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Un Matrimonio y Tres Espadas

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Okikagu Week 2018

Día 3: Vida de Casados

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Semi AU

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Gintoki un hombre adulto, sin responsabilidades, ni obligaciones salió a beber en solitario. Sus tres amigos de la infancia lo habían abandonado por sus familias, hombres de hogar atados al matrimonio. Él era el único que no sentaba cabeza, ¿cuál era el problema? Tenía poco sentido de la responsabilidad y una terrible incapacidad por decidirse con cual casarse. No era muy popular, pero ciertamente si había mujeres cerca de él. La idea de tener que cumplirle a una mujer todos los días, mas sabiendo que su Justaway no era como antes, lo espantaban más.

― ¡Gintoki!―llamo un madao perdido entre la multitud del barrio rojo más transitado de la ciudad, Yoshiwara―que bueno que estas acá, ¡vamos a bebe a un bar!―lo rodeo por el hombro incitándolo a buscar alguna damisela de las que transitaban por ahí.

Gin se liberó de su agarré sabiendo que esa forma de tratarse en esos lugares sería muy peligroso. Terminarían pensando que a Gin le gustaba la tercera pierna de los madaos.

―Cállate, solo vengo en busca de alcohol para ahogar las penas―le grito.

La noche avanzo lentamente y el bullicio no se atenuaba en algún momento.

Acompañándose en esa noche de alcohol, Gin dejo salir todas sus frustraciones.

― ¿dónde encontrare una esposa que no quiera hacer esto y aquello? Qué no moleste porque tome un baño a diario, el olor de un verdadero hombre es el que aparece después de tres días sudando bajo los rayos del sol. Tampoco quiero que espere que mi sueldo sea alto, la economía está destruida, no tengo estudios en corrupción para ganar tanto―explicaba con su escasa inteligencia.

―eso mismo he estado pensando, Gintoki― Hasegawa cambio su semblante a uno más serio―las mujeres ya no serán más mi objetivo―Gin lo miro sin comprender, ¿Qué estaba diciendo?―hay otras cosas que uno puede conquistar―lo miro sonriendo aterrándolo.

―bu…bueno, Hasegawa-san… yo me tengo que ir, mi esposa me está llamando―mintió alejándose del madao.

― ¿no dijiste que no tenías esposa?― pregunto tranquilo sin comprender la causa de su accionar tan repentino.

―es que recién recordé que si la tengo―era la excusa mas estúpida del universo pero rogaba que funcionara―cosas que pasan, nos vemos― se despidió antes de que vuelva a cuestionarlo.

Jamás había escapado de una confesión, pero en esta ocasión lo ameritaba.

Perdiéndole el rastro, Hasegawa volvió su vista al sake, estaba por aclararle la situación de su reciente oportunidad en el amor, pero ese Gin-san se había largado sin poder contarle los detalles.

Suspiro con pesades.

―veo que bebe solo―unos pasos a sus espaldas lo atrajeron― ¿le molesta si le hago compañía?― ese madao, pobre y sin un hogar donde dormir se había encontrado con su cita. Las cosas estaban marchando a la perfección.

Por otra parte, Hijikata iba caminando por las calles de Edo buscando pistas para un caso cuando choco en una intersección con Gintoki, el ebrio que no pagaba la renta.

― ¿se puede saber qué haces por aquí?―pregunto fastidiado el adicto a la mayonesa. Su trabajo iba muy mal y como si no pudiera ir peor, se termina chocando con Gin.

―a ti debería preguntarte eso, ¿desde cuándo los roba impuestos hacen su trabajo?―pregunto burlón mientras se sobaba su labio… ¿labio? Hijikata también sentía algo de ardor en esa parte…

¿Acaso? Mirándose con asco voltearon sus caras para comenzar a vomita, Gin vacío su estómago del alcohol en exceso que consumió toda la noche.

´´ ¿me alejo de una confesión y termino con un beso accidental? El viejo Gin-san está consiguiendo puntos, ¡pero son los puntos equivocados!´´ peso con pánico mientras se levantaba para poder largarse de allí.

