En un sucio y mal oliente bar, Terrence ordenaba otro trago.

"¿Otro señor?" – Preguntó el cantinero alzando una ceja - ¿No le parece que ha bebido ya suficiente?

Terrence le dio una mirada fulminante y el cantinero depositó una botella nueva sobre el mostrador.

"Un día lo va a lamentar. No hay cuerpo que aguante tanto" - comentó el hombre secando un vaso con la toalla.

El muchacho posó un billete frente a él.

"¿Es suficiente para callarlo?"

El cantinero tomó el billete y lo guardó en su bolsillo mientras Terrence se servía otro trago. El hombre miró a Terry de pies a cabeza, notando el buen corte de su traje oscuro al igual que la tela de calidad; ni la mugre ni las manchas sobre el rostro del joven podían disimular su buena cuna.

"Este muchacho no ha tenido un solo día de trabajo duro en su vida." – concluyó – "Debe ser la oveja negra de alguna familia."

Terrence encendió un cigarrillo con manos temblorosas y tomó una bocanada profunda antes de empezar a hablar.

"¡Ser o no ser: he aquí el problema! ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante Fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y haciéndoles frente acabar con ellos?"

Todas las miradas se volvieron hacia el joven que declamaba. Los ojos de Terrence se abrieron y miraron su reflejo en el espejo frente a él que cubría la pared tras el cantinero.

"¡Ya empezó!" – Exclamó alguien – "Tim ¿es que no puedes callarlo?"

El cantinero se encogió de hombros y les mostró el billete que Terrence le había dado.

"¡Todas las noches con la misma perorata!" – protestó un hombre corpulento.

"¡Morir…dormir; no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir…dormir!...¡Dormir!...¡Tal vez soñar!"

"¡¿Por qué mejor no te mueres o te duermes y nos dejas en paz?!"

Todo el bar estalló en carcajadas.

"¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir, sudar bajo el peso de una vida afanosa…?"

"¡Un burro!" – interrumpió el hombre que se burlaba de Terrence.

"¡Esto no es una adivinanza!" – el actor se volvió hacia él.

"¿No lo es?" – El hombre alzó una ceja – "Entonces ¿no hay premio?"

Las mejillas de Terrence se encendieron de la rabia y alzó una copa hacia él.

"¡Salud! ¡Brindo por tu ignorancia!"

"¿Me estás llamando ignorante?" – se puso de pie.

"Por lo visto eres más listo de lo que aparentas."

"¡¿Qué?!"

"Esa apariencia de marinero de quinta, la frente pequeña, los ojos demasiado juntos; seguro vuelves locas a las damas ¿no? Bueno, aunque tengas que pagarles."

"¡Hijo de perra!"

"Ya he escuchado ese insulto con anterioridad" – alzó una ceja – "¿No tienes otra en tu repertorio?"

El cantinero abrió los ojos al ver que Terrence caía al suelo de espaldas. El hombre lo había halado por detrás y ahora se inclinaba sobre él.

"Te voy a dar una lección que no olvidarás, niño rico" – dijo tomando la botella entre su mano.

"¿Me lo prometes?" – dijo con cinismo.

"Veremos que tal queda tu cara cuando acabe con ella"- y estrelló la botella contra el bar, partiéndola por la mitad.

"Hazlo de prisa" - musitó Terrence cerrando los ojos.

Candy se sentó de golpe sobre el lecho

"Terrence"- el nombre que había evitado pronunciar durante meses se escapó de entre sus labios.

Miró a su alrededor, como buscando consuelo a la angustia que sentía en su corazón. Como respuesta, el bebé le dio una patadita.

"¿Te desperté, mi amor?" –preguntó frotando su vientre.

Otra patadita fue su respuesta.

"Mami tuvo una pesadilla" – le explicó – "pero ya todo está bien."

