Candy se movió inquieta sobre el lecho, un gesto de dolor cruzando por su rostro.

Stear se levantó de la silla donde dormía y se acercó a ella para apartar los cabellos de su frente.

"Tranquila Candy. Vas a estar bien" – dijo colocando un paño húmedo sobre su frente.

"Stear…" - dijo parpadeando – "Me siento…tan mal."

"Estarás bien, Candy."

"Beth… ¿dónde está?"

Descansando, Candy."

"¿Enfermó?"

"Deja de pensar en otros, Candy" – la regañó.

"¿Enfermó?"

"Un poco, Candy."

"¡Pobrecita!"

Al parecer, el barco arremetió contra una oleada porque sintieron un fuerte vaivén. Candy cerró los ojos.

"Me…estoy…muriendo…Este barco…se mueve…demasiado."

"Pronto entraremos a aguas más tranquilas, Candy"– intentó reanimarla – "Pronto pasará la tormenta."

"Resistir…no…puedo…"- se llevó las manos a la boca.

Con rapidez, Stear le alcanzó un balde y Candy vació los contenidos de su estómago en él.

"Lo siento"- murmuró ella, volviendo a acostarse.

Una vez más, Stear colocó el paño sobre su frente.

"No sabía que fueras tan mala marinera."

"Que se deje de mover" – murmuró ella antes de cerrar los ojos.

Stear recogió el balde y avanzó hasta el baño privado para vaciarlo.

"¡Estos barcos modernos son una maravilla!" – pensó al ver correr agua limpia en el sanitario.

Regresó al dormitorio para comprobar que Candy dormía y volvió a ocupar el asiento junto a la cama.

"Alister Cornwall de enfermero ¿quién se lo hubiera imaginado?"

Desde que habían entrado mar adentro, más de un pasajero había sido obligado a permanecer en su camarote. El trasatlántico, a pesar de su tamaño, se mecía con fuerza a causa del mal tiempo. La joven llevaba más de una semana en cama bajo la mirada atenta de Stear.

"¡Como la amo!"

Stear cerró los ojos y recordó la cara llena de felicidad de Candy al verlo aparecer a la media noche en el castillo. Candy había corrido hacia él y se había arrojado en sus brazos para besarlo por todo el rostro en agradecimiento.

"¡Viniste por mí! ¡Viniste por mí!" – decía alborozada.

"Nunca te mentiría, Candy" – decía él, sintiendo su corazón latir a mil por hora.

"De prisa, señor, de prisa" – urgía Beth un poco asustada.

La niebla cubría el puerto cuando llegaron. Aún era temprano para embarcarse pero Stear había usado el apellido de su familia y el aspecto demacrado de Candy para pedir una autorización especial de embarque, la cual le fue concedida. Con el alma en un hilo, esperaron la hora de partida dentro del camarote de Candy, y una vez en alta mar salieron al balcón mientras Beth se dirigía a sus aposentos.

"¿Estás contenta?" – había preguntado Stear.

"Sí" – había sonreído – "Pronto estaré con Terry."

El corazón de Stear se había encogido pero mantuvo la sonrisa en su rostro. Lo único que importaba era que Candy recuperara su alegría.

"Verás cómo nos divertiremos, Candy. Hay mil cosas que hacer durante este viaje."

"¡Apenas puedo esperar!" – dijo regalándole una sonrisa.

Desafortunadamente no habían contado con el clima. El Atlántico estaba muy inquieto, grandes olas agitando el barco, el cielo tornándose gris para dar paso a tormentas severas. Incapaz de levantarse, Candy permanecía en su recamara bajo los cuidados de Stear. El velaba su sueño, sostenía su cabeza mientras ella se enfermaba, la cubría con las mantas, y la obligaba a mantenerse hidratada.

"Eres…tan bueno…" - era lo único que Candy había podido susurrar.

"Porque te amo tanto…"- decía Stear con la mirada.

Su amor por Candy era noble y puro, lo que le había permitido asearla sin malicia en más de una ocasión. Con la ayuda de una esponja y agua la había refrescado y cambiado de camisón. Sin embargo, Stear no pudo evitar percatarse de la belleza física de Candy, de su blanca piel, de la curva de sus senos…

Stear sacudió la cabeza y miró a Candy.

