"Susana ¿estás lista para volver a casa?"

La mujer levantó la mirada hacia el doctor y las enfermeras que le sonreían desde el marco de la puerta.

"Tengo miedo" – dijo levantándose – "no creo estar lista."

"No debes tener miedo, Susana, es allá afuera donde perteneces y yo te puede asegurar que estás lista."

"¿En verdad lo cree Doctor Adams?"

"Lo creo, Susana, pero lo importante es que lo creas tú con tu corazón."

"¿Cómo enfrentar el mundo, doctor?"

"No estás sola, Susana. Tienes a tu madre y ella te espera ansiosamente en el vestíbulo."

Susana tragó en seco al recordar que su madre había pasado las últimas ocho semanas visitándola todos los días, intentando ayudarla a superar la crisis que había sufrido. Elizabeth Marlowe sintió que su corazón se encogía al ver a su hija aparecer junto a ella. Susana le sonrió y se abrazaron con fuerza mientras el doctor las observaba.

"Cuídate mucho, Susana."

"Gracias por sus cuidados, doctor."

"Adiós señora Marlowe y que tengan buen viaje."

"¿Buen viaje?" – preguntó Susana.

"Te diré todo en el coche" – dijo Elizabeth tomando la maleta de su hija. Ambas abordaron el coche de alquiler que las esperaba -"He planeado un viaje a Florida, Susana."

"¿A Florida?"

"Quiero que conozcas el mar, linda" – dijo acariciando su cabeza – "Hice arreglos para alquilar una casita frente a la playa ¿qué te parece?"

"¿No es demasiado dinero, mamá?"

"No te preocupes por eso, Susy. Conseguí alquilar una casa a muy buen precio por el resto de la temporada. ¡Verás lo bien que lo pasamos, Susana! Mereces unas vacaciones."

"¿Merecer? Mamá, no merezco nada, me he comportado como una tonta."

"No hables del pasado, Susana. Sólo piensa en lo mucho que vamos a disfrutar y ¿quién sabe? A lo mejor conoces a alguien interesante."

"¿Quién se va a interesar en mí, mamá? Acabo de salir de una institución mental."

"Casa de reposo" – la corrigió.

"Sólo puedo imaginarme lo que la gente piensa de mí."

"Nadie sabe dónde has estado, querida. Dije que estabas visitando unos parientes en Boston. No tienen por qué saber la verdad."

"Terrence tenía razón al decirme que estaba loca."

"No hables de él, Susy, recuerda lo que te dijo el doctor."

"Mamá…quiero pedirte disculpas por todo lo sucedido."

"No tienes que disculparte, soy tu madre."

El auto se detuvo frente a la casa de las Marlowe y descendieron. EL chofer subió tras Elizabeth, la valija de Susana en su mano, mientras ella recogía el periódico. De inmediato buscó la página de espectáculos y vio el anuncio del próximo estreno de la compañía Stratford.

"Susana ¿qué haces?"

"Nada" – mintió subiendo los escalones de dos en dos.

La joven se dejó caer en una butaca mientras Elizabeth pagaba al chofer.

"¿Te sientes bien?" - preguntó Elizabeth al notar la palidez de su hija.

"Estoy un poco cansada."

"¿Por qué no te vas a descansar? Recuerda que el doctor dijo que no debías agitarte. Anda – dijo besando su frente – te llamaré a la hora de la cena."

"Gracias" – dijo antes de ir a su recamara.

Ella se sentó en la cama y extendió el periódico frente a ella para leer el artículo que había llamado su atención.

"¡Ya van a estrenar la obra! ¡Seguro que Terrence será magnifico!"

No pudo evitar sentirse culpable al darse cuenta que estaba desobedeciendo al doctor. Las recomendaciones habían sido muy específicas: que descansara, que no se agitara por nada, y que se mantuviera lejos del objeto de su obsesión, Terrence.

"No estoy haciendo nada malo…y además, no es mi culpa si el periódico habla sobre él."

Susana se tendió sobre el colchón y cerró los ojos mientras recordaba el rostro apuesto de su ex amante…muy a su pesar, se estremeció al recordarlo.

"Debo olvidarlo. Él está casado y es feliz con Candy y su hijo" – se dijo con tristeza.

