Robert Hattaway empujó la puerta y miró a su alrededor. El lugar era vetusto y había personas de dudosa reputación en el vestíbulo. Movió la cabeza en un gesto de desagrado y subió las escaleras hacia el tercer piso. Los escalones crujían bajo su peso mientras se acercaba a su objetivo.

"No entiendo por qué insiste en vivir aquí" – pensó – "Le pago lo suficiente para que viva en mejores condiciones".

Llegó al descanso y giró hacia la izquierda para buscar la habitación del actor que estaba al final del pasillo. Raspeó los nudillos ligeramente contra la puerta y esperó un par de minutos antes de volver a insistir.

"Terrence ¿estás ahí?"

El picaporte chirrió y la puerta se entreabrió.

"¿Robert?" – preguntó una voz entre las sombras.

"¿Terrence?" – empujó la puerta.

El joven dio un paso hacia atrás para permitirle entrar a Robert. Al hombre le tomó un par de minutos adaptarse a la oscuridad de la habitación. Sus ojos se movieron por el espacio, registrando que los únicos contenidos eran la cama de

Terrence, un baúl y una mesita de noche. Los libros de Terrence estaban esparcidos por el suelo al igual que botellas de licor vacío.

"Este cuarto es un desastre. ¿Cómo puedes vivir así?"

Terrence se encogió de hombros y colocó un cigarrillo entre sus labios. Estaba a punto de encenderlo cuando empezó a toser. El muchacho se dio golpes en el pecho para calmarse y se dejó caer sobre el lecho. Robert lo observó.

"Estás enfermo" – dijo notando el rostro encendido del joven. Robert colocó su palma sobre la frente de Terrence.

"No…es…cierto" – dio apartándose – "¿Qué haces?"

"Tienes fiebre, Grandchester."

"¿Qué vas a saber? ¿Eres medico?"

"Tengo dos hijos, por si se te ha olvidado, y sé que necesitas un médico."

"¡Pamplinas!" – dijo arrojándose sobre la cama – "Déjame dormir un rato y estaré bien."

"Sí, claro. ¿Estás tan bien que has faltado al trabajo?"

"Sólo un par de días."

"¿Un par? Llevas fuera una semana. Volveré pronto" – dijo Hattaway antes de salir.

"¡No necesito un médico!"

Terrence golpeó su colchón con un puño. ¿Sería posible? La verdad es que con la fiebre había dormido muchísimo.

"¿Por qué no me dejan en paz?" – se preguntó – "Todos quieren algo de mí".

Cerró los ojos intentando descansar. La voz de Susana le llegó desde lejos.

"Estoy esperando, Terrence Grandchester."

Su corazón dejó de latir por unos segundos. De eso, estaba seguro.

"Vamos a ser padres, Terrence" – se llevó la mano con dramatismo hacia el vientre.

"Mientes" – dijo él, recobrando el habla.

"¿Me estás llamando mentirosa?"- los ojos grises chispearon.

"Así es" – se cruzó de brazos y la enfrentó.

"¿Cómo puedes decir eso?" – dijo al borde de las lágrimas.

"¿Cuánto tiempo tienes?"

"Tres meses."

"¡Ja!" – sonrió triunfante.

"¿Te parece que un bebé es motivo de risa?"

"Susana, si estás esperando no es mío. Yo te dejé hace más de tres meses."

Susana se mordió el labio inferior.

"¿Dije tres? Quise decir cuatro."

"Que mal mientes, Susana" – movió la cabeza – "¿No estás segura de tu propio embarazo?"

"Me puedo equivocar con las fechas."

"Pero yo no" – se acercó a ella – "Tanto tú como yo sabemos que fuimos cuidadosos."

"No siempre."

"Yo, siempre fui cuidadoso y sabes a lo que me refiero."

"Es tuyo, Terrence" – dijo llorando.

"Es imposible."

"¡Vamos a tener un bebé!" – sollozó desesperada.

Los transeúntes miraron a los jóvenes con curiosidad.

"No hagas un espectáculo, Susana."

"¡¿Estás rechazando a tu propio hijo?!"

