lleve hasta casa ― continuó Viktor tomando aquella frase como una negativa infalible ―. Sube bebé.
― ¿No podemos llevarlos? ― pregunto Yuri cuando Viktor abría la portezuela del auto
―Les pediré un taxi ― repuso como si aquello pudiera compensar la amabilidad y el cuidado de los dos adultos.
―Sí que eres un estudiante desconsiderado ― comenzó a despotricar Yakov, mientras Viktor hacía el encargo por medio de su iPhone ―, dejarnos aquí tirados esperando un taxi por cinco minutos mientras ustedes se van. ¡Estuvimos cuidando de Yuri! No paseando por el malecón, como otros… ni siquiera hablas hablado con Mila o con tu ama de llaves. También estuvieron aquí ¿Y quién está cuidando al perro? ¡Yurio!
Viktor lo escuchaba hablar guardando cada una de las pesadas maletas en el interior de la cajuela. Tenía el rostro especialmente lleno de extrañas inferencias, pero tampoco se detuvo a responder los reclamos de Yakov, que seguramente, uno que otro, lo tenía bien merecido. Pero no podía detenerse a responder todo como un niño pequeño que tenía derecho a reponer y a exigir que se le fuese respetado. Era momento de callar y salir.
―Gracias por cuidar a mi Yuri, ya se los agradeceré apropiadamente después ― continuó Viktor besando la mano arrugada y llena de venas de Antonida y la mejilla de Yakov ―, el taxi llega en dos minutos. Espérenlo aquí.
―Hijo, Dios sabe que ese joven que traes en el asiento sigue delicado ― suplicó Antonida ―, haznos un favor y llévalo directo a casa, llamaré a Katinka para que los espere con una sopa caliente…
―Se lo agradezco madame ― sonrió Viktor con jovialidad y un entusiasmo desbordante ―, pero antes de volver a casa debo terminar unos pendientes.
Cerró la puerta del auto y arrancó. Así, sin más, con su sonrisa de corazón, su espíritu libre y despreocupado. Dejando a los otros dos temblando de ira y nervios, porque por una parte no querían aceptarlo, pero daba la impresión que Viktor estaba a punto de cometer un suicidio de amantes. O tal vez estaban malinterpretando todo muy rápido y en realidad no era nada, solo un extraño comportamiento fugaz. Quién sabe.
El taxi los recogió y la cuenta quedó saldada desde la tarjeta de Viktor.
0―0―0―0
Yuri miraba por la ventana del auto, Viktor conducía deteniéndose repentinamente ante los altos y las rayas de cebra, pero más allá de eso tampoco mencionaba nada. Le preguntó por el aire acondicionado e incluso puso el radio, le sonreía tímidamente y luego miraba el camino como quien no quiere la cosa. El pelinegro comprendía perfectamente bien que Viktor había atravesado duros momentos, quizá tenía bastante miedo a la pérdida o quizá había algo mal en todo aquello. Así que guardó fuerzas para que cuando por fin llegara el momento pudiera soltarle en cara aquella pregunta que tenía varios minutos pensando…
Se decidió cuando el cielo comenzó a pintarse de naranja. Finalmente iba a anochecer.
―Viktor, ¿A dónde vamos?
Era evidente que no iban a casa. No porque Yuri supiera perfectamente bien cuanto tiempo hacían del hospital hasta la casa, en realidad no tenía idea de en qué parte de la ciudad se encontraban, pero por la forma tan medida en la que Viktor conducía pudo adivinar. No había que ser muy listo, tampoco estar muy cuerdo, el japonés estaba medio desvalido pero sabía sumar y los rumbos por donde estaban no se parecían en nada a la calle donde Viktor habitaba, junto con él.
― ¿Estás enojado? ― preguntó Viktor en respuesta, sonriendo algo asustado con sus grandes ojos azules.
―No, de hecho no veo porque debería estarlo… pero me tienes confundido y me siento perpetuado al secuestro.
Viktor esbozó una sonrisa siniestra; después de todo su Yuri no perdía el sentido del ánimo, aun diciendo esto con toda la seriedad posible de su voz, tenía en su rostro cierto encanto práctico enfermizo, una risa atoradita en la garganta y la infame necesidad se ser serio para obtener respuestas serias. Que Viktor no podía darle, no todavía.
