Candy miraba a Stear, atónita.
El joven retiró las gafas de su rostro y le sonrió.
"¿Te gusto más, así? Si quieres no volveré a usarlas…aunque signifique que me estrelle en cada pared."
"¡Stear ¿Cómo puedes decir eso?!" – rodeó el cuello del hombre con sus brazos.
Stear se sonrió y la estrechó contra su pecho. Candy se mordió los labios sin saber que responderle.
"¿Me quieres, Candy?" – la apartó para mirarla de frente.
"Claro que te quiero" – movió la cabeza en señal de afirmación.
"Cualquiera lo dudaría por la cara que pusiste."
"Lo siento es que me tomaste por sorpresa."
"Tal vez debí escuchar a Albert y a Archi" – dijo guardando la cajita en su bolsillo – "pero tenía que preguntarte."
"No es que no me quiera casar contigo, Stear."
"¿Entonces?" – le preguntó sin enojo.
"Es que no sé si pueda ser una buena esposa…y tú mereces lo mejor."
"Y esa eres tú."
"Stear, querido, Stear" – posó la palma de su mano sobre la mejilla bien rasurada del hombre – "no sé qué decirte."
"Hagamos una cosa – le sugirió después de besar la palma de la mujer – "Cuando te sientas lista para casarte, me lo dejarás saber."
"¿Vas a esperar por mí?"
"Puedo esperar toda la eternidad" – se puso de pie y la ayudó a levantarse.
"No puedo pedirte eso."
"No me lo estás pidiendo" – le sonrió antes de apuntar hacia el lago con el pulgar –"Creo que ellos van a estar muy desilusionados."
"¿Quiénes? – Candy volvió la mirada hacia el bote.
Annie y Archi se fundieron en un beso pretendiendo que no los espiaban. Stear y Candy soltaron una carcajada.
"¡Archi, eres un novato!" – le gritó Stear desde la orilla.
"¿De qué hablas?" – le contestó Archi poniéndose de pie en el bote.
"¡Así no se besa, tonto! ¡Te voy a demostrar cómo se hace!"
Antes que pudiera evitarlo, Stear tomó a Candy entre sus brazos. La rubia sintió su pecho chocar contra el de Stear.
"Stear… ¿qué?"
"No te preocupes" – le dijo antes de inclinarla hacia atrás y posar sus labios sobre la mejilla de Candy.
Candy se sujetó a los hombros del joven para no caer.
"Esto lo aprendí en una película" – le explicó Stear contra su mejilla – "Esos dos piensan que nos estamos besando de verdad."
"No sabía que eras artista de cine" – contestó ella sintiendo cosquillas.
"Otro de mis talentos" – dijo Stear moviendo las cejas de arriba hacia abajo.
"¡La va a asfixiar!" – exclamó Annie, de pie junto a Archi.
"¡Bravo hermano! ¡Así se hace!" – Archi prácticamente dio un salto.
"¡No hagas eso!" – Annie le dio un manotón a su novio.
El bote empezó a bambolearse, Annie se inclinó hacia adelante y agarró a Archi por el brazo.
"¡No, Annie! ¡No!"
¡Splash! Los dos cayeron sin gracia en la fría agua del lago. Pálidos y jadeantes llegaron a la orilla mientras Stear y Candy se desternillaban de la risa.
"¡No es gracioso! ¡He arruinado un traje nuevo!"
"¡Vanidoso!" – Lo repeló Annie – "Ni yo me quejo y este era un vestido francés."
"Tal para cual" – pensó Candy sonriente.
"¡Atchú!"
"¡Archi! ¡Aléjate de mí!" – Lo empujó Stear – "¡Que falta de modales!"
"Espero no resfriarme para la boda" – contestó el joven de cabellos melados, sacudiéndolos.
"¡La boda!" – exclamó Annie recordando la escena – "¿Cuándo se casan?"
"Candy no me ha dado el sí" – contestó Stear con calma.
"¿No?" – Annie miró a su amiga, incrédula.
"Candy me notificará cuando esté lista."
"Esperemos que lo haga por correo certificado" – dijo Archi con sarcasmo – "de lo contrario se puede perder."
Stear se arrojó contra su hermano y cayeron al suelo, forcejeando.
