Las fiestas habían pasado en un abrir y cerrar de ojos para Candy. Bajo los cuidados de Albert y Stear, la rubia empezaba a recobrar su vitalidad y Candy hacía su mejor esfuerzo de recuperarse por la salud del ser que crecía dentro de su vientre.

"Mi bebé…" – pensó mientras miraba su imagen reflejada en el espejo.

Se colocó de medio lado y notó una pequeña curva en su abdomen.

"Aún no se nota" – se dijo preocupada – "Tendré que comer más para que crezcas fuerte y saludable como tu padre."

Candy acarició su vientre con reverencia pensando en el producto de su amor con Terrence. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas volver junto a su esposo.

"Terry… ¿por qué tardas en venir por nosotros?" – preguntó al viento mientras se sentaba frente a la ventana para tomar un poco de sol.

Tomó un portafolio que contenía papel membretado con el escudo de la familia y empezó a escribir a Terry una carta, una de las tantas que había empezado a escribirle desde que se enteró de su embarazo.

"Ven a mi…ven a mi…" – lo llamaba–

La noche había caído cuando los muchachos y Albert regresaban de la oficina. Se habían quedado en Nueva York después de las fiestas para supervisar el funcionamiento de la oficina en Manhattan, una de las sucursales más importantes después de la casa matriz en Chicago.

"Buenas noches, señores" – saludó el mayordomo.

"Buenas noches" – contestó Albert sacudiéndose la nieve del hombro.

¿Dónde está Candy?" – preguntó Stear casi arrojando su abrigo y sombrero al mayordomo.

"En la salita de estar, señor."

"¡Gracias!"

Albert y Archi lo siguieron con la mirada mientras Stear subía de dos en dos los escalones. Albert suspiró ruidosamente.

"¿Qué te ocurre, Albert?"

"Me preocupa Stear" – dijo sentándose en el butacón de la sala.

"¿Por qué?"

Archi avanzó hacia la licorera y sirvió dos copas.

"Stear está enamorado de Candy."

"¿Cuál es el problema?" – le entregó la copa.

"Ella está casada con Grandchester."

"¿Y? Ella lo puede acusar de abandono de hogar."

"No creo que lo haga. Candy lo ama."

"¡Tendrá que matar ese amor!" – exclamó con vehemencia.

"En el corazón no se manda, Archi. El lugar de Candy es junto a su esposo."

"¡No puedo creer lo que dices! ¿Cómo puedes pretender que ella regrese con Terrence?"

"Van a ser padres, Archi."

"Él no tiene que enterarse" – miró a su tío con fijeza.

"El que no lo haya hecho antes no significa que no lo haré, Archi. He guardado silencio a petición de Candy puesto que ella quiere decírselo."

"Candy lleva semanas escribiéndole y él no ha respondido. Se puede suponer que no le interesa."

"No estamos seguros de eso, Archi."

"El hogar de Candy es junto a nosotros."

"El hogar de Candy es junto a su esposo."

Archi miró a su tío con rabia pero guardó silencio. Le hizo una reverencia con la cabeza antes de retirase. Una vez a solas, Albert tomó los contenidos de su copa de un trago. No iba a ser nada fácil convencer a sus sobrinos que Candy debía estar junto a Terrence.

Candy regresó la pluma a la fuente al escuchar la puerta abrirse y levantó el rostro para brindarle una sonrisa a Stear. El muchacho avanzó hacia ella y posó un sobre su frente antes de sentarse.

"¿Cómo estuvo tu día, Candy?"

"¡Muy aburrido!"

"¿Quieres que llamemos a los Leagan para que te entretengan?

"¿Te estás burlando de mí?"

"¿Cómo crees?" – preguntó con sarcasmo.

Por respuesta, Candy le arrojó un almohadón. El muchacho lo esquivó.

"No desordenes que Tía Elroy te regañará."

"Ella está en Chicago por si se te ha olvidado. ¿Sabes? Hasta extraño un poco a esa vieja cascarrabias."

"Verdaderamente debes sentirte sola para decir eso, Candy."

"No hay con quien conversar ahora que Annie se marchó" – se quejó.

"Muy pronto regresaremos a Chicago. Entonces podrás verla todo el tiempo."

La mujer guardó silencio mientras pensaba que tal vez no regresaría con ellos.

"¿Cómo les va en la oficina?"