―Lamento sacarte del hospital cuando aún no te habían dado de alta. Confieso que es de las cosas más infames e irresponsables que tuve la idea de hacer ― aceptó el ruso imperativo ―, pero hasta ahora no me he arrepentido de hacerlo ni dos segundos, quizá uno, pero no dos.
―Eres tan abstracto ¿Sabías que estuve bajo anestesia dos días? O quizá más. Sé más claro, que ya me empieza a doler el cuello.
Para Viktor, nuevamente aquella aseveración solo era la excusa perfecta para sonreírle a Yuri, mirándole atento con una seriedad pétrea e intranquila. Pero aun así sonriente.
―Te digo que lamento haberte sacado del hospital. Pero fui orillado a hacerlo ― continuó Viktor sin dejar de ver por encima del volante, atusado ―, solo que ahora por motivos de complicidad no puedo revelarte por qué, Yuri.
― ¿Complicidad con quién? ― preguntó el pelinegro picado por la curiosidad
Quizá había elegido mal la palabra pero no podía dejar a Yuri sin respuesta.
―Conmigo mismo, soy cómplice de mi propio plan ― explicó severamente con un dedo levantado en el aire, girando sobre su cabeza ―, se bueno y no preguntes más que arruinarás la sorpresa.
―Es la última pregunta ― suspiró Yuri sin una pizca de ganas por dejar de hablar, en cambio, aquella chispa de incógnitas despertaba en él un extraño sabor dulce, afanado por continuar.
― ¿Será muy reveladora? ― inquirió el otro levantando una ceja.
―Tanto como tú quieras ― continuó Yuri encogiéndose de hombros.
Viktor cayó en cuenta de lo profundamente atraído de forma romántica que se sentía por Yuri, cuando lo vio hacer ese gesto, es que era desde la más pequeña pestaña hasta la más robusta de sus manías, enfermito o recién curado, e incluso en el mejor estado de salud, siempre llegaba a la misma conclusión; la forma en la que Yuri le gustaba era supraterrenal. Sonrió vívidamente, no podía decirle no a aquella cara, aquel cuerpo, o lo que sea.
― ¿Qué es la sorpresa? ― preguntó Yuri con media sonrisa ladina.
― ¡Sí que eres un pillo! ― se carcajeó Viktor preso de regocijo ―. ¿Acaso esperas que de verdad te lo suelte?
― ¡Oh! Vamos ― suplicó Yuri mientras Viktor aparcaba con cuidado en una empedrada calle con vista al mar ―. Aunque sea una pequeña pista, por tu enfermo casi esposo.
Llevó la mano hasta su boca y tosió fingidamente. Viktor sacó la llave del auto, estaba entre un Dodge del 94 y otro auto bastante caro, miraba por encima del volante con una sonrisa. Una que lentamente se fue apagando, de forma pausada y trágica, hasta convertirse en una mueca dolorosa con todo lo que esta atraía. Sus ojos azules se llenaron de una transparencia diáfana y las manos cayeron a los costados, Yuri podía comenzar a ver aquel hermoso labio inferior brotar como un puchero, primero meneó la cabeza diciendo que si para finalmente soltar un 'no' mudo, y bastante maltrecho.
―Hey ― le llamó Yuri acercándose a su rostro, con el índice bajó su mentón ―, ¿Qué pasa?
Viktor comenzó a mirar sus zapatos por debajo del volante y se limitó a suspirar antes de que Yuri pudiera decir algo más que le sacara las lágrimas que con mucho cuidado había estado guardando, pero sin dudarlo las habría soltado de encontrarse en otras circunstancias. Como la otra noche frente a un desconocido que le hablaba como si le comprendiera, como si todo el mundo supiera lo que era perderse en un futuro incierto tras el deceso de un ser amado.
―Me he sentido tan impotente ― se justificó destrozado ―, cuando te vi ahí, perdido en un hilo entre la vida y la muerte, pensé que todo era mi culpa… te había arrancado de tu familia, traído hasta acá con promesas inacabadas y todos iban a culparme si algo te pasaba. Principalmente yo. Quería morir Yuri… de verdad que si algo te pasaba no veía una luz… era un futuro del que no podía, no puedo; es demasiado terrible.
