Hola queridos lectores,
esta historia es de la escritora msgrandchester, no me pertenece, espero que la disfruten tanto como yo...
saludos
"Mi lady ¿se siente bien?" – preguntó la doncella llamada Beth.
Candy apoyaba su espalda sobre la puerta mientras incrédula observaba el anillo que llevaba puesto en el dedo.
"Estoy casada" – se decía intentando convencerse.
La doncella miró a su nueva patrona con inquietud. Hacía más de diez minutos que habían subido a la habitación y la jovencita no se había movido de la puerta.
Parecía estar en un estado de shock.
"Mi lady ¿está bien?" – repitió en voz alta.
Candy levantó la mirada hacia la mujer que preparaba el lecho nupcial, acomodando las almohadas de encaje y el edredón. Era una mujer bonita de cabellos castaños y corto. Sus ojos eran melados y amistosos. Ella calculó que la doncella no tendría más de veinte años.
"No. No lo estoy" – dijo con voz temblorosa.
"Está asustada" – pensó Beth – "no es más que una niña".
La rubia tenía ganas de correr pero sus piernas temblaban demasiado para poder sostenerla. La sirvienta corrió hacia ella al verla tambalear y la ayudó a tomar asiento en un taburete al pie de la cama.
"Lo siento" - dijo Candy apenada.
"No se preocupe, mi lady. Es normal que esté nerviosa. Una no se casa todos los días."
"Casarse…"- repitió Candy incrédula.
"Y tan joven" – dijo mirando su rostro – "Bueno, al menos su esposo es joven también. Sería terrible que su esposo fuera un anciano ¿no le parece?"
"Un anciano"- repitió.
"¿Cuántos años tiene, mi lady?" – preguntó arrodillándose para desatar los cordones de las botas de Candy.
"Quince"- respondió ella apartando su pie – "No tienes que hacer eso. Puedo hacerlo sola, Beth."
"Estoy a su servicio, mi lady." – dijo continuando con su tarea.
La jovencita arrugó la frente al escuchar el apelativo que le daban.
"Deja de llamarme así, Beth" – pidió Candy.
"¿Prefiere que la llame duquesa?"- preguntó la doncella.
"Basta que me llames por mi nombre, Beth."
"Eso no estaría bien. Usted es la esposa del joven duque."
Candy dejó escapar un sollozo mientras Beth le desabrochaba los botones del vestido.
"Mi lady, no debe llorar. Sus ojos se hincharán y el joven no debe verla así."
"¡Me importa un rábano lo que él piense!"
Beth la miró sorprendida.
"Esto es un error" – dijo Candy en voz baja – "Yo no quería casarme. Yo quería elegir a mi esposo."
"Las damas de su condición no tienen ese privilegio, mi lady."
Candy la miró sorprendida y la doncella tragó en seco al darse cuenta de la dureza con la que había hablado.
"Discúlpeme, mi lady, hablé sin pensar. Siempre me regañan por eso."
"No te preocupes, yo también lo hago" – le sonrió y apenada antes su confesión, intentó corregir lo dicho – "Tienes razón, Beth, estoy muy nerviosa."
"Sí, mi lady."
"Lo que dijiste es verdad. Las damas de mi posición no tenemos derecho a elegir, ni a opina" – agregó con tristeza.
"El joven no es malo" – dijo Beth sonriendo – "Sólo le gusta causarle disgustos al padre."
"Y todo al que pueda" – dijo Candy entre dientes.
"¿Cómo dice?"
"No quiero que me llames mi lady."
"Eso no sería correcto, mi lady" – dijo Beth agitando la cabeza.
"Entonces llámame señora."
"Sí, señora, como usted ordene" – dijo retirando el vestido de los hombros de
Candy.
"Quisiera darme un baño" – dijo Candy colocándose una bata alrededor del cuerpo
– "¿Es posible?"
"¡Por supuesto, señora! Prepararé su baño de inmediato" – dijo avanzando hacia una puerta que se comunicaba con su habitación.
Candy se dejó caer sobre la cama mientras escuchaba a Beth abrir las llaves de la tina. Miró a su alrededor y por primera vez pudo apreciar la elegante decoración de su recamara. La habitación era enorme, al menos dos veces el tamaño de su habitación en Lakewood.
La cama tenía un dosel, sabanas de fino lino egipcio, almohadas de pluma y edredón de brocado. Todo estaba decorado en tono vino tinto, demasiado fuerte para el gusto de Candy, pero hermoso al fin y al cabo.