Más ojos curiosos se posaron en ellos.

"¡Basta!"

"¡Estás rechazando a tu hijo!"

Terrence apretó las mandíbulas para no gritar.

Terrence sabía que ella mentía. Él era joven pero no ignorante y lo que menos quería era un bastardo en la familia por culpa suya. Sólo no había sido cuidadoso con…

"Eran otras circunstancias" – se llevó la mano a la frente para apartar unos mechones de su frente sudorosa – "¿Sería posible?"

Se dijo que no, que Candy era demasiado joven…pero habían tenido tantas noches de amor…

"Te necesito" – murmuró sin aliento Terrence, su frente apoyada en la de Candy.

"Terry"- decía ella acariciando su mejilla.

"Te amo… ¡te amo!" – y volvía a tomar sus labios con pasión.

Terrence escuchó la puerta de alcoba abrirse. Abrió los ojos y la vio frente a él, sus grandes ojos mirándolo con preocupación.

"Candy"- se atrevió a susurrar en la oscuridad de su habitación.

"Terry"

"¿Qué…qué haces aquí?" – preguntó incrédulo.

"Estás enfermo"- se sentó junto a él.

"Estoy bien" – mintió, tragando en seco.

Las manos de ella volaron al rostro del Terry. Sus dedos apartaron con delicadeza los mechones rebeldes, un pañuelo secando su sudor.

"No tienes que cuidar de mí."

"Quiero hacerlo."

"¿Por qué, Candy?"

"Porque te quiero."

"No merezco tu amor" – volvió el rostro.

"Duerme, Terry, duerme"- susurró.

Él cerró los ojos y dejó que el sueño lo envolviera.

"Estoy tan feliz que te cases, Candy" – dijo Miss Pony.

"Has sido bendecido con un buen hombre" – dijo Sor María.

"Sí ¿verdad?"

El tono incierto de Candy no pasó desapercibido por sus madres.

"No pareces muy feliz" – intervino Annie.

"Estoy feliz" – repuso la rubia sonriendo – "Alex tendrá un padre y una madre tal como debe tenerlo cada niño."

A pesar de su sonrisa, la tristeza no pasó desapercibida para las tres mujeres.

Annie tragó en seco; muy en el fondo sabía que los Britter debieron ser los padres de su amiga.

"¿Te arrepientes de tu decisión?" – preguntó Annie con cautela.

"No…claro que no."

"Stear será un excelente padre" – aseguró Annie.

"Lo sé. Será mejor que Terrence" – se dijo.

"Y él te ama con locura."

"Yo también lo quiero."

Sor Maria y Miss Pony se miraron preocupadas.

"Tal vez debas aplazar la boda, Candy."

"De ninguna manera, Sor Maria."

"¿Cuál es tu apuro, Candy? Stear esperará por ti."

"Lo sé, Miss Pony pero no hay razón para aplazar la boda. Yo quiero a Stear y él me quiere a mí. Juntos formaremos una familia."

"¿Formarán la familia que realmente deseas?"

"¿Qué les pasa?" – Candy se levantó iracunda de la mesa – "Parece que no se alegraran de mi boda."

Las tres se volvieron a mirar y decidieron guardar silencio al ver lo molesta que estaba Candy. La rubia se sonrojó al darse cuenta de su reacción y tomando su abrigo, decidió salir de la casa. Sus botas se hundían en la nieve fresca mientras subía a la colina.

¿Qué les pasaba a Miss Pony, Sor Maria y a Annie? Un momento parecían felices por su inminente boda, y otro parecían querer disuadirla de su decisión. Gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas mientras apretaba los puños.

"¡Te detesto, Terrence Grandchester! ¡Me hiciste creer que tu amor era sincero!".

No podía correr el riesgo de otro encuentro con Eleonor o en el peor de los casos con Terrence. Tenía que casarse con Stear y que Alex fuera legalmente adoptado por él. Terrence no merecía ser padre.

"Stear cuidará de nosotros y no permitirá que Terrence nos haga daño".

Cerró los ojos mientras recordaba la conversación que había tenido la noche anterior con Annie.