Una lágrima resbaló por su mejilla y la apartó con rabia. Sabía que no tenía sentido llorar por él pero el llanto se negaba a parar.

Archi arrojó el contrato que estaba leyendo al suelo con rabia. Llevaba más de una hora en la misma página y no lograba entender lo que estaba leyendo.

"El que dijo que el trabajo me distraería estaba mintiendo" – dijo suspirando.

La verdad era que estaba preocupado porque desde la partida de Stear, cinco semanas atrás, no había recibido más que una carta de su hermano. Abrió el cajón de su escritorio y volvió a leerla.

"Querido Archi:

¡Cabeza de piedra! Sí, te acabo de llamar así. ¿Quién te dijo que Candy era culpable de mi partida? ¿Cómo pudiste acusarla? Si no fuera porque ella fue a buscarme al puerto no lo hubiera sabido. ¡Pobrecilla! Estaba llorando y se sentía tan culpable.

Hermano, debes entender. Nadie me hubiera detenido, ni siquiera Candy – imagino que fue por eso que le avisaste. Te lo dije en mi carta de despedida y te lo vuelvo a repetir: Me marché porque esa era mi voluntad. ¿Entiendes? MI VOLUNTAD. Comprende hermano que vivir en Chicago y trabajar en un despacho me estaba ahogando. Tengo espíritu de aventura y en esta, puedo ayudar a mi prójimo.

No te preocupes por mí. La vida militar no es tan mala, al menos no lo ha sido hasta ahora. Nos levantamos temprano y nos acostamos tarde. La comida no es tan mala y mi trabajo tampoco. Me han asignado al departamento de comunicaciones…jeje…por fin practicaré el francés, el italiano y el alemán que Tía Elroy nos obligó a aprender. Si te soy sincero esperaba poder volar pero me dijeron que tienen suficientes pilotos…supongo que eso es bueno ¿verdad?

Ahora, quiero que me prometas algo ¡y no puedes decir que no! Quiero que te reconcilies con Candy. Ella aún nos necesita…no te olvides que le prometimos a Anthony cuidar de ella siempre. Me despido por ahora, querido hermano. Sé que nos volveremos a ver muy pronto. Stear."

Archi dobló la carta con cuidado y volvió a guardarla.

"¿Por qué no puedo sacudirme este presentimiento?"

Suponía que debía alegrarse de que su hermano estuviera en tierra y no en combate pero el silencio de Stear lo agobiaba. Una vez más tuvo aquel pensamiento y decidió que tenía que hacerlo. Justo en ese instante se abrió la puerta de su oficina y entró Albert.

"¿Has terminado el contrato?"

"¡Albert! Justo iba a buscarte" – dijo Archi mirándolo.

"¿Hay un error en el contrato?"

"¡Olvídate del contrato! ¡Albert, tengo que ir tras él!"

Las palabras de Archi hicieron sobresaltar al jefe del clan Andrey.

"No me mires así, Albert. No he dormido en varias noches pensando en esto y ya lo decidí: voy a ir por Stear y regresarlo a rastras si es necesario."

"Yo te regresaré a rastras si se te ocurre irte. No permitiré, de ninguna manera, que te vayas a Europa."

"No te estoy pidiendo permiso, Albert" – dijo Archi con seriedad.

"Igual te estoy diciendo que no vas a ir."

"¡No puedes prohibirme que vaya!"

"Claro que puedo. Soy el jefe de la familia."

"Soy un Cornwall y tú eres un Andrey" – lo desafió.

"¿Quieres que hablemos de linaje, Archi?" – Albert levantó una ceja.

"Tienes que entender."

"Lo único que entiendo es que se te ha ocurrido una idea descabellada y no permitiré que te vayas. Tus padres jamás me perdonarían si algo te sucede."

"Eso es lo mismo que pienso yo: jamás me perdonaré si algo le sucede a mi hermano."

"Archi, Stear se marchó porque tomó la decisión de luchar por un ideal, lo tuyo es algo diferente. Además, no hay garantías que te envíen al mismo lugar que Stear. ¿Qué harás si no lo encuentras?"

"Buscaré la manera que estemos juntos, Albert. No vas a detenerme."

"Si intentas irte, créeme, te traeré de regreso antes que el tren parta de la estación. ¿Vas a dejar a Annie?"