La luna brillaba por todo lo alto, su luz filtrándose por las cortinas de gasa de la recámara de Candy. Se puso de pie con trabajo y avanzó hacia su cómoda donde había un paquete envuelto en papel regalo. Había llegado esa tarde mientras ayudaba a Annie con las clases de música y no había recordado abrirlo hasta ese momento.

"¿Quién lo habrá enviado?" – se preguntó mientras lo desenvolvía.

Era un álbum de cuero con sus iniciales grabadas, CWA, y una nota que decía:

"Para que tu criatura sepa cuánto su padre amó a su madre"

"¡Que mensaje tan extraño!"

Haciendo caso omiso a su sexto sentido, Candy abrió la tapa y empezó a hojear el álbum. A medida que iba pasando las páginas, su rostro empezaba a ensombrecerse y las lágrimas a llenar sus ojos. El bebé parecía sentir su dolor porque no dejaba de moverse dentro de su vientre; tal vez Candy debía hacerle caso y detenerse pero era demasiado tarde. El dolor había vuelto a su corazón.

Cada página contenía recortes de periódico que hablaban de Terrence y de Susana Marlowe. Había fotografías de ellos juntos: saliendo del teatro, de restaurantes, incluso una de ellos besándose. Candy quería detenerse y cerrar el álbum pero le era imposible.

"Terrence Grandchester ¿desaparecido?"

Ese titular estaba en la última página y hablaba de la extraña desaparición del actor de los escenarios y de la ciudad. Nadie sabía dónde se encontraba y hasta se especulaba que había regresado a Europa…en compañía de Susana, que también estaba ausente.

Las lágrimas fluyeron por las mejillas de Candy, muy a su pesar, y cerró el álbum.

Apretó los puños y se mordió los labios llena de rabia mientras se levantaba de la silla.

"¡No voy a llorar! ¡No voy a llorar!"

Se encaminó hacia la puerta y la abrió con sigilo, asegurándose que no hubiera nadie en los pasillos. Avanzó a la puerta principal y salió hacia la noche. La cálida brisa del verano la acarició en el rostro mientras se dirigía hacia el Padre Árbol. El peso de su vientre hizo que le tomara el doble de tiempo alcanzar su consolador y jadeante se abrazó al tronco.

"¿Por qué, Padre Árbol? ¿Por qué parece que la vida se ensaña conmigo? ¿Es que acaso he sido tan mala?"

El viento sopló y las flores del árbol cayeron sobre Candy, decorando su cabello.

"No quiero llorar…no quiero llorar…estoy en casa…estoy en el Hogar de Pony…ayúdame Padre Árbol…dame una señal que todo va a estar bien."

Un par de ojos brillante y un mugir llamaron la atención de Candy. Era un becerro de pocos días de nacido.

"¿Qué haces aquí, vaquita?" – Preguntó sonriendo – "¿Te le escapaste al señor Cartwright?"

El animalito mugió al ver a Candy acercarse y retrocedió un par de pasos.

"Espera…no te haré daño" – dijo avanzando con la mano extendida.

El becerro se quedó inmóvil y justo cuando Candy iba a agarrarlo, corrió loma abajo. Candy avanzó tras él y descalza como estaba, sus pies resbalaron en el pasto mojado. Cayó sentada y empezó a resbalar colina abajo. Candy logró enterrar los dedos en la tierra y detuvo su caída mientras su corazón latía a mil.

"¡Ay…ay…Dios mío!" – exclamó llevándose las manos a la cintura.

La rubia sintió como si mil agujas la pincharan en la espalda, sintió las patadas de la criatura, y el agua que corría por sus piernas. Una nueva contracción hizo que Candy gimiera.

Terrence sentía las patadas de los hombres en su espalda y en su estómago, su boca sabía a sangre y escupió. Sacando fuerzas, movió sus piernas y barrió con uno de los bribones.

"¡Hijo de…!" – El tipo cayó sobre él y furioso, lo golpeó varias veces en la boca –"Vamos a ver cómo quedan esos dientes de perla una vez que acabe contigo, principito."