"¡Es una locura! Tenemos mil citas que cumplir y miles de asuntos que resolver. Menos mal que Albert nos tiene a Archi y a mí."

"Y pensar que Tía Elroy manejaba todo el imperio."

"¿Imperio? ¿Te estás burlando de nosotros, Candy?" – alzó una ceja.

Candy soltó una carcajada.

"No se te olvide que parte de ese imperio es tuyo."

"No digas tonterías, Stear" – ella se encogió de hombros.

"Si no lo quieres, puedes dárselo a tu hija."

"¿Mi hija?" – Candy lo miró con curiosidad.

"Estoy seguro que será una niña" – dijo él.

"¿Y cómo lo sabes?"

"Tengo poderes síquicos."

Lo dijo con tal seriedad que por un instante Candy lo miró confundida sin saber qué creer. La risa de Stear despejó todas sus dudas. Candy le tiró un almohadón en el rostro antes de arrojarle otro…y otro.

"¡Hey! ¡Basta, basta!" – dijo avanzando hacia ella, riendo.

"¡Te burlas de mí! ¡Eres muy malo!"

Stear tomó el almohadón de entre sus manos y se lo tiró en la cara. El moño que Candy llevaba en la nuca se desató, su cabellera rubia cayendo alrededor de su rostro mientras reía.

"¡Que hermosa es!" – pensó Stear y se quedó observándola mientras recordaba la fiesta de Año Nuevo.

Era Diciembre 31. Albert había salido con Tía Elroy a un compromiso social con los inversionistas más importantes de la ciudad. Archi y Annie se habían dirigido a una fiesta en el Waldorf Astoria mientras que Candy y Stear permanecían en casa.

"No tienes que quedarte conmigo, Stear."

"No tengo ningún lugar al que ir, Candy."

"Estoy segura que te dejaran entrar a la fiesta del Waldorf."

"Sé que lo harán, Candy pero prefiero quedarme en casa contigo."

Los dos estaban sentados en la sala frente a la chimenea. Beth les había traído chocolate caliente y un pastel para celebrar el nuevo año, antes de retirarse a la fiesta que la servidumbre había organizado en la cocina (con permiso de Albert pero a escondidas de Tía Elroy).

"¿Estás seguro?"

"No hay lugar en el mundo en el que preferiría estar" – dijo mirándola a los ojos.

Candy le sonrió agradecida mientras se perdía en la mirada oscura de Stear.

Levantó una mano hacia sus ojos y tomó el armazón entre los dedos.

"¿Puedo?" – preguntó pidiendo permiso.

Stear asintió y ella le retiró los lentes.

"¿Sabes? Eres muy apuesto, Stear. Estoy segura que tendrías una legión de seguidoras tras de ti si no los usaras todo el tiempo."

"¿Me estás diciendo que no tengo seguidoras por los lentes?"

"¡Claro que no, tonto! Estoy segura que tienes muchas admiradoras."

"¿Tú crees?"

"Si no las tienes, son unas tontas."

"Pero ¿crees que mis lentes las detiene?"

"No, Stear. Es sólo que…"

¿Qué?"

"A veces tengo la impresión que te escondes tras las gafitas…como si no quisieras que conocieran tus verdaderos sentimientos."

"Puede ser…"

Tenía que reconocer que Candy era muy perspicaz pero que a su vez era ingenua al no darse cuenta de los sentimientos que él tenía por ella.

"Dime, Stear… ¿no te gustaría estar con una persona amada el día de hoy?"

"Ya lo estoy…" – pensó mientras movía la cabeza – "¿Estás pensando en él?"

"No te puedo mentir…pensé que tal vez vendría después del telegrama que le envié."

"Tal vez no le llegó a tiempo" – dijo intentando consolarla.

"Quizás."

Las campanas de la iglesia cercana empezaron a repicar. Los dos se levantaron a la vez y corrieron hacia la ventana para mirar los juegos pirotécnicos que iluminaban el cielo.

"¡Feliz Año Nuevo, Stear!"

"¡Feliz Año Nuevo, Candy!"

Los dos se abrazaron y él la estrechó contra su pecho.

"Que seas muy feliz, Candy. Que este año te traiga mucha felicidad y salud a ti y a tu bebé" – susurró a su oído.

"Que todos tus sueños se vuelvan realidad, Stear" – dijo besando su mejilla.

"Trataré de que así sea."

"¡Stear!"

La voz de Candy lo volvió a la realidad.