―Hey, tranquilo… yo estoy aquí ― dijo el pelinegro intentando animarlo ―, estoy bien, estamos juntos y vamos a estar bien mi amor.
―No puedo dejarte Yuri ― aceptó Viktor derrotado, cual Aquiles develando la debilidad de su talón ―, no puedes dejarme.
―No lo haré ― le aseguró Yuri con una voz que le hizo bien al otro.
Viktor levantó el rostro nuevamente, ¿Cómo era posible que Yuri, el joven pelinegro nervioso e inseguro le hablara como si le ordenara y necesitara que le obedeciera? Aunque en realidad no se trataba de ninguna orden, tenía la profunda habilidad de hablarle con seguridad fecunda. Prolífica. Con la sencillez de los hechos, como si pudiera poner las manos al fuego asegurando que Viktor sería incapaz de ponerse una soga al cuello si se separaban, fuesen las condiciones que fuesen, pero de paso también aseguraba que aquello no iba a suceder. Que no se iban a separar. Ojalá Viktor pudiera soltar aquella frase con la misma seguridad intrínseca que el japonés, pero no podía, por eso, orillado, es que había terminado en este punto y ahora sonreía diminutamente. Avergonzado de sus temores, excitado por las palabras de Yuri y su firme convicción.
― ¡Oh! ― exclamó Viktor recuperando su júbilo usual ―, ¿De veras? ¿De veritas?
―De verdad ― respondió Yuri igual de animado rosando su nariz con la del ruso, como un saludo infantil.
Estaban por unir los meñiques. En un universo distinto. Más distraído y menos sentimental.
―Bueno, por las palabras se empieza ― reaccionó Viktor pensativo ―, ya hemos hablado, aclarado algunos puntos y recuperado el ánimo, pero no nos podemos echar para atrás a este punto… ahora vamos.
― ¿A dónde vamos? ― preguntó Yuri crispado de emoción.
Pero Viktor ya había salido por la portezuela, y cual gentleman se acercaba acechador a la otra puerta para abrirla, sacar a su novio y cerrar con seguros. No sin antes asegurar aquel extraño bolso que colgaba de su hombro y Yuri no tenía idea de donde había sacado, pero seguramente de la cajuela mientras rodeaba por detrás, donde el Dodge. Extendió la mano juguetonamente tonteando con los dedos fríos de Yuri, que seguía en pantuflas, pero se le antojaba seguirle el juego sin importar lo que pasara.
Por si fuera poco la respuesta no llegó nunca, ni cuando comenzaron a caminar por la calle llena de antiguos locales abiertos y poco flujo de personas. En realidad tenía una pinta agradable y se escuchaba música a lo lejos, tal vez iban a algún baile o una reunión, aunque Yuri no veía la relación entre una cosa y otra. Poco a poco, conforme avanzaban por las piedras del pavimento Yuri notó algo familiar en el ambiente, quizá una luz o algo similar, pero no sabía a qué le recordaba, solo que sentía que antes había sido alumbrado por aquellas luces. No eran las mismas halógenas y frías de la calle de Viktor, estas eran cálidas y resplandecientes como luceros, con un destello vigoroso mientras que el cielo se ennegrecía hasta el punto de mostrar la luna llena. La luna llena es la luna perfecta para realizar todo…
Y de todo.
A medida que llegaron a la esquina de la calle la plazuela se alzó frente a los ojos de ambos como un recinto sagrado lleno hasta el tope de palomas siendo alimentadas por un nocturno anciano con bufanda, pero además de aquella figura amigable no había ni un alma. El monumento se alzaba tan dramático y celestial como Yuri lo recordaba, poco a poco recuperó el sentido y se preguntó porque no había notado los elegantes picos alzarse por encima de las casas de la calle. O porque en realidad no habían estado junto al canal donde la vez anterior habían caído al agua como dos sapos desafortunados. Probablemente era una calle paralela, pero estar frente a El Salvador 'sobre la sangre derramaba' despertó en el extranjero un genuino y vivaz interés. También brusco.