"¿Por qué? ¿Por qué la dejó Terrence?" – se preguntó en más de una ocasión.

Sea cual fuere la razón, Stear se iba a asegurar que Terrence le diera una explicación lógica o su puño se iba a estrellar en la nariz del aristócrata.

Cerca de las costas americanas, el mar empezó a calmarse y los pasajeros a recuperarse. Candy despertó de su sopor y notó que Alister dormía en un sillón.

Sonriendo se puso de pie y se acercó a él para besarlo en la frente. La caricia no pasó desapercibida para el joven que despertó.

"¿Qué haces fuera de la cama?" – le preguntó aun soñoliento.

"Ya me siento bien, Stear."

"Estás tan delgada" – dijo Stear mientras se acomodaba las gafitas.

"¿Tú crees?" – ella se miró de pies a cabeza.

"Cuando lleguemos a casa tendrás que comer para recuperarte, Candy."

"Haré lo que quieras" – le sonrió – "¿Has dormido aquí todo este tiempo?"

"Alguien tenía que cuidarte. Si lo hubiera sabido, me hubiera ahorrado la reservación de mi camarote" – bromeó Stear.

"¡Lo siento, Stear!"

"No te preocupes" – el muchacho se estiró – "Llamaré a Beth para que te atienda."

"Sí, por favor, necesito un baño."

"Ordenaré que te traigan comida, Candy."

"Preferiría dar un paseo, Stear ¿Me llevarás a cubierta?"

"Te llevaré a donde quieras" – le sonrió – "pero debes prometerme que comerás aunque sea un poco de consomé."

"Te lo prometo."

"Te veré en un rato" – dijo besando su frente – "y abrígate."

Tomada del brazo de Alister, Candy salió a cubierta envuelta en un abrigo de piel, el viento del norte soplando con fuerza. El sol brillaba con intensidad, arrancando reflejos dorados del cabello de Candy. Los demás pasajeros los miraban con curiosidad y les sonreían; uno de ellos incluso los felicitó. Candy miró a Stear con curiosidad.

"Creen que estamos casados" – le explicó.

"¿Por qué?"

"¿Sería tan descabellado, Candy?" – preguntó con seriedad.

"No, no es eso. Es sólo que…"

"No te preocupes. Olvídalo" – le sonrió – "¿Sabes que te ves muy linda?"

"Gracias" – dijo enlazando su brazo con el suyo – "Me siento mejor."

"Me alegro. ¿Te gustaría pasear?"

Ella asintió y juntos caminaron por la cubierta.

"Gracias por cuidarme, Stear."

"No tienes que agradecérmelo, Candy. Lo hice con gusto."

"Eres tan bueno, Stear."

"Sí, ese soy yo."

La tristeza en su voz no pasó desapercibida por Candy pero no supo que decir.

"Mañana atracamos en puerto, Candy."

"¿De verdad?" – preguntó alborozada.

"Mañana estaremos en Nueva York."

"Mañana" – repitió Candy – "¿Me permitirá Tía Elroy quedarme con ustedes?"

"No tiene otra opción. Eres una Andrey."

"Soy una Grandchester" – corrigió Candy.

"Eres una Andrey, primero que todo, y nosotros no abandonamos a nuestra familia" – contestó con firmeza.

"Tía Elroy va a sermonearme."

"Esto no es culpa tuya. Es culpa de ella."

"¿Qué dices?"

"Si Tía Elroy no te hubiera casado con Terrence, no estarías en este lío. Ella se equivocó al unirte a ese tipo."

"Él no es tan malo, Stear."

"Te abandonó, Candy."

Ella miró a su primo con seriedad. Jamás lo había escuchado hablar de aquella manera.

"Sigue siendo mi esposo, Stear."

"Eso no está en tela de duda, Candy."

Los dos cruzaron miradas serias, la campana del almuerzo poniendo fin a su silencio.

"Hora de comer" – dijo Stear.

"No tengo…"

"Lo prometiste" – dijo sonriente.

