SUMMARY: Asesinos. Los dos. Unos asesinos. Ella se encarga de hechizarlos, él de matarlos. En tiempo de mortífagos, Rose, Scorpius y los demás simplemente se defienden.
En Tiempo de Mortífagos
4
VENENO
—Deja de mirarme. Es aterrador.
Rose parpadeó, arrugó la frente y puso su atención en los artilugios de Luna.
Ella pudo haberse entretenido con los objetos sino hubiera sido por la insistente mirada de Malfoy. Ahora él se atrevía observarla a ella. Menudo idiota, pensó Rose restándole importancia.
El ambiente era tenso. La entrada principal estaba abierta y se podía oír el viento pacífico de la tarde, y claro, contrastando con la incomodidad de Rose. También se escuchaba los pequeños sonidos que emitían unas florecillas en un macetero, en el rincón de la sala, como si estuviesen peleándose. Rose jamás había visto ese tipo de especie.
—Tengo que salir de aquí —anunció Malfoy mientras se ponía de pie con rapidez, a lo que su cuerpo le respondió con un mareo que él tuvo que esperar unos segundos para mantenerse equilibrado—. Er… dile a Luna que vuelvo otro día —y caminó en dirección a la salida.
—No soy tu mensajera, Malfoy —dijo Rose con la vista sobre las florecillas.
Ella pudo notar por el rabillo del ojo que él se sostenía del marco de la puerta como recobrando fuerzas.
—¿Podrías serlo esta tarde, querida Weasley? —pidió con remarcado sarcasmo.
La pelirroja sonrió para sí misma y también se puso de pie.
—Um, pues… la verdad es que no, no quiero serlo —contestó con mucha diplomacia, según ella—. Luna ha salido por ti, a buscar no sé qué para tu cerebro que se está derritiendo. No creo que sea educado darle tal desplante ¿o sí? —Rose no tuvo la menor idea de lo que decía hasta que terminó la frase. ¿Acaso era estúpida o qué? Cayó en cuenta que estaba siendo grosera con la persona que le había salvado de una horrible muerte; y a decir verdad, jamás se lo había agradecido. Oh, maldita sea. Cierra tu bocota, Rose Weasley, se amenazó mentalmente. Tal vez su racionalidad hubiera servido antes de ver los ojos oscurecidos de Malfoy, como si estuviera realmente enfadado.
Ay cielos, me va a decir: "Yo salvé tu maldito trasero, ¿y así es como me pagas?".
—No estoy de humor para juegos, Rose —dijo pronunciando su nombre. La verdad es que casi siempre la llamaba por su nombre, y ella también podía hacerlo, pero es que no quería estrechar lazos fuertes con Malfoy—. Haz algo bueno y deja de ser egoísta y desagradecida.
Rose podía mantenerse inexpresiva ante él, pero por dentro estaba un lío: ¡Lo sabía! Desagradecida… Eso lo entiendo, pero ¿egoísta? ¿Cuándo lo he sido?
—¿Acabas de llamarme egoísta?
Malfoy se rió tétricamente, como suelen hacer los asesinos antes de revelar que "ellos" son los asesinos.
—No me digas que pasas por el mundo sin saber cómo eres.
Esto debía ser el inicio de la primera conversación-discusión entre los dos. Rose tenía dos opciones: alargar el diálogo con una buena respuesta o simplemente complacerle con su recado. Obvio que ella escogería la decisión más inteligente.
—¿Y cómo soy, Malfoy? —preguntó cruzándose de brazos.
—Tengo que irme —anunció dándose la vuelta.
Malfoy significaba un mar de información para Rose. Tal vez él podía ayudarle a recordar todo lo que pudiese. Necesitaba oírlo de su boca, necesitaba saber cada mínimo detalle. Y sobre todo, conocer qué es lo que había causado su estúpido olvido. Rose se tragó sus lamentaciones y salió a por él. En cuanto llegó al porche, lo vio sentado sobre el pasto, con las manos en la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó Rose.
—¿Parece que lo estoy?
Rose nunca había tratado a Malfoy desde la amistad entre él y su primo. Y no a causa de las innumerables advertencias de su padre, sino más bien porque realmente no le interesaba. Rose nunca vio en él algo peligroso, como decía Ron Weasley. Fue por eso que le sorprendió que actuase hostilmente contra ella. Y claro, se lo había ganado. Ella misma tenía un comportamiento receloso. La muchacha estaba contrariada y se culpó: ¿por qué rayos tenía ese temperamento innato que le hacía huir de la gente? Tal vez debería pensar con la cabeza fría, decir las gracias y atreverse a preguntarle a Malfoy qué es lo que le había sucedido.