El joven murmuró algo que llamó la atención del golpeador.

"¿Qué dices?"

"Duque…"- corrigió Terrence.

El hombre lo agarró por las solapas, la cabeza de Terrence colgó en el aire.

"¡Vas a arrepentirte de haber nacido!"

"Demasiado tarde para eso, marinero."

"¡Basta ya! ¡Suéltenlo!"

Terrence intentó abrir los ojos para ver quien lo defendía pero no tuvo las fuerzas suficientes.

"¡No te metas en este asunto! ¡Mejor lárgate!"

"Si no lo sueltas, lo lamentarás."

"¿Quién va a obligarme?"

La sirena de la policía se escuchó a la distancia.

Elisa Leagan estaba canturreando mientras desayunaba. Neil miró a su hermana con curiosidad.

"¿Qué te tiene tan contenta, hermanita?"

"Nada en especial" – sonrió misteriosamente.

"¿Qué hiciste?" – preguntó él sonriendo en anticipación.

"Le envié un regalo a nuestra querida Candy."

"¿Le enviaste un regalo a la huérfana?"

"Un regalo que estoy segura la hará muy feliz" – se rió.

"¿Qué era?"

"¿Te acuerdas que ordené que me enviaran el periódico de Nueva York a Chicago?"

"Un desperdicio de dinero ya que solo lees las páginas sociales" – le recriminó Neil.

"¿Desde cuándo te importa lo que yo gaste? En todo caso es mi herencia."

"Deja el enfado y dime cual era el regalo."

"Hice que me enviaran el periódico para seguirle los pasos al duquecito…los pasos a él y a su nueva amante."

"¿Qué?"

"Terrence está saliendo con una actriz de su compañía y le envié todos los detalles a Candy."

"Eres perversa."

"Eso no es todo…la última página es la mejor de todas. Dicen por ahí que Terrence ha regresado a Europa con la plebeya."

"¡Que golpe tan magistral, Elisa! Seguro que Candy se desmaya."

"O pierda el bebé del disgusto."

"¡Elisa!" – Neil se sorprendió ante su mirada – "No sabía que eras tan fría."

"Esa huérfana me las tenía que pagar…y si su hijo se va al cielo…al menos le hará compañía a Anthony."

La mañana estaba gris y una fina lluvia caía sobre el Hogar de Pony cuando Albert detuvo su coche frente al orfanato. Sor María le sonrió al abrirle la puerta y Miss Pony le ofreció una taza de café. El rubio se lo agradeció con una sonrisa mientras Sor María iba a buscar a Candy.

"¿Le gusta como ha quedado el orfanato, señor Albert?"

"Hicieron un buen trabajo, Miss Pony. Ahora podrán ayudar más niños."

"Es usted un ángel, señor Andrey."

"El ángel es Candy" – sonrió él – "Ella cambió mi vida."

"¡Candy no está!"

La voz de Sor María hizo que se volvieran.

"¿Cómo que no está?" – preguntó Miss Pony.

"Su habitación está vacía. Sólo había esto."

Albert tomó el álbum entre las manos y lo hojeó.

"¿Quién pudo enviarle semejante cosa a Candy?" – preguntó molesto.

"Llegó ayer" – explicó Sor María – "Candy debió verlo anoche o esta mañana… ¡no sé cuándo!"

"¿Dónde podrá estar?" – preguntó Miss Pony.

"Con razón no la hemos visto esta mañana" – dijo Sor Maria.

"Pensamos que estaba durmiendo tarde. Ha estado muy cansada últimamente."

"¡Está lloviendo!"– Dijo Albert – "No pudo haber ido muy lejos."

"Vamos a buscarla."

"No, Sor Maria. Iré yo y si Candy regresa antes que yo, dígale que me espere" – dijo con seriedad.

"Sí, señor" – contestó Miss Pony.