"Listo, señora" – dijo Beth asomándose por la puerta.
Candy se sumergió en la tina y cerró los ojos. Estaba exhausta, todo había sucedido con demasiada rapidez para ser cierto.
Un instante estaba entrando a la capilla con Tía Elroy y al siguiente estaba saliendo del brazo de Richard Grandchester, como esposa de Terrence. Los hicieron entrar en un coche lujoso y Tía Elroy tomó asiento junto a ella.
"Date cuenta de lo afortunada que eres" – le decía la anciana en voz muy baja.
"Esto es un error. ¿Cómo pudo hacerme esto?" – le respondió en voz baja también.
"No seas malagradecida" – le contestó -"¿Crees que las mujeres que te criaron pensaron que alguna vez serías duquesa?"
Candy no se animó a responder y fijó su mirada en la ventanilla del auto, que velozmente atravesaba las calles de Londres. Condujeron un buen rato hasta detenerse en un castillo. Candy fue la última en descender y se sorprendió al ver la entrada flanqueada por la servidumbre.
"¡Sean bienvenidos!" – Dijo el mayordomo – "Señora, le damos la bienvenida a su nuevo hogar."
"Considérate afortunada, Candice" – le susurró Tía Elroy antes que Richard la tomara del brazo para hacerla entrar al castillo.
Se dirigieron a un enorme salón que resultó ser el comedor, donde una larga mesa, con capacidad para al menos 30 personas, los esperaba. El mayordomo procedió a descorchar una botella de champagne y a servir sendas copas para los presentes.
"Señora" – dijo el mayordomo llamando la atención de Candy que estaba estupefacta ante la escena.
Volvió la mirada hacia Terrence, que bebía ávidamente de su copa y tomaba la botella para servirse otro poco de licor.
"Todo es culpa de él" – pensó molesta mientras tomaba la copa que le ofrecían.
"¡Salud!" – dijo Richard y todos bebieron.
Como una autómata, Candy siguió el ejemplo de los adultos y tomó asiento en la gran mesa, junto a Tía Elroy. Richard estaba a la cabecera con Terrence a su costado.
"Espero que disfrutes tu estancia en esta casa, Candice" – dijo Richard mientras le servían vino.
"Yo no…"- empezó a decir pero Tía Elroy la pellizcó por lo bajo.
Terrence miraba a su padre con aire desafiante.
"Estás siendo tan amable, padre pero por lo visto, tu mujer ha olvidado sus modales. ¿Dónde está la…?"
Cara de puerco era lo que quería decir y el duque lo sabía, así que lo interrumpió antes que concluyera la frase.
"La envié a la casa de campo. No quise que su presencia te molestara."
"¿Hiciste eso por mí?" – Preguntó Terrence socarrón, alzando una ceja – "¡Que amable de tu parte!"
Por la animosidad en su voz, Candy supo que no se trataba de la madre de
Terrence.
"¡Por el honor de los Grandchester!" – dijo Richard.
Terrence lo miró como si hubiera perdido la cabeza.
"Porque ya no eres nuestra responsabilidad"- pensó Tía Elroy mientras alzaba su copa.
"Bebe, niña"- dijo Terrence mirando a Candy con desdén – "No te hará daño."
Candy lo miró furiosa. Tenía ganas de gritarle, de decirlo que todo aquello estaba sucediendo porque a él se le había ocurrido escaparse, emborracharse y equivocarse de habitación.
Les sirvieron una variedad de platos que Candy no pudo degustar. Sólo observaba los manjares frente a ella, sin apetito, demasiado confundida por lo sucedido y aturdida por las conversaciones que Richard y Tía Elroy sostenían acerca del futuro del joven matrimonio.
La noche había caído cuando la cena por fin concluyó y Tía Elroy anunció que se marchaba. Candy la miró asustada e inconscientemente se aferró al brazo de la dama. La anciana la miró asombrada y pudo ver el miedo que asomaba a los ojos de la joven.
"Es sólo una niña" – pensó la mujer por un instante mientras su corazón se encogía.
"Por favor, tía. No me deje aquí" – rogó ella.
"Estás casada" – dijo deshaciéndose de la mano de Candy –"tu lugar es junto a tu esposo. Adiós."
Candy la vio salir del comedor y la siguió con la mirada hasta que sus pasos resonaron por el corredor. Un portazo la hizo levantar la mirada y se percató de que
Terrence había desaparecido del comedor. El duque tocó una campanilla y una mujer mayor entró acompañada de una joven.