― ¿El Salvador…? ― preguntó Yuri inconsciente ―, ¿Qué hacemos aquí? Apuesto a que ya habrán cerrado.
―Apuestas a lo equivoco amor ― corrigió Viktor forzando el paso hasta la entrada del lugar.
Apenas hizo falta, como la primera vez, que Viktor empujara la puerta de madera para que esta cediera como si fuera una pluma, pero la imagen interna del templo se le antojó tres veces más hermosa que siempre y mucho menos espectral, en realidad ahora parecía un templo bastante bondadoso, repleto de camelias, el deseo, la pasión y el refinamiento, las luces externas bañando los vitrales de colores que dejaban una mancha a su paso, atrayentes como el mismo cielo y la corte celestial de velas, como espectadores. No había nadie en el interior, aquellas figuras sollozantes habían desaparecido así como la mirada desidiosa de los santos. Viktor cerró a espaldas de Yuri.
―Durante el día es precioso, pero de noche es impactante ― admitió avergonzado.
Sucumbiendo a la belleza arquitectónica del lugar. Nada más. Sin oler lo que se le aproximaba…
Viktor le miró cálidamente, apreciando la belleza angelical de los gestos de su prometido, guiándolo con la mano hasta el atrio de la iglesia, vacío y dorado como los ojos de los seleccionados para entrar, se mostraban de esta forma ante ellos, con Dios en la parte de arriba y quien sabe que extraña figura apreciativa les guiaba hasta las escaleras.
― ¿Podemos estar aquí? ― preguntó Yuri nervudo ―. ¿No se enojarán con nosotros?
― ¿Quién? ― continuó Viktor sin caer en cuenta de nada, como si no tuviera una vena delictiva por naturaleza.
―Tienes razón, aquí no hay nadie ― intentó calmarse Yuri.
Pero Viktor negó repetidamente ante su belleza y suspiró.
―Todavía ― repuso contento ―, pero tengo pensado llamar a alguien, pronto.
― ¿De qué hablas?
Viktor no respondió, en cambio creyó que sus acciones serían mucho más liberadores y factibles para comprender la luz misteriosa que los rodeaba como una aurora plateada. Con sus agiles y preciosas manos blancas rodeadas por uñas rosadas apartó lentamente los botones de su abrigo de invierno azul marino con gorro de piel sintética y se lo sacó, lenta y pausadamente, primero un brazo, luego el otro, lo dejó recargado en uno de los reclinatorios. Jaló las mangas de su sacó y se acomodó los botones, develando la cara interna de su atuendo. Acostumbrado a resaltar, pero de una forma totalmente distinta, Viktor tenía un sonrojo invernal sobre el rostro, encima de la nariz y los labios azotados por el frio, amoratados de nervios. Acomodó el arreglo de su bolsillo derecho y palpo en ambas bolsas antes de sentir que la cajita seguía en su sitio.
―Estoy pensando en pedirte que nos casemos…
La respiración de ambos se volvió pesada, como latente, entre un volcán caliente y la mano fría de una corriente aérea. Yuri mordió sus labios dos veces antes de notar que le sudaban las manos, tal vez dado que Viktor tenía un aspecto fabuloso, invernal, igual a un antiguo rey Ruso, con el traje negro más impecable que jamás había portado. Pero más allá de la rigurosa y delicada imagen externa, Yuri sentía que iba a vomitar el corazón por la boca, que toda la emoción de sus nervios brotaba como una bailarina dando vueltas.
―Si ― a que se lo pidiera, si a que se casaran o si a todo. Si, a secas.
―Ahora mismo, en este instante ― explicó Viktor levantando la mano segura y bonita.
Al contacto de ambos sus manos florecieron como una camelia. Como un fénix renaciendo de las cenizas.
―Cásate conmigo, ahora mismo ― suplicó Viktor acercándose a Yuri.
¿Había necesidad de decir más? Viktor no lo sabía, quizá pudo reiterarle que era la pequeña ventana que daba color y luz a su vida, que le liberaba y le hacía vivir como si todo lo que les rodeara fuera magia. Que estaba enamorado de su cabello, de su cara, sus ojos, su olor… de cada pequeña cosa que hiciera o dijera. Que solo pensaba en él, esperaba todo de él y no existía nada más que él. Capaz de sacrificar todo en el mundo y ponérselo en los pies.