Candy pensó por un instante que aquella sonrisa era capaz de derretir el hielo.

"Si, lo prometí. Es más, ahora que lo pienso, tengo hambre."

"¡Esa es mi chica!"

Archi y Annie miraban ansiosamente el puente por donde descendían los pasajeros de primera clase. Una cabellera rubia se sacudió por el viento mientras una mano se agitaba con alegría.

"¿Esa es Candy?" – preguntó Annie acongojada.

"¿Qué le ha sucedido?" – preguntó Archi.

"¡Está delgadísima!"

"¡Es culpa de Grandchester!" – Archi apretó los puños.

"Amor, no vayas a decirla nada. No es el momento" – dijo Annie tomando su mano.

"¡Annie! ¡Archi!" – Candy corrió hacia ellos.

Las dos muchachas se unieron en un abrazo mientras los hermano se saludaban.

"¿Qué rayos le ha pasado?" –preguntó Archi entre dientes.

"Así la encontré" – contestó Stear.

"¡Lo voy a matar!" – masculló Archi y Stear supo a qué se refería.

"¿No hay abrazo para mí?" – preguntó Archi.

"¡Qué bueno es verte!" – Dijo Candy abrazándolo – "¡A los dos! ¡Los he extrañado mucho!"

"Y nosotros a ti" – dijo Annie.

"¿Qué haces en Nueva York, Annie?" – preguntó Candy.

"Tía Elroy me invitó a compartir las navidades con los Andrey."

"Debes caerle muy bien" – sonrió Candy.

"Menos mal porque seré parte de la familia" – dijo mostrándole un anillo.

"¡Annie! ¡Te felicito!" – dijo Candy sonriente.

"Esta conversación está muy amena pero Candy necesita descansar" – interrumpió Stear.

"El coche está por aquí" – indicó Archi.

Una vez dentro del automóvil, los cuatro se dirigieron a la mansión de los Andrey.

Beth iba sentada junto al chofer.

"¿Está Tía Elroy en casa?"

"Te está esperando" –advirtió Archi – "Y desafortunadamente, Elisa y Neil también."

"¿Qué hacen ellos aquí?" – Preguntó Stear – "¿Después de Escocia?"

"Tía Elroy perdonó a Neil" – dijo Archi – "después que el juró haberse arrepentido de lo que hizo."

"Y Elisa la convenció que tuvo un momento de debilidad" – añadió Annie.

"Pero no te preocupes Candy. Neil conoció mis puños y esta advertido que debe mantenerse lejos de ti."

"Eso espero."

"No te preocupes, Candy" – dijo Archi.

"¿Está Tía Elroy disgustada?" – preguntó Candy con preocupación.

"Lo estuvo por varios días después de recibir el telegrama del duque."

"¡Oh cielos!"

"Pero yo le explique las circunstancias de lo sucedido y eso pareció disgustarla aún más. Te diré una cosa, Candy: Tía Elroy no quiere a Terrence cerca."

"Es mi esposo…tendrá que aceptarlo."

"Si lo encuentras…"

"¡Archi!"

"Si no me equivoco, Candy, te abandonó."

"Debe haber una explicación."

"No quiero ser duro contigo, Candy pero creo que debes enfrentar los hechos."

"Él se fue…porque…porque su padre lo presionó" – intentó justificarlo.

"No había motivo para dejarte atrás, Candy."

"Estoy segura que Terry me explicará."

"¿Su abandono?" – continuó Archi.

Candy le dio una mirada furiosa. Annie tomó la mano de su hermana.

"No te enfades, Candy" – le pidió.

"Están hablando mal de mi esposo."

"Hablar las verdades no es hablar mal" – continuó Archi.

"Basta de atacarlo. Tú no entiendes."

"Entiendo perfectamente. Cuando las cosas se pusieron difíciles, corrió…y te dejó. Si él te amara…"

"¡Terrence me ama!"

"Un hombre que ama no abandona" – dijo Stear con suavidad.

"Por favor no discutan. Debemos celebrar que Candy haya vuelto con nosotros…aunque sea por corto tiempo."

