"¿Dónde se habrá metido Candy?"
"Está en la colina, Hermana María" – respondió Miss Pony.
"¡¿En su estado?! ¿Cómo se le ocurre a esa chiquilla subir esa colina?"
"¿Por qué te sorprendes?" – La anciana la miró por encima de sus lentes – "Candy siempre ha sido muy inquieta."
"Por algún motivo creí que el embarazo tranquilizaría a la niña."
"Candy ya no es una niña, Sor María. No lo olvide. ¿Por qué no se toma un cafecito conmigo?"
Las dos damas se sentaron junto a la ventana.
"Parece mentira que haya pasado tanto tiempo ¿no lo cree, Miss Pony?"
"Sí, han pasado muchos meses pero la tristeza en la mirada de Candy no se ha ido."
"Tengo la esperanza que la criatura le devolverá la alegría."
"Seguro que sí" – la monja sonrió – "¿Recuerda cuando Candy llegó a nosotras?"
"Era una bebita tan preciosa."
"Y se ha convertido en una mujer hermosa."
"El embarazo le ha sentado de maravilla."
El claxon tocó dos veces y Miss Pony levantó la mirada hacia la ventana. No pudo evitar sorprenderse puesto que ese no era día de visita en el orfanato y no esperaban visitantes.
"¿Quién podrá ser?" – se preguntó extrañada.
"¿Quién es Miss Pony?" – preguntó Sor María avanzando hacia ella con una toalla entre las manos.
"No lo sé."
"Es un coche muy lujoso" – comentó la monja mientras el conductor descendía para abrir la puerta del pasajero.
Candy descendió con lentitud, sus pies posándose en la nieve recién caída. Pudo sentir que la observaban y levantó el rostro para brindarles una sonrisa. En pocos minutos las damas estaban abrazando a su hija. Candy se aferraba a ellas, llorando en silencio.
"¡Candy, ha pasado tanto tiempo!"
"¡Chiquilla ingrata!" – Le reprochó Sor María – "¿Por qué no nos escribiste?"
Por contestación escucharon el sollozo desgarrador de Candy y la miraron preocupadas. El chofer carraspeó tras ellas para llamar su atención.
"Señora, creo que deberían entrar."
"¿Señora?" – se preguntaron Sor Maria y Miss Pony.
"Tienes razón, Tim" – dijo Candy limpiándose las lágrimas – "¿Tienen espacio para mí?"
"Por supuesto" – sonrió la religiosa intentando cubrir su preocupación –"Por favor síganos."
El chofer, equipaje en mano, siguió a las tres mujeres hasta la casita donde funcionaba el orfanato. Una vez adentro depositó las valijas donde le indicaron y retrocedió en espera de las órdenes de Candy.
"Puedes retirarte Tim. Estaré bien."
"¿Algún mensaje para el señor Andrey?"
"Dígale que no se preocupe, que estoy en casa" – le sonrió.
"Cómo usted diga, señora. Hasta luego" – inclinó la cabeza en señal de despido a las damas antes de retirarse.
Candy se volvió hacia las mujeres que la habían criado, que la miraban expectantes. Con una sonrisa triste, se quitó el abrigo que llevaba puesto y se llevó las manos hacia el abdomen. Recorrió el contorno con su mano para mostrarles su vientre redondeado. Ellas cruzaron miradas sin decir nada mientras Candy tomaba asiento en una mecedora.
"Tengo mucho que contarles, madres."
Mucho más tarde, después de escuchar su relato, Miss Pony se estrujó las manos en un gesto de impotencia.
"No entiendo la actitud de ese muchacho, Candy."
"Tampoco yo, Miss Pony pero no hay nada que pueda hacer."
"¿Le has dicho sobre el bebé?"
"No, Sor María."
"¡Candy, eso es un pecado!" – se exaltó.
"¿Lo es?" – La miró con seriedad – "¿Es pecado ocultarle a un hombre que no me ama que tendré un hijo suyo? Terrence ha dejado en claro que no quiere tener ningún tipo de relación conmigo. Me acusaría de intentar retenerlo con el bebé y eso es algo que no aceptaré."
