Hola queridos lectores

aquí les dejo un nuevo capitulo de la gran autora msgrandchester, disfrútenlo como yo lo disfrute jejeje ;D

saludos...

La música de la armónica llenaba todo el bosque mientras Candy miraba a su compañero con una sonrisa en los labios. Ella le había regalado el instrumento unos días después de su cumpleaños, en señal de agradecimiento por su fiesta y le había sugerido a Terrence usarla cada vez que quisiera encender un cigarrillo. Él la había mirado lleno de curiosidad y agradecimiento y le confesó que jamás le habían hecho un regalo tan sincero.

"¡Que apuesto es!" – pensó Candy mientras los cabellos del chico se agitaban al viento.

Terrence estaba muy concentrado, tocando el instrumento con los ojos cerrados como si pusiera toda su alma en la melodía que tocaba.

El perfil del muchacho era hermoso con su nariz recta y pómulos pronunciados.

Las cejas eran oscuras y las pestañas eran largas y espesas que enmarcaban unos maravillosos ojos azules como el zafiro. El cabello era oscuro también y lacio y caía desordenadamente sobre sus hombros.

"Parece un pirata" – pensó ella con una sonrisa.

Los labios del joven se movían hábilmente sobre la armónica y Candy se ruborizó al recordar el beso que habían compartido. Ninguno de los dos había hablado sobre eso, prefirieron comportarse como si nada había ocurrido.

No obstante algo había ocurrido: se había vuelto amigos. Amigos que iban juntos de cabalgata, que almorzaban en el campo o que remaban en el lago. Candy le hablaba de América y del Hogar de Pony y Terrence le hablaba de su afición por el arte dramático.

Los sirvientes de la casa notaron que el carácter de Terrence había mejorado. Era más amigable y no tenía lo que Candy llamaba "cara de pocos amigos". Las botellas de licor dejaron de vaciarse y las salidas nocturnas disminuyeron. Y ella procuraba acompañarlo cuando él sufría de insomnio para jugar ajedrez.

Sentados bajo la sombra del árbol del Duque y Eleonor, Candy disponía los alimentos que Grace les había preparado sobre una manta.

Terrence retiró el instrumento de su boca y abrió los ojos para encontrarse con la mirada de Candy.

"¿Qué te ocurre?" –preguntó él.

"Nada" – se disculpó – "es que te ves tan pacifico."

"¿Te parece?" – Le sonrió - "Me siento así. Me gusta la paz que ofrece la campiña…y tu compañía."

"Oh…"- dijo ella sonrojándose – "Sí, es agradable estar aquí."

"Cualquier cosa es mejor que estar en esa cárcel" – dijo Terry mirándola y añadió en tono burlón – aunque eso signifique estar con un Tarzan pecoso. Deberías usar ese sombrero."

"Me extrañaba que no te burlaras" – dijo Candy tomando el sombrero que había dejado caer sobre su regazo para colocárselo.

"No hagas eso" – dijo Terry tomando el sombrero de paja de sus manos.

"¿No?" – preguntó extrañada.

"Me gusta el reflejo del sol sobre tu cabello" – dijo Terry en voz baja y desviando la mirada.

Terrence se acostó sobre la hierba y empezó a leer "Romeo y Julieta" para ella. Candy, las rodillas recogidas, apoyaba la barbilla sobre ellas y lo escuchaba con atención.

"Eran jóvenes como nosotros" – pensó – "bueno aunque nosotros somos un poco mayores…pero Terry sería un perfecto Romeo…"

"¿En qué piensas, señorita pecas?"

"¿Eh? ¿Qué dices?" – se irguió.

"Tienes la mirada perdida. ¿Qué te sucede?"

"Nada. Creo que debemos regresar a casa ¿no crees?"

"Seguro."

Los dos se pusieron de pie y tras dos cortos silbidos de Terrence, Teodora y Pegaso, el caballo asignado a Candy, aparecieron relinchando. Como un caballero, Terry la ayudó a montar y juntos cabalgaron de regreso hasta la villa. No les tomó mucho tiempo regresar a casa y al salir de las caballerizas, Candy detuvo sus pasos en seco.

"¿Qué te sucede?" – preguntó Terrence con curiosidad.