"¿Qué te pasa? ¿Soñabas despierto?"

"Algo así…"- se ruborizó.

"Pues te quedaste pensando en algo muy bonito por la cara que tenías" – dijo recogiéndose el cabello – "¿Es muy bonita?"

"¿Quién?"

"La chica en la que pensabas."

"Más de lo que te puedas imaginar."

"Vamos a cenar" – dijo enlazando su brazo en el de Stear.

"Ya empiezas a comer por dos, Candy" – se burló el joven.

Ella le revolvió el cabello antes de halarlo hacia la puerta.

Terrence Grandchester se miró al espejo con atención, buscando alguna señal de madurez.

"Nada…estoy igualito…ni un solo cambio."

La verdad era que estaba desilusionado. La cabellera oscura le caía hasta los hombros, y si no fuera por sus facciones bien definidas: mandíbula cuadrada, cejas espesas, pómulos fuertes, y nariz recta, probablemente lo confundirían con una mujer. Flexionó los brazos frente al espejo y adoptó su pose de luchador.

"¿Qué haces, hijo mío?"

Terrence casi se cae al escuchar la voz de su madre tras él.

"¡Mamá! ¿Es que no sabes tocar?" – exclamó tomando la camisa del armario.

"Eso hice pero creo que no me escuchaste. Parece que estabas muy concentrado mirándote al espejo."

La dama miró a su hijo y notó que el cuerpo delgaducho del muchacho se estaba transformando en la de un hombre.

"Quita esa cara de disgusto, Terrence. No vi nada que no hubiera visto antes. Además, vine a desearte felicidades."

"Gracias mamá."

"Que cumplas muchos más y que todos tus sueños se vuelvan realidad" – lo besó en la frente.

"Te veré por la noche, mamá" – dijo poniéndose el saco de su traje oscuro.

"¿Vas a salir?"

"Tengo compromisos, mamá" – sonrió.

"¿Con Susana?" – alzó una ceja en disgusto.

"Tal vez si…tal vez no…"

"No juegues conmigo, Terrence Grandchester."

"¡Terrence Grandchester! ¡Uy! Si usas mi nombre completo es porque estás disgustada" – se acercó a ella para abrazarla –"No te enojes conmigo, mamita."

"Pero Terrence…"

"No me sermonees el día de mi cumpleaños" – dijo dándole una mirada de cachorrito herido.

Eleonor quería regañarlo pero esa mirada…esa mirada era capaz de ablandar a cualquiera.

"Sólo espero que te portes bien."

"Siempre, mamá, siempre" – y la besó en la frente.

El muchacho se acercó al tocador y tomó entre sus manos una pila de cartas antes de salir. El corazón de Eleonor dio un salto de alegría.

"Son las cartas de Candy… ¡va a buscarla!".

Aún no comprendía los motivos por las cuales él la había dejado en Inglaterra, tampoco entendía por qué se había rehusado a verla…sabía que ellos estaban enamorados – lo supo antes que ellos mismos se dieran cuenta.

No le agradaban para nada es chica, Susana Marlowe, que asediaba tanto a su hijo.

"¿Es que no sabe que es casado?"

Probablemente no. Terrence había guardado su secreto muy bien pero al parecer estaba dispuesto a revelar su verdad si iba en busca de Candy.

"Eso es lo que él necesita…tener a su esposa junto a él. Alguien que le dé estabilidad y que lo acompañe por las noches."

Si había alguien que sabía de soledades era Eleonor Baker y ella no deseaba lo mismo para su hijo.

"Señora, tiene un visitante."

Candy levantó la mirada hacia la puerta y dejó escapar un grito ahogado.

"Terrence."

Terrence la miró y contuvo el aliento. Ahí estaba Candy, hermosa como siempre, los cabellos cayendo en rizos suaves alrededor de su rostro, los ojos verdes brillando emocionados. Notó el rubor colorear las mejillas de su esposa y el suave entreabrir de sus labios al pronunciar su nombre y sin poder evitarlo recordó las noches apasionadas en que ella lo había murmurado.

Candy permaneció en su asiento, las piernas recogidas sobre el sofá, la falda cubriendo sus piernas. Incapaz de moverse, permitió a sus sentidos absorber la presencia imponente y apuesta de su esposo.

"Viniste…"- balbuceó ella, intentando levantarse.

"No te molestes en levantarte" – la detuvo con la mano – "es una visita corta."

"¿Visita…corta?"