Las dos estaban bordando en la habitación de Candy un edredón. Annie, que no era muy hábil con la aguja, se había pinchado varias veces.

"¿Por qué tenemos que hacerlo?" – Se quejó llevándose el dedo a los labios – Sería más fácil si…"

"Ya te expliqué que quise bordarlas como regalo para Stear" – dijo mirándola con seriedad.

"Ni atención va a ponerle a las iniciales. Una vez que ustedes se acuesten…"

"¡Annie!"

"¿Por qué te escandalizas, Candy?" – La miró fijamente – "Eres madre, después de todo."

"¡Me sorprende que tú hables así!"

"No seas santurrona, Candy. Se nota que no has ido a ninguna fiesta últimamente, ¿De qué crees que hablamos?" – levantó una ceja.

"¡Annie!"

"¡Vamos Candy! Sabes que es verdad. Cuando tú y Stear se casen, él no te va a dejar salir de la cama."

La joven se sonrojó hasta la raíz de los cabellos. Ese era un pequeño detalle en el que no había pensado. Candy se mordió el labio inferior, nerviosamente.

"Cuando me acueste con Stear. Estar con él…estar en sus brazos…"

La idea de estar con otro hombre le era dolorosa. Candy se dejó caer de rodillas en sobre la nieve mientras se abrazaba a si misma, la lágrimas fluyendo por su rostro.

"¿Por qué? ¿Por qué?"

El recuerdo de su última noche con Terrence vino a su mente.

Aquella noche él la había amado con desesperación, sus caricias, sus besos, asustándola por la intensidad.

"¡Eres mía!"- dijo Terry con loca pasión, oprimiendo el cuerpo de Candy contra el colchón con el suyo.

Ella lo miraba con extraña fascinación mientras el sujetaba ambas de sus muñecas con una mano sobre su cabeza.

¡Sólo mía! ¡Escúchame bien, no te compartiré con nadie!

Los ojos azules de Terry la miraban con intensidad.

"¡Dímelo"! – le dijo con voz ronca, buscando su mirada.

"¿Qué es lo que deseas escuchar?"

"¡Que eres mía!"

"Soy tuya" - dijo con dulzura – "¿no lo sabes ya?"

Candy sacudió la cabeza para desterrar el recuerdo. ¡Qué lejana estaba esa noche! Al día siguiente él había desaparecido sin decir adiós, sin dejar una nota.

Ilusamente, se había escapado con Stear, creyendo que Terry la estaría esperando en América…lo había buscado por tanto tiempo y al encontrarlo, él la había despreciado, despedazando todas sus ilusiones de formar una familia.

Ahora Stear le ofrecía cumplir cada uno de sus sueños. El sería el esposo, el amigo, el confidente, el padre de Alex…y ella debería ser la esposa, la amiga, la confidente y la mujer de Stear.

Los Leagan junto a Tía Elroy hicieron su residencia permanente en Boston y tenían mansiones cercanas. Elisa, interesada como siempre, hacía su mejor esfuerzo por ganarse la voluntad de la Tía que había disminuido desde el regreso de Candy a América. Neil, después del escándalo por su intento de abuso a Candy, intentaba redimirse frente a los ojos de la anciana al trabajar con su padre en el banco.

La fachada de los Leagan era impecable. Tía Elroy no podía quejarse de ellos.

Ambos jóvenes eran bien mirados por la sociedad de Boston; las madres buscaban a Neil como consorte para la debutantes, y Elisa encabezaba las paginas sociales.

Ambos eran el "perfecto" ejemplo de lo que los jóvenes debía ser en la sociedad.

Lastimosamente, aparte de Candy, los Cornwall, Albert y Annie, nadie podía ver que tan malvado era el corazón de los hermanos. Elisa y Neil eran increíblemente egoístas y envidiosos. Y su odio hacia la rubia se había acrecentado en el último año.

Elisa no le perdonaba que le hubiera quitado a Anthony y mucho menos que se hubiera casado, aunque fuera por unos breves meses con un duque. Por su parte, Neil no le perdonaba el rechazo a sus "avances"…en un lado de su mente retorcida había pensado en casarse con Candy algún día.