―espera―Hijikata lo detuvo, si bien no quería verlo por un largo tiempo, pero necesitaba de su ayuda con el caso que estaba manejando. Las personas desaparecían y el debía conseguir respuestas, pero…

―lo siento, Hijikata-kun―hablo serio dándole la espalda―pero mi orochi no se levanta con los de tu tipo― le dolía, pero era mejor rechazarlo antes de que sea muy tarde.

El policía lo tomo del cuello de su kimono para acercarlo a él y recriminarle las estupideces que decia.

― ¿Qué mierda estas diciendo?―le grito con molesta. Sus gritos alertaron tres a pequeñas figuras que comenzaron a moverse con cautela entre las sombras. Uno de ellos, el más alto estiro una soga alrededor de los pies de Hijikata y el adicto al azúcar, mientras los otros dos se preparaban para saltar encima de ellos― ¿Quién está interesado en tus mierdas? Estúpido permanen…―un tirón alrededor de sus tobillos detuvieron la pelea de ambos.

― ¿qué pasa?―pregunto Gin buscando al agresor, pero lo único que pudo descubrir fue una pequeña sombra adormeciéndolo con somnífero y cubriendo sus ojos con una cinta negra.

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Eran cerca de las cuatro de la mañana, poco faltaba para que llegara su molesto esposo. Los niños habían salido a jugar por las calles. Así que decidió hacer algo para la ´´merienda´´.

Como la mala cocinera que era, decidió ir en busca de su libro de pociones. Puede que haya tratado de envenenar a su esposo, pero jamás lo haría con sus adorados hijos.

Tomo una olla inmensa y comenzó a tirar especias al azahar. Dejo calentando todo en la estufa y partió al mueble de pociones para buscar una en específico: ´´galletas caseras´´ tiro el liquido verde pastoso y cerro la cacerola esperando el momento en que su hechizo fncione.

Cinco minutos bastaron para encontrarse con un centenar de galletas de muy buena pinta. Agradecía ser una buena bruja, de lo contrario sus pequeños no tendrían como alimentarse apropiadamente.

―bien, más tarde hare la pócima de…―la puerta de la residencia Okita se abrió, no llego a ver a nadie, sus niños salieron corriendo apresuradamente hacia la despensa.

― ¡Niños!―llamo al ver que ni siquiera habían saludado a su hermosa mami.

Caminando hacia la el pasillo que daba para la despensa, su hijo más pequeño, Okita Ryo, apareció delante de ella saludándola. Su rostro monótono le recordaba a su sádico esposo, aunque físicamente era su calco.

El menor se acercó a su madre alzando sus manos pidiendo un poco de afecto de su parte. Ryo mantenía una actitud calmada a toda hora, igual que Sougo, su papi. Pero era, al igual que Souji -el mayor de los infantes-, un niño que sacaba su sadismo si realmente lo ameritaba, no como la única niña, Kanna, quien era sádica a toda hora.

Acuclillándose abrazo al niño y lo levanto entre sus brazos. Con tan solo cuatro años, era capaz de hacerle la guerra a su papi, con tal de apropiarse de su adorada mami.

Kagura, la madre de este, lo sentó sobre la mesada. Ryo llevaba el cabello largo hasta los hombros, por lo que solía amarrárselo en una colita pero, seguramente, por andar jugando en las calles se había desarreglado por completo.

― ¿qué pasa que tus hermanos no bajan?―pregunto seria después de dejar ordenado su cabello― ¿Acaso tengo que ir a ver que están haciendo?―levanto la voz para que esos diablillos se acerquen a la cocina.

Como si la alarma de incendio se encendiera los dos niños se acercaron con preocupación a Kagura. El mayor de ocho años, Souji, con una apariencia similar a su padre pero con los ojos de su madre; muy similar era Kanna, una hermosa niña de seis años, con el cabello y ojos del color de su padre, pero con de largas hebras sujetos en una trenza baja.

― ¿Qué pasa mami?―preguntaron nerviosos, no querían ser descubiertos.

― ¿Qué estaban haciendo en la despensa?―pregunto cruzando sus brazos por sobre su pecho― si no me lo dicen dejare de usar las pócimas para la cena―amenazo la mujer al ver que los niños dudaban con contarle.