"Hoy es mi cumpleaños, Candy."

"Lo sé" – le sonrió – "Me imagino que tienes muchos compromisos."

"Varios pero antes de ellos debemos resolver un asunto pendiente entre nosotros…"

"¿Un asunto?"

El joven dejó caer unos papeles sobre la mesa.

"¿Qué es eso?" – preguntó Candy a media voz.

"Los papeles de divorcio."

Que Elisa Leagan le pidiera disculpas por todas sus maldades no hubiera sorprendido tanto a Candy como escuchar la palabra "divorcio".

"¿Papeles…de…divorcio?" – se llevó la mano al corazón sintiéndose enferma.

"¿No te acuerdas? Los discutimos antes de partir a Escocia."

"Discutimos muchas cosas, Terrence."

"¿Recuerdas que anularíamos en matrimonio?"

"Teníamos un trato, sí…"- se atrevió a decir ella.

"Sé lo que vas a decir pero espero que seas lo suficientemente razonable para entender que no quiero nada contigo."

Candy tragó en seco y lo miró incrédula.

"Y por si no lo has entendido aún" – arrojó unos sobres junto a ella – "quiero que dejes de escribirme."

La mirada de Candy se posó en los sobres; todos estaban sellados.

"No voy a llorar…no voy a llorar…" – se repitió ella.

"Tu Tío William o tu Tía Elroy tendrán que firmar junto a ti puesto que aun eres menor de edad, Candy."

"¿Y si ellos se niegan a hacerlo?"

"¡Tendrás que convencerlos! No puedo estar casado contigo ahora. ¡No puedo tener ningún tipo de atadura!"

Candy sintió que las fuerzas le faltaban al escuchar la frialdad en su voz. Tomando una bocanada de aire, lo miró.

"Ni yo quiero estar atada…a un canalla como tú" – dijo entre dientes.

Los ojos de Terrence se entrecerraron y sonrió de medio lado.

"¿Qué dijiste, Candy?"

"Lo que escuchaste."

"Quiero que te olvides de mí, que nunca más pienses en mí."

"Eso haré, no te preocupes."

"Haz que me envíen los papeles a casa de mi madre. Sé que conoces la dirección."

Terrence inclinó la cabeza en señal de despedida y dio media vuelta.

"Terrence…"

"¿Qué quieres?" – respondió con hastío, sin volverse.

"Espero que seas muy feliz…y que cuando beses a otra, sus besos te recuerden los míos."

Vio la espalda de Terrence erguirse.

"¿Sólo sus besos?" – respondió con sarcasmo.

"Adiós Terrence."

"Adiós Candy."

Una vez a solas, Candy arrojó un florero contra la puerta.

"Señor ¡gracias a Dios que llegó!"

"¿Qué sucede, Beth?" – preguntó Stear mientras se quitaba el abrigo.

"¿Es Candy?" – preguntó Albert.

"La señora ha estado encerrada en la sala toda la tarde, señor. Escuchamos ruidos…y…y llanto."

"¿Qué le pasó?" – preguntó Archi.

"Tuvo un visitante"- dijo bajando la mirada.

"Terrence" – murmuró Stear.

Albert caminó hacia la sala seguido de sus sobrinos y llamó a la puerta.

"Candy, abre la puerta."

Silencio.

"Candy, somos nosotros, abre, por favor" – pidió Archi.

Más silencio.

"Nos tienes preocupados, Candy. Abre, por favor."

Los tres hombres se miraron al no obtener respuesta. Los hermanos intercambiaron miradas y avanzaron hacia la puerta.

"¿Qué van a-?"

Por respuesta, ellos se arrojaron contra la madera y la forzaron a abrir. Detenidos junto a la puerta, recorrieron la habitación con los ojos, notando que los floreros estaban rotos, las flores esparcidas en el piso y Candy sentada sobre la alfombra…el rostro oculto entre los brazos que descansaba junto a la mesa. Stear tuvo un dejá-vu y avanzó hacia ella.

"Candy…"- se arrodilló junto a ella.

"¿Qué te suceda, Candy?" – preguntó Albert sentándose frente a ella en el sofá.

"Esto es para ti" – dijo sin levantar el rostro.

Albert tomó los papeles que Candy le ofrecía y recorrió con su mirada el contenido del mismo.

"¿Qué son?" – preguntó Archi.

"Papeles de divorcio" – respondió Candy – "y quiero que los firmes."

