SUMMARY: Asesinos. Los dos. Unos asesinos. Ella se encarga de hechizarlos, él de matarlos. En tiempo de mortífagos, Rose, Scorpius y los demás simplemente se defienden.

En Tiempo de Mortífagos

5

SUSPICACIA

—Dime todo lo que sucedió allí.

Los ojos plateados de Scorpius Malfoy contemplaron sus dedos, después la mesa y terminó en la mirada ansiosa de Harry Potter. El auror estaba inmutable, serio e inexpresivo, con una postura firme y envidiable para su situación. Sin embargo, el joven se encontraba más alterado que nunca, a pesar que de intentaba no demostrarlo. Más que culpable, lucía asustado.

Una taza humeante reposaba sobre la mesa que los separaba a ambos. Dentro contenía un líquido morado que aliviaría la tensión de Malfoy si se atreviese a tomarla. La habitación era un tanto pequeña, únicamente para esa mesa y las dos sillas que servían de asiento a los presentes; a excepción, claro está, de la pequeña jaula que levitaba al costado del auror. Una lechuza blanquecina con chispazos negros se hallaba en el interior, observando fijamente al muchacho de cabello rubio.

Malfoy tragó saliva.

—Solamente estaba caminando hasta que encontré a su hija, señor.

—¿A altas horas de la noche? —inquirió al instante.

—Tenía la intención de ir al Valle de Godric a visitar la tumba de los Peverell —respondió Scorpius con toda seguridad.

—¿A altas horas de la noche? —repitió Harry alzando una ceja.

—¿Nunca quiso saciar una curiosidad, señor? —preguntó el chico, recobrando la confianza. Sabía que el padre de Albus no contestaría así que prosiguió—. Nunca tuve una grandiosa inclinación a la lectura, pero en cuanto recibí ese libro, quise saber si era cierto —hizo una pausa mientras escondía las manos debajo de la mesa—. Además, por lo que dicen los libros de usted, señor.

Harry inspiró y cambió de posición. Apoyó los antebrazos sobre la madera, acercando el rostro para no perderse de ningún movimiento.

—Me estás diciendo que fuiste al Valle de Godric sólo para comprobar la historia de las Reliquias de la Muerte —simplemente lo confirmó en cuanto Malfoy asintió con la cabeza. Era una historia absurda, pero incluso aquellas eran las que tenían más sentido que nunca. Harry lo sabía, era testigo porque él lo había experimentado. Es más, Scorpius Malfoy no lucía como un mentiroso; y si bien sus dedos no dejaban de moverse, era por los recientes eventos. Además, había que atribuirle que era un joven de diecinueve años, con unos padres que lo consentían de cierta manera. En conclusión, un joven inexperto que se preocupaba de cosas banales—. Estuviste en el lugar equivocado, en el momento equivocado —finalizó sus pensamientos en voz alta, intentando percibir alguna mentira, falsedad o engaño en Malfoy… pero claro estaba. Lo conocía desde que su hijo lo presentó como su amigo. Y él sabía cuándo ambos intentaban mentirle sobre alguna travesurilla.

Malfoy no fingía. Era transparente.

—¿Qué le pasó a Rose?

El rubio fijó la mirada en la taza.

—Ella…

Harry.

El hombre de anteojos sintió como si una fuerza extraña lo jalara hacia atrás con violencia. Su recuerdo se disolvió en figuras oscuras amorfas que pronto desapareció en el líquido invisible del pensadero. El auror se volvió en busca de la persona que se había atrevido a interrumpir un momento que estaba dispuesto a analizar a detalle. Gia había abierto la duda en él.

En la puerta de su oficina se encontraba su investigadora.

—Gia ¿qué pasa? —preguntó ligeramente malhumorado. No era fanático de las interrupciones.

Ella dio un pequeño paso.

—Tengo que hablar contigo.

La voz sombría de ella hizo que Harry alzara una ceja.

—Estoy ocupado ahora. ¿Es relevante para la investigación?

La chica de cabello negro disimuló un suspiro. Estaba más que claro, no podía decir nada ni tampoco quería decirlo. Eloisa Tatcher había sembrado desconfianza, angustia y sobretodo, confusión. Ahora la odiaba más que nunca.