Los tres, incluyendo el pequeño Ryo, se aterrorizaron al oírla. Anteriormente ya había sucedido aquello y no habían sido días muy felices, todo por perder el sukonbu de su mami. Probar la comida de Kagura, era similar como intentar cometer suicidio.

―no puedes castigarlos de esa manera, china―hablo a sus espaldas Sougo, quien llegaba de su trabajo―al menos ten piedad de tus hijos―

Si bien desde ya esta era una familia muy extraña, con varios componentes como lo era la brujería, pero al llegar el padre de esos tres pequeños traviesos, uno podía darse cuenta que él no era un humano.

―papi―llamaron sus hijos acercándose al hombre para poder abrazarlo― ¿mataste a alguien?―realmente no era una familia normal.

La verdadera identidad de estos monstruos de la noche, era que efectivamente eso eran. Mientras Kagura era una bruja que fabricaba pociones, su esposo, Okita Sougo, era un vampiro de corta edad. Aun no superaba la treintena, pero ya se sabía que viviría por arto tiempo rodeado de sus hijos. Se esposa, ya tenía preparado pócimas para mantenerse con vida y joven, después de todo no soportaría vivir una eternidad a su lado escuchándolo mofarse por sus arrugas.

―ya les dije que no, lo mejor es no llamar la atención―resoplo con cansancio. Sus hijos creían que él era un potente asesino despiadado, cosa que era bastante cierta, pero la causa no era que fuese un vampiro.

Kagura los mandó a lavarse las manos para que vayan a merendar mientras hablaba con su esposo. ¿Qué no hacia eso? Sougo asesinaba, claro, en nombre de la ley. Su esposo consiguió un trabajo como policía de alto rango en cuanto llegaron allí. Y gracias a su poderosa influencia consiguió un turno nocturno para no tener que estar expuesto a los rayos del sol. Lástima que la hora de partida hacia el despacho que le fue asignado sería un problema culpa del atardecer si es que su esposa no le preparara ese brebaje para combatir los rayos solares.

―Sougo―llamo Kagura con cara de reproche mientras este se sentaba en la mesa―ayer desapareció Hisashi, ¿tienes que ver con esto?―frunció el ceño. Sabía lo celoso y posesivo que era este. Aunque jamás había hecho algo de ese calibre, al menos no en su antiguo hogar― la semana pasada también se extravió Dai― Sougo bufo con fastidio.

― Que tragedia― respondió irónico.

Esos dos eran los que más intentaban ligar con su esposa, pero el juraba no ser el culpable de esas acciones. Agradecía a quien esté haciendo el trabajo que el mismo deseaba hacer.

― ¿sádico?―regaño con fastidio― deja de hacerte el yandere y devuélvelos a su hogar―recrimino la mujer.

―china, ¿Cuál sería la causa para que quisiera hacerlo?― pregunto fastidiado. Al llegar a su casa lo que menos quería era escuchar a su esposa preocupándose por dos hombres que intentaban flirtear con total descaro con ella.

―celos―aseguro.―ambos son mucho más amables que ti―respondió para molestia de él, ¿era en serio? ¿Lo estaba provocando?

Se levantó de su asiento acercándose a ella.

―retráctate ―exigió tomando su cintura con fuerza. Ella negó con insistencia― ¿así que no soy amable?―asintió ella a su pregunta― entonces, tal vez, deba darte motivos más que suficientes para que pienses aquello―trazo un camino con sus dedo por lo largo y ancho de su espalda, mientras se relamía los labios exponiendo sus colmillos.

Kagura no recrimino nada, una rápida vista a los ojos rojizos de este le dieron la aprobación de que él no mentía, estaba siendo sincero.

―los niños―murmuro al momento de sentir su lengua rosar por su yugular.

―no pasa nada―la calmo―ellos saben, que la única sangre que bebo es la tuya―

―Sougo― gimió levemente.

―Kagura, estoy hambriento― abrió su boca para poder clavar sus colmillos y así beber su sangre, pero una mano infantil lo detuvo en pleno acto.

Mirando hacia abajo pudieron ver a un niño muy similar a Kagura con el semblante monótono… aunque estaba más serio que lo normal.

― ¡Ryo!―se alejó de Sougo para tomar en brazos a su pequeño mimado.