― ¿Justo ahora? ― preguntó Yuri nuevamente, seguro de la respuesta pero necesitado de Viktor. De su voz, solo un poco más…
El ruso llevó su mano hasta la mejilla del pelinegro, le acarició con los nudillos y luego enarcó su rostro con la palma, lentamente, hasta juntar sus mejillas. Coloreados por los vitrales preciosos.
―En este preciso momento.
― ¿Disculpen? ― habló una monótona voz a sus espaldas.
No rompió la atmosfera, pues los dos se separaron lentamente para mirar a aquel que les llamaba, seguían con el rostro rojo y los corazones avispados.
― ¿Necesitan algo? ― preguntó el sacerdote.
Viktor le miró de arriba abajo, figurativamente podría ser el mismo sacerdote con el que se encontró la vez pasada, pero si era totalmente sincero, no podía recordar nada del rostro del anterior, en realidad no se había tomado la molestia de recordar su perfil o siquiera de analizarlo correctamente. Ahora mismo estaba parado frente suyo como si no se conocieran o nunca se hubieran visto y Viktor podía asegurar que no era nadie familiar, porque de serlo se habría lanzado contra él, le apretaría la mano y le suplicaría que cumpliera su palabra. Pero no lo hizo.
―Estoy buscando a uno de los sacerdotes ― preguntó Viktor sin revelar demasiado ―, hablé con él hace un par de noches.
― ¿Un sacerdote? ― Repuso extrañado frunciendo sus abundantes y pronunciadas cejas ―, soy el único que guarda la iglesia durante las noches. Debió confundirse de lugar...
―No, fue aquí, estoy seguro ― explicó Viktor sin alterarse.
El sacerdote le miró, Viktor no tenía la apariencia de un loco, así que tampoco tenía porque detenerse a sermonearle, en cambio el joven que miraba desconcertado todo, por detrás, si tenía la pinta de un desequilibrio y aun así los dos deprendían un halo armonioso y bello que bañaba toda la nocturna iglesia junto a sus velas, flores y el resto de cosas. Como si todo hubiese puesto en forma para ellos dos, ahí, aquella noche.
―Supongo que no podré convencerle de lo contrario ― evitó el tema con una prudente calma ―, pero si puedo hacer algo por ustedes, estoy a su disposición. Antes de irme a la cama y apagar las velas.
Viktor revisó que aquella frase no ocultara algo, no podía adivinarlo solo con escucharlo y tampoco quería pensar demasiado en lo otro, después de todo mantenía su objetivo con firmeza y devoción. El hombre se estaba ofreciendo con sutilidad, él podía manejar la situación y aprovecharse de eso.
―Nosotros, estamos pensando en…
―Queremos casarnos ― retomó Yuri con la firmeza que a Viktor le faltó.
El párroco levantó ambas cejas en una curva perfecta.
― ¿Fe… licitaciones? ― murmuró extrañado ante la repentina rudeza del apacible extranjero.
―No comprende ― Viktor colocó su brazo en el hombro del sacerdote ―. Queremos que usted nos case ahora mismo, en esta iglesia. No necesitamos un contrato legal, necesitamos testimoniar ante 'esto' que estaremos juntos para siempre y no hay mejor testigo que usted y todo lo que se desprende de aquí…
―Dios, Viktor di las cosas como son ― interrumpió nuevamente Yuri avergonzado ―, no soy creyente, en realidad… no lo somos, pero de alguna manera; queremos hacerlo, porque creemos que es lo correcto. Sé que no es común en este país o en el mundo, que la iglesia ni siquiera está de acuerdo en esto… pero siendo sinceros, hace poco casi muero, estoy enfermo… y amo a Viktor, así que quiero…
―Lo que ustedes me piden es imposible ― comentó el hombre sin dejarle terminar, asustado por la gravedad de la situación ―, en mi posición sería imposible, en la iglesia, tantas cosas que se interponen yo…
―No piense en ello ― intentó Yuri suplicante ―, solo piense que… puede unir a dos almas que se aman, porque créame que lo hacemos y estamos dispuestos a testimoniar enfrente de todos. Denos una oportunidad.