Albert salió presuroso de la casa mientras miraba a su alrededor y la lluvia pegaba mechones de cabellos sobre su frente.

"Mira que salir en este clima. ¡Debí llevármela a Lakewood hace días!" – pensaba Albert enfadado.

Subió la colina y miró a su alrededor.

"¿A dónde pudo haber ido?" – se preguntó.

Dio media vuelta para volver a descender pero se detuvo al escuchar un quejido.

"¿Candy? ¡Candy!" – dijo mirando colina abajo y bajando a toda prisa.

Candy estaba acostada sobre el pasto, empapada en la lluvia.

"¡Dios mío, Candy!" – se arrodilló junto a ella.

"Albert…ya no puedo más"- alcanzó a murmurar.

"No te desmayes…no ahora" – dijo al verla cerrar los ojos.

Una nueva contracción hizo gritar a Candy. Albert examinó a Candy y pudo notar la sangre que manchaba su bata. La obligó a recoger las piernas, afirmando las plantas del pie sobre el pasto.

"¿Qué…que haces?"

"Ya es hora, Candy" – dijo retirando su chaqueta y colocándola bajo la cabeza de ella.

"No puede ser hora"- dijo entre dientes – "estamos en el campo."

"¿Y qué mejor lugar para que nazca?"

"Debemos…volver…a casa…"

"No hay tiempo."

Albert empezó a rasgar la falda de Candy y ella gritó.

"¿Otra contracción?"

"¡¿Qué haces?! ¡No me puedes ver!"

"Candy, he ayudado en numerosos partos"– dijo remangándose la camisa.

"¿Dónde?" – Preguntó frunciendo – "¡No te creo!"

"En África, Candy" – apartó sus rodillas – "Ahora puja."

"¡No!" – dijo cerrando herméticamente las piernas.

"¡No seas necias ni te pongas remilgosa! ¡No tienes nada que no haya visto con anterioridad!"

El shock de las palabras de Albert fue reemplazado por el agudo dolor de la contracción. El rubio apartó sus piernas y Candy puso fin a su oposición.

"Veo la cabeza, Candy…tiene cabello" – dijo de buen humor.

"Albert…"- Candy tomó puñados de pasto en sus manos.

"¡Puja Candy! ¡Puja!"

La muchacha lo obedeció, haciéndolo con todas sus fuerzas hasta quedar exhausta.

"¡Otra vez, Candy! ¡Una vez más!"

"¡Estoy cansada!" – se quejó.

"Lo sé, preciosa…lo sé"– dijo mirándola a los ojos – "pero debes hacerlo una vez más."

"Me duele…me duele…ya no puedo" - dijo lloriqueando.

Albert la miró con preocupación. Era obvio que Candy llevaba horas en parto.

"Hazlo por mí, Candy."

"¿Por…ti?" – lo miró extrañada.

"Quiero ser tío, Candy" – le sonrió – "y si quieres pagarme por todo lo que he hecho por ti….vamos… ¡puja!"

"¡Ah!" – gritó Candy apretando los dientes.

"¡Puja Candy! ¡Puja!"

Terrence parpadeó e intentó ver a su alrededor pero sólo podía abrir un ojo – y a medias.

"¡Mira! ¡Ha recobrado la conciencia!"

"¿Do—donde…estoy?"

"En un hospital, muchacho. Casi acaban contigo."

"Pensé que…había muerto…tanta gente de blanco...y esas luces…"

"¿Aún conservas tu sentido del humor, muchacho? Si no me equivoco, ese es el casi acaba contigo."

El joven hizo una mueca que más bien fue un rictus de dolor.

"Me…quiero ir…"- intentó moverse pero se detuvo al sentir los pinchazos.

"Muchacho tienes tres costillas rotas, la muñeca fracturada, y varios hematomas por cuerpo y rostro…no vas a ir a ningún lado en varios días."

"No puedo"- respiró con dificultad –"pagar…esto…"

"¿Tal vez tu familia?"