"Shhh…escucha" – dijo Candy llevándose un dedo hacia los labios.

Terrence afinó su oído y escuchó la melodía de unas gaitas llenar el ambiente.

Una gran sonrisa se dibujó en la boca de Candy y salió corriendo hacia el portal de la mansión.

"Es la melodía que Candy siempre tararea" – reconoció por fin Terrence.

A distancia, el joven observó a Candy correr hacia un par de gaiteros que estaban tras las rejas. La vio abrir el portón y arrojarse en brazos de uno de ellos mientras el otro continuaba tocando la melodía.

"¡Stear! ¡Stear, eres tú!" – gritaba Candy echándole los brazos al cuello.

"¡Estoy aquí!" – le dijo tomándola por la cintura y haciéndola girar por los aires.

Los dos reían alborozados hasta que se detuvieron y se dieron un abrazo.

"¿Y yo qué?" – protestó Archi depositando la gaita junto a la Stear.

"¡Archi, viniste!" – decía Candy abrazándolo con fuerza.

"¡Querida Candy, como te hemos extrañado!"

"¿Qué hacen aquí?"– preguntó Candy llorando.

"Sobornamos a uno de los empleados del Duque de Grandchester"- empezó a decir Archi con malicia.

"Tendré que avisarle a mi padre que su servidumbre no es de confiar."

Los tres se volvieron hacia la voz de Terrence. Los tres hombres cruzaron miradas, inspeccionándose como lo hacen enemigos.

"Tú eres el elegante" – dijo Terry con una sonrisa desdeñosa – "Si no me equivoco, casi te rompo la nariz."

"¡Terry!" – exclamó Candy sorprendida.

Archi dio un paso al frente listo para enfrentarse a él pero Stear lo haló del brazo.

"Y tú eres el cerebrito" – dijo mirando a Alister.

"Prefiero que me llamen Stear" – dijo con una sonrisa fría y extendiendo su mano.

Terrence le dio una mirada altanera. Candy tragó en seco y tomó la mano de Stear entre las suyas, intentando despejar la incomodidad del momento.

"¿Te molesta si los invito a pasar?" – preguntó Candy a Terrence en voz baja.

Terrence parpadeó sorprendido ante su petición. Los miró a los tres de pies a cabeza antes de volverse mientras decía:

"Le avisará a Grace que tenemos invitados a cenar."

Una vez solos, Candy dio de brincos mientras abrazaba a sus primos.

"¡Estoy tan feliz de verlos!"

"Dinos Candy ¿te ha tratado bien?" – le preguntó Stear con seriedad.

"¿Por qué no habría de hacerlo?" – les preguntó sorprendida.

"Porque es un malcriado por naturaleza" – dijo Archi molesto.

"No es tan malo"- sonrió Candy.

"Tú siempre ves lo bueno en las personas, Candy" – dijo Stear sonriente.

"Su ladrido es peor que su mordida" – dijo Candy riendo.

"¿Acaso te ha mordido?" – preguntó Archi con suspicacia.

Candy sintió el rubor subir a sus mejillas y buscaba las palabras para responderle cuando escucharon un carraspeo tras ellos. Era Tim que les avisaba que los invitaba a pasar a la sala.

Sentados a la mesa, Candy conversaba amenamente con sus primos mientras Terrence observaba desde la cabecera, fingiendo indiferencia. Más de una vez Candy intentó involucrarlo en la charla pero él se limitaba a contestar en monosílabos. Archi y Stear lo observaban con el ceño fruncido mientras Candy intentaba aligerar el ambiente hablando de su estadía en Escocia. Los Cornwall le contaron a Candy que Tía Elroy los habían enviado a Escocia en el programa vacacional de la Academia Real San Pablo.

"¡Ah! Lo cual significa que estarán encarcelados" – dijo Terrence con una sonrisa.

"En realidad, no" – contestó Stear mirándolo con reserva – "Lo único a lo que estamos obligados es a ir a misa de siete, desayunar y cenar a las 8 de la noche."

"El resto del tiempo es nuestro y esperamos pasarla contigo, Candy" – dijo Archi sonriendo – "Annie se muere de ganas de verte."

"¿Annie está aquí?" – preguntó llena de alborozo.