"¡Tengo que hacerlo!"

"No es verdad y no te dejaré hacerlo. Es mejor esperar aquí por el regreso de Stear."

"¿Y si no regresa?"

Archi acababa de formular la pregunta que nadie se atrevía a hacer y Albert lo miró con seriedad. El joven se dejó caer en su sillón intentando contener lágrimas de frustración. Albert le alcanzó una copa de whisky y se sentó junto a él. Guardaron silencio mirando como el atardecer caía afuera de la ventana de la oficina.

"¿Has sabido algo de Candy?" – preguntó Archi por fin.

"Hablé con ella ayer. Quería saber si asistiríamos al estreno de Terrence."

"¿Al estreno de Grandchester? Pensé que eso ya había pasado ¿no lleva como un siglo en ensayos?"

"Parece que no es tan sencillo como creíamos" – dijo Albert sonriendo – "¿te interesa ir?"

Albert pudo ver a Archi debatiéndose con su orgullo antes de responder. La petición de Stear resonó en la cabeza de Cornwall y dejó escapar un suspiro antes de hablar.

"No sería mala idea, hace mucho que no veo a mi sobrino."

Terrence abrió la puerta de la habitación con cuidado para no despertar a su esposa. El reloj de la sala marcó las dos de la mañana y se apresuró a cerrar la puerta. Avanzó hacia la cama y se detuvo junto a ella para contemplar a su esposa con una sonrisa.

"Parece la bella durmiente".

Candy se movió y la sabana resbaló para mostrar uno de sus blancos hombros. El hombre se inclinó y posó un beso húmedo sobre su piel. En medio de su sueño, Candy soltó un gemido de placer y Terry sintió la sangre agitarse en sus venas. Con rapidez se deshizo de su ropa y se tendió junto a ella para rodearla con los brazos.

"Candy…"

Terry llevó su boca hacia la de ella y empezó a besarla con suavidad mientras sus manos se deslizaban bajo la bata. Una vez más se maravilló de la calidez del cuerpo de Candy y dejó que sus manos vagaran sobre ella. En medio de su sopor, Candy empezó a despertar sintiendo un cosquilleo muy agradable recorrerla. Entreabrió los labios para suspirar y Terrence tomó eso como una invitación.

El beso apasionado de su esposo terminó de despertarla y abrió los ojos para ver la cabeza morena de Terry descender hacia sus pechos. Las manos de él apartaron el frente de su bata. Candy arqueó la espalda instintivamente ante su caricia.

"Humm… ¿recién llegas?" – preguntó acariciando la cabellera oscura.

"Hace poco" – dijo recostándose sobre ella.

"Es tan tarde…te he extrañado" - murmuró besando su cuello.

"Lo sé, amor" - dejó escapar un suspiro.

"¿Va todo bien?" – preguntó ella deslizando sus manos por la espalda de Terry.

"Muy bien" – contestó antes de mordisquear la piel de su hombro.

El hombre sonrió con arrogancia y llevó sus labios hacia la piel del cuello que ella exponía para mordisquearla y dejar su marca en ella.

"Te amo"- dijo ella entre suspiros.

"Y yo a ti."

"Debes estar exhausto" – comentó ella.

"Jamás lo estaré para amarte" – dijo acostándose sobre la cama.

El la atrajo hacia sus brazos y besó su frente.

"Lamento haberte despertado."

"Sí, claro" – dijo ella sonriendo.

"Te necesitaba. Estuve pensando en ti todo el día."

"Mentiroso" – dijo ella levantando la cabeza para mirarlo.

"¿Por qué no me crees?"

"Porque estás demasiado ocupado con el teatro. Estamos cerca del estreno."

"Muy cerca y estoy más nervioso de lo que creía" – dijo acariciando los rizos de su esposa – "tanto que tengo ganas de fumar."

"¡Ni se te ocurra, Terrence Grandchester!"

"No te preocupes…tengo mi armónica" – dijo sonriendo.

"No tienes que estar nervioso, todo va a salir bien."

"¿Y si no? ¿Te imaginas el papelón que sería si mi debut en Broadway es un fracaso?"

"No lo será" – dijo besando su nariz – "eres demasiado talentoso."

"¿Tú crees?"

"¿Estás buscando que te de halagos?"

Terrence soltó una carcajada.

