Valar Morghulis
¿Adónde en verdad iremos que nunca tengamos que morir?
Aunque fuera yo piedra preciosa, aunque fuera oro, seré yo fundido, allá en el crisol seré perforado.
Sólo tengo mi vida, yo, Cuacuauhtzin, soy desdichado.
-Canto triste de Cuacuahtzin
~Todos los hombres mueren, era la ley absoluta, los hombres podían pelear sobre los siete o los viejos dioses, no importaba, todos iban a morir en algún momento.
Aquello era para ella un seguro que iba mucho más allá de ser una simple frase, era trabajo y acción, su existencia resumida en dos palabras, simples y directas como la muerte misma. Su padre le había enseñado cuál era la importancia de reconocer lo efímero de la existencia, el tiempo debía aprovecharse y cada ser tenía el camino marcado para hacerlo. El viejo no creía en los dioses; nuevos, viejos, lindos o feos. Pero sí creía en que algo o alguien se encargaba del destino, su destino era entrenarla, la mejor entre todos los miembros de la hermandad y el de ella era simplemente aguantar.~
Mirla se levantó muy temprano la mañana en que se suponía el rey Baratheon llegaba a Invernalia, Sertia seguía dormida en la esquina de la cama con las manos metidas debajo del almohadón, Mirla sonrío al verla y se vistió con cuidado sin hacer ruido, al cortar la garganta de un hombre mientras este dormía Mirla tenía que ser tan silenciosa como una araña, sin causar estragos, y así se ha movido desde siempre.
Salió de la habitación siguiendo las paredes en la oscuridad, palpando la humedad cálida con la punta de los dedos. El contraste frío y caliente del castillo le recordaba su infancia, el calor del ambiente del sur y la sobriedad invernal del norte, las palabras de su padre viajaban por los peldaños de la escalera junto con ella, en el fondo de su mente la distante mirada de su madre le traía sentimientos encontrados. La cicatriz en la mejilla le quemaba, frío o caliente en distintas ocasiones, pero siempre siendo una muestra de su destino.
No puedes cambiar lo que eres.
Le había susurrado antes de que ella hundiera el filo de la daga en su pecho, no, ella no podía olvidar lo que era porque estaba arraigado en su alma y en la piel de su mejilla, un eterno recuerdo de la voz paternal, la cicatriz vibró con el pensamiento y Mirla, acostumbrada a sentir el hormigueo, respiró profundamente.
El olor de la cocina la recibió antes de la luz de las antorchas, dos mujeres pelaban verduras y reían en voz baja, otras se acomodaban en la mesa de centro moviendo cazos, probando caldos de olores vistosos y llevando la carne al horno.
La jefa de la cocina está sentada frente a un trozo de venado fresco con la piel aún pegada a la carne, cuando levantó la mirada de su trabajo sus ojos se detuvieron en Mirla. —Niña ven acá ¡Rápido!—. Caminó esquivando a las mujeres que iban y venían con platos sucios y bandejas preparadas.
—Este día es una locura ¡Eh! El rey y toda su caravana vienen y tú decides quedarte dormida hasta tarde-.
Mirla ni siquiera se molestó en decirle que se levantó varias horas antes de lo que debería así que solo asintió con la cabeza cuando la mujer le mostró los trozos de carne que debía limpiar y adobar. La sangre de venado aún corría por la mesa, los agujeros donde las flechas debieron estar supuraban poco a poco como si el trozo de animal aún siguiera con vida. Varias horas y mucho venado después Mirla se limpiaba como podía las manos de la sangre y el adobo en una pileta de agua en la esquina de la cocina, tenía manchados los brazos y todo el vestido pero no le importa, la sangre era un tema común para ella. Es el olor del vinagre en el adobo lo que la mareaba y le hacía sentir náuseas, le traía recuerdos no placenteros, recuerdos que prefería dejar enterrados en el fondo de su mente.
Ignorando el zumbido que sintió subir por su cuello hasta la cicatriz, se quitó el cabello de la frente dejando una marca oscura de sangre y especias. Cuando se giró Sertia estaba en la puerta con una sonrisa suave en su rostro de niña, llevaba un lindo vestido lila oscuro, no tan vistoso como el de una dama, pero definitivamente por encima de cualquier cosa que ella deseara usar.
—¿Algo importante que tengas que decir princesa o vas a quedarte ahí todo el día?—. Tronó la voz de la encargada de cocina mientras dejaba caer su cuerpo en el muro.
—Lamento interrumpir, Lady Catelyn va a designar los puestos para la tarde—.
Con un suspiro de enojo la mujer dejó salir a todos para presentarse, Mirla caminó sin vacilar hasta su hermana y siguió por el pasillo y las escaleras sin detenerse.
—Mirla—. Sertia se colocó a su lado con prisa y la detuvo tomándola del codo.
—¡No vas a presentarte ante Lady Catelyn luciendo así! —. Mirla frunció el ceño con duda, miró la ropa manchada y arrugada mientras pasaba las manos por encima, la sangre seca voló como polvo y la que aún estaba húmeda se esparció por la falda y manchó sus palmas.
—No veo el problema—. dijo encogiéndose de hombros y se giró para seguir su camino, pero Sertia volvió a detenerla.
—Van a enviarte a los establos si no te cambias-. A Mirla no podía importarle menos, no quería estar ahí cuando el rey y toda la caravana de caballeros, príncipes y payasos llegaran, prefería quedarse en los establos los siguientes días, segura de que iba a estar tan lejos de la familia real como pudiera, la cicatriz en su mejilla quemó de nuevo con el pensamiento, no sabía hasta qué punto su historia puedo esparcirse por Desembarco del rey, pero arriesgarse a perder una batalla es un movimiento de tontos y ella sabía que no ganaría una contra la monarquía.