"Aún no me caso y ya estoy tratando con niños" – dijo Annie alzando una ceja.
"Acostúmbrate, así son ellos" – sonrió la rubia – "¡Ya dejen de revolcarse en la tierra, niños!"
"Tenemos que regresar a casa y cambiarnos, niños."
Los hermanos Cornwall se detuvieron, el brazo de Stear alrededor del cuello del hermano menor mientras éste halaba los cabellos del moreno.
"Nos han llamado niños" – dijo Stear.
"¿Niños? Annie, no querrás que te demuestre que tan hombrecito soy ¿verdad?" – dijo soltando a su hermano.
Annie sintió los colores subir a su rostro y miró a su prometido.
"¡Eres un insolente!" – se inclinó para recoger un puñado de lodo que se había formado a sus pies.
"¡No te atrevas, Annie Britter!" – Archi retrocedió dos pasos.
"¡Uy! ¡Me has llamado por mi nombre completo!" – le arrojó lodo en pleno rostro – "Debes estar enfadado."
"¡Que buena derecha!" – exclamó Candy riendo – "Deberías jugar béisbol."
"Yo te ayudaré a formar equipo, Annie" – dijo Stear.
"¿Ah, sí? – Archi miró a su hermano – "Ya verás."
"¡Ni se te ocurra!" – Stear corrió tras el tronco de un árbol para evitar la bola pero no Candy.
"¡Archi!" – exclamó sorprendida.
"¡Lo siento, Candy!" – se rio.
"¡No es gracioso!" – Stear le arrojó un proyectil.
El bosque se llenó de risas y alboroto. Los jóvenes corrían de un lado a otro mientras Alexander, a poca distancia parpadeaba sin entender la conmoción a su alrededor.
"Buen día, Terrence."
"Hn…"
"Lo cortés no quita lo valiente, mal educado."
Terrence levantó la mirada para encontrarse con un par de ojos verdes que lo miraban relampagueantes. Le sostuvo la mirada un par de segundos esperando que ella la desviara, como era usual, pero ella no claudicó.
"No creas que te tengo miedo" – le advirtió.
"Buen día, Karen" – contestó Terrence antes de sonreír.
El actor le dio la espalda y se sirvió una taza de café.
"Pensé que los ingleses sólo bebían té."
"¿Y los franceses sólo vino? ¿Y los irlandeses sólo whisky?" – preguntó con sarcasmo antes de sentarse.
"¡No seas condescendiente, inglés antipático!" – dijo dando una patadita en el suelo.
"¿Prefieres que sea un sureño antipático? ¿O un neoyorquino antipático? ¿O un francés?" – y con cada pregunta cambiaba de acento.
Los ojos de Karen chispeaban de la rabia.
"Ojos verdes..."
"No entiendo por qué Robert te contrató" – se quejó sentándose frente a él.
"Tal vez por la misma razón por la que te contrató a ti" – la miró por encima de la taza.
"¿Por mi innegable talento?"
"Por tu carácter insufrible, mujer."
Terrence movió la cabeza hacia un lado para esquivar la servilleta que ella le arrojaba.
"¡Que violencia! ¿Acaso las mujeres americanas no reciben clases de modales?"
"¿Qué vas a saber? Aparte de Susana Marlowe, que es una "fichita", no tienes idea de lo que es una americana."
"No es verdad…conozco otra americana…"
"Seguro estás acostumbrado a esas mujeres acartonadas de tu tierra y por eso te atrajo alguien como Susana."
"Deja de hablar de Susana" – le pidió colocando la taza sobre la mesa.
"Entonces dile que deje te venir por acá. Es muy molesta y distrae a los demás."
"¿Celosa?"
"¿De esa? ¡Jamás!"
Esa era una mentira y Karen sabía que el rubor de sus mejillas la delataba. Y para hacer las cosa peor, el inglés no dejaba de mirarla lleno de burla.
"Me alegro."
"¿Ah, sí? ¿Por qué?"
"Porque no tengo interés en involucrarme contigo."
"Gracias" – dijo con el orgullo herido.
"Karen, no lo tomes personal, somos compañeros de obra y no quiero tener problemas contigo ni con Robert."
"Entonces, compórtate civilmente y deja de ser un mal educado."