"Candice, ella es Anna, nuestra ama de llaves."
"A su servicio, señora" – dijo haciendo una reverencia.
"¿A quién has designado para Candice?" – le preguntó.
"A Beth, su señoría. Ella cuidará de la señora."
"¿Lista, señora?" – Preguntó Beth interrumpiendo sus recuerdos – El agua debe estar helada.
"Tienes razón. No me había percatado" – dijo tomando la toalla tibia que le ofrecían.
"¿Se siente mejor?"
"Sí, gracias."
"Espero que este camisón sea de su agrado, señora."
"¿De dónde sacaste eso?" – preguntó alarmada al ver el negligé de seda y encaje –
"Eso no es mío."
"De su baúl de viaje, señora. Su tía nos indicó que ahí había colocado la ropa que necesitaría antes de su viaje. El resto de sus baúles han sido enviados a Escocia."
"¿Escocia? ¿Por qué?" – dijo sorprendida.
"Es allá donde el duque ha decidido que pasen su luna de miel. ¿No está emocionada?"
"¿Qué hay en Escocia?"
"Su señoría posee una hermosa villa con lago, caballos, animales. Es realmente hermoso, señora. Ya lo verá."
"¿La conoces?"
"Mi madre me llevó de pequeña. Ella es la ama de llaves" – dijo sonriendo.
"¿Vendrás conmigo, Beth?"
"Sí, señora. De hoy en adelante estoy a su pleno servicio" – dijo haciendo una venia.
"Me alegro. Será agradable tener conmigo una cara conocida."
El estudio estaba lleno de humo, el cigarro de Richard impregnando las vestimentas de ambos hombres. Terrence miró a su padre con rabia mientras se servía un vaso de whisky.
"¿Y qué otros planes tienes para mí, padre ¿O debería decir para nosotros, puesto que ahora me has obligado a estar con esa niña tonta?"
El duque exhaló el humo de su boca con lentitud.
"Espero que te comportes apropiadamente con ella."
"Haré lo que me plazca" – dijo volviéndose hacia la ventana con un trago en mano.
"Debo felicitarte por tu buen gusto, hijo. Candice es una preciosura y estoy seguro que se convertirá en una hermosa mujer una vez que tengan hijos."
Terrence prácticamente se ahogó con el licor.
"¿Hijos?" – Repitió – "Parece que no quieres entender que no tengo absolutamente nada que ver con esa niña."
"Las pruebas indican lo contrario."
"¡Las pruebas están equivocadas!" – gritó avanzando hacia la licorera y tomando una botella de whisky.
"Será agradable tener niños de nuevo en el castillo."
"¡Que necio eres! ¡Jamás te daré nietos!" – le gritó con furia.
"No hables tonterías" – dijo con una sonrisa.
"Me obligaste a casarme y eso hice" – dijo bebiendo directamente de la botella – "pero no haré nada más."
"Harás lo que yo quiera hasta que cumplas la mayoría de edad. Estás bajo mi dominio, Terrence."
"Me escaparé."
"Y te traeré de regreso."
"¡Basta!" – dijo estrellando la botella contra la chimenea – "¡No soy tu títere!"
"¡Deja ya de beber! No querrás que tu esposa te vea ebrio."
"¡Me importa un bledo que me vea o no!" – dijo furioso.
"Eres incorregible" – dijo Richard con calma – "El aire de Escocia te hará muy bien."
"¿Escocia?" – preguntó arrugando la frente.
"Mañana partirás con Candice. Los enviaré a la villa. Sé que siempre te ha gustado estar allá. Es más, te cederé la villa como regalo de bodas."
"Esta boda no durará demasiado" – dijo apretando los puños – "Una vez que cumpla la mayoría de edad, no podrás detenerme."
"Para entonces tal vez ya seas padre."
"De eso padre" – le sonrió – "no tendrás que preocuparte."
Richard lo vio tomar otra botella de licor antes de salir del despacho dando un portazo.
La luz de la luna iluminaba la habitación de Candy, que preocupada, estaba atenta a los ruidos que provenían de la casa. Por un momento le pareció escuchar pasos tras su puerta y contuvo la respiración.
"Si se atreve a entrar, gritaré" – pensó Candy.
Tomó entre sus manos el fino reloj que estaba junto a su lecho y notó que el reloj marcaba las dos de la mañana. Se sorprendió al advertir el número de horas que llevaba despierta y más aún del hecho que no tenía sueño.