"Me conoces demasiado bien, pecosa mía. Dime algo ¿cómo te sientes?"

"¿A qué te refieres?"

"Puedo ver que todavía tienes un poco de tristeza en los ojos… ¿no has tenido noticias de Stear? Seguro que está bien."

"No puedo creer que se fue y que no lo pude detener."

"No puedes detener a quien no quiere ser detenido, Candy."

"¿Cómo lo sabes? Tal vez si le hubiera dado un buen golpe."

"Te aseguro que una vez que hubiera recuperado la conciencia, se habría marchado igual. Mírame a mí, Candy."

"¿A ti?"

"Nada pudo detenerme cuando quise marcharme."

"Es cierto…ni siquiera yo" – añadió en voz baja.

"Lo siento, pecosa…parece que no se puede olvidar el pasado ¿eh?" "Yo intentaba consolarte" –dijo estrechándola en sus brazos.

"No te preocupes" – dijo limpiando sus lágrimas – "la intención es la que cuenta."

"Mi amor ¿siempre serás tan positiva?"

"Lo intento. Me recuerdo a que te tengo a ti, a Alex, a mi familia…"

"Nosotros somos los afortunados al tenerte" – le sonrió.

"¿Crees que Stear regresará?"

Terrence la miró con cautela y contempló la respuesta a darle.

"¿Por qué no habría de hacerlo?"

"Es la guerra, Terry. Pueden…sucederle…cosas…"

"Nada le sucederá. Tus oraciones lo cuidarán."

"¿Realmente lo crees?"

"Lo creo…tu rezabas por mi cuando nos separamos ¿verdad?"

"Sí… ¿cómo lo sabes?"

"Porque en los momentos más bajos de mi vida, cuando pudieron sucederme mil cosas horrendas, nunca me sucedieron. Tú, pecosa mía y tus oraciones me guardaron de todo mal. Estoy seguro que Stear estará bien."

"Te amo, Terrence Grandchester."

"Y yo te amo a ti, Candy Grandchester."

"Candy White Andrey Grandchester" – lo corrigió.

"Da igual…llámate cómo quieres…eres mía" – dijo sonriendo.

"Ya no hables tanto" – dijo besando su mejilla – "mejor cierra los ojos y descansa, es muy tarde."

"Te amo Candy."

"¿Me amas?"

"Mucho. Mi amor por ti es como el número de estrellas en el cielo…te amaré por siempre mi amor."

"¿No me dejarás nunca?"

"Jamás…"

Y selló su promesa con un beso de amor.

La habitación de Alex era un desorden total. El pequeñín tenía carritos de madera, cubos, rompecabezas y tambores regados por el suelo. Candy suspiró resignada y se sentó sobre la alfombra para mirar a su hijo.

"Esto parece una juguetería. El duque debe estarle comprando toda la tienda".

Era relativamente cierto. Desde la aparición de Richard, no pasaba ni un solo día en que no trajera algún regalo para su nieto. A Candy no le agradaba mucho la idea que Alex fuera tan consentido pero tampoco sabía cómo decirle a un abuelo que no comprara juguetes para su nieto.

"¿Cómo prohibírselo?"

"Mama" – dijo Alex acercándose a ella – "eto…guiro…"

Candy miró a su hijo con curiosidad, preguntándose que estaría tratando de decirle y lo abrazó. Alex levantó su manita y le mostró a su madre lo que sostenía.

"¡El sonajero de Stear!" – pensó con nostalgia.

Era aquel sonajero de plata que Stear le había regalado al nacer Alex, cuando ellos estaban comprometidos. Los recuerdos se agolparon en su mente y no pudo evitar decirse que si se hubiera casado con él, Stear jamás habría partido a la guerra.

"Es muy fino ese juguete…"

Candy levantó la mirada hacia su suegro que estaba parado en la puerta.

"Y muy costoso. Es de plata ¿verdad?"

"Sí."

"Quien se lo haya regalado te tenía mucho cariño."

"¡Abu!" – exclamó Alex y corrió a los brazos de su abuelo.

"Fue mi primo, Alister."

"¿El que fue tu prometido?" – dijo alzando a Alex.

"Duque…" - dijo en tono serio.