"Yo no soy un mal educado."
"¡Claro que lo eres! Jamás contestas a un saludo, sólo contestas con un gruñido…yo llamo eso, descortesía. Además, siempre llegas de mal humor. ¿Qué rayos te pasa, Grandchester? ¿Acaso no duermes?"
"Si me disculpas" – se puso de pie – "nos veremos luego."
"¡Espera!"
"Estoy siendo educado como pediste" – la miró con los ojos entrecerrados – "¡No abuses de tu suerte!"
Karen tragó en seco mientras lo veía salir hacia la calle.
"¿Por qué mi vida no pudo ser más normal?"
Las mujeres se despedían de sus esposos en los portales mientras algún niño tras sus faldas lloraba por el padre que se marchaba. Otros niños, corrían hacia la escuela, libros en mano, una sonrisa en el rostro.
El hombre suspiró y se sintió muy cansado. No era sólo el hecho que no podía dormir lo que lo tenía así, era su vida entera. Las pesadillas habían vuelto y en más de una ocasión se levantaba durante la noche, asustado.
Nadie sabía la tormenta que llevaba en el corazón y nadie podía comprender. Sí, había gozado de lujos, de buena educación, de manjares exquisitos y viajes de verano pero jamás había tenido el calor del hogar. Apenas había tenido una semblanza de hogar con…
"¡No!" – sacudió la cabeza indignado consigo mismo.
No quería pensar en ella. Pensar en ella le recordaba su padre y los últimos días que había pasado en Londres. Richard se había propuso hacer su vida una pesadilla y lo había logrado…ni siquiera las noches junto a Candy habían podido consolarlo.
"Candy…" – el nombre se escapó de sus labios.
Albert levantó el rostro hacia una pintura que colgaba a un costado de su oficina.
Una mujer rubia sonreía al igual que el infante que estaba sentado en su regazo.
"Anthony…si sólo estuvieras aquí" – murmuró Albert – "seguro que tú y Candy serían muy felices. Conociendo tu ímpetu, seguro que te habrías casado con Candy al cumplir la mayoría."
El hombre sonrió con nostalgia al recordar a su sobrino. Había sido una carta de Anthony, seguida de una de Stear y Archi, respectivamente lo que lo llevó a adoptar a Candy – su primera gran decisión como jefe de la familia Andrey a la edad de dieciocho años.
Tía Elroy había pegado el grito en el cielo pero la ventaja de ser William Albert Andrey III era que su palabra era ley y la adoptó. Había conocido a Candy con anterioridad y se había asombrado del buen corazón y la nobleza de espíritu de la rubia. Recordaba a la chiquilla de su adolescencia, del día que se había escapado de Lakewood y vagó por los campos con la cornamusa.
"¿Qué es eso? ¿Un saco de grillos?"
Aun hoy en día ese recuerdo la hacía sonreír. Ella a los ocho años parecía un ángel y en la adolescencia, una futura diosa…y decía futura porque sólo la maternidad la había hecho madurar físicamente.
"Es tan joven…y ha sufrido tanto…"
Era inaudito que Tía Elroy la hubiera casado con Terrence y él se culpaba por su ausencia.
"Tal vez lo hubiera podido evitar si…"
¿De que servía los arrepentimientos? El daño estaba hecho. Candy se había casado, se había enamorado, y ahora era la madre de un pequeño de cuatro meses.
"¿Por qué, Terrence? ¿Por qué le hiciste daño?"
El rostro pálido de Candy lo había sorprendido al verla a su regreso de Europa. El llanto de ella, lo había mortificado…y por eso había accedido a guardar el secreto de Candy.
Candy entró al vestíbulo del hotel más elegante de Chicago. Todas las miradas se posaron sobre ella, algunas reconociéndola, otras no pero todos coincidiendo en que la mujer que entraba era realmente hermosa.
"¡Que descarada!" – murmuró una mujer pelirroja ataviada en pieles desde una silla del lobby.
"¿Verdad?" – Contestó una de cabello negro – "Saliendo en público con un hijo sin padre."
"Dicen que es de Sir William…"
"Pero él es el padre adoptivo…"- replicó perpleja.
"¿Y qué? Con un padre así, yo haría cualquier cosa."