El ruido de cristal que se rompía llamó su atención y se puso de pie. Avanzó lentamente sobre la alfombra buscando su origen. Se detuvo junto a la puerta que comunicaba con su habitación e hizo girar el picaporte. Por un instante, la luz que provenía del baño la deslumbró pero apenas pudo enfocar, notó que Terrence estaba acuclillado, recogiendo los pedazos de vidrio.
"¡Que desperdicio!" – Murmuraba el joven – "¡Estaba casi llena!"
Terrence se detuvo al presentir que alguien lo observaba. Volvió la cabeza y su mirada se encontró con la de Candy. Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios y se puso de pie.
"¿Qué te sucede, señorita pecas? ¿Es que nunca has visto un hombre desnudo?"
El que Terrence estuviera semi-desnudo no era lo que había sorprendido a Candy, al fin y al cabo, había crecido en el campo y no era extraño ver a los granjeros sin camisa durante los veranos. Además, técnicamente Terrence no estaba desnudo.
Tenía una toalla alrededor de su cintura. Era obvio que acababa de tomar un baño porque gotas de agua se deslizaban por su cabello y caían sobre su tórax. Lo que la había sorprendido eran los terribles verdugones que Terrence presentaba en su espalda.
"Tu…tu espalda" – dijo llevándose los dedos a los labios.
"¡Ah eso! Son las muestras de cariño de mi padre."
"¡Dios mío!" – dijo dando un paso hacia él – "Deben dolerte."
"Sólo cuando me río" - dijo con sarcasmo.
"Están rojas e inflamadas. Parecen estar infectadas."
"Se curarán solas."
"Necesitas una pomada."
"¿Realmente no te preocupa que esté desnudo, verdad?"
"No estás desnudo. Sólo semi-desnudo – dijo ella sonriendo – "No tienes nada que no haya visto con anterioridad."
"¿De verdad?" – preguntó enarcando una ceja, preguntándose cuanto habría Candy visto en realidad.
"¿Por qué no me dejas curarlas?" – Sugirió – "Tengo una pomada que hace maravillas."
"No es necesario."
"No seas infantil. ¿Por qué no te vistes mientras voy por ella?"
"¿Es que no hay modo de detenerte?" – preguntó él.
"No cuando decido algo" – dijo sonriendo – "¿Dónde está tu habitación?"
Terrence dio unos pasos y abrió otra puerta dentro del baño que comunicaba con su recamara.
"No había notado esa puerta" – dijo Candy – "Volveré enseguida."
El joven suspiró derrotado y entró a su habitación. Tomó un par de pantalones de dormir color azul marino y enfundó sus largas piernas en ellos. La voz de Candy llegó a sus oídos poco después.
"¿Puedo entrar?" – Preguntó desde el marco de la puerta – "¿Estás presentable?"
Terrence no pudo evitar sonreír. Candy tenía una mano sobre sus ojos, cubriéndolos.
"Puedes entrar" – confirmó Terrence desde un taburete donde había tomado asiento.
"Esta pomada hace maravillas" – dijo Candy acercándose a él – "Miss Pony siempre curó mis heridas con ella."
"Una señorita de alcurnia se horrorizaría con estas heridas, Candy. ¿Tú, no?"
"No soy una señorita de alcurnia" – y al percatarse de su mirada, explicó – "Fui criada en el campo…en un hogar para niños huérfanos antes que los Andrey me adoptaran."
La risa de Terrence retumbó en la habitación.
"¿Te hago cosquillas?" – preguntó ella sarcásticamente al escuchar su carcajada.
"¿Eres una huérfana?" – preguntó incrédulo.
"Sí…y no me parece motivo de gracia" – dijo aplicando la pomada sobre sus heridas.
"No es por eso que río. Me estoy riendo de mi padre, el gran duque de Grandchester cree que me ha casado con una rica heredera americana."
"Americana soy…pero no heredera."
"Esa señora que te trajo…me da la impresión que no te quiere."
"Acertaste."
"Entonces ¿por qué te adoptó?" – preguntó alzando una ceja.
"Ella no me adoptó. Fue el patriarca de la familia Andrey, el Tío William. Si fuera por Tía Elroy, yo estaría muy lejos de ellos."
"¿Y dónde está tu Tío William que no impidió este enlace?"
"Me gustaría saberlo" – dijo Candy suspirando – "Nunca sabemos dónde se encuentra. Él se la pasa viajando todo el tiempo y cuando él no está, estoy bajo la tutela de Tía Elroy."
"Y ella aprovechó esto para deshacerse de ti."