Richard entendió el malestar de Candy y dejó el tema a un lado. Se asomó tras la puerta y sacó a relucir un caballito de madera. Alex soltó gritos de felicidad antes de escabullirse de los brazos de su abuelo. Una sonrisa de orgullo se dibujó en el rostro del hombre al ver al futuro jinete de la familia Grandchester.

"¿Te gusta, Candy?"

"¡Está precioso y a Alex le ha encantado!"

"Me aseguraré que tenga los mejores instructores de equitación…todos serán campeones."

"Está consintiendo demasiado a Alex, duque."

"Nada le pasará. Estoy seguro que tú lo disciplinarás cuando se lo merezca" –le dijo sonriendo.

"¿No lo hará usted?"

"¿Yo? ¡No! Para eso están los padres."

Candy se puso de pie y el sonajero cayó al suelo. La rubia sintió que él corazón se le encogía y se apresuró a levantarlo. El duque notó su nerviosismo.

"¿Dónde está tu primo ahora?"

"Se marchó a la guerra."

"¿A la guerra?" – se sorprendió el duque.

"Sí, es voluntario."

"¡Vaya! ¿Sabes adonde fue asignado?"

"A las costas de Francia."

"Tu familia debe estar sufriendo por su ausencia."

"Mucho pero él no regresará hasta que sienta que ha cumplido con su misión."

"Tengo conocidos en el ejército, Candy. ¿Te gustaría que intercediera por él?"

"¿Qué podría hacerse?"

"Bueno, podría pedirles que lo cuiden un poco ¿sabes?"

"¿Usted haría eso por mí?"

"Eres la madre de mi nieto…si tú estás triste, él lo estará, y no queremos eso. Deja todos en mis manos, Candy" – le sonrió.

"No se cómo darle las gracias."

"Dámelas cuando él regrese a casa sano y salvo. Él va a hacerlo, ya verás."

"¿Cómo puede saberlo?"

"Los ingleses acabaremos con esta guerra, Candy, ya verás" - dijo orgulloso.

"¿Está seguro de eso?"

"¡Muy seguro! Es por eso que no temo regresar una vez que Terrence haya tenido su estreno."

"Es cierto…"

"¿Qué?"

"A veces olvido que regresaremos allá."

No te preocupes. A mí no se me olvida" – dijo alzando a Alex en brazos – "Me aseguraré que este pequeñín reciba la educación de un rey."

Candy suspiró resignada.

Archi salió de la oficina y se dirigió a casa de los Brighton. Hacía días que no veía a su prometida y eso que él y Albert se habían mudado a la villa de Chicago días después de la partida de Stear. Albert le había propuesto lo idea y él la había aceptado gustoso ya que Lakewood sin su hermano ya no era su hogar.

El lacayo le abrió la puerta y luego de saludarlo respetuosamente lo hizo pasar al estudio. Casi enseguida apareció Annie vestida en un lindo traje de verano. Archi la tomó en sus brazos y la hizo girar por los aires hasta que ella rió como una niña.

"Te amo" – le dijo él abrazándola.

"Y yo te amo a ti" – dijo besando su mejilla.

"¿Sabes? He decidido viajar a Nueva York."

"¿En serio?"

"Sí y vendrás con Albert y conmigo…asistiremos al estreno de Grandchester" – dijo haciendo un mohín.

"Candy se pondrá feliz ¡Oh, Archi, me alegro tanto!"

"Voy a hacerle caso a Stear pero no será nada fácil. ¿Crees que Candy me reciba?"

"¡Por supuesto! Ella siempre pregunta por ti."

"¿A pesar de todo?"

"Te quiere como a un hermano, Archi" – dijo tomando su mano – "lo cual fue a mi favor porque ahora estás conmigo."

"No sé qué haría si no estuvieras aquí, Annie. Te necesito tanto como se necesita el aire."

Ella miró a su prometido con sorpresa ya que Archi no acostumbraba ser muy elocuente.

"¿Por qué me miras así, preciosa?"

"Nunca me habías dicho algo así."

"Eso es un error" – dijo tomando su barbilla entre los dedos – "Quiero que sepas que te amo con todo mi corazón, Annie Brighton y que jamás podría estar sin ti. Te adoro…eres la única mujer para mi…no hay nadie más hermosa que tú."

"¿Ni más elegante?" – preguntó con picardía.