"Candy…no puedo hacer eso."

"¡Claro que puedes!" – se puso de pie, repentinamente.

"No puedo hacerlo. Estás esperando."

"A él parece no interesarle" – tomó los sobres del sofá y caminó hacia la chimenea – "Ni siquiera se molestó en abrirlas."

Atónitos, vieron a Candy arrojar las cartas al fuego antes de limpiarse las lágrimas.

"Por favor, fírmalos Albert."

"No es correcto. La sociedad…"

"¿Desde cuándo te importa la sociedad? ¿Qué pasó con el Albert, libre e independiente que conocí?"

"Tengo una responsabilidad contigo, Candy."

"Entonces, ayúdame a librarme de ese canalla."

"¿Y tu bebé?"

"Terrence no tiene porqué saberlo."

"Eso sería un error."

"Mi esposo no tiene interés en mí, Albert. No quiso leer las cartas que envié. Es su culpa si no se enteró de mi hijo. Si tanto me quieres, ayúdame" – se arrodilló junto a él.

"Candy…"

"Yo cuidaré de mi bebé…y no estaré sola…Miss Pony y Sor María me ayudarán."

"También nosotros, Candy" – dijo Stear saliendo de su estupor.

"Cuidaremos de ti y del bebé" – añadió Archi.

"Terrence tiene obligaciones" – dijo Albert.

"¡No! ¡Él no sabe nada ni sabrá! ¡No lo necesito!"

"Cálmate, Candy."

"¡No quiero calmarme, Albert! ¿No entiendes? Quiero olvidarme de él" – sin poder evitarlo, empezó a llorar.

"Tarde o temprano tendrás que decírselo."

"¡Jamás! ¿Me escuchas? ¡Jamás! Mi hijo será mío y punto."

Candy empezó a sollozar. Archi y Alister se acercaron a ella mientras Albert se servía una copa de vino.

"Está bien, Candy" – accedió por fin su tutor – "Y no llores así, no es bueno para el bebé."

"¿De verdad los firmarás, Albert?"

"Lo haremos como tú quieres, Candy pero con una condición…"

"¿Cuál?"

"Darás a luz en Lakewood y te quedarás a vivir ahí una vez que nazca el bebé."

"Pero…"

"Sin peros, Candy. Eres mi pupila y tu hijo será mi responsabilidad, por lo tanto se criará como un Andrey."

"O como un Cornwall" – dijo Stear con tal rapidez que hasta Archi se sorprendió.

Candy lo miró agradecida.

"¿Aceptas, Candy?"

"Acepto."

"Cuidaremos de ti, Candy" – dijo Stear – "Ya no estás sola."

Archi entró en el bar y el humo de los cigarrillos irritó sus ojos, dándole un aspecto más feroz del que ya tenía. Su mirada recorrió el bar hasta encontrar su objetivo. Avanzó a grandes zancadas hacia él y palmeó su hombro para llamar su atención. Terrence se volvió y el puño de Archi se estrelló en su mentón con fuerza.

El actor cayó al suelo ante la mirada atónita de los presentes.

"¡Levántate!" – ordenó Archi mostrándole su puño.

"¿Qué rayos te ocurre?" – Terry escupió sangre.

"¡Levántate, desgraciado!"

Se miraron rabiosos y antes que Archi pudiera esquivarlo, Terry se lanzó hacia él. Los dos rodaron por el suelo mientras los demás actores gritaban entusiasmados.

Puños volaban por los aires al igual que las patadas, los golpes conectando con su objetivo en un ruido seco.

"¡En mi bar no hay peleas!" – Terrence y Archi se sintieron elevados por los cuellos de las camisas.

El dueño y su asistente, ambos de más de seis pies de estatura los arrojaron a la calle. Los dos cayeron estrepitosamente sobre la calzada mojada.

"¡Ni se te ocurra volver, Grandchester!" – le gritaron antes de cerrar las puertas.

"¿Te das cuenta de lo que hiciste? ¡Me han echado de mi bar favorito!" – se quejó.

"¿Es todo lo que tienes que decir?" – Archi se puso de pie – "¿Por qué lo hiciste?"

"¿De qué hablas elegante?" – lo imitó.

"¡No te hagas el gracioso! ¡Estoy hablando de Candy!"

"¿Cuál Candy?" – preguntó con cinismo.