"No…tengo…"- su rostro se contrajo de dolor.

"En ese caso, yo te ayudaré."

"¿A…cambio…de…qué?"

"¿Eres siempre tan desconfiado?"

"Confiar…no…sirve…de…nada."

"Tendrás que confiar en mí, amigo, desde este momento seremos amigos."

"¡Yo no tengo amigos!" – exclamó con violencia.

"¡Quieto!" – le ordenó una enfermera y procedió a inyectarle un tranquilizante.

El aristócrata cerró los ojos y dejó que los sedantes lo envolvieran.

Las aves se alzaron en vuelo al escuchar el grito desgarrador de Candy. El bosque quedó en silencio un par de instantes mientras el sol se abría paso entre las nubes.

Candy cerró los ojos y se dejó caer sobre el pasto al escuchar el llanto de su bebé.

"Has sido muy valiente, Candy" – dijo Albert envolviendo al bebé con su camisa – "y aquí está tu premio."

"Mi bebé" – dijo tomándolo entre brazos – "¿Está bien?"

"Diez deditos en manos y pies" – sonrió Albert, descamisado.

"Hola…bebé" – sonrió Candy – "te esperaba con ansias."

"Tenemos que regresar a casa, Candy. Un doctor debe examinarlos."

"No creo poder…caminar" – dijo casi sin aliento.

"Sujétate a mi" – dijo tomándola en brazos.

Candy le echó un brazo alrededor del cuello mientras con el otro sujetaba su tesoro.

"Gracias…gracias"- dijo antes de desmayarse.

Albert descendió con cuidado hacia el orfanato. Miss Pony y Sor Maria lo divisaron desde la ventana. La religiosa se encargó de enviar los niños a sus salones mientras la anciana corría al encuentro del heredero.

"¡Ha nacido!" – exclamó Miss Pony.

"La encontré colina abajo" – dijo entrando a la casa.

"Necesitamos agua, Miss Pony, necesitamos asearlos" – le indicó Albert mientras llevaba a Candy a su recamara.

Sor María entró y dejó salir una exclamación al ver el torso desnudo del rubio.

Miss Pony, llena de nerviosismo soltó una carcajada. Albert se ruborizó y tomó un chal de Candy para cubrirse.

"Iré por el doctor" – les indicó – "No tardaré."

"La cuidaremos mientras regresa. No se preocupe."

"Volveré tan pronto sea posible" – se inclinó y besó la frente de su protegida.

"¡¿Qué dices?!"

Annie separó el auricular de su oreja.

"No tenías que gritar, Archibald" – lo regañó.

"Lo siento" – se disculpó – "Es que me has sorprendido."

"¿Por qué? Candy estaba atrasada. Tenía que suceder uno de estos días."

"Pero no en las condiciones que tú dices, Annie. ¿Seguro que está bien?"

"Muy bien. Albert la ayudó a dar a luz y envió un médico a examinarlos. Cuando yo llegué todo estaba en orden. ¿Puedes creerlo?" – Preguntó llena de alegría – "¡Soy tía!"

"Y yo tío" – le contestó – "Espera a que Stear se entere."

"Se va a morir de felicidad. ¿Cuándo regresaran?"

"Dentro de una semana, Annie. Aún tenemos reuniones pendientes con los accionistas de los Leagan."

"No creo que Alister se espere."

"¡Más le vale que lo haga! No podemos dejar estas negociaciones a medias."

"Me encanta cuando eres tan profesional, Archi" – le dijo Annie con coquetería – "Te extraño mucho."

"También yo, Annie pero pronto regresaremos."

"¿Me traerás algo, amor?"

"Si te lo digo dejará de ser una sorpresa ¿no?"

"Me basta con que regreses pronto, Archibald."

"Te quiero, Annie. Dale mis cariños a Candy. Estaremos de regreso tan pronto sea posible."