"Pero Candy…lo que Dios ha unido no lo debe separar el hombre."
"Lo sé, Miss Pony pero recuerden las circunstancias en las que nos casaron. Fue un matrimonio obligado."
"Pero dices que se convirtió en amor…"
"Fui una ingenua" – dijo con amargura –"creí que era amor pero solo era…deseo, pasión por parte de Terrence."
"Candy…"
"Lo único bueno es mi bebé" – acarició su vientre – "viviré para él o para ella."
"Así que tu amigo Albert resultó ser tu Tío William" – Miss Pony optó por cambiar el tema.
"Sí y mi Príncipe de la Colina" – sonrió Candy – "siempre fue él."
"¿Qué opina él respecto a lo sucedido?" – preguntó Sor Maria con cautela.
"Apoya mi decisión y me ha prometido que cuidará de nosotros pero en estos momentos necesito de ustedes" – se inclinó hacia ellas – "Sé que ya traje mis maletas pero necesito saber que me permitirán quedar aquí hasta que nazca la criatura."
"Por supuesto Candy" – Miss Pony tomó su mano –"Eres nuestra hijita."
"Estamos aquí para ti, Candy" – dijo Sor Maria.
"Gracias…gracias de verdad" – contestó emocionada.
Se escucharon risas y alboroto afuera de la casa antes que la puerta se abriera para dar paso a una docena de chiquillos.
"¡Las botas! ¡Las botas!" – exclamó Sor Maria.
"Aquí le traigo a los pequeños, Miss Pony. Papá quedó muy contento-¿Candy?" – sus ojos oscuros se posaron sobre la rubia.
"Hola Jimmy" – le sonrió.
"¡Jefa!" – el adolescente sonrió y se acercó a ella.
"¡Cuánto has crecido, Jimmy!"
¿Creíste que me quedaría pequeño por siempre?"
La adolescencia estaba presente en Jimmy que había crecido más de un pie desde la partida de Candy hacia Londres. Llevaba un pañuelo alrededor del cuello y un sombrero de vaquero sobre la cabeza.
"Papá Cartwright se pondrá muy contento al verte."
"¿Así que te adoptó?" – preguntó sonriente.
"Poco después que te marchaste pero dime ¿te quedarás aquí por algún tiempo?"
"Hasta que nazca mi bebé" – se puso de pie para que Jimmy la mirara bien.
"¿Vas a ser mamá? ¡Eso significa que yo soy el nuevo jefe!"
"¡Jimmy!" – lo regañó Sor Maria –"Ya ni siquiera vives aquí."
"Pero vengo a visitarlos y con Candy como mamá, ya no podrá trepar ni correr con nosotros."
"¿Estás seguro?"
"¡Candy!" – La regañó Miss Pony –"No serás capaz…"
Candy soltó una carcajada ante la mirada de su madre.
"¿Dónde está el papá?" – preguntó Jimmy mirando a su alrededor.
"No está aquí…está muy lejos."
"No entiendo" – el mozalbete se rascó la cabeza.
"Es una larga historia" – dijo revolviendo los cabellos del chico –"lo único de lo que debes preocupara es de ser un buen "jefe" ¿de acuerdo?"
De pie sobre su amada colina, Candy contemplaba el Hogar de Pony con una sonrisa. Un nuevo edificio había sido añadido a la construcción original para habitaciones infantiles, al igual que una guardería para los más pequeños. Una cocina, un comedor, salones de clases, calefacción, agua, teléfono y ventiladores habían sido instalados para mejorar la estancia de los niños.
Durante una de sus visitas, Albert había recorrido el pequeño orfanato con Candy, escuchando cada una de las historias que ella recordaba, y pudo notar las condiciones básicas en las que se criaban a los niños. Tenían todo lo necesario pero mucho más podía hacerse…así que decidió convertirse en padrino del Hogar de Pony.