Elisa vestida aun en su bata de dormir entró en la recamara de su hermano.

"¡Neil! ¡Neil, levántate!" – lo sacudió sin delicadeza.

"¿Qué rayos te sucede?" – le preguntó con la boca gruesa después de una noche de copas.

"¿No te has enterado?" – le arrojó un sobre hacia la cama.

"¿De qué?" – el hombre parpadeó pesadamente.

"¡Despierta, ya!" – dijo halando el frente de su camisa de dormir.

"¡Suéltame!" – gritó apartando sus manos.

"¡Lee esto!" – puso el sobre frente a sus ojos.

"¡No es posible!" – Exclamó cuando por fin pudo enfocar – "¿De dónde sacaste esto?"

"Tía Elroy vino a desayunar y la trajo consigo."

"¡Candy se casa con Stear!" – Negó con la cabeza – "¿No será una broma?"

"Solo tú y yo hacemos ese tipo de bromas."

"¿Piensas ir?"

"No hemos sido invitados."

"¡¿Qué?!"

"Se han atrevido a excluirnos" – las mejillas de Elisa ardían – "y Tía Elroy lo ha confirmado."

"¡Desgraciados!" – Neil apretó los puños.

"¿Por qué no podemos deshacernos de ella?"

"La desgraciada tiene mucha suerte."

"No podemos permitir que se casen."

"No creo que lo podamos evitar. Stear ha estado esperando una oportunidad durante años y ahora que la tiene."

Los dos guardaron silencio mientras pensaban en la manera de evitar la boda.

Súbitamente se miraron.

"¿Estás pensando en los mismo que yo, Elisa?"

"¿Estás pensando lo mismo que yo, Neil?"

"¿Crees que lo evite?"

"No sé si lo evite pero estoy seguro que mortificará a la huérfana desgraciada."

"Y al pobre Stear. Ese me las debe" – dijo frotándose el mentón.

Los dos estallaron en carcajadas.

El salón principal de Lakewood estaba decorado para las fiestas navideñas y un gran pino era la principal atracción. Albert mismo se había encargado de elegirlo en la finca de los Cartwright y con ayuda de Jimmy, Archi y Stear lo habían derribado.

"La fiesta va a ser todo un éxito" – dijo Annie colocando regalos bajo el pino.

"¿Compraron todo la tienda?" – preguntó Archi contando las cajas.

"Casi toda" – se rió Candy.

"Sólo falta Papá Noel" – dijo Archi con malicia.

"¿De verdad tengo que ponerme este traje?" – preguntó Stear.

"¡Oh, Stear! Harás tan felices a los niños."

"¿Te haré feliz a ti, Candy?" – le preguntó.

"Ya me haces feliz, querido" – le guiñó ella el ojo.

"Se están poniendo románticos" – se burló Archi.

"¿No les huele a quemado?" – preguntó Candy arrugando la nariz.

"¡Mis galletas!" – exclamó Annie corriendo hacia la cocina.

"Mejor será que la acompañe" – dijo Archi notando la mirada de su hermano.

"Ojalá no se hayan quemado todas" – dijo Candy pensativa –"o tendremos que preparar más."

"No te preocupes, Candy. Estoy seguro que la fiesta será todo un éxito."

"Eso espero, Stear. Quiero que los niños tengan una noche inolvidable."

"Estoy seguro que así será" – le sonrió – "Ahora dime ¿qué te gustaría recibir esta navidad?"

"No creo que deba pedir nada. Tengo todo lo que puedo desear."

"¿De verdad, Candy?"

"Tengo a Alex y te tengo a ti. No me hace falta nada."

"¡Lástima! Iba a darte esto" – le mostró una cajita.

"¡Stear!" – Exclamó emocionada – "¿Qué tienes ahí?"

"No es nada" – se hizo el interesante.

Candy prácticamente se abalanzó sobre él. El hombre se rió y la rodeó con los brazos cuando sus cuerpos chocaron. Candy le quitó la cajita de la mano y lo abrió.

Era un camafeo.

"¡Es hermoso! ¿De dónde lo sacaste?"