Las dos rieron como cacatúas.
"¡Es un sueño de hombre ese Sir William!"
"No creo que sea el padre" – contestó la morena.
"¿Por qué no?"
"Mira el cabello de ese bebé, es castaño…y los dos son rubios."
"Hum…es cierto. Tal vez sean Cornwall."
"¿Cuál de los dos? Hay uno de cabellos claros pero está comprometido."
"¿Y qué? Un desliz siempre es permitido."
"¡Pero ella es amiga de la novia!"
"¿Y qué?"
Volvieron a reír.
"Sólo tú serías capaz de algo así, Magda" – dijo la morena.
"En la guerra y en el amor, todo se vale, Amelia."
"El padre debe ser el mayor de los Cornwall" – dijo Magda – "Ese muere de amor por ella."
"No puede ser. Su cabello es casi tan oscuro como el mío."
"¿Sabes que escuché, Amelia?"
"¿Qué escuchaste, Magda?"
"Escuché que Candy vino de Europa, viuda."
"¿Viuda? ¿Tan joven?"
Dicen que murió en un accidente de transito."
"¿O tal vez cometió una indiscreción?"
Los dos guardaron silencio al ver que Candy se acercaba.
"Buenos días, señoras" – la rubia sabía que eran las chismosas del jet set de Chicago.
"Buenos días, señorita…señora Candy" – se corrigió Magda, que era la más audaz.
Candy les sonrió con fingida dulzura y avanzó hacia el restaurante. Estaba a punto de entrar cuando escuchó su nombre y detuvo sus pasos.
"Esta vez no podrás engañarme, Candy."
Se volvió con lentitud y tragó en seco.
"¡Eleonor!"
"Veo que estás tan sorprendida como yo."
Candy sintió dejá-vu al ver la mirada azul de Eleonor.
"¿Aun buscando a su hijo?" – se atrevió a preguntarle.
"Sí pero por lo visto encontré algo de él" – su mirada se posó en Alexander.
"¿A qué se refiere?" – levantó una ceja.
"No intentes engañarme, Candy. La primera vez que te vi, vi a este bebé y te pregunté…"
"Es del orfanato."
"Ahora te vuelvo a encontrar y estás con él."
"Lo saqué a pasear"- Candy se sentía a punto de desmayarse.
"No me mientas" – le pidió con tristeza – "El parecido es demasiado evidente… ¿es de Terrence, no es así?"
"¿Qué hago? ¿Qué hago?" – sintió sus piernas flaquear.
"Es mío."
Los dos se volvieron para mirar al dueño de aquella voz. Stear se inclinó y besó a Candy levemente en los labios antes de tomar a Alex en sus brazos. Eleonor abrió los ojos incrédula y los tres intercambiaron miradas.
"¿Quién es ella, cariño?" – preguntó el hombre.
"Stear, ella es Eleonor Baker" – dijo Candy sin aliento.
"Permítame presentarme, soy Alister Cornwall, encantado de conocerla."
"¿Usted…es…?" – preguntó Eleonor confundida.
"Soy el prometido de Candy y el padre de Alex."
"¿Usted es el padre?" - lo miró escéptica.
"Así es" – dijo con seriedad – "¿No ve el parecido?"
Eleonor guardó silencio. Stear deslizó sus brazos alrededor de la cintura de Candy y la atrajo hacia él.
"Pero… ¿cómo?" – Se atrevió a preguntar Eleonor – "Candy, tú y Terrence…"
"Candy yo éramos novios desde mucho antes que los obligaran a casarse" – interrumpió Stear.
"Pero, en Escocia…parecías tan enamorada de Terry" – pensó Eleonor.
"Candy y yo cometimos… ¿cómo se diría? Una pequeña indiscreción…y he aquí el resultado."
"No…no lo creo…Candy… ¿es cierto?"
"Stear es el padre."
"Candy, te ruego que no me engañes" – dijo Eleonor incrédula.
"Alex es nuestro" – afirmó.
Eleonor los miró con lágrimas en los ojos.
"Si nos disculpa señora Baker, mi familia nos está esperando para almorzar."
"Claro…claro" –miró a Candy con tristeza – "¿Me permitirías cargarlo?"