Candy lo abrazó con fuerzas cuando él le propuso la idea y aceptó encantada su ayuda. El joven filántropo envió a un arquitecto y a un ingeniero al siguiente día y Candy se convirtió en "jefa" del proyecto – muy a pesar de las protestas de sus madres. Ella necesitaba esa distracción. Necesitaba invertir su tiempo en algo que no fuera recordar a Terrence.
Annie también se volvió partícipe en el proyecto – con el apoyo del señor Britter que adoraba a su hija. La señora Britter tenía sus propias ideas pero decidió guardárselas al ver que el prometido de su hija era sobrino del jefe del Clan Andrey.
Juntas, Annie y Candy, contrataron al personal que ayudaría a Sor Maria y a Miss Pony en el mantenimiento del orfanato, en la preparación de los alimentos, y en la educación de los niños. Las profesoras eran jóvenes al igual que ellas y mientras Annie decidió ser profesora de música, Candy se ocupó de las finanzas del hogar.
Con la ayuda de Stear, que la visitaba cada fin de semana, Candy aprendió sobre presupuestos y estados de cuenta, demostrando tener un talento innato para la contabilidad. Nunca tocaron el tema de ese beso compartido a media noche, prefirieron dejarlo en el pasado, si bien las miradas que empezaron a compartir distaban de ser sólo amistosas.
El invierno dio paso a la primavera y la nieve dejó de caer para convertirse en lluvia. Las flores empezaron a florecer mientras las mariposas revoloteaban, y Candy contaba las semanas para su alumbramiento.
"¿Cuándo vendrás mi amor?" – Pensó - "Te espero con tantas ansias…"
"¡Candy! ¡Candy!"
La rubia se volvió hacia la voz, los cabellos volando en toda dirección. Stear subía la colina hacia ella, observando sus pies descalzos sobre el pasto, el sonrojo de sus mejillas, el brillo de su piel y una vez más pensó que parecía una diosa.
"¡Stear!"– la mujer avanzó presurosa hacia él, colina abajo.
"¡No corras!" – le dijo Stear con seriedad.
"No te preocupes" – dijo deteniéndose frente a él, los ojos brillantes – "¿Qué te trae por aquí? No es fin de semana."
"¿Acaso no puedo venir a ver a mi chica favorita?"
"Claro que si" – dijo palmeando su vientre – "Te hemos extrañado."
Stear le sonrió mientras ocultaba algo a su espalda. Candy decidió seguirle el juego.
"¿Qué traes ahí, querido?"
"¿Donde?" – preguntó girando sobre sus talones a lo Charles Chaplin.
"¡Dulces Candy!" – exclamó alborozada.
"¡Feliz cumpleaños, Candy!" – le entregó el ramillete.
"¡Es cierto!"
"Son las primeras en florecer, Candy, y decidí traértelas."
"Gracias, Stear" – dijo besando su mejilla – "Me había olvidado que hoy es mi cumpleaños."
"¿De veras?"
"He estado muy distraída."
"Se acerca el día, Candy"
"Lo sé…casi no puedo esperar."
"Pues parece que Lindsay tampoco" – dijo posando su mano sobre el vientre de ella.
"¿Lindsay?" – lo miró con curiosidad.
"¿No te gusta? ¿Tal vez la podamos llamar Pearl o Jade?"
"¿Insistes en que será niña?" – posó las manos sobre la cadera.
"Estoy seguro" – le guiñó el ojo – "Ya tenemos su habitación lista en Lakewood."
"Estoy seguro que estará precioso…sólo espero que no esté todo color de rosa" – lo miró de soslayo.
También hay colores neutros" – la tranquilizó – "te estamos esperando en Lakewood, Candy. ¿Cuándo vendrás?"
"Le prometí a Albert que lo haría antes de dar a luz y todavía faltan un par de semanas."
"Humm…no lo sé, Candy" – la miró de arriba abajo – "pareces a punto de explotar."
El manotón de Candy lo hizo quejarse.