El auto se detuvo frente a una mansión de dos pisos. Candy tragó en seco mientras seguía a sus primos dentro de la casa.

"Bienvenidos" – dijo el mayordomo.

"Thomas, ella es la doncella personal de Candy" – indicó Stear –"¿Podrías indicarle cuáles son sus aposentos y el de Candy?"

"Por supuesto, señor Alister."

"¿Dónde está la tía?"

"Madame Elroy los espera en la biblioteca."

"Gracias" – contestó Stear – "¿Lista, Candy?"

"Nosotros los esperaremos en la sala" – dijo Archi tomando a Annie de la mano.

"Buena suerte" – dijo Annie.

Stear tomó a Candy del brazo y tocó la puerta del estudio.

"¡Adelante!" – contestó la anciana.

Candy tragó en seco mientras entraban a la habitación. La dama que estaba sentada en un imponente escritorio de roble, dejó escapar una exclamación de sorpresa. Tía Elroy jamás se había imaginado el estado en que Candy se encontraba.

"¿Qué te ha sucedido?" – preguntó.

Candy se miró sin entender. Stear se acercó para saludar a la dama.

"Estuvo enferma durante el viaje, Tía" – dijo él besando su mejilla.

"¡Está tan pálida, tan delgada!"

"Buenas tardes, Tía Elroy" – dijo Candy tomando su mano para besarla.

"Buenas tardes, Candice. Por favor, tomen asiento."

"Gracias" – dijeron obedeciéndola.

"Stear ¿es cierto que la secuestraste?"

"Si quieres llámalo de esa manera" – dijo sin inmutarse.

"¿Es cierto que robaste sus documentos del escritorio del duque?"

"Es cierto. Ese tipo la tenía prisionera. Candy estaba triste y no la iba dejar con extraño."

"Ella es mujer de Grandchester."

"Pero Grandchester la dejó"

"Candice es responsabilidad de su suegro."

"¡No! ¡Candy es nuestra responsabilidad! ¡Es una Andrey!"

Emilia Elroy miró a su sobrino y comprendió sus sentimientos. Dejó escapar un suspiro y miró a Candy.

"¿Qué piensas hacer, Candice?"

"Buscar a mi esposo."

"Se enamoró de ese truhan" – pensó la tía.

"Terry está aquí, lo sé. Debo encontrarlo."

"Como gustes. Stear, dejó este asunto entre tus manos y las de Archi."

La amabilidad de la anciana, sorprendió a los jóvenes. Habían esperado que la anciana la regañara, que la insultara, que volviera a echarla de la familia pero se habían equivocado. Candy no lo sabía pero Tía Elroy, que también había sufrido de amor durante su juventud, tenía idea de lo mucho que Candy estaba sintiendo.

Sentados en la sala de juego, Annie, Archi, Stear y Candy platicaban.

"¿Cómo piensas encontrarlo?" – preguntó Annie.

"Pensaba que podríamos contactar a su madre."

"¿Quién es ella?" – preguntó Stear.

"Eleonor Baker."

"¿Eleonor Baker, la actriz?" – preguntó Annie.

"Ella es su madre."

"¡Cielos! No lo hubiera imaginado en mil años" – dijo Archi.

"Tendremos que averiguar su dirección."

"Eso no será difícil" – dijo Stear – "Le pediremos a nuestros abogados que…"

"¿Qué van a pedirles a los abogados?" – interrumpió Neil.

"Ellos no están para buscar al esposo de Candy" – dijo Elisa con veneno en la voz – "No es culpa de ellos si ella no supo mantener interesado a su marido."

"¡Cállate!" – exclamó Archi.

"¿Qué pasó, Candy? ¿Lo aburriste con tus historias de campo?" – se rió Neil.

"¿O no supiste mantenerlo en la cama?" – añadió Elisa.

Annie la miró indignada y la abofeteó. Todas las miradas se volvieron hacia ella.

"¿Cómo te has atrevido?" – Elisa avanzó hacia ella.

"¡No te atrevas!" – se interpuso Archi.

"¡Basta de ofender a Candy!" – Dijo Annie entre lágrimas – "Ella no se lo merece."