Fue hasta entonces que Viktor notó que tenía todo bajo control, pero que su plan tenía fallas. Aunque de una forma u otra Yuri se las había arreglado para soltar todo un discurso serio que parecía había terminado por convencer al hombre de negro frente suyo. Sus ojos se movían de un rostro a otro, buscando con curiosidad la farsa dentro de aquel discurso, no la encontró. Soltó un suspiro fuerte y meneó el rostro.
―Iré por mis cosas, espérenme en el atril.
Les dio la espalda.
Yuri sonrió para sus adentros.
―Yuri ― le llamó Viktor con expectación.
El pelinegro le dirijó una mirada somnolienta y sombría, pero en el sentido más puro posible. Sin eje de molestia. El ruso tenía extendida una firme y bonita mano blanca frente a él, colgando de sus dedos la bolsa negra que antes había sacado del auto, se balanceaba en un compás indigno del aire ausente de la estancia. Yuri tomó el paquete, sorprendido. Revisó el interior con viva curiosidad; en el interior reposaba finamente doblado un traje hecho a la medida por un sastre, de color blanco marfilado, con detalles de seda hueso y botones dorados, plateados y negros. Reposaba también de forma llamativa un precioso ramo de rosas azules, pintadas a mano, frescas y encapsuladas, dispuestas a ser usadas. Lilas dulces y jazmines olorosos. Con tantos perfumes florales ¿Cómo no pudo olerlo antes?
Enfrascado en sus observaciones Yuri asintió tímidamente, sin necesidad de decir nada.
―Me lo pondré por allá.
Se apartó de su vista, integrándose a la oscuridad de las habitaciones contiguas por donde el sacerdote había desaparecido. Dentro de tanta impertérrita perpetuidad Viktor consiguió suspirar, firmemente necesitado de un descanso, miró al altar como si tuviera que agradecerle cada una de sus bondades, juntó las manos en el pecho y pidió perdón por haber desconfiado de su palabra. No pensaba volverse religioso de un día a otro, pero sí que algo inamovible había tocado su fe, llena de polvo y telarañas, ahora se movía como péndulo sobre la arena, juguetona y emocionada. La esperanza y la fe eran una navaja afilada dispuesta a destrozarle, pero también una condena gozosa.
―Estoy listo ― murmuró el párroco.
Había tenido la bondad de ataviarse tanto como si una ceremonia formal, con invitados y copas de champagne se desarrollara frente a sus ojos. Cargaba en sus manos un libro pesado con cubierta de cuero, con un señalador justo en el centro. Se posicionó justo en el centro del altar, unos escalones muy por encima de Viktor, limpió sus gafas diminutas y carraspeó cuando notó que solo había la mitad de lo que antes fue un par.
―Está cambiándose ― explicó Viktor ignorando al sacerdote ―, no podíamos casarnos así, Yuri tenía la pinta de haber llegado hasta acá caminando desde París.
―Nadie camina desde París con pantuflas, si me permites ¿De dónde has sacado a ese joven? Por sus ropas uno pensaría que viene directo de la casa esmeralda…
Viktor aplaudió la referencia, pero en silencio. Para el Yuri se veía hermoso sin importar las circunstancias, no le hacía ni poca gracia que el hombre atrevidamente le dijera que su prometido acababa de salir del manicomio: reconocía que tenía ojeras pronunciadas y el cabello hecho un nido, además una calceta roja y una rosada, pero seguía con su encantador tono de piel y sus bellos labios carmines, rojo sangre, con ojos marrones como chocolate y pestañas cual alas de cuervo. Cualquiera con dos dedos de frente encontraría a Yuri como una belleza…
Y así lo era. Efectivamente. Cuando asomó aquella su deliciosa nariz por la puertecilla, se veía tan mejorado como si hubiera tomado una ducha. La blancura de su piel resaltaba con la luz del traje blanco marfilado, sus cabellos habían sido acomodados por sus delicadas palmas, hacía atrás como era su costumbre cuando algo era elegante… no había nada de poca belleza dentro de su atuendo. Todo abrumado por el delicadísimo modelado de su cuerpo.