"Era de mi bisabuela. Es parte de las reliquias de los Cornwall."

"No puedo aceptar esto."

"¡Claro que puedes! Eres mi prometida."

"¡Eres maravilloso, Stear!" – Lo abrazó – "Annie va a estar tan celosa."

Los dos se miraron antes de empezar a reír.

"Será mejor que no lo vea."

"Me lo pondré cuando ella no esté de visita" – le dijo Candy.

"Una vez que nos casemos no podrá decir nada…pero se va a poner verde de la envidia cuando vea todas las joyas maravillosas que tendrás."

"¡Oh, Stear!"

"Mira Candy" – dijo señalando sobre ellos.

Era muérdago.

"¿Sabes lo que significa, verdad?" – continuó diciendo Stear.

"Claro" – dijo ruborizándose.

"¿Puedo?"

Ella asintió con timidez y cerró los ojos. Sintió las manos de Stear tomar su rostro.

Contuvo la respiración.

"Te amo, Candy."

Los labios de Stear cayeron sobre los suyos y Candy se sintió desfallecer. Stear la besaba con lentitud como si quisiera recordar cada momento. Presionaba con suavidad, descubriendo su textura antes de tomar el labio inferior entre los de él para halar. Volvió a unir sus labios a los de Candy y se besaron hasta perder el aliento.

"Terry."

Los ojos azules se abrieron de par en par, tratando de enfocar.

"¿Mamá?" – Preguntó incrédulo – "¿Dónde…dónde estoy?"

"Estás en tu casa" – contestó Eleonor.

"Esta no es mi casa" – dijo Terrence mirando sus alrededores.

"Estuviste muy enfermo, Terrence. Estuviste afiebrado y delirante por varios días."

"¿Delirante?" – un recuerdo vino a su mente y se sonrojó.

"La estuviste llamando" – le dijo Eleonor sin reparos.

"¿Cuánto tiempo llevo aquí?" – preguntó, ignorando su comentario.

"Más de una semana. Estabas muy mal, Terrence."

"¿Cómo llegué aquí? ¿Por qué están mis cosas aquí?"

"Cuando Robert me llamó y vi las condiciones en las que vivías, te traje a tu casa."

"¡Madre, esta no es mi casa! ¡Y las condiciones en las que vivo son decisión mía!"

"Robert dice que te paga lo suficiente para que puedas vivir en un lugar mejor a esa pocilga."

"¡No era una pocilga!"

"¿Por qué insistes en herirte, Terrence? ¿Por qué no tratas de ser feliz?"

Terrence rehuyó la mirada de su madre. Ella se sentó en la orilla del lecho y tomó su mano.

"Estaba tan preocupada por ti, mi cielo."

"Madre."

"¿Por qué no me dijiste que estabas en Nueva York? Te estuve buscando por todas partes."

"¿Me buscaste?

"Te busqué por todos lados, por bares y cantina…y nunca se me ocurrió que ya estabas de regreso. ¿Por qué no regresaste a casa?"

"No podía hacerlo" – volvió el rostro – "La última vez que nos vimos dije cosas de las cuales me arrepiento, madre."

"Olvida eso, Terrence."

"¡No puedo, mamá!"

"¿Es que no sabes que te quiero, tal cual eres?"

"¿Puedes quererme?"

"Siempre" – le sonrió – "Eres mi hijo y mi éxito más grande."

Terrence cerró los ojos para no permitir que las lágrimas fluyeran. Sin embargo, una de ellas rodó por su rostro y Eleonor la apartó.

"Robert es un buen hombre. Me alegro que lo hayas encontrado."

"Yo diría que él me encontró a mí."

"Ya me contó que eres su estrella principal."

"No soy una estrella, mamá."

"Lo serás. Estoy segura."

"¿De veras lo crees?"

"Con todo mi corazón."

El hombre notó el orgullo en la voz de su madre y sonrió. Eleonor lo abrazó con fuerzas.