"Sí pero se quedó descansando. El viaje la dejó agotada pero te envía un abrazo" – explicó Archi.

"¡La vamos a pasar genial!"- gritó Candy desde su asiento.

"Eso esperamos, pecosita" – dijo Stear lleno de afecto.

Terrence entrecerró los ojos. La visita de aquellos extraños no le estaba gustando para nada. Molesto, se puso de pie y salió del comedor sin decir palabra.

"¿Qué le pasó?" – Preguntó Archi molesto – "¡Es un maleducado!"

"Ignórenlo" – dijo Candy con una sonrisa – "Terry es así."

"¿Te veremos mañana, entonces?" – preguntó Stear con ansiedad.

"¡Por supuesto! Nos podemos encontrar en el lago. Hay unos botes para remar y le pediré a Grace que nos prepare una canasta."

"¡Estupendo!" – dijo Archi poniéndose de pie mientras miraba el reloj – "Lamento decirles que es hora de partir."

"¿Tan pronto?" – Candy hizo un mohín.

"Tienes razón" – asintió Stear.

"¡No se vayan!"

"¿No querrás que nos castiguen el primer día, verdad?" – le sonrió Stear.

"No, claro que no. Contaré las horas hasta verlos y a Annie."

"Nos veremos ahí, Candy"– dijo Archi besando su frente.

"¿Cómo regresaran?" – les preguntó Candy.

"Tenemos auto" – sonrió Stear.

Los tres se encaminaron al portón y Candy vio un convertible con un escudo familiar.

"Ese no es el emblema de los Andrey" - dijo con seriedad.

"Es de los Cornwall" – se rió Archi – "le robamos el coche a nuestro padre."

"¿Qué dices?" – preguntó Candy confundida.

"¡Es verdad! No te hemos dicho" – dijo Archi llevándose la mano a la frente – "Los Cornwall tenemos un castillo a varios kilómetros de aquí. Nuestros padres lo mantienen cerrado y hace mucho no hay servidumbre, así que por eso nos enviaron al colegio."

"Me encantaría conocerlo. Debe ser fantástico" – dijo Candy.

"Yo diría fantasmagórico"- dijo Archi misteriosamente.

Candy palideció un poco al escucharlo y los hermanos empezaron a reír.

"Se están burlando de mi ¿verdad?"

"Te llevaremos" – dijo Stear tomando asiento tras el volante – "Te lo prometo."

"Vamos ya, Romeo" – dijo Archi dándole un codazo – "que llegaremos tarde."

"Hasta mañana, Candy querida" – dijo Stear besando su mano.

"Hasta mañana, chicos" – dijo Candy y retrocedió un par de pasos para permitir al coche arrancar.

Con una sonrisa en los labios, Candy los vio partir a gran velocidad y cruzó los dedos porque Stear no se estrellara como aquella vez años atrás en Lakewood. Una vez que el auto se perdió en la distancia, regresó a casa mientras Terrence la observaba desde el balcón.

El calor del verano estaba en pleno apogeo en Escocia. Los Cornwall, Annie, Candy y los Leagan (que eran parte del grupo muy a pesar de los deseos de los amigos) se la pasaban cabalgando por los campos y jugando a las orillas del lago.

El colegio de verano no estaba excesivamente lejos de la villa Grandchester y en algunas ocasiones, Stear llegaba con todos los jóvenes y partían a pie hacia el lago.

En otras, Candy los iba a buscar a las inmediaciones del colegio donde las monjas habían adecuado un área para jugar críquet, tenis y mesitas para almorzar.

Candy estaba inmensamente feliz pero lo único que empañaba un poco su felicidad era que Terrence había vuelto a su actitud taciturna. En más de una ocasión había llamado a su puerta para invitarlo a acompañarlos pero él no respondía. En otras simplemente desaparecía por días y nadie sabía de él, ni Beth ni los McGregor.

Lo que nadie sabía era que Terrence observaba a los jóvenes a distancia desde su caballo o en otras, trepado en algún árbol frondoso. Los veía jugar cartas o remar en el lago y en una ocasión había visto a Candy caer al agua y empaparse mientras usaba un extraño artilugio que el cerebrito había traído para ella. Arrugó el ceño molesto. La verdad era que ese muchacho lo ponía nervioso y la verdad era que no sabía por qué.