"¿Por qué la defiendes tanto?" – preguntó Neil con interés.

"Porque Candy y yo…"

"¡Annie!" – gritó Candy para acallarla.

"Candy, ya es hora…"

"¡No!" – interrumpió la rubia.

"¿Qué ocultan?" – preguntó Elisa.

"¡Largo de aquí!" – dijo Stear empujándolos.

"¡Eres una estúpida pueblerina, Candy!" – dijo Elisa antes que le cerraran la puerta en las narices.

"Annie, tu ibas a" - empezó a decir Candy – "¿Por qué?"

"Porque eres mi hermana y estoy orgullosa de ti" – dijo Annie – "y estoy harta de ocultar mis orígenes."

"No es necesario, Annie. No vale la pena" – dijo Candy – "Ellos son unos malvados y te harían la vida imposible."

"Pero Candy…"

"Te quiero por tu valor, Annie pero no es necesario" – dijo abrazándola.

"Estoy orgulloso de ti, Annie" – dijo Archi sonriendo.

Un par de días después, el auto de los Andrey se detenía frente a 3458 Astor Place. Candy subió con nerviosismo los escalones y tocó a la puerta.

"¿En qué puedo servirle?"

"Buenas tardes" – tartamudeó – "¿Se encuentra la señora Baker?"

"La señora Baker ha viajado a Florida, señorita."

"¡Oh!" – Exclamó desilusionada – "¿Cuándo regresará?"

"¿A quién le interesa?" – la miró con severidad.

"¡Disculpe! Mi nombre es Candy…" - titubeó antes de decir su apellido – "White Andrey. Conocí a la señora en Escocia este verano."

"La señora no regresará hasta después de las fiestas, señorita."

"¿Se encuentra Terry?"

"¿Terry?" – le preguntó extrañada.

"El hijo de la señora" – dijo en voz baja.

"Aquí no hay ningún Terry, señorita."

"¿No? ¿Terry no está? Un muchacho alto, de cabellos largos."

"Ya le dije que no hay ningún Terry. Ahora si me disculpa…"

Candy la vio cerrar la puerta de un golpe seco y quiso llorar. Haciendo uso de su férrea voluntad, las controló y regresó al coche llena de desilusión.

Un par de ojos azules vieron al coche partir. Había visto el coche detenerse frente a la casa desde la ventana del segundo piso. Su corazón se había agitado inexplicablemente y no fue hasta que vio descender a una mujer que supo el motivo.

"Señor…"- dijo una voz a sus espaldas.

"¿Qué le dijo, señora Smith?"

"Preguntó por su madre y luego por usted."

"¿Le dijiste lo que te pedí?"

"Cada palabra, señor. La señorita se puso muy triste."

"Es todo, señora Smith" – la interrumpió.

"Con permiso, señor."

"Señora Smith…"

"¿Señor?"

"¿Cómo le dijo que se llamaba?"

"Candy White Andrey."

"Es todo. Puede retirarse."

Escuchó la puerta cerrarse y encendió un cigarrillo.

"

Candy estaba sentada en una banca del Parque Central mientras los copos de nieve se perdían entre su cabellera. Dejó escapar un suspiro de lo más profundo de su alma antes de empezar a llorar.

"¿Por qué lloras, pequeña?"

Un estremecimiento recorrió su ser antes de volverse.

"¿Cuántas veces te hemos dicho que eres más linda cuando ríes que cuando lloras?"

"¡Albert!" – exclamó incrédula.

"Querida Candy" – dijo Albert limpiando sus lágrimas –"¿Qué tristeza invade tu alma?"

"¡Albert! ¡Albert!" – ella sollozó – "Si tú supieras…"

El hombre se sentó a su lado y pasó un brazo por sus hombros.

"No llores, Candy, no llores así" – dijo acongojado.

"No lo puedo soportar…me duele tanto el corazón" – ocultó el rostro entre las manos.

Albert levantó la mirada al cielo como si pidiera ayuda a los santos.

"Candy, hay alguien que quiere saludarte."

La rubia levantó el rostro lloroso y vio la palma de Albert frente a ella.