Yuri se veía ofuscado, confuso, extrañado de tener encima un traje que fungiera tan bien como una segunda piel. Del ramo de flores en su mano y la contradicción entre luz y oscuridad que iluminaba toda la iglesia. Miraba todo por unos segundos y luego buscaba, medio perdido, la forma de llegar más rápido hasta Viktor, nada sereno, mirándole con fascinación. Así hasta que hubo de pararse a su lado, donde el ruso aspiraba su perfume de sensualidad genial, cálida y maravillosa. Refinado, encantador, bello hasta perder el conocimiento. Deslumbrado por la fugaz ternura bella que el japonés emanaba.
―Listo ― murmuró fielmente.
El pastor, severo e inexorable, no espero a que Viktor prestara atención y dejara de mirar a su prometido. En cambio, abrió el libro en la página señalada y comenzó a hablar monótonamente, esa forma de canto, verso, sonoro, golpeaba contra ambos y se esparcía por toda la iglesia. Con su vitral cuidado, las velas observan el rezo dulce, la imagen inexorablemente radiante de Viktor y Yuri, mirándose, soltando suspiros eróticos de profunda ternura. De extenuación amorosa.
―Hermanos míos, han venido a las puertas de la casa de nuestro señor para que selle y fortalezca su amor en presencia del ministro de la Iglesia. Cristo bendice abundantemente este amor. Él los ha consagrado a ustedes en el bautismo y ahora los enriquece y los fortalece por medio de un sacramento especial para que ustedes asuman las responsabilidades del matrimonio en fidelidad mutua y perdurable. Así, en la presencia de la Iglesia, les pido que digan sus intenciones.
Viktor volvió de su disperso estado, miraba sin mirar al padre y oía sin entender, su concentración máxima y plena estaba en Yuri, pero al mismo tiempo su corazón estaba en los hechos, ingobernable, sonrió abiertamente y miró a su novio a los ojos, preso de un impulso.
―Yuri Katsuki he venido hasta aquí para pedirte que me aceptes como tu esposo ― dijo concretamente, respirando de nuevo.
―Viktor Nikiforov acepto tu petición ― Respondió Yuri con la misma claridad en la voz, y un juicio alegre e inteligente.
― ¿Han venido aquí libremente sin reservas para darse uno al otro en matrimonio?
―Si ― respondieron al mismo tiempo, a la par, se sonrieron. Cómplices.
A continuación el sacerdote dejó de leer, miró a los dos por encima de sus gafas de media luna. No se necesitaba ser un genio para comprender que entre ambos había algo que sobrepasaba las palabras, el límite del amor y la belleza, en cambio tenía que ser metódico y suplicar por el consentimiento, era una cuestión de dignidad, de costumbre. Cerró el libro.
― ¿Tú, Viktor aceptas a Yuri como tu esposo? ¿Prometes serle fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?
―Claro que acepto ― respondió con brusquedad, francamente feliz.
― ¿Yuri, aceptas a Viktor como tu esposo? ¿Prometes serle fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?
―Sí, acepto.
Hubo un instante de quietud, saturado de silencio, el suspiro de uno de los presentes cortó la comunicación y supieron entonces, que ya casi todo estaba hecho.
―Ustedes han declarado su consentimiento ante la Iglesia. Que el Señor en su bondad fortalezca su consentimiento para llenarlos a ambos de bendiciones. Lo que Dios ha unido, el hombre no debe separarlo. ¿Tienen los anillos?
Viktor palpó en el interior de su bolsillo, buscando con cuidado una pequeña caja que Yuri no reconoció, pero admitía que su mano se encontraba vacía y que el ruso tenía una capacidad prodigiosa para sacarle el anillo en los momentos más inconvenientes. O totalmente congruentes, como ahora. Viktor abrió la caja y adentro reposaban, justo como la primera vez, los anillos que se dieron en Barcelona, hermosos y plenos, como el rostro de ambos. Quizá la tercera vez que se los ponían de una forma tan simbólica. Viktor cogió la mano de Yuri y la atrajo hacía si para dejar el anillo en su dedo, con firmeza. Yuri, por su parte, apenas sintió el oro en su dedo, se inclinó un poco hacía adelante y sujetó la mano de Viktor con sus bonitos dedos dejó el anilló en su dedo.