Archibald colgó el auricular y corrió hacia el despacho que Stear estaba usando en el banco de los Leagan. Abrió la puerta de golpe haciendo saltar al pobre Stear.

"¿Se puede saber qué te pasa?" – preguntó mirándolo por encima de sus lentes.

Archi le sonrió ampliamente. Alister se puso de pie y se golpeó la cabeza con la lámpara sobre su escritorio.

"¡Nació!" – exclamó Stear.

"Así es, hermanito. ¡Ya somos tíos!"

"¡Ya soy padre!" – lo corrigió – "Tenemos que regresar inmediatamente, ¡Martha! ¡Martha!"

La secretaria apareció de inmediato.

"Diga, señor."

"Reserve dos billetes de tren. Mi hermano y yo regresamos esta noche a Chicago."

"¿A Chicago?" – preguntó extrañada puesto que sabía de los múltiples compromisos de los hermanos.

"Stear, no podemos viajar" – dijo Archi.

"¿Cómo qué no? Candy acaba de tener a su bebé."

"Tenemos compromisos que cumplir, Stear."

"Pues yo partiré esta noche."

"¡No seas necio!"

"Archibald…"

El menor de los Cornwall miró a la secretaria.

"Martha, por favor ordene dos ramos de flores…las más hermosas y costosas que existan."

"¿A dónde debo enviarlas, señor?"

"Yo le daré la dirección luego" – le sonrió – "Ahora déjeme a solas con mi hermano."

"Las flores no son suficientes" – protestó Stear – "Yo debería estar ahí con ella."

"No podemos ser irresponsables. Candy está bien. Annie dijo que Albert estuvo junto a ella durante el parto."

"¿Albert?"

Archibald se mordió la lengua. Se dio cuenta que si le contaba las condiciones del alumbramiento de Candy, Stear saldría hacia la estación en ese mismo momento.

"Tú sabes…es amigo del doctor."

"Creo que me estás engañando, Archibald."

"No, es verdad" – le mintió descaradamente – "Ahora si me disculpas, voy a salir a comprar un regalo."

"¿Recién?"

"¿Acaso ya le compraste uno?"

Stear abrió el cajón del escritorio y le mostró una caja de la joyería Tiffany. La destapó con cuidado y le mostró su contenido, un hermoso sonajero de plata.

"Debió costarte una fortuna, Stear."

"Mi bebé merece lo mejor."

"No es tu bebé" – lo corrigió Archi con preocupación.

"Lo sé"- contestó con tristeza – "pero me gusta pretender que lo es. ¿Y qué fue?"

"¿Qué fue, qué?"

"El bebé… ¿niño o niña?"

"Me olvidé de preguntar…pero sé que tiene diez deditos en las manos y diez deditos en los pies."

Archi tuvo que agacharse para no recibir en el rostro el libro que Stear le arrojaba.

Rodeada de flores y muñecos de felpa, Candy se sentía la mujer más feliz del mundo. Al mirar el pequeño rostro de su bebé, el sentir su cuerpecito tan frágil entre sus brazos, no pudo evitar pensar que ese momento debió compartirlo con Terrence. Llevó la mano hacia la cabeza del bebé y acarició la oscura cabellera.

"Igual que tu padre…"

Imposible saber el color de los ojos pero tenía el presentimiento que serían azules.

"¿Si lo supieras…volverías a amarme?"

Disgustada consigo misma, cerró los ojos. Sería terrible que Terrence la amara sólo por la criatura puesto que ella aún lo amaba, aunque no estaba del todo segura.

"Stear…"

Stear se había convertido en parte importante de su vida; hubiera sido imposible sobrevivir sin su compañía, sin su apoyo, sin su amor incondicional. Él la amaba sin pedirle nada a cambio y ella le entregaba amistad y cariño de hermanos.

"¿De hermanos?" – Se cuestionó mientras se sonrojaba – "¿Qué habría pasado si nos besábamos?"

"¿En qué piensas?"