"¡Pupé!"

El zorrillo se lanzó hacia su hombro y lamió su mejilla.

"Por lo visto te recuerda" – sonrió Albert.

"¿Cómo es que lo tienes? ¿Cómo es que estás aquí?" – lo miró con curiosidad.

"Algo me decía que debía venir a Nueva York…y ahora veo el porqué."

"Siempre apareces cuando te necesito, Albert" – dijo acariciando al zorrillo.

"Esa es mi misión en la vida" – dijo poniéndose de pie – "¿Qué te parece si vamos a tomar una taza de café? Mi apartamento no está demasiado lejos."

"Creo que no es correcto" – le mostró un anillo que llevaba en el dedo.

"¡Aja! Así que te has casado" – alzó una ceja – "¿Lloras por él?"

"Es una larga historia, Albert."

"Por eso mismo debemos conversar con una buena taza de café. Vamos Candy."

"Pero…"

"Tampoco es correcto que una dama ande sola por la calle ni sentada sin acompañante en el Parque Central. ¿Desde cuando te volviste tan complicada?"

"La verdad no lo sé"- se puso de pie – "¡Adelante, pues! Vamos a tomar café."

"¡Esa es mi Candy!" – dijo tomándola del brazo.

Sentados frente a la pequeña chimenea y con una taza de chocolate entre las manos, Candy le contó a Albert todos los pormenores de los últimos meses. El rubio la miraba con aflicción.

"Lo siento tanto, Candy."

"Tú no tienes la culpa, Albert."

"Si yo hubiera sabido…"

"¿Qué hubieras podido hacer? Tía Elroy me obligó a casarme…y luego yo me enamoré"- suspiró.

"¿Estás segura que él está en América?"

"Siempre hablaba de venir a América, juntos" – Candy bajó la mirada – "Es por eso que no entiendo ¿por qué me dejó sola en Londres?"

Albert le dio un apretón a la mano de Candy.

"No vuelvas a llorar."

"¿Dónde has estado durante estos meses, Albert?"

"Viajando"- sonrió de medio lado.

"Evasivo, como siempre" – dijo Candy sonriente – "Donde quiera que hayas estado, tu cabello está muy largo."

"Me protege del frío."

Candy miró a su amigo. Albert lucía bronceado; sus ojos claros relucían como aguamarinas, su cabello rubio le llegaba casi a los hombros.

"¿No te has casado, Albert? ¿No tienes alguien especial?"

"¿Por qué preguntas eso?"

"Porque eres muy apuesto. Se me hace difícil creer que no tengas a alguien."

Albert se rió, su risa varonil haciendo eco en la sala.

"¿De qué te ríes?

"Me has dicho apuesto. La primera vez que me viste pensaste que era un oso."

"¡Ah, eso!" – Candy se rió – "Es que tu barba era muy larga. Te ves mejor sin ella."

"Gracias" – dijo tocando su mentón – "¿Lo has encontrado, ya?"

"¿A Terry? Lo hemos buscado por todos lados pero parece que se lo hubiera tragado la tierra."

"Tal vez no quiera que lo encuentren" - arrugó la frente – "Debe estarse escondiendo."

"¿Por qué haría eso?"

"Para que no lo encuentren" – dijo mirándola con seriedad.

"Terry no sabe que estoy aquí, Albert."

"No digo que lo sepa, Candy."

"¿Pero?"

"Por lo que me contaste de su carta…"

"Él me ama."

Candy guardó silencio y se puso de pie.

"Si me disculpas, debo regresar a mi casa."

"No te enfades conmigo, Candy."

"No me enfado" – le sonrió – "Debo regresar antes que noten mi ausencia."

"¿Y si la notaron?"

"Me disculparé. ¿Qué más puedo hacer?"

"Eres un caso perdido."

Tratando de alegrarla, Annie, Stear y Alister llevaron a Candy al teatro. Ataviados en sus mejores galas, los jóvenes ocuparon uno de los palcos principales para ver la obra. Las cortinas se abrieron y los actores principales tomaron escena. No habían pasado veinte minutos cuando Candy dejó escapar una exclamación de sorpresa.