Archi arremetió contra él, su cabeza conectando con su estómago, los dos cayendo al suelo. Los puños de Terrence se estrellaron en la espalda de Archi.

"¡Eres un canalla!" – gritó Archi.

"¡Eres un imbécil!" – Terry estrelló su puño sobre la mejilla de Archi.

"¿Por qué lo hiciste?" – Archi se arrojó sobre él, una mano peligrosamente sobre su cuello.

"¿De qué hablas?"

"¡No te hagas el gracioso! ¡Estás matando a Candy de dolor!"

"¡No seas dramático! Ella aprenderá y sobrevivirá."

"¡Ella te ama!"

"¡Pero yo no la amo! ¡No quiero estar más con ella! ¡Me obligaron a casarme con ella y eso hice!"

"¡Te advertí que no la lastimaras!"

"¡Basta!" – Terrence lo empujó – "¡Esta es mi vida y no permitiré que ustedes se sigan metiendo! ¡No quiero saber más de Candy! ¿Entiendes?"

"Ahí tienes tu libertad" – le arrojó los papeles al rostro – "Ojalá no te arrepientas un día."

"¡Jamás!"

"¡Eres una escoria!" – dijo Archi escupiendo en dirección de Terrence antes de alejarse.

"¿Se puede saber que te pasó?"

Archi se sentó frente a Albert en su despacho, el labio hinchado, el pómulo amoratado, la ceja partida.

"No te preocupes. Él se ve mucho peor."

"¿Él?"

"Terrence. Le fui a dar una paliza."

"Tú y tu hermano van a acabar conmigo" – dijo encendiendo un cigarro.

"Tú quisiste aparecer y convertirte en el Tío William así que no rezongues" – dijo con altanería.

Albert lo miró con seriedad pero pasó por alto su comentario.

"Tú también la amas ¿no es así?"

"Profundamente" – reconoció.

"¿Y Annie?"

"Ella es otro tipo de amor. No hay comparación con mi amor hacia Candy. Es fuerte pero distinto."

"Sí, claro."

"¿Acaso no has amado a dos mujeres alguna vez en tu vida?"

"No tengo que contestar a esa pregunta, Archibald."

"No, no tienes que hacerlo, Albert" – se recostó en el sofá – "Estoy exhausto."

"Y mañana será peor."

"Mañana será otro día…y Candy se quedará con nosotros."

Candy parpadeaba adormilada sobre su cama. Beth le había preparado un té para tranquilizarla y empezaba a surtir efecto.

"Me voy, Candy. Espero que descanses."

"No te vayas, Stear" – dijo tomándolo del brazo – "¿Puedes esperar a que me quede dormida?"

"Si así lo deseas" – dijo sentándose junto a ella sobre el colchón.

"Me duele tanto el corazón, Stear" – dijo en voz muy suave.

"Tienes que ser fuerte, Candy. Tienes una hija en la cual pensar."

"¿Insistes en que será una niña?" – apenas pudo sonreír.

"Estoy seguro" – dijo pellizcando su nariz.

"Eres muy bueno, Stear."

"Porque te amo, Candy."

Candy lo miró sin decir palabra.

"Sé que no es el mejor momento para decírtelo pero tenía que hacerlo."

"Stear…"

"Quiero que sepas que no estarás sola y si quieres, yo seré un padre para tu hija…incluso le daré mi apellido si así lo deseas."

"¡Stear!"

"Estoy aquí por ustedes" – dijo posando su mano casi sobre su vientre – "y quizás un día…si tus heridas sanan…yo te daré el amor que mereces."

"¿Y si…no puedo corresponderte?"

"Me conformaré con estar a tu lado."

Candy sintió las lágrimas subir a sus ojos, las sintió caer y sintió las manos de Stear sobre sus mejillas. Los ojos de Stear parecían dos llamaradas cálidas, llenas de dulzura y comprensión.

"Estoy aquí para ti ¿lo sabes?"

"Lo sé."

Sintió el aliento de Stear sobre su piel e intentó alejarse.

"Esto es…es un error…Stear."

"Lo sé…pero mañana será otro día."

Sus labios estaban casi sobre los suyos; sus ojos entrecerrados.

"Perdóname" – alcanzó a decir antes de besarla.

Candy cerró los ojos y dejó que Stear nublara sus sentidos…y su dolor.

Hola queridos

lectores aqui esta un nuevo capitulo de esta gran historia de msgrandchester, espero que la disfruten ;D

saludos