Sentado sobre la rama más alta de un árbol observaba las esmeradas atenciones que Stear daba a Candy. La trataba como a una princesa, procurando que ella estuviera cómoda y feliz. El elegante hacia lo mismo con una chiquilla de cabellos castaños que lo miraba con adoración. Terrence hizo un mohín de disgusto y después se rio al percatarse que era el mismo que hacían dos chicos más del grupo.

Eran los Leagan, dedujo gracias a las descripciones de Candy. Elisa tenía cara de amargada y Neil de "pícaro sinvergüenza" y miraban a las parejas con verdadero fastidio. Terrence se estremeció al percatarse de la palabra que había usado para identificarlos: "pareja" y eso no le estaba haciendo la menor gracia. Soltando un bufido, descendió y montó su yegua que lo esperaba al pie del árbol.

Era más de media noche cuando el auto de Stear se detuvo en el portón de los Grandchester. Stear y Candy se bajaron lo más callado posible y él la acompañó hasta la puerta principal.

"¡Está cerrada!" – exclamó Candy sorprendida.

"¿No avisaste que vendrías tarde?" – le preguntó Stear.

"No" – se lamentó – "pero no sabía que me llevarías hasta tu castillo."

"¿No hay otra puerta?"

"¡Ya se!" – Dijo Candy tronando los dedos – "Estoy segura que podré entrar por la cocina."

La rubia le hizo una seña y se dirigieron hacia la puerta de atrás. Candy intentó abrirla pero también estaba con llave. Stear le sonrió y le mostró una navaja.

"¿Qué vas a hacer?" – le preguntó ella con curiosidad.

"Abrirla puerta" – le guiñó el ojo.

Maravillada, Candy lo vio abrir la cerradura sin problema.

¡"Vaya que eres talentoso!" – se rio Candy.

"¿Cómo crees que sacamos el vino de la bodega de la Tía?"

"¡Eres terrible!" – Dijo ella riendo – "¡Pobre Tía! Y ella que cree que está criando a dos caballeros. Tal vez debió casarlos a ustedes en vez de a mí."

"Candy…"- dijo Stear con súbita seriedad.

"¿Qué sucede?"

"Candy ¿estás feliz de estar casada?"

"¿Feliz?"

"¿Cómo te trata ese aristócrata?"

"No puedo quejarme. Terrence y yo a veces hablamos y a veces él me ignora pero no me tratan mal. Tú conoces a Grace y a su familia, ellos son muy buenos conmigo."

"Siempre ves lo bueno de las personas" – dijo Stear tomando su mano entre las suyas.

"Son buenas personas, Stear. No debes preocuparte. Me va mejor que con los Leagan" – añadió con una sonrisa.

La mirada de Stear se clavó en la de Candy y la miró detenidamente.

"¿No nos extrañas?"

"¡Claro que sí!"

"Entonces, quiero que regreses conmigo a Londres, Candy."

"¿Qué dices?" – se sorprendió la rubia.

"Quiero que regreses conmigo. Le diremos a la tía que te tratan mal y…"

"No puedo hacer eso"- negó con la cabeza.

"¿Por qué no, Candy?" – entrecerró los ojos.

"Terry y o tenemos un acuerdo."

"¡Terry!" – Repitió Stear molesto – "¿Por qué lo llamas Terry? ¿Es que ha sucedido algo entre ustedes, Candy ¿Es por eso que no lo puedes dejar?"

"¡Stear!" – Exclamó Candy ruborizándose – "¡Que cosas dices!"

Las manos de Stear se posaron en los hombros de Candy.

"Candy…Candy…yo…" - empezó a decir.

Los dedos de Candy se posaron sobre los labios de Stear y lo miró a los ojos, suplicante.

"Por favor…no…no digas nada, Stear."

"Pero Candy…"

"Stear…eres mi amigo más querido…eres muy especial y…"

Los brazos de Stear rodearon su figura con suavidad y la acercó a él, sus labios a milímetros de los de ella. Candy lo miró con nerviosismo, sin saber qué hacer.