"¿Por qué?" – preguntó Candy curando las heridas de Terrence con delicadeza.
"Porque soy una deshonra para mi padre. Nací bastardo y hasta el día de hoy continúo pagando por ello."
Candy se detuvo en seco al escuchar la amargura en la voz de Terrence.
"Aparte de eso, corre el rumor que tengo amoríos con una cierta señorita pecosa y que debía retribuir su honor. Al negarme quiso recordarme quien tenía el control."
"Esto ha sido un terrible error" – dijo ella en voz muy baja – "y nos han castigado injustamente."
La escuchó tapar el frasco y ella se volvió hacia el frente para mirarlo. Los ojos del joven recorrieron instintivamente la figura de la jovencita. Ella era lo bastante inocente para no percatarse de lo atractiva que se veía en la bata que llevaba puesto.
"¿Qué vamos a hacer, Terrence?" – le preguntó afligida.
Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro y una idea cruzó por su mente.
"¿Qué haces despierta a esta hora, Candy? – preguntó poniéndose de pie – "¿Me esperabas?"
"¡Cómo se te ocurre!" – Dijo retrocediendo – "Escuché ruido y quise saber lo que pasaba."
"¡Sí claro! Apuesto que querías tomarte una copa conmigo antes de dormir."
"¡No hables estupideces!" – estalló ella.
Terrence parpadeó sorprendido al escucharla.
"¡Tú y tu licor! ¡Tú eres el culpable del lío en que estamos!"
"Espera un momento, señorita pecas…"
"Mi nombre es Candy ¿escuchaste? ¡Candy! C-A-N-D-Y, no señorita pecas."
"¡No me hables en ese tono!" – Contestó enojado – "¡No me culpes por lo sucedido!"
"¿Y a quién, si no a ti?" – dijo colocando las manos sobre su cintura.
"Yo intenté explicarles. Les dije que fue un accidente."
"¡Pues obviamente no fuiste lo suficientemente convincente pues aquí estamos!"
Se miraron frente a frente. Terrence notó la respiración agitada de Candy y la rabia en sus ojos.
"No deberías enojarte" – le dijo con seriedad – "Se te ven más las pecas, señorita pecas."
La muchacha dejó escapar un grito de frustración. Terrence le respondió con una carcajada.
"¡Eres incorregible!" – dijo ella exasperada.
"Y tú, eres hermosa" – dijo rodeando con un brazo la pequeña cintura de Candy para atraerla a su pecho – "y eres mi esposa."
Candy abrió los ojos como dos platos y levantó un brazo para interponerlo entre sus cuerpos.
"¡Suéltame, atrevido!"
"Convénceme" – dijo acercando su rostro al de ella.
La jovencita podía sentir la respiración de Terrence sobre su piel y la calidez del cuerpo masculino junto al suyo y sintió que flaqueaba entre los brazos de su esposo.
"¿Me tienes miedo, Candy?" – le preguntó casi rozando sus labios, los ojos entrecerrados – "Estás temblando."
"Yo…yo" – balbuceó.
Terrence la soltó con una carcajada. Candy dio dos pasos hacia atrás, tambaleando.
"No te preocupes, niña. No pienso hacer valer mis derechos de esposo sobre ti. Tenemos que pensar en un divorcio y te propongo un trato, Candy" - dijo con seriedad.
"¿Cuál es?"
"Propongo que mantengamos esta charada hasta que yo cumpla la mayoría de edad. Entonces, pediremos una anulación."
"¿No necesitaremos el permiso de nuestros padres?"
"Que yo cumpla 18 años será suficiente, Candy. Además, un matrimonio no consumado es base suficiente para pedir una anulación y estoy seguro que tu tutor, cuando aparezca, te apoyará. Así, tú regresarás con tu familia y yo tendré mi libertad ¿te parece?"
"Parece demasiado fácil…"
"Cumpliré 18 en menos de un año, Candy. Confía en mí."
"No sé si deba creerte. Después de todo, es por tu culpa que estamos en este lío."
"Todo saldrá a la perfección, Candy, ya verás" – le prometió con una sonrisa irresistible.
"De acuerdo" – asintió con la cabeza – "Cualquier cosa es mejor que estar casada contigo…y no te ofendas por el comentario."
"Pienso lo mismo que tú, señorita pecas. Prefiero las muchachas sin manchas en la cara" – dijo burlón.
"Al menos estamos de acuerdo en no querer estar juntos. Es un trato, Terrence."
Y sellaron el pacto con un apretón de manos.