Stear, de pie junto al púlpito, esperaba la aparición de su prometida. Dio una mirada a la capilla del Hogar de Pony y sonrió complacido – la habían decorado con rosas blancas tal cual él había pedido. Por un momento recordó la pequeña fortuna que había pagado por tener rosas en invierno pero se dijo que Candy lo merecía.

"Ella es mi ángel y merece lo mejor…"

Lazos de seda decoraban los asientos, donde los invitados esperaban la entrada de Candy. Archi a su lado, se veía más nervioso que él.

"Parece que fueras tú el que se va a casar, Archi" – se burló.

"Yo me tomo muy en serio mi papel de padrino" – palpó el bolsillo de su saco – "¿Eh? ¿Dónde están? ¡No están!"

"¿Revisaste el otro bolsillo?"

"¡Cierto!" – respiró aliviado.

"Eres un tonto, Archi."

"¿Cómo puedes estar tan calmado, Stear?"

"Porque este es el momento que he estado esperando toda mi vida" – le sonrió – "Voy a unir mi vida a la mujer más dulce que existe."

"Es una lástima que nuestro padres no hayan venido."

"¿Qué más da? Jamás han estado en los momentos más importantes de nuestra vida ¿Por qué habría de ser diferente esta vez?"

"Stear…"- dijo dándole una palmada en la espalda.

"Lo único que me importa es que tú estés, hermano."

"Te voy a extrañar, Stear."

"¿De qué hablas? Viviremos en la misma casa."

"Pero estarás casado, ya no será igual."

"Será igual pero mejor, hermanito. Tendremos una familia."

"Muy cierto" – sonrió Archi.

La marcha nupcial empezó a sonar. La cara sonriente de Albert asomó junto a la de Candy, que llevaba el rostro descubierto y el cabello recogido en alto.

"¿Lista, princesa?"

"Lista, padre" – sonrió ella.

Albert la miró con una sonrisa al escucharla. Annie, tras ellos, se encargaba de arreglar la cola del traje.

"Adelante" – murmuró mientras daba dos pasos con Candy a su lado.

El rostro de Stear se iluminó al verla entrar y esbozó una sonrisa.

"¡Que apuesto es!" – pensó Candy.

El joven se había peinado el cabello hacia atrás y vestido en un frac oscuro se veía alto y apuesto. Albert y Candy avanzaban hacia él al compás de la marcha. Una vez junto a él, besó la frente de Candy y miró al reverendo.

"¿Quién entrega a esta mujer?" – preguntó en voz alta.

"Yo, su padre" – contestó Albert.

El religioso sonrió y le indicó a Stear que tomara las manos de Candy entre las suyas. Ambos se miraron con lágrimas en los ojos mientras Albert y Annie se colocaban a un lado del púlpito.

"Nos hemos reunido en este día para unir la vida de Alister Stephen Cornwall y Candice White Andrey…"

Las palabras eran solo un zumbido en las orejas de Candy. No podía dejar de sonreír al mirar los ojos de Stear tan llenos de amor. Archi mostró los aros de matrimonio para que fueran bendecidos. Stear tomó uno y lo deslizó en el dedo de Candy.

"Yo, Alister, te tomó a ti, Candy como esposa…"

Annie carraspeó tras Candy para llamar su atención. La rubia reaccionó y tomó el que Archi le entregaba. Vio los labios de él moverse para decir los votos, y como una autómata dijo los suyos.

"Yo, Candy, te tomo a ti, Stear como esposo…"

Una lágrima se deslizó por el rostro de Candy.

"Es así…así es como debe ser una boda…" – pensó.

Stear apartó la lágrima de Candy con sus dedos cálidos y le guiñó. Miss Pony dejó escapar un sollozo, que fue mal mirado por la Tía Elroy.

"Si hay alguien que crea que existan motivos para impedir esta boda, que hable ahora o calle para siempre."

El silencio en la capilla fue sepulcral. Sólo se escuchó la risilla de Alex y todos rieron aliviados.

Hola queridos lectores

les dejo otro capitulo de esta maravillosa historia de msgrandchester

espero les guste

hermoso fin de semana y nos vemos el lunes ;D, si puedo subo uno el fin pero si no ya saben que el lunes nos vemos por aqui ;D

saludos