"Está bien, Candy, respetaré tu decisión…pero no me daré por vencido."

"Stear…"

"¿Tienes idea de lo que sentí cuando Tía Elroy me dijo que te habían casado? Y con ese aristócrata necio!"

"Lo siento tanto" – le sonrió nerviosa – "yo…yo no quería casarme."

"Por eso no entiendo el que no quieras marcharte conmigo."

"Terrence y yo tenemos un acuerdo."

"Está bien, Candy. Como digas." – dijo mirándola.

Desde el balcón, Terrence los miraba con seriedad. No podía escucharlos pero por su comportamiento era obvio que hablaban algo muy íntimo. Lo último que alcanzó a ver antes de alejarse hacia su recamara, era el rostro de Stear acercarse al de Candy para un beso.

Los labios de Stear se posaron en la mejilla de Candy y la soltó.

"Esperaré por ti, Candy. No lo olvides."

"Lo sé, Stear…y gracias. Gracias por quererme tanto."

"Hasta mañana" – le dijo antes de volverse y correr hacia su auto.

Candy se recostó en la pared, su corazón latiendo locamente.

"Ya era hora."

La rubia se sobresaltó y miró a su alrededor. Terrence apareció entre las sombras y se acercó a ella.

"¡Me asustaste!" – le dijo Candy llevando la mano hacia su corazón.

"¿Tienes algo que esconder?" – le preguntó con gravedad.

Candy levantó la mirada hacia él. Terrence estaba muy cerca y la miraba con el entrecejo fruncido.

"¿Qué te sucede, Terrence?"

"¿Qué te sucede a ti, Candy? No es muy correcto que llegues a estas horas, particularmente porque eres una mujer casada."

La joven soltó una carcajada ante la mirada atónita de Terrence.

"Lo siento" – se disculpó – "no me estoy burlando."

"Pues eso parece" – le replicó molesto.

"Si quieres hablar de nuestro matrimonio y los deberes" – le dijo enfrentándolo – "creo que deberías aplicarlo a ti mismo."

"¿Qué quieres decir con eso?" – se llevó las manos a la cintura.

"Tú no te comportas como un buen esposo" – le reprochó – "Has estado ausente las últimas semanas."

"¿Lo notaste?" – le preguntó con sarcasmo.

"Por supuesto pero tú no me has dado la cara. Te has estado escondiendo desde que llegaron mis primos."

"Yo jamás me escondo."

"¿Y dónde has estado? Te he buscado para que vengas conmigo y mis primos a jugar."

"No tengo ocho años para ir a jugar."

"No seas pesado, Terrence."

"No quiero ser el entrometido en tu grupo, Candy. Es obvio que tus primos te acaparan…particularmente el cerebrito."

"Su nombre es Stear" – dijo Candy molesta – "y te agradecería que no le pongas apodos. Y si me disculpas…"

Candy empezó a alejarse hacia su habitación pero el brazo de Terrence la retuvo.

"Te gusta él ¿no es así?" – era una aseveración más que una pregunta.

Ella volvió el rostro para mirarlo con fijeza.

"Los vi Candy…abajo…él te tenía entre sus brazos."

"¿Nos estabas espiando?" – preguntó sorprendida.

"No. No podía dormir y me asomé al balcón y los vi…él te besaba."

"Estás equivocado" – dijo ella soltándose.

"Se veían muy íntimos, Candy. Él te escribió la carta ¿no es así?"

"La verdad es que no se lo he preguntado, Terrence."

"Él está enamorado de ti, Candy."

"No digas eso" – dijo evitando su mirada.

"¡Necesito saberlo!" – dijo con urgencia en la voz.

"¿Por qué?" – preguntó ella mirando los ojos azules con curiosidad.

Se miraron frente a frente, agitados, interrogantes en el aire. Dejando escapar un suspiro, Terrence la rodeó con los brazos y la atrajo hacia su cuerpo. Candy lo miró con los ojos muy abiertos, los labios de él, acercándose a los suyos. Desesperada, logró introducir un brazo entre sus cuerpos para alejarlo un poco.

"Por favor…no"- dijo asustada.

"¿Por qué?" – preguntó él a milímetros de su rostro.

"Me…me asustas…me confundes…"

"¿Te asusto?"