"Sólo yo" – contestó siguiéndole el juego.

"Entonces seremos los elegantes más famosos de Chicago, Archi."

"¡Cielos! Vamos a tener que gastar mucho dinero en sastres y modistas."

Ella le sonrió antes de abrazarlo.

"¿Cómo pude ser tan afortunada? Tengo unos padres maravillosos, una hermana bondadosa y… un novio igual de vanidoso que yo."

Archi le hizo cosquillas y ella dio un brinco antes de darle un manotón.

"Veo que aprendiste eso de Candy, Annie"– se quejó él.

"No seas atrevido. Sabes que no me gustan las cosquillas."

"¿Ah, no?"

Ella se levantó del sofá al notar las intenciones de su prometido y empezó a correr hacia la puerta. Archi la siguió y logró aprisionarla contra la pared con su cuerpo.

"Prepárate a reír" – le dijo Archi antes de cosquillearla.

Annie decidió olvidarse del protocolo y deslizó su mano dentro del saco de su novio para buscar ese punto sensible cerca del ombligo.

"¡Hey!" – gritó el joven dando un salto.

Se atacaron sin piedad y tropezaron cayendo al suelo. En medio de su juego no se percataron de la cercanía de sus cuerpos al estar Archi sobre ella. Rieron sin parar hasta que casi perdieron la respiración y sus miradas se encontraron. Fue entonces que se percataron de sus posiciones y Annie intentó moverse pero Archi la detuvo para mirarla lleno de deseo antes de besarla.

"Me voy a desmayar" – pensó Annie sintiendo el beso apasionado de Archi.

La verdad era que en el tiempo que llevaban juntos, era muy rara la ocasión en que la trataba con tanta pasión. Archi se preciaba de ser un caballero y jamás había intentado nada indecoroso con ella.

Sin embargo esa noche era diferente. Annie podía sentir que él la necesitaba cerca de él, podía leerlo en el lenguaje corporal de su novio…y descubrió que ella también tenía sangre en las venas.

Las manos de la joven volaron hacia la camisa de Archi, halándola fuera del pantalón para deslizarlas sobre la piel de su espalda. El recibió la caricia con agrado y se decidió a deslizar sus labios sobre la blanca piel de Annie.

Archi dejaba un rastro húmedo de besos desde su cuello hasta sus hombros mientras sus manos resbalaban por los contornos femeninos. Ella gimió bajo su toque antes de buscar los labios de Archi. Una mano masculina empezó a escabullirse bajo la falda para acariciar el muslo que se erizó bajo su caricia.

"Señorita Annie, ya es hora de cenar."

La voz del mayordomo los hizo volver a la realidad y se miraron avergonzados.

Archi fue el primero en apartarse y le dio la espalda.

"Ya…vamos" – dijo Annie recuperando la cordura también.

"Annie…"- susurró Archi lleno de culpabilidad.

"No digas nada."

"Lo siento" – dijo tomando su mano para besar el dorso.

"No lo sientas…no pasó nada."

"Pudo pasar y eso me habría convertido en un canalla."

"Archi…contéstame algo…"

"Dime."

"¿Por qué siempre me tratas como una muñequita de porcelana?"

"Porque eres muy preciosa para mí, como una joya."

"Soy una mujer, Archi, te lo dije en Escocia hace tanto tiempo."

"Lo sé y por eso te pedí que fueras mi prometida."

"¿Hasta cuándo? ¿Hasta qué termines los estudios?"

"No, hasta que regrese Stear."

"¿Cómo dices?"

"Nos casaremos apenas regrese Stear. No te lo propongo antes porque quiero que él sea mi padrino ¿te parece bien?"

Ella se puso en punta pies para besarlo.

"Voy a escribirle una carta a tu hermano para que regrese pronto...quiero convertirme en tu mujer" – murmuró antes de salir del saloncito.

Archi parpadeó confundido.

"¿Escuché lo que me pareció? ¿Annie?"

Ella se volvió y le guiñó un ojo.

En su despacho, Albert contemplaba las fotos de sus viajes de antaño: en algunas montaba caballos, en otras yaks y en otras elefantes. Había fotos de él en zoológicos, en ciudades, en pueblitos, todas eras recuerdos de una época que él no podía olvidar.

"Acepté tomar mi lugar en la familia pero creo que fue un error".