"¿Cómo te atreves?" – le preguntó ella intentando controlar su sonrisa.
"Sólo decía la verdad… ¡ay!"
"Pide disculpas" – le ordenó Candy halando su oreja.
"Perdón…perdón…pecosa bonita…"- dijo inclinando su cabeza hacia el lado que Candy lo halaba.
"Así está mejor" – dijo soltándolo y dándole la espalda, muy ofendida.
Stear se detuvo tras ella y la rodeó con los brazos. Candy se sobresaltó al sentirlo tan cerca pero no se apartó. Stear apoyó la barbilla sobre su hombro y le habló al oído muy suavemente.
"No te enojes conmigo, Candy. Sabes cuan especial eres para mí."
"Lo sé" – contestó cerrando los ojos al sentir su aliento sobre la piel.
"No tienes idea de las ansias con las que espero a tu bebé, Candy…lo espero como si fuera mío."
"Casi lo es…no sé qué hubiera hecho sin ti estos meses, Stear" – dijo recostando su espalda contra el pecho del hombre.
"Dije que no te abandonaría" - posó sus labios delicadamente sobre su mejilla.
"Y lo has cumplido."
"Un Cornwall tiene honor" – dijo deslizando sus labios sobre la mejilla de Candy, buscando sus labios.
"Stear…"
Impulsada por sus emociones a flor de piel, la cabeza de Candy se volvió hacia la de Stear, buscando encontrarse sus labios. Estaban tan cerca que casi podían saborear el beso.
"¡Candy!"
Los dos se apartaron avergonzados y alcanzaron a ver a Jimmy correr hacia ellos.
"¡Stear! ¿Por qué no la has traído?" – Lo regañó – "Las velas están a punto de causar un incendio y todos estamos esperando."
"¿Las velas?" – preguntó Candy.
"De tu pastel de cumpleaños" – el niño la haló de la mano – "Hay que darse prisa o tendremos que llamar a los bomberos."
"¿Los bomberos?" – volvió a preguntar Candy, sin entender.
La carcajada de Stear aclaró sus dudas.
"¡Hey! ¡Son sólo diecisiete años!" – se quejó.
Susana Marlowe se estaban vistiendo con lentitud.
"Date prisa, Susana. Recuerda que solo pagué por una hora."
La mujer lo miró con los ojos entrecerrados, la rabia latente en los ojos grises.
"¡Lo odio!" – pensó mordiéndose los labios.
"¿Por qué me miras así?"
"No…no es nada" – respondió con su acostumbrada voz de sumisión.
"Entonces deja de mirarme y apresúrate. Tengo otros compromisos."
Terrence encendió un cigarrillo mientras se recostaba en el marco de la ventana.
¿Personales o profesionales?" – se atrevió a preguntar.
"Creo que conoces mi respuesta" – dijo después de exhalar.
"Sí, lo sé..." – se inclinó para ajustarse las botas.
"Susana, tú sabías la clase de relación que tendríamos. Yo jamás te engañé."
"No me estoy quejando."
"Tu rostro dice otra cosa y permíteme recordarte que no eras ninguna doncella cuando te tomé" – dijo con rudeza – "además, tú…"
"Ya lo sé, Terrence, me lo has dicho varias veces…ya sé que fui yo quien vino a ti."
"Si tu madre supiera…"- se rió.
"¡Cállate!" – Se puso de pie – "Estoy lista."
"Yo saldré después, Susana. Será mejor que salgas por detrás y cubre tu rostro."
"¿Debo recordarte que no es la primera vez?" – lo miró a los ojos.
"Nos veremos luego" – dijo dándole la espalda.
El actor escuchó la puerta cerrarse tras él y respiró aliviado. Lo que había empezado como un juego por parte de ambos, se estaba convirtiendo en una carga.
"¿Qué rayos quiere esa mujer?" – encendió otro cigarrillo.
Amor, palabras dulces, caricias tiernas…que él la abrazara después de…
"¿Por qué habría de hacerlo?" – sacudió su melena.