"Se nos hace tarde, Candy" – dijo Stear tratando de impedir aquello.
"Adelántate. Yo te alcanzaré" – le suplicó.
"No te tardes, mi amor" – la volvió a besar y entró.
Candy le entregó el bebé a Eleonor y la mujer lo estrechó en sus brazos. Un par de gruesas lágrimas se deslizaron por el rostro de la mujer. Alex se movió inquieto cuando una gota cayó en su mejilla. Eleonor sacó su pañuelo y la secó.
"¿Cómo puede ser? Es tan parecido a Terrence" - miró a Candy suplicante – "Por favor no me mientas."
"No le miento."
"Es hermoso…verdaderamente hermoso"- volvió a llorar y devolvió el niño a su madre – "Cuídalo mucho, Candy."
"Buena suerte, Eleonor" - se volvió.
Acongojada, Candy entró al saloncito privado que Albert acostumbraba reservar para él y la familia. Todas las miradas se volvieron hacia ella.
"¿Estás bien?" – preguntó Albert.
"Estoy asustada…"- dijo acostando a Alex en su canasta – "No creo que nos creyera."
"No hay motivo para que no lo haga" – dijo Stear.
"Ella notó el parecido" – dijo Candy tomando asiento y levantando una copa de vino con la mano temblorosa.
"No tiene por qué dudar de nuestra palabra y si lo duda, no tiene pruebas."
Albert miró a sus sobrinos con seriedad.
"Esto se está saliendo de nuestras manos, Candy Deberías reconsiderar."
"No lo digas, Albert" – suplicó Candy – "Y menos ahora que él está desaparecido."
"¿Desaparecido?" – preguntó Archi.
"Eso es lo que Eleonor hace en Chicago. Lo está buscando."
"¿Y vino a preguntarte a ti?" – intervino Annie.
"Eso significa que Terrence está cerca" – dijo Archi con preocupación.
"Él no tiene motivos para buscarme" – dijo Candy.
"¿Y si los tiene?"
Candy miró a Stear y tomó su mano.
"No tienes de qué preocuparte."
"Si ese canalla está cerca."
"Le diremos que es nuestro" – dijo Candy – "pero debemos formalizarlo."
"¿Formalizarlo?
"Sólo hay una cosa por hacer" – apretó la mano de Stear - "¿te casarías conmigo?"
El maletero abrió las puertas del vagón privado.
"Aquí es señora Baker."
"Muchas gracias" – dijo sonriendo y entregándole una propina.
"¡Que tenga un buen día!" – le dijo antes de marchar.
Eleonor se dejó caer en el sofá y se llevó las manos al rostro mientras se mecía de adelante hacia atrás. La mujer dejó escapar un suspiro antes de empezar a llorar desconsoladamente.
"¿Cómo es posible?" – Se preguntaba – "Ese niño es idéntico a Terry?"
Por su mente cruzaron imágenes de su hijo. Ese pequeño que llamaban Alex tenía un parecido impresionante a los Grandchester y esos ojos.
"Terrence."
Grandchester cerró los ojos y se recriminó por haber salido del teatro a comprar cigarrillos. Con un gesto de impotencia se volvió y se enfrentó a ella.
"Susana."
"Terrence ¿cómo has estado? Te he extrañado tanto."
El actor miró a la mujer frente a él con impaciencia.
"Susana, por favor, no empieces."
"¿Acaso no puedo extrañarte?" – Los ojos grises brillaron con lágrimas – "Sólo porque tu no me hayas extrañado no significa…"
"No quiero ser grosero contigo, Susana pero tengo que pedirte que dejes de buscarme."
"¿No podemos ser amigos?" – se acercó a él sugestivamente.
"No la clase de amigos que tú quieres" – la miró con seriedad – "y si me disculpas, tengo que irme."
"¿No podríamos intentarlo?" – batió las pestañas.
"Lo que tú y yo tuvimos un día…"
"Lo que tú y yo tuvimos…tuvo consecuencias" – lo interrumpió ella.
Terrence frunció el entrecejo.
"Estoy esperando, Terrence Grandchester."
Hola queridas lectores
aqui les dejo un nuevo capitulo de esta gran historia de msgrandchester
disfrutenla
saludso y lindo fin de semana ;D