La voz de Annie la trajo a la realidad.

"En nada."

"Mira lo que ha llegado de Boston."

"¿Es de los chicos?" – preguntó mirando las flores.

"Y de los Leagan" – arrugó la nariz antes de botar las flores por la ventana.

"¡Annie! ¿Por qué hiciste eso?"

"¿Para qué quieres las flores de esos hipócritas? Es mejor deshacerse de ellas."

Candy solo sonrió ante sus palabras. Annie se acercó al lecho y le entregó una cajita.

"Esto es de Stear. Ábrelo."

"Tengo los brazos ocupados, amiga."

"Es cierto. Entonces lo haré yo" – y procedió a abrir la caja.

"¿Qué será?"

"¡Mira que belleza!" – Le mostró el sonajero – "¡Es plata pura!"

"¿Cómo pudo gastar tanto dinero?"

"Porque te ama, Candy. ¿Qué vas a hacer ahora?" – se llevó las manos a la cintura.

"¿De qué hablas?"

"¿Te casarás con Stear?"

"¿Qué dices?"

"Todos sabemos que está enamorado de ti, Candy y sé que podrás quererlo también."

"Yo quiero a Stear."

"Pero no lo amas" – la miró con seriedad – "¿Piensas en él?"

"¡Nunca!"

Annie la miró y estuvo tentada a decirle que mentía pero prefirió guardar silencio.

Candy suspiró al ver el carro entrar en el sendero de Lakewood. Cumpliendo su promesa a Albert, estaba regresando a vivir con su familia adoptiva. Annie se había adelantado para asegurarse que todo estuviera listo, a petición de Albert, y en esos momentos saltaba alborotada cerca de la ventana.

"¡Ahí vienen!" – exclamó Annie alborozada mirando por la ventana.

"¡Haz el favor de comportarte, Annie Britter!" – dijo la Tía Elroy con severidad.

"¡Que ordinaria te has vuelto, Annie!" – le espetó Elisa.

"Me recuerdas a la dama de establo" – añadió Neil.

Un año atrás, Annie se hubiera sentido empequeñecida ante las palabras de la tía y de los Leagan pero no ahora. Le dio su sonrisa más cautivadora a la anciana antes de lanzarles dardos a los hermanos con su mirada. Ignorando el comentario de la anciana, Annie corrió hacia la entrada principal mientras el auto se detenía. El chofer descendió y abrió la puerta de los pasajeros.

La espigada figura de Albert apareció y se volvió para ofrecerle la mano a Candy que descendía del coche. El sonido de las gaitas la hizo levantar la mirada y observar a los hermanos Cornwall ataviados en su traje escocés, tocando para ella.

"¡No puedo creerlo!"

"Están tocando para ti, Candy"– dijo Annie – "para darles la bienvenida."

"¿Qué es todo esto?" – preguntó Candy al notar que la servidumbre estaba vestida de gala y enfilada en el portón.

"Les están dando la bienvenida" – le explicó Albert.

Las armónicas dejaron de emitir su música y los Cornwall avanzaron hacia ella.

Candy les sonrió y recibió los abrazos que ellos le daban.

"¡Por fin te vemos!" – dijo Archi mirando el bulto que llevaba entre los brazos.

"¿No nos vas a presentar?" – preguntó Stear.

"Archibald…Alister" – empezó a decir, apartando la tela que cubría parcialmente el rostro del bebé – les presento a Terrence Alexander White.

"Andrey" – corrigió Albert.

"Alexander Andrey" – sonrió Candy complaciente.

"¿Alexander?" – preguntó Stear.

"Alexander..." - dijo Candy sonriendo.

"¡Vaya cabeza de pelos que tiene!" – Exclamó Archi – "No hay duda de quién es su padre... ¡ay!"

Annie le dio un pisotón para callarlo.

"Es hermoso" – dijo Stear acariciando la mejilla del bebé.

"Gracias."