Por su parte el padre de ese niño cruzaba miradas retadoras con su engendro. Ese chico tenía la mala costumbre de creer que Kagura era solo de él.

―tengo hambre―se escudó el niño en su mentira mientras descansaba descaradamente sobre el pecho de su mami. Miraba con burla a su padre, mostrándole de lo que se perdía.

―ya está la merienda―aviso sentándolo en una silla mientras servía sus típicas galletas. ―sádico, ¿no comes?― pregunto con burla sabiendo la respuesta.

El no respondió a su intento de fastidiarlo, ya estaba bastante molesto con que Ryo lo detuviera en pleno acto de cortejo.

Además tenía hambre y quería beber la sangre de Kagura, debía esperar a que termine de comer. Escucho las pisadas apresuradas de Kanna y Souji bajando por las escaleras bastante animados.

Se iría a tomar una ducha antes de comenzar a ordenar las planillas que se había traído consigo del trabajo, pero… gracias a su oído sensible, pudo escuchar leves quejidos provenientes de la despensa.

Caminando con pesadez hacia la puerta, pensando en las travesuras de sus tres retoños comenzó a sentir un dolor punzante en su cabeza. Lo matarían dentro de poco.

Adentrándose en el lugar encontró la habitación a oscuras, prendió la luz esperando encontrarse a un animal salvaje como un oso o un tigre, sus hijos eran amantes de los animales, defecto o virtud ese gusto provenía de su mujer.

Sougo se esperaba hasta el secuestro de un elefante, pero nunca espero encontrarse con ese tipo de animales: dos hombres amordazados y amarrados. Uno de ellos tenía el cabello plateado y alborotado, mientras el otro… el otro era su vicecomandante, Hijikata Toushirou.

No hablo, no pudo hacerlo. Ambos movían sus cuerpos esperando ser salvados. Estaban más que aterrados y es que a su alrededor habían algún que otro símbolo satánico y círculos hechos con sal, sin mencionar las velas negras y la peste a sahumerio.

Salió de la habitación cerrando la puerta detrás de sí. Comenzó a llamar a sus retoños que se presentaron ante el como todos unos angelitos al ver donde estaba parado su papá. Kagura se aterro por su mirada serie, ¿Qué era lo que había descubierto?

― ¿Sougo?― pregunto confundida.

― ¿me explican porque están esos dos dentro de la despensa?―pregunto al momento de abrir la puerta y mostrar el delito.

― ¡Souji nos dijo que lo hiciéramos!―acuso la pequeña apuntando a su hermana menor. La mocosa comenzó a hacerse la victima dejando al descubierto al pobre de su hermano.

― ¿qué? ¡Tú dijiste que querías hacer un hechizo para conseguir las espadas y ser un samurái como papi!―hablo Souji dejando al descubierto a la mente maestra.

― ¿y qué tipo de hechizo iban a hacer?―pregunto Kagura con los brazos cruzados mientras se posicionaba al lado de su esposo.

― vender sus almas al infierno por tres espadas―respondió monótono el menor, Ryo.

― ¿tres? Yo solo veo dos sujetos, creí que era un sacrificio por objeto―Sougo dio una vista desagradable hacia su superior, pensando que sería buena idea dejar a los niños experimentar con ellos, lo lamentaba por el otro extraño.

―el madao que trajo mami servirá― respondió Ryo inocentemente. Kagura también caía en las travesuras. Sougo fulmino con la mirada a Kagura quien se veía atrapada por la situación.

Con un madao, un permanente y un adicto a la mayonesa en la sala, la familia Okita comenzaba a meditar que harían con esos tres.

― ¡propongo que nos los dejen para practicar con nuestras espadas!― dijo Souji muy animado.

´´ve a un prostíbulo si quieres aprender a usar tu espada, pequeño mocoso´´ pensó el hombre de permanente al escuchar esas palabras. Cualquiera tendría doble pensamiento, esos dos deberían enseñarle que esas cosas no se decían en público.

―yo aún espero la explicación de tu madre con respecto a ese hombre―miro a Hasegawa con ganas de desenvainar su katana, y no la que estaba oculta entre sus pantalones.