―Que el Señor bendiga estos anillos, que se han dado el uno al otro como signo de su amor y fidelidad.
Cuando dijo esto, Yuri comenzó a sentir un picor en los zapatos, se trataba de ansiedad o nervios, algo similar, que estaba extendiéndose entre ambos de forma rápida y certera, mortífera. El sacerdote guardó silencio, interesado en las reacciones de ambos, como si en cualquier instante fueran a saltar de emoción uno encima de otro. Jadeantes, sonrientes y con risotadas excelsas.
―Con el poder que a mi concierne yo reconozco esta santa unión. Puede besar al novio.
Y en ese mismo instante, Yuri llevó sus manos a las mejillas de Viktor cogiendo su cabeza e inclinándose con una fuerza explosiva le dio un largo beso sobre los labios, empujándose excitado, contra su esposo. Viktor posó ambas manos en su cintura baja, atrayéndolo hasta reclinarse casi uno contra el otro, con una sonrisa de oreja a oreja, el corazón latiendo como una estruendosa tormenta y la mitad de su cara cubierta de sonrojo burbujeante y delicioso. Un beso tan hermoso, delicioso y extraño como una flor, un amor bondadoso y omnisciente.
―Dios, te amo tanto ― suspiró Viktor una vez terminó de comerle la deliciosa boca ―, podría permanecer aquí toda la noche… pero tenemos que irnos.
―Sí, el sacerdote debe dormir ― rio Yuri ligeramente, avergonzado, escondiendo su rostro en el cuello de Viktor y apretujando el ramo de rosas contra sus manos.
―No lo digo por eso ― explicó Viktor comprensivo ―, todavía tenemos una reservación… y una luna de miel por delante.
¿Bromeas? Quiso gritar Yuri, pero no pudo, la voz se le quedó pegada a la garganta, el afanoso semblante, ligero, inteligente e inconsciente le gritó que la noche apenas comenzaba. Pues las mariposas que vivían y dormían en su estómago volaban agitadas de un lado a otro, alimentadas con miel reciente, pueril y refinada boda independiente y lo que devenía. Enamorados dieron las gracias al cansado hombre y salieron tomados de las manos en una carrera como un príncipe y una princesa en búsqueda de su castillo, de forma semiconsciente, pero más que nada enamorados de la vida. Del amor y del uno por el otro.
N/A: ¡Pues bien! Ya viene lo mero bueno, si soy sincera esta escena de la boda me motivaba mucho pero creo que al final no le di toda la importancia que merecía, pero juro que para el próximo capítulo seré muy enfática con la luna de miel… así que preparen sus virginales ojos, por otra parte ¿Qué opinan de Viktor? De pronto sentí que se le había zafado un tornillo y que Yuri era mucho más fuerte de lo que aparentaba… quiero oír su opinión.
Como siempre muchas gracias a todos por leer, no me explico cómo hemos llegado a esta cantidad de reviews, supongo que son demasiado indulgentes conmigo. Pero le mando un abrazo gigante a cada uno de los que leen y también a quienes comentan; alegran mi vida…
Nos leemos pronto.
GUESTS:
Cata: ¡gracias por dejarme tu review! Lamento haber cortado lo anterior con algo así, pero al menos espero que vean que las cosas ya se están arreglando y llevan un mejor camino. Espero te guste la actu y nos leemos pronto.
Haru: ¡Has tenido la dicha de convertirte en mi review fav! No sabes, me sacaste una risa enorme con eso del celo… jajaja, fue fantástico y muy creativo. Definitivamente Viktor ha sacado un poco lo peor de sí mismo, pero también nos ayudó un poco a avanzar y verlo desde otra perspectiva, aunque aún creo que va a tener que disculparse harto con todo por haber sido un desquiciado. ¡Gracias por seguirme leyendo! A pesar de tantas demoras, tropiezos y angst, me alegro que me sigas desde el principio y que sigamos adelante… espero no te olvides de este fic. Es mi temor de los Guest. Abrazo fuertote!