—Sí —se maldijo internamente por no haber sido lo suficientemente valiente… o muy estúpida. Tatcher la había transformado en un ser débil en menos de un segundo, y alguien tan idiota como Eloisa no debía intimidarla. Así que igual, enmascaró cualquier rastro de nerviosismo tras la presencia de la misma hipocresía—. Malfoy Junior está en la casa de tus suegros.

Gia observó a Harry coger su abrigo y salir de la oficina, pasándose de largo. Esa noche iba a ser la más larga que iba a tener en su vida. Una vez que las noticias de El Profeta estuvieran impresas sobre las manos de cada lector, su orgullo iría al piso.

Entonces cayó en cuenta. No era necesario que cada habitante del mundo mágico leyera esas noticias amarillistas y lo reportaran a Harry, no. Solo era indispensable que esas imágenes llegaran a manos de una de las periodistas de El Profeta.

Ginny Potter.


—¿Y esa herida?

Rose no era cotilla ni le gustaba entrometerse, cualidad que contradijo cuando se apegó a la puerta y comenzó a escuchar.

Después de que la noche cayó sobre sus hombros y la temperatura descendió, prácticamente la obligó a regresar a La Madriguera. Usualmente se encontraría con sus primos caminando de un lado a otro, conversando entre ellos o haciéndose bromas, pero Lily significaba un gran hoyo entre todos; así que en cuanto pisó la madera del suelo, ésta crujió sonoramente. Ahí vivían ermitaños.

Rose subió planta arriba y halló luz que desprendían los dormitorios. Se estaba volviendo una lamentable rutina. Todos dormían más temprano de lo usual, para solamente despertar a una realidad cruda. El cuarto de James, el más alejado, nunca veía la oscuridad; su primo mayor se encargaba de que las luces no se apagaran. La habitación de Lucy, la contigua, se apagaba siempre a las nueve; y ya casi no se oían los llantos emitidos por la chica (ella fue muy apegada a Lily). La siguiente era de Roxanne, quien no conocía de horarios; su humor afectaba a su sueño: si estaba triste, dormía temprano, y si estaba lamentable, descansaba tarde debido a sus soliloquios.

La muchacha se amarró el cabello en un moño y soltó un suspiro, observando los tres dormitorios. Había memorizado sus horas de sueño en la temporada que necesitó de alguno de ellos; pero no recibió más que silencio. No los culpaba, ellos lidiaban con sus demonios también.

Así que subió al tercer piso. Esa planta era más oscura. Albus, Hugo y ella. Normalmente, Rose hubiera caminado de frente a su cuarto (el último), cerrado la puerta y esperar a que Hugo viniese, para conversar tal vez o simplemente yacer en silencio, sintiendo la poca tranquilidad que pudieran alcanzar. Pero no. La pieza de Albus se encontraba entre la de ella y Hugo. Y lo que más le sorprendió es que estuviera entrecerrada su puerta. Albus se había convertido en el más ermitaño de todos.

Y las voces… Las voces arrastraron su curiosidad.

He ahí. Rose Weasley estampando la oreja en la puerta, no tan sutilmente, oyendo un diálogo que no le incumbía.

—No es nada —contestó la voz de Malfoy. Hubo una pausa—. Bueno, vale, tuve una pelea. No es importante en realidad.

—Te rompieron la nariz, Scorpius. ¿Qué hiciste ahora? —inquirió Albus.

—Nada. Últimamente no le caigo muy bien la gente.

Y con ese humor, ¿a quién sí?, Rose rodó los ojos.

—Te dejaron hecha una escoria —comentó su primo.

—¿Y tú qué, Potter? Pareces el vivo retrato de Drácula y nadie que diga nada —dijo ofendido el rubio. Y he aquí un sonido que Rose pareció haber olvidado: una risa corta de Albus. Malfoy podía ser lo que sea, pero al menos era la cura para su primo.

Bien, Rose. Es momento para marcharte, pensó asintiendo con la cabeza. Dio un paso para reanudar su camino.

—Vi a Rose.

La pelirroja sintió una cuerda envolverse en su cintura y regresarla a su posición de entrometida. La situación había cambiado totalmente. Que mencionaran en su nombre valía que ella se quedara a oír ¿verdad? Al fin y al cabo, quería saber qué tanto Malfoy la detestaba.

—Cambió.