"¿Qué te sucede?" – le preguntó Stear en un susurro.

"Es Terry" - dijo apuntando a escena.

"No puede ser" – dijo Archi.

Era Terrence, figurando como actor secundario.

"¡Es él!" – concedió Archi.

"Lo encontré" – murmuró Candy, una lagrima resbalando por su mejilla.

"No llores, Candy" – la consoló Annie – "Debes estar linda para cuando lo vuelvas a ver."

"¿Cómo lo veré?"

"Yo hablaré con el gerente" – dijo Stear – "Le pediré que te permita pasar."

Archi miró a su hermano como si estuviera desquiciado.

Dos horas después, Candy con nudillos temblorosos, llamó a la puerta de Terrence.

"Adelante" – dijo con aquella voz que debilitaba sus rodillas.

"Terry" – dijo Candy cerrando la puerta tras ella.

Terrence se puso rígido y se volvió con lentitud.

"¡Candy!"

Los ojos de Terry se abrieron sorprendidos. Jamás había esperado ver a Candy frente a él.

"¡Terry, oh Terry!" – dijo acercándose a él para abrazarlo – "¡Te he extrañado tanto!"

"No seas melodramática, Candy" – dijo extendiendo la mano para detenerla.

Ella lo miró como si le hubiera caído un balde de agua fría encima.

"¿Qué haces aquí?" – frunció el ceño.

"Vine a verte, Terry."

"Me refiero a que haces aquí, en América. La última vez que te vi estabas al otro lado del Atlántico" – dijo con frialdad – "y allá es donde deberías estar."

"¿Qué te sucede, Terry?" – Lo miró extrañada – "¿Por qué me hablas así?"

"¿Para qué has venido a verme? Pensé que mi carta había sido suficientemente explícita."

"Vine…vine a buscarte."

"¿Por qué?" – preguntó fastidiado.

"Porque te amo."

"Pues yo no."

Candy sintió que un puñal se clavaba en su corazón.

"¿Qué dices? Estas mintiendo."

"No tengo porque hacerlo, Candy" – la miró a los ojos.

"Dijiste que me amabas."

"¿En la cama?" – Sonrió con sarcasmo – "Ahí se dice cualquier cosa."

"No…no comprendo tu actitud."

"Te falta vivir, Candy" – cruzó los brazos sobre su pecho - "¡Abre los ojos, niña! Te dije lo que tenía que decirte para acostarme contigo ¿Lo entiendes ahora?"

"¡Mientes!" – Dijo con lágrimas en los ojos – "¿Por qué, Terry? Yo…yo te amo…vine a buscarte."

"Pues deja de hacerlo. Estoy construyendo una nueva vida, y lo que menos necesito es que se enteren que tengo una esposa."

"¿Qué?"

"A las admiradoras no les interesa un hombre casado…para construir mi carrera tengo que estar solo, Candy ¿comprendes?"

Ella lo miró en silencio, estupefacta. Apenas notó que tocaron a la puerta y que una muchacha de cabello rubio oscuro entró.

"Terrence ¿estás listo? ¡Disculpa! Tienes visita."

"No te preocupes, Susana, ella ya se va" – le sonrió.

"¿Una admiradora, Terrence?" –preguntó con coquetería.

"Algo así" – le guiñó el ojo – "¿tienes algo más que decir, Candice?"

"Yo…yo…"

"Parece que se olvidó de cómo hablar, querido" – dijo acariciando su brazo – "parece que tienes ese efecto en todas las mujeres, Grandchester."

Terrence echó la cabeza para atrás y se rió. Candy lo miró sin poder creerlo.

"Vamos, Susana, nos esperan" - dijo tomándola del brazo – "Adiós, Candice."

"Espera" – murmuró haciendo un esfuerzo por retenerlo.

"Adiós Candy" – cerró la puerta tras de sí.

… y ahora tú te vas,

Así como si nada

Acortándome la vida,

Agachando la mirada

Y tú te vas,

Y yo que me pierdo entre la nada

(Y tú te vas)

¿Dónde quedan las palabras y el amor que me jurabas?