Madao se removió, pidiendo la palabra con miedo.

―bueno… yo pensé que éramos almas gemelas―se sonrojo―creí que me llevaría a su casa y haríamos esto y aquello y…― Sougo se levantó de su asiento, rodeado por un aura oscura, esperando una palabra más para degollarlo y dejar que sus hijos jueguen con su cadáver.

´´ ¡Cierra la boca! ¿No vez que te mataran? ¡Sougo te degollara!´´ gritaba Hijikata en su fuero interno.

Kagura detuvo a su esposo tratando de explicar, pero…

―Ella me sedujo―siguió hablando Hasegawa con un rubor intenso en su rostro―Lamento que te duela, pero como todo hombre de honor debe saber cuándo rendirse, es normal que ella te dejara por alguien tan atractivo como yo― rio apenado mientras Sougo forcejeaba con Kagura para poder asesinarlo.

― ¡cálmate, todo tiene una explicación!―Kagura trato de detenerlo sin mucho éxito, su esposo tenía bastante fuerza.

―Te escucho―grito furioso.

―bueno…―comenzó a hablar―estoy en medio de una investigación para una pócima muy eficaz y necesitaba un hígado extraído de algún ser viviente―explico ―un madao, olvidado en la calle sería lo mejor, pensé―

―Mientes―grito Hasegawa con desesperación― ¡Me sedujiste!―

― ¿Lo hiciste?―pregunto Sougo arto de toda la situación.

―le invite un plato de comida y nada más―a decir verdad ese hombre era tan pobre que si le hubiera invitado con algunas galletas ya lo tendría comprado.

Ryo estaba en el mismo estado que Sougo, quería matar a ese sujeto de una maldita vez.

― ¿puedo matarlo?―pregunto el infante tomando el paraguas de su mami.

― ¿que…?―intentando detener a su pequeño, Kagura fue detenida por los brazos de Sougo que la tomaban por las piernas alzándola como un costal de papas.

―si―acepto la petición del pequeño― también desháganse de esos dos, vieron nuestros rostros y podrían reconocernos como personas peligrosas― alerto a los tres mientras subía a su cuarto con Kagura a cuestas.

― ¿Qué? ¿Por qué me mataran? Yo no vi nada, soy siego, ¡escucha Souchirou-kun, no puedo reconocer tu rostro! ¡Por favor!―gritaba Gintoki aterrado, mientras era dejado a manos de esos monstruos.

―no es Souchirou-kun, es Sougo―aclaro el mayor mientras buscaba la salsa tabasco―creo que no es buena idea matarlos, podemos torturarlos con las ideas del libro ´´Sádico se nace´´―mostro la tapa de un hombre torturando sádicamente a unas hormigas con una lupa.

―me parece bien, esa idea me gusta más―sonrió Kanna de manera sádica, igual a las que hacia su papi.

―E… Esperen, podemos negociarlo―trato de hablar con esos niños―Tengo espadas en…―

― ¿dónde?―pregunto rápido Souji al momento de acercar la salsa tabasco a sus rostros.

―en el cuartel hay muchas―aseguro con energía.

―no te, creo―afino su mirada dudando de sus palabras.

―claro que es verdad, Hijikata -kun siempre tiene espadas, ama las espadas, seguro se las clava todo el tiempo a sus compañeros de equipo― comenzó a apoyar a Hijikata de la única manera que sabía hacerlo, pero sin contenido sexual como muchas lectoras deben estar pensando en este momento.

―Oye, eso se escuchó muy extraño― se quejó Hijikata con fastidio.

Mientras esos dos parloteaban, Kanna se acercó a Gintoki. Ambos tenían una marca muy similar en sus labios.

― ¡No puede ser!―dijo dramática― ¡Vi esa marca en las novelas, ustedes se besaron!―

― ¡Oh! Yaoi 3D―dijo Ryo al ver que su hermana tenia razón.

― ¡Esto no es Yaoi, mocoso de mierda! Deberías ver…―Gin no pudo hablar más, el mayor de los niños, Souji golpeo con fuerza el pilar donde Hijikata y Gin se apoyaban. La fuerza fue tanta que hizo temblar la casa, ambos comenzaron a dudar si saldrían de ese hogar con vida.