Albus no decía nada. A Rose le dolió notar que él no quisiera hablar de ella. La muchacha sintió que era el tiempo adecuado para largarse de una buena vez y evitar pasarse un mal rato oyendo una charla privada. Pero hubo otra razón que la hizo prácticamente echar raíces sobre el suelo: el tono de voz que Malfoy utilizó para hacer referencia a ella. Triste, melancólica.

—No quieras cambiar el tema, Malfoy —advirtió Albus, regresando gradualmente a ser quien era.

—Tú fuiste… No me mires así. ¿Qué quieres saber?

—¿Dónde diablos estuviste todo este tiempo? —preguntó hastiado. Rose sonrió débilmente. Volvía Albus—. Ni una lechuza, ni un mensaje, ni una señal… —Sí, definitivamente volvía Albus.

—Perdón por haber herido tus sentimientos —respondió con sarcasmo. Suspiró cansinamente—. Estaba en casa, Albus.

Rose frunció el ceño.

—Te envié cartas pero éstas siempre volvían con Hoz. Ella no podía hallarte.

La pelirroja recordaba que Hoz, de pelaje gris y mediana edad, siempre regresaba con la correspondencia en su pico, ligeramente malhumorada por no cumplir con su cometido.

—Estaba en otra casa con mis padres —la voz del chico rubio se volvió más sombría—. Ellos… ellos tenían miedo de que estuviera en peligro.

Se estableció un silencio. Rose no supo si ellos estaban abrazándose, o si Albus le daba unas palmaditas en el hombro, o tal vez que ambos miraban perdidamente el suelo; solo que sintió que las piernas le dolían de tanto mantenerse en esa postura, en especial la izquierda, que ya estaba curando.

—Rose, ¿qué haces?

La pelirroja se irguió para luego mantenerse estática. Giró sobre sus talones y halló la figura de Lucy Weasley un tanto oscura. Hacía tiempo que no hablaba con su prima por lo que era extraño que escuchara su nombre en la boca de ella. El pelo de Lucy estaba recogido en dos trenzas lo que le daba un aspecto más tierno e infantil, tal cual siempre había sido.

—Nada, yo… ya me iba a dormir —ni siquiera se esforzó en inventar alguna excusa. Al fin y al cabo, la conversación moriría ahí ¿verdad? Así que Rose reanudó su rumbo y solo se detuvo cuando los brazos de Lucy la rodearon por la cintura, aferrándose a su espalda. La confusión nubló la mente de Rose.

A los pocos segundos, oyó unos pequeños lloriqueos. No quería moverse ni tampoco pudo hacerlo. Lucy siempre era cariñosa con todo el mundo pero era más introvertida; eso era lo que le diferenciaba de Lily. Lily, al haber marcado un antes y después, tuvo como consecuencia una Lucy más callada, más alejada y más sombría.

Pero esto… esto era nuevo.

—Lo siento mucho, Rosie. En verdad, lo siento mucho —empezó a hablar atropelladamente, con el temor de que la pelirroja mayor se distanciara—. Soy la peor prima del mundo. Yo… yo debí darte todo mi apoyo. Debí estar para ti —su voz sonaba angustiante y triste, lo que conmovió el frágil corazón de Rose. No tenía por qué perdonarla porque no había qué perdonar; y sin embargo, esperaría a que Lucy terminara con sus disculpas—. Nadie te culpa de nada, Rose. Sé que piensas que sí, pero olvídate de eso. James no te odia, nadie lo hace en esta casa. Pero por favor, perdóname.

La pelirroja cayó en cuenta que odiaba que la tocaran, mucho menos la abrazaran. No obstante, esta era una excepción. Necesitaba sentirse apoyada, y no había mejor forma que aquella. Ella era su prima al fin y al cabo. Tal vez esa fobia a ser tocada simplemente se aplicara en hombres. Lorcan Scamander, principalmente.

Rose se deshizo bruscamente y se volvió para verla. Si bien el pasillo estaba oscuro, las lágrimas de Lucy hacían que sus ojos brillaran. Ella era un poco más pequeña y eso le permitió a Rose acogerla entre sus brazos.

En cuanto la hija de Percy Weasley le correspondió, un gran peso de culpabilidad desapareció de sus hombros.

Rose divisó la habitación de Albus. Él y Malfoy aún seguían hablando.