—¿Por qué estás aquí? —Bueno, uno no hace siempre lo que piensa ¿o sí?
Malfoy no quería contestar porque a los pocos segundos se volvió a levantar, aún mareado. Rose rodó los ojos. Qué manera de salvar el orgullo actuando como un estúpido.
¡Que se joda!, pensó ella alzando el mentón con la disposición de volver a la casa de Luna. O aún mejor, largarse de ahí de una buena vez antes de que el hijo de la dueña de la vivienda llegara. ¡Oh claro! Lorcan… Malfoy la había entretenido con su actitud infantil que le hizo olvidar momentáneamente del otro idiota. ¿Por qué los rubios eran tan lelos?
—Tu novio está viniendo.
Rose se congeló. ¿Había oído bien?
¿Por qué siempre se sentía tan pequeña cuando la gente le mencionaba que Lorcan era su novio? ¿Alguna vez sintieron veneno en la garganta? No literal, claro, sino el nudo en la garganta que ahoga. Pues algo muy parecido a Rose le pasaba cuando el mundo le recordaba a Lorcan Scamander.
Ella se volvió y observó a Malfoy intentando recobrar fuerzas. Esto iba a ser más vergonzoso si él se quedaba de espectador. Y Lorcan seguía avanzando, acortando más la distancia, lo que le daba un par de minutos a Rose para escaparse de él.
—No es mi novio —dijo con severidad.
Malfoy le miró con seriedad, como quien no quiere la cosa. Y después de un par de segundos entendió la mirada resistente de Rose. Él no estaba para hacer buenas acciones, pero Rose Weasley era un tanto especial en este caso. Nadie olvida a la primera persona que salva.
—Weasley ¿quieres llevarme con Albus? Necesito verlo —dijo con el mejor genio que pudo.
Rose le observó despistada.
Lorcan arribó y ni siquiera saludó a Scorpius porque se dirigió exactamente a Rose. Ella frunció el ceño. ¡Cómo odiaba sentirse como una estúpida cuando él estaba cerca!
—Rose, estaba muy preocupado por ti… —comenzó a decir con la intención de acercarse, a lo que ella predeciblemente reaccionó. Lorcan debía saberlo, pero Malfoy no, porque este último se sorprendió cuando la pelirroja retrocedió tanto como para mantener una distancia—. Lo siento. Necesitas hablar ¿verdad? Yo estoy aquí para ti…
—No —dijo ella asombrosamente tranquila. La expresión que se forzaba a tener sorprendió a Scorpius, ya que nunca había conocido a una chica que luchase demasiado por no quebrar su orgullo—. No —repitió intentando convencerse a sí misma. La pelirroja dirigió su mirada a Malfoy—. Me voy con él —dijo sin creerse ni una de sus palabras. Lo que sea que me saque de aquí, meditaba. Rose recién cayó en cuenta de la manga ensangrentada que tenía Malfoy de seguramente haberse limpiado la nariz.
Así que sin decir alguna cosa más, rodeó a Lorcan y pasó de largo de Malfoy, con el único objetivo de no llorar.
La pelirroja sintió las piernas adormecidas, por lo que no supo cuánto caminó.
—Jamás he dejado que me usen para disputas amorosas, Weasley —comentó Malfoy detrás de ella—. ¿Segunda vez que te salvo la vida? —inquirió insinuante—. ¿Por qué peleaste con tu nov-er, Scamander?
Rose rodó los ojos. Sabía que Malfoy no se iba a quedar callado.
—Conoces el camino, Malfoy. Yo me largo —anunció la pelirroja dándose la vuelta y mirándolo. Malfoy había dejado de sangrar pero su manga le atraía la atención con el rojo brillante.
—Espera, espera, Weasley —él la detuvo tocándole el hombro.
—No me toques —dijo ella al instante.
Scorpius frunció el ceño.
—Lorcan debió hacerte algo muy malo ¿cierto?
—¿Eres cotilla o qué, Malfoy?
—No, es el poder de la observación —ironizó alzando una ceja—. Pero bueno, si quieres irte, vete.
Rose miró al chico pasar de largo con dirección a la Madriguera.
Tragó saliva y se golpeó la cabeza con la palma de la mano. Se sentó sobre el pasto y arrancó algunos debido a la furia que se contenía. Odió su humanidad en ese instante. Olvidó por un segundo que su papá había restringido su aparición y desaparición de la Madriguera. ¿Por qué sentía que se hundía en un hoyo más y más?