"¿Me dejas cargarlo?" – preguntó Annie.

Candy le entregó al bebé y Annie se dedicó a hacerle arrumacos. Stear le dio un codazo a su hermano.

"Me parece que quieren hacerte padre, Archibald."

"No hasta que termine la carrera" – dijo el muchacho negando con la cabeza.

"Podríamos empezar antes" – intervino Annie que lo había escuchado.

"¡Buena idea!" – Añadió Candy – "Así Alex no se criará solo."

Archi palideció y tomó el bebé de los brazos de Annie para devolvérselo a Candy, asustado. Albert soltó una carcajada.

"Yo no me reiría mucho, Tío William. Como cabeza de la familia, eres tú el que debería preocuparse por producir un heredero."

Albert carraspeó para disimular su incomodidad y le hizo señas a Candy que debían entrar. La rubia se dirigió hacia la puerta pero antes de entrar mostró el bebé a cada miembro de la servidumbre.

"¡Es precioso!" – exclamó Beth emocionada.

"No llores, Beth."

"Es tan lindo…tan pequeño."

"Y necesitará mucho de tus cuidados, Beth, así que cuento contigo."

"Lo cuidaré con mi vida, señora Candy."

Candy le sonrió y tomada del brazo de Albert, lo siguió hasta el despacho donde Tía Elroy y los Leagan esperaban.

"¡Hasta que se dignaron entrar!" – se quejó Elisa.

"Buenas tardes, Tía Elroy."

"Candice."- dijo con su acostumbrada sequedad.

"Le presento a mi hijo" – dijo sentándose junto a ella.

La anciana miró al bebé sin expresión en el rostro.

"¿Cómo lo has llamado?"

"Terrence Alexander Andrey."

"Su apellido es Grandchester, Candice."

"Es Andrey" – la corrigió Albert – "Ya hemos discutido esto, Tía."

"Están cometiendo un error."

Tía y sobrino se miraron en silencio, desafiantes. La anciana dejó escapar un bufido y se levantó para salir de la habitación.

"Así que este es el hijo del duquecito" – dijo Neil acercándose.

"Es mi hijo."

"¿Y quién va a ser su padre, Candy? ¿Has pensado en las burlas que sufrirá?" – Preguntó Neil -"Las personas de alcurnia tienen dos padres, Candy, no solo uno."

"Yo seré su padre" – dijo Albert.

"Y yo" – añadió Stear.

"Y yo" – repitió Archi.

"Y ustedes guardarán silencio" – les ordenó Albert a los Leagan – "o me encargaré que sufran las consecuencias."

Los hermanos cruzaron miradas antes de aceptar la petición de Albert. Dieron media vuelta y salieron del salón.

"¡Uy ¿vieron la cara de la tía?"

"No te preocupes, Candy" – le dijo Albert – "Tía Elroy regresará Boston esta noche y tú te quedarás como señora de la casa."

"¿De verdad?" – Se asombró ella – "Yo no tengo la menor idea de cómo se maneja una mansión como esta."

"¡No te menosprecies, Candy!" – Le dijo Annie – "Si eres capaz de manejar un orfanato, de seguro puedes con una mansión."

"Trataré de no defraudarlos" – les sonrió.

Alexander se movió inquieto entre los brazos de Candy y empezó a llorar. Stear y Alister dieron dos pasos para atrás.

"¿Qué le pasa?"

"Es su hora de comer" – sonrió Candy – "Quiten esa cara de susto."

"Te acompañaré a tu habitación, Candy" – dijo Annie.

"Los veré luego, chicos."

"Archi" – dijo Annie sonriendo con dulzura – "quiero cuatro."

Anonadado, Archi la vio salir de la habitación mientras Albert y Stear reían a carcajadas.

Hola queridos lectores

aqui les dejo un nuevo capitulo de esta gran autora msgrandchester, espero que lo disfruten :D

alexander quiere decir gran protector ;D

espero les guste

saludos