"Eres…voluble. A veces me hablas y a veces me ignoras…no…no te entiendo."

"¿Entiendes esto?" – le preguntó antes de besarla con avidez.

¿Qué hago? ¿Qué hago? Se preguntó Candy con nerviosismo. En sueños había ansiado que él volviera a besarla. Quería comprobar si el aleteo que había sentido en el estómago era real, quería volver a sentir sus brazos estrechándola, sus labios presionando los suyos hasta lograr que ella se estremeciera.

"¿Entiendes eso, Candy?" – dijo mirándola con los ojos entrecerrados.

"No lo sé" – dijo ocultando el rostro en su pecho, comprobando que el latir del corazón de Terrence era tan alocado como el suyo.

"No quiero que él te bese" – dijo Terrence llanamente.

"Sólo tú lo has hecho."

"¿Tal vez quieres que él te bese?"

"¡No!"

"¿Prefieres los míos?" – le preguntó con petulancia.

Candy intentó alejarse de él pero la retuvo contra su pecho.

"Por favor"- le suplicó – "déjame ir."

"Estás temblando" – dijo asombrado.

"Tú…me confundes…me aturdes" – dijo mirándolo – "Nunca sé que esperar de ti. La última vez…"

"¿La última vez, que?"

"La última vez…me besaste" – se ruborizó – "y no volviste a hacerlo hasta hoy."

"Si quieres que lo haga con mayor frecuencia" – dijo con una sonrisa pícara – "Sólo tienes que pedírmelo."

La rubia le dio una manotada.

"¡Tonto, arrogante! ¡Eres insufrible!"

"Y es por eso que te gusto" – dijo abrazándola nuevamente – "Te gusto ¿no es así?"

"Terry"- volvió a ocultar el rostro en su pecho.

El besó su frente.

"Tú me gustas mucho, Candy y quisiera pasar más tiempo contigo, como antes que llegaran tus primos."

"Entonces, ven conmigo. Vamos al lago, mañana. Ellos me esperan después del desayuno."

"¿Tengo que hacerlo?" – hizo un mohín.

"Sólo si quieres estar conmigo" – dijo coquetamente.

"De acuerdo" – aceptó con renuencia – "pero no esperes que sea sociable."

"Estoy segura que tendrás tu mejor comportamiento" – le sonrió ella.

Permanecieron unos minutos abrazados, acostumbrándose al contacto de sus cuerpos, sincronizando sus respiraciones.

"¿Qué hacemos ahora?" – preguntó Candy después de un rato.

"Supongo que a dormir" – contestó Terry soltándola.

"Hasta mañana, entonces."

"Dame un beso" – le dijo Terry reteniendo su mano.

"¡Terry!"

"Dame un beso o no te dejaré ir."

Ella lo miró y tomó una bocanada de aire antes de presionar los labios secamente sobre los de él en un beso fugaz. Terrence se rió cuando ella se apartó de él.

"Por lo visto tendré que darte más lecciones. No pareces haber aprendido mucho, Candy."

"¿Has tenido mucha experiencia?" –preguntó ella con curiosidad.

"La suficiente para saber que me gusta besarte a ti."

Intentó tomarla entre sus brazos pero ella huyó de él y entró a su habitación. La escuchar echar el cerrojo a la puerta y sonrió. Aquel matrimonio estaba resultando más divertido de lo que había esperado.

En su habitación, Candy estaba recostada en la puerta, su corazón latiendo locamente. Estaba tan confundida. Jamás había sentido el cosquilleo que Terrence producía en ella, ni siquiera Anthony había logrado alborotar su ser de esa manera.

¿Cuál era el magnetismo de Terrence? ¿Qué era lo que lo hacía tan arrollador? ¿Qué era lo que había en él que la dominaba y se sentía débil en su presencia? ¡Y sus besos!

Sus besos eran tiernos y exigentes. ¿Era esa la pasión de la cual hablaban los poetas? ¿Era esa la pasión de Romeo y Julieta? ¿Era esa la fuerza que los había llevado a preferir la muerte antes de estar separados y vivos, el uno sin el otro?

Exhausta, Candy se dejó caer en el lecho y le pidió a las estrellas que calmaran su corazón.