Hacía tiempo que ese pensamiento asaltaba su cabeza y entre más tiempo pasaba menos satisfecho estaba con su vida. Muy dentro de su ser envidiaba a Stear por la decisión que habia tomado y se preguntó cuándo era que él había perdido ese espíritu libre e independiente.

"Tal vez pueda regresar a África…"

Sonrió al pensar en la reacción de la Tía Elroy si se enteraba que él abandonaría al clan nuevamente. Se recordó a si mismo que ella ya estaba bastante anciana y que él debía ser responsable.

"Yo soy el apellido Andrey…no puedo desaparecer nuevamente…sólo puedo perderme en mis sueños".

¿Por qué él pasado no te deja olvidar?

La noche había caído sobre la ciudad. Grandchester se había despedido de sus compañeros de teatro y caminaba hacia su casa cuando una voz femenina lo llamó.

Se detuvo y se dio vuelta para encontrarse con una mujer muy delgada.

"¡Susana!" – exclamó sorprendido.

"Hola Terrence" – dijo saliendo entre las sombras.

"Susana ¿Qué haces aquí?"

"Esperaba verte."

"No creo que…"

"Espera, no vengo a hacerte reclamos sino a pedirte disculpas" – dijo interrumpiéndolo.

"¿Disculpas?" – él levantó una ceja.

"Quiero pedirte disculpas por mi comportamiento y el de mi madre meses atrás."

"¿En serio?" – preguntó lleno de escepticismo.

"Fui una tonta. Siempre supe que lo sucedido entre los dos fue cosa de un momento pero me negué a creerlo. Lo que pasa es que me enamoré de ti, Terrence."

"Lo siento en verdad, Susana pero siempre fui honesto contigo."

"Lo sé y por eso quería pedirte disculpas ¿puedes aceptarlas?"

El hombre miró el rostro de la mujer frente a él con pena.

"Las acepto, Susana."

"Gracias. También quiero decirte que me voy de la ciudad, así quedarás tranquilo. Me da mucha pena perderme tu estreno pero te deseo buena suerte, sé que serás todo un éxito."

"Gracias… ¿no piensas regresar al teatro?"

"No…nunca tuve el talento necesario. Al menos no tengo la pasión que tienes tú."

Ella le tendió la mano.

"Te deseo la mayor felicidad del mundo, Terrence."

"Gracias, Susana. Espero que tú también seas muy feliz."

"Adiós" – dijo dando la vuelta.

"Espera ¿adónde te diriges?"

"A mi casa."

"Te acompañaré. Es demasiado tarde para que estés caminando sola por las calles."

"Siempre tan caballero."

Los dos caminaron en silencio en resto del camino. Sumida en sus pensamientos, Susana no se percató de un hoyo en la acera y tropezó. Ella cayó al suelo aparatosamente y Terrence se apuró en socorrerla.

"¿Estás bien?"

"Sí… ¡ay!" – gimió levantando el pie.

"¿Qué te sucede?"

"Me torcí el tobillo."

"¿Lo puedes apoyar?"

"No"- dijo luego de intentarlo – "tendré que dar saltos hasta llegar a casa."

"No estamos tan lejos" – dijo Terrence calculando la distancia – "te llevaré hasta allá."

"¿Cómo?"

El actor la levantó en vilo y ella le sonrió.

"Por lo visto Candy te tiene bien alimentado."

"Eres como una pluma, Susana. ¿Estuviste enferma?"

"Podría decirse…"

Casi de inmediato llegaron a la casa de Susana. Ella abrió la puerta y le pidió a Terrence que la llevara hasta la sala. El actor la depositó sobre el sofá antes de mirarla.

"¿Dónde está tu madre?"

"Debe estar en la cocina" – dijo Susana.

"Iré a llamarla" – dijo dándose la vuelta – "¿Dónde queda?"

"Sigue por el pasillo y gira a la izquierda."

El actor siguió las instrucciones y llegó a un cuarto oscuro.

"¿Señora Marlowe?" – llamó.

Divisó una lámpara sobre la mesa y se acercó para encenderla. La mecha se prendió, iluminando el cuarto, casi al mismo instante escuchó un grito de furia.

Terrence se llevó la mano hacia la nuca mientras la oscuridad lo envolvía.