—No me importa—. Sertia suspiró y miró por la ventana, aún quedaban al menos una docena de servidores, pero la mayoría estaban ya esperando las órdenes de Lady Stark.
Las hermanas caminaron hacia el patio donde los demás aguardaban su turno para ser asignados a las tareas que debían cumplir cuando el rey llegara. Sertia fue a pararse junto a las demás mujeres con la esperanza de ser escogida como dama para ayudar a los acompañantes del Rey, en cambio, Mirla se paró junto con los hombres del establo, no tenía ganas de siquiera intentar ser una dama como su hermana; para ella era más fácil ser ignorada si se quedaba en lo más profundo del Castillo.
Lady Catelyn nombró a su hermana y con voz clara mandó a la chica para que ayudara a la princesa en su estadía. Sertia caminó al frente con una sonrisa sincera, sus ojos verdes brillaron en la distancia causando un nudo en el estómago de Mirla. Aquellos ojos eran iguales a los de su madre y el cabello rubio claro que su hermana llevaba trenzado en la nuca era tan parecido al de su padre que ambos parecían sacados de la misma hebra de oro. Mirla no tenía los mejores atributos, tenía los ojos castaños de su padre y el cabello del mismo tono que su madre.
—Mirla—. la voz de Lady Catalyn interrumpió sus pensamientos, la joven miró hacia el frente donde los pocos empleados que quedaban le devolvían la vista, ojos cautelosos, atemorizados y molestos, los mismos ojos que desde siempre la han mirado. Mientras caminaba a recibir su tarea pensó en lo diferente que habría sido su vida de haber nacido con el destino de Sertia y no el suyo. Al llegar Mirla se quedó quieta con la mirada fija en la mujer al frente, sin mover ni un músculo. Lady Catelyn la inspeccionó de pies a cabeza y la joven miró como la esquina de sus labios se extendía en una sonrisa que desapareció antes de formarse. Algún tiempo atrás cuando las hermanas eran recién llegadas en Invernalia las personas solían comentar el parecido que tenía con lady Ayra Stark, Mirla sentía que la comparación estaba fuera de lugar, la niña lobo era luz a su lado, la joven había tenido el estigma de su naturaleza siempre visible en la cicatriz de su mejilla.
—Los establos—. La mujer le dirigió una última mirada antes de girarse para seguir, la joven atravesó el patio hacia los establos donde la esperaban los fardos y los caballos, dispuestos y listos y, sobre todo: sin juzgarla.
Antes de entrar a la media oscuridad unos gritos la hicieron girarse, los jóvenes de la familia ya se habían levantado y caminaban hacia donde Lady Catelyn terminaba de nombrar a los últimos dos empleados que quedaban, los ojos de Mirla lo buscaron antes de que ella misma registrara su acción, era inconsciente y molesto porque le hacía sentir que no tenía poder sobre su cuerpo.
Jon caminaban detrás del joven Bran que perseguía a al mayor de los hijos Stark y a Theon Greyjoy con sus piernas pequeñas y graciosas. La joven miró los cálidos ojos gris oscuro mientras se escurrían entre Bran y Robb, su corazón latió con fuerza y dentro de ella la voz de su padre la reprendió, esa no es la manera en que una sombra actúa. Pero, qué importaba la manera en que una sombra actuaba cuando Jon sonreía y se movía de esa manera; causándole cosquilleos por todo el cuerpo que se alojaban en su pecho. Al pasar a su lado los chicos siguieron su camino, ella era una empleada más (el que todos supieran o al menos intuyeran su pasado no lo hacía más diferente) pero los ojos de Jon sí la miraron, ojos grises casi negros que miraban a sus hermanos con amor dolido y que a ella le dirigieron una mirada helada, distante y con ese deje de molestia que siempre la dejaba entumecida.
Mirla desvío el rostro rápidamente sintiendo la piel de la cicatriz quemarle y palpitarle, la voz de su padre, más parecida a la voz de todas las personas que le habían dicho lo mismo, resonó en su mente.
Nunca cambiarás lo que eres.
No, nunca. Con un respiro entrecortado y las manos temblorosas entró al establo y se recargó en la pared más cercana. Muy pronto, pensó, no estaría aquí, lejos de las paredes cálidas y húmedas del castillo podría olvidarlo, en algún lugar donde el sol quemara la piel y la arena se uniera con el horizonte, un lugar que no le trajera el recuerdo de unos ojos grises oscuros y profundos.
Muy pronto, porque no podían durar en Invernalia para siempre, a pesar de la bondad que los dueños habían mostrado con un par de "huérfanas", la mera idea de quedarse para siempre encerrada en las paredes de un lugar le daba escalofríos.
La joven se separó de la pared y sacudió la cabeza mientras caminaba a la esquina del establo, trayendo los fardos de heno para los caballos pensó en el siguiente lugar donde podrían huir. Mirla quería estar en un lugar con sol, le gustaba la frialdad del norte pero esa frialdad se metía hasta en los huesos, se metía en el alma y cambiaba a las personas, con un suspiró la joven dejó los fardos y miró por la abertura al costado de la puerta, era apenas del tamaño justo para mirar solo una porción del castillo, una aburrida pared gris como los ojos de Jon; gris frío.
Dorne estaría bien, a Sertia le gustaba la arena de las playas sureñas y los vestidos vaporosos y