Gia había intentado mantenerse lo más lejos posible de su jefe. Y no fue tan difícil. Una vez que supo que Malfoy estaba con sus hijos, se retiró del Ministerio y no regresó… hasta entonces. El reloj marcaba las once de la noche y poco a poco los trabajadores se retiraban. El silencio iba invadiendo cada oficina, hasta quedar la última y más importante: la de Harry Potter. Ella reconoció que el auror no regresaría por lo que aprovechó su oficina abierta y se quedó allí, esperando a que dieran las doce.

La imagen de esa fotografía almacenada en la memoria de ese aparato muggle la tenía angustiada. Se palpó el bolsillo de la chaqueta y sintió el celular dentro. Quería destruirlo, carbonizarlo, hacerlo trizas, pero de nada serviría. La información ya estaba enviada. Solo faltaba que Ginny Potter recibiera la imagen para mover cielo y tierra para buscarla.

Entonces ¿por qué no hacía nada al respecto? ¿Por qué no iba a El Profeta y hechizaba a todos para que devolvieran esa instantánea?

La respuesta era obvia. Tanto Harry como ella tenían la culpa. Tanto Harry como ella dieron el paso para besarse. Tanto Harry como ella no retrocedieron. ¿Y qué? Tal vez era egoísta, pero Gia odiaba a Ginny Potter. Tal vez era la razón por la que Harry se sorprendió cuando supo que ella había ido a visitar a su hija. Oh, claro que no. La pequeña Lily no tenía culpa de nada.

Con una chispa de moral encendida se dispuso a abandonar el despacho del jefe. Se levantó del sillón y rodeó el escritorio, pasando al costado de un plato levitante. Se detuvo y lo observó. Claro, el pensadero que Harry usaba antes de que lo interrumpiese. Contempló por encima y halló el recuerdo de Harry nadando entre figuras negras. Su curiosidad venció a su sentido común y hundió el rostro.

—Ella…

Se halló dentro de la habitación de interrogatorios, con Harry y Malfoy Junior sentados alrededor de una mesa, y la lechuza del auror encerrada en su jaula.

—No sé qué le pasó —dijo la voz de Malfoy. Gia aprovechó el recuerdo y comenzó a estudiar cada gesto del muchacho—. La encontré corriendo hacia mí y pidiéndome ayuda. Se desmayó en cuanto la sostuve. La cargué hasta una casa y nos escondimos. Unos mortífagos nos encontraron y estuvieron a punto de matarnos a ambos.

Por más que la investigadora intentaba encontrar algún rastro de falsedad en el testimonio de Malfoy Junior, no había evidencia. Entonces ¿por qué desconfiaba de él? Gia tenía un mal presentimiento con Malfoy.

—Me enviaste el patronus alrededor de la una y treinta de la madrugada, pero te encontramos sino hasta las tres y treinta. Dime exactamente todo lo que pasó en ese periodo de tiempo.

Y he aquí el detalle que alarmó a Gia. Los ojos de Malfoy no se despegaron de sus manos, quedándose completamente inmóvil. No dijo ni hizo absolutamente nada durante los próximos treinta segundos. ¿Es el tiempo que te toma para recordar… o para idear una mentira?

—Como le dije, hallé a Rose y la llevé hacia una casa. Subimos planta arriba y oí unos pasos. Bajé y encontré a dos mortífagos; uno de ellos fue en busca de Rose para asesinarla. Pude escaparme para ir a ayudarla pero ella pudo defenderse sola y…

Nada. Se quedó callado. Gia frunció el ceño. Su voz había sufrido una transformación radical. De asustada… a calculadora. ¿Es que Harry no lo percibía?

—¿Y? —inquirió Harry, instándolo a continuar.

—Y la dejé allí, con un estado de shock que no pude notar, para registrar que la casa estuviera completamente vacía; pero en cuanto volví, ya había perdido la memoria.

Gia pudo jurar haber visto un brillo pequeño en los ojos del chico rubio.

Y eso, la estremeció.


¡HOLA GENTEEEEEEE! He aquí la escritora que se aparece después de un mes o creo que más. Primero quiero agradecerles por sus comentarios, los adoré :3 Para ser específica a Florfleur, Portia White, MalfoyWeasleyRS , Her, carly,webber-4. Mi historia sigue viva gracias a ustedes. Y MalfoyWeasleyRS , déjame decirte que me animaste con tu review, hihi xD. Sí, recién empiezo :)

En fin, también a los lectores anónimos, que el objetivo de este fic es entretener :3

¡Y hasta la siguiente actualización! ¡Saludos!