—El señor Potter es un hombre intachable, Eloisa. ¿Cómo puedes siquiera pensar eso?
Eloisa Tatcher, secretaria del Departamento de Transporte Mágico, se sujetó el cabello con una coleta y se arregló algunos mechones que se libraban. La chica de cabellos castaños miró a su compañera a través del espejo del baño y negó con la cabeza.
—Querida Moira, eres tan inocente —le recriminó mientras se lavaba las manos—. ¿Acaso los hechos no te convencen? El señor Potter está engañando a su esposa.
El ceño fruncido de Moira James señalizó que estaba en duda.
—Bueno, no me creas a mí, que soy tu amiga. Entonces créeles a los demás que lo cuentan.
—Porque tú te encargaste de decirlo —reprochó Moira.
—¿Y qué? Es la verdad. Yo los vi y los trabajadores del Departamento de Aurores. Estaba muy claro. Gianelle Di Siero llevó al señor Potter a su oficina y la cerraron con magia. ¡Incluso pusieron un encantamiento que silenció la habitación para nosotros! —la mala cara que puso Moira hizo que Eloisa resoplara—. No pueden hacerme nada, Moi.
—¿Por qué odias tanto a Gianelle? —se cruzó de brazos.
Eloisa hizo un gesto de indignación que no fue tragado por su amiga.
—No la odio. Simplemente no soporto que haya chicas que trabajen duro para estar aquí y otras que solo se bajen las bragas para mantenerse —dijo sin vergüenza.
—¿Y eres consciente de que si la gente se lo cree, Gia tal vez sea despedida y el señor Potter destituido de su cargo? Él ya pasó por mucho ¿no lo crees? Y tú vas a echarle basura que ni él ha arrojado. Si no te conociera, pensaría que lo estás haciendo para tu disfrute personal —y dicho esto Moira salió del baño un tanto fastidiada.
Eloisa esperó a que no hubiera rastro de su amiga y se cuidó de que en el baño no hubiese ni un alma rondando. De su falda extrajo un pequeño aparato electrónico y marcó algunas teclas. Enviar un mensaje de texto era tan complicado que Eloisa no se dio cuenta de que un cubículo se abría.
—¿Un celular?
Eloisa alzó la mirada y observó a través del espejo a Gia salir de un compartimento, con una expresión terriblemente seria y asesina. Gia se cruzó de brazos y se apoyó en una pierna. La secretaria tragó saliva ruidosamente, así que fingió serenidad y guardó el celular.
—Dámelo, Tatcher —exigió Gia extendiendo la mano. Era ácidamente amable.
—¿Qué me harás si no te lo doy?
—Ya violaste las reglas desde que trajiste un objeto muggle aquí, Tatcher. Me viene la pregunta ¿cómo lo hiciste? No te creo lo suficientemente inteligente como para hacerlo —respondió la pelinegra con sorna.
—Me voy —anunció Eloisa bufando y dirigiéndose a la salida.
La puerta se cerró en las narices de la secretaria en cuanto el hechizo de Gia funcionó.
—¿Qué diablos haces?
—¿En serio vale la pena difundir una estúpida historia rosa para cegar al mundo de la situación inevitable, querida? —inquirió la investigadora caminando hacia el lavabo y arreglándose algunos mechones—. El Profeta no sabe qué más inventarse ¿cierto? Lo que me sorprende es que esté usando aparatos muggles. Aunque reconozco su ingenio, Tatcher —Gia se volvió y se acercó lentamente a la secretaria—. Vender una historia romántica entre Harry y yo… Vaya estupidez.
Eloisa encontraba a Gia demasiado intimidante.
—Dame el celular, Eloisa —pidió con una fingida amabilidad.
La secretaria sonrió tétricamente para sorpresa de la investigadora.
—Ten —cedió al instante. Extendió el celular sin aún soltarlo—. Y no te preocupes, mañana serás famosa, linda —dijo antes de reírse con histeria y salir.
Gia fruncía el ceño con el mal presentimiento marcado en su frente. Observó el celular y la foto que contenía este. Comenzó a respirar con dificultad y agradeció que nadie estuviese viéndola con el terror atravesándole el rostro.
En la instantánea estaban Harry y ella… besándose.
Mierda.
¡Genteeee! Aquí pues, me aparezco desde meses. (Juro que ni me di cuenta) ¡Pero aún sigo aquí! Si aún leen mi historia, muchísimas gracias... ! La historia solo está comenzando... :3 ¡UN SALUDO GRANDE!