―Nadie insulta a uno de mis Hermanos―trono sus dedos mientras sonreía sádicamente, recordando, en más de una vez a la sonrisa de Kamui, su tío.― ¿Entendido?―Incluso Hasegawa sintió el terror en su cuerpo.

La tortura estaba por comenzar.

― ¡Kyaaaaa!― se escuchó el grito proveniente de la sala de estar, Kagura quería ir a ver si sus hijos seguían siendo niños puros o unos salvajes sádicos torturadores.

―Sougo, quiero bajar― murmuro con esfuerzo.

Sentado en la cama matrimonial de la habitación, Sougo tenía sobre su falda a Kagura sentada a ahorcajadas. Su cuello expuesto servía para alimentar a ese hambriento vampiro con el que se había casado.

Que el bebiera su sangre no la excitaba en sí, lo que si lo hacía era los movimientos de sus manos por todo su cuerpo. La fluidez y la perversión de su tacto por entre su ropa, desabrochando su brasier y palpando sus zonas sensibles.

―te dije que estoy hambriento― murmuro separándose un poco de su cuello mirándola a los ojos y lamiendo un hilo de sangre que colgaba por la comisura de sus labios.

― ¿no… no bebiste suficiente?―pregunto incapaz de ocultar sus gemidos.

Sougo sonrió altanero mientras cambiaba la posición de sus cuerpos dejando a su hermosa esposa reposando en la cama mientras el quedaba sobre ella.

―Kagura, tengo otro tipo de hambre ―separo sus piernas para ver su centro― y por lo que veo, tú también estas hambrienta―

Kagura le sonrió a su esposo aceptando su cariño.

Podía ser un sádico de primera, podría tener a tres niños con las mismas mañas que su esposo, pero no podía negar la linda familia que tenía.

Para ella con todas sus imperfecciones, era la familia más perfecta del mundo.

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Extra―

Tres días atrás.

Un joven de cuerpo regordete iba caminando por las oscuras calles de Edo, babeando por la hermosa charla que había tenido con la bella señora Okita.

Pero unos pasos lo siguieron hasta atraparlo en un callejón sin salida.

Golpes se escucharon allí, forcejeo un fuerte sonido de un cuerpo cayendo.

Dai estaba desmayado en el piso y un niño pequeño de unos cuatro años había sido el causante.

uno menos―tacho Ryo el nombre de Dai de su pequeña libreta.

―y eso fue lo que sucedió―explico el infante a sus padres después de haber sido descubierto.

Su libreta había quedado mal guardada y su adorada mami lo había descubierto.

Kagura no sabia que hacer con la confesión de un crimen por parte de su niño más pequeño.

― ¿qué hiciste con él?―pregunto Sougo con temor a escuchar su respuesta.

―no lo mate―dijo haciéndose el inocente. Kagura y Sougo suspiraron por un momento―solo lo envolví en una bolsa y lo tire por el acantilado―

La pelirroja comenzó a retar a su pequeño mientras Sougo suspiraba cansado. Primero sus hijos secuestraban y torturaban a tres humanos, aunque agradecía que no tomaran tan literal su permiso de matarlos. En la mañana, Kagura los hizo beber una pócima para que olviden todo el incidente y así liberarlos. Después su hijo más pequeño confesaba un crimen, sin contar que se trataba más de un solo sujeto. El listado de sujetos era amplio, Hisashi también estaba allí.

― por lo menos no me vienes con una estupidez como tu madre―agradeció de alguna manera.

―no era una estupidez―se quejó la mujer―ya te dije que la pócima era por tu bien―sollozo―necesitaba un hígado para evitar que quedaras calvo como papi―se largó a llorar como una niña. Ya se había casado con él para toda la eternidad, esos habían sido sus votos, pero no quería vivir eternamente con un esposo calvo.

― ¡Cállate china!, ¡Si quedo calvo es culpa de todas sus estupideces!―le grito molesto.

Y así era la vida típica de un matrimonio conformada por un vampiro sádico y una bruja china.

Pero, claro, su vida no sería así de emocionante sino fuera por sus adorados, sádicos y ruidosos, hijos.

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