Él se había asegurado de explicarle que no quería una relación seria ni nada que se le pareciera. Ella le había dicho que solo buscaba su compañía y que no esperaba nada a cambio…y él había sucumbido a sus encantos.
"Tal vez fui un estúpido al…" – sus ojos se posaron en el calendario y sintió su corazón dar un brinco.
Indignado consigo mismo, pateó la mesa de noche, la botella de vino que reposaba sobre ella rompiéndose en el suelo, manchando sus pantalones.
"¡¿Por qué?!¡¿Por qué?!" – gritó a nadie en particular.
El olor del perfume de Susana llegó a su nariz y se sintió abrumado. Las sábanas revueltas le provocaron asco y se llevó la mano a la frente.
La puerta de la habitación se cerró de un portazo.
Terrence estaba desparramado sobre su cama, varias botellas vacías a sus pies. El cuarto hedía a tabaco y a licor al igual que él. Eleonor lo miró con disgusto y avanzó hacia él.
"¡Terrence!" – llamó, sacudiéndolo con fuerza.
"¡¿Qué pasa?" – preguntó saliendo de su sopor.
"¡Eso te pregunto yo a ti! Regreso de Canadá y lo primero que me informan es que te la has pasado encerrado bebiendo sin parar."
"¿Y si estaba encerrado…como rayos entraste?" – preguntó con altivez.
"¡No me hables así! ¿Qué te sucede, Terrence?"
"¡Nada que te importe!" – contestó dándose la vuelta en la cama.
"Me importas o no te preguntaría. Encontré una carta del señor Weber, dice que has faltado a más de un ensayo."
"¿Te envió quejas?" – se sentó en el lecho.
"Es amigo mío, Terrence."
"¡No necesito que te den quejas! ¡No soy un niño!"
"Estás actuando como uno" – lo miró con severidad.
"¡¿Eso crees?!"
"Te encierras por días. Fumas y bebes sin parar. ¿Qué ha pasado con tus ambiciones? ¿Por qué no has ido a trabajar?"
"¿Qué importa? ¡Ese teatro es de quinta!"
"¡Eso no es verdad! Si fuera así no habría hablado…"- Eleonor se llevó la mano a la boca.
"¿Qué dijiste, madre?" – Se puso de pie – "¿Tú hablaste? ¿Con quién hablaste?"
"Cálmate."
"¡No me calmo! ¡Así que resulta ser que te debo a ti el hecho de estar en la compañía del señor Weber!"
"No es lo que piensas" – se acercó a él – "¿Qué te sucede?"
"¡Nada!" – se apartó bruscamente de ella.
"¿Por qué estás así?"
"¡Porque me da la gana!"
"Te hace daño, hijo mío."
"¡Que abnegada te has vuelto!" – Sonrió con sarcasmo – "No finjas ser una madre interesada…es demasiado tarde."
"¡Terrence!"
"¿Qué hacías en Canadá, madre? ¿Revolcarte con algún director de cine?"
La mano de Eleonor se estrelló en la mejilla de Terrence. El volvió el rostro hacia ella con lentitud.
"Jamás vuelvas a hacer eso, Eleonor…" - la frialdad en la voz de Terrence sobrecogió a la dama.
"No me faltes el respeto. Esta es mi casa."
"Entonces no te metas en mi vida" – dijo con agresividad.
"Me preocupo por ti, Terrence. No me gusta verte así."
"Entonces, ya no tendrás que verme" – dijo agarrado la chaqueta de su traje arrugado.
"¿Qué dices?"
"¡Me voy! ¡Me largo! ¡No necesito que me recuerdes que esta no es mi casa!"
"Pero…"
"Otra cosa, Eleonor…. ¡No necesito de ti para triunfar!"– dio media vuelta hacia la puerta.
"¡Espera!"
Por contestación, se escuchó el azote de la puerta.
Hola queridos lectores
un nuevo capitulo de la gran historia de msgrandchester espero lo disfruten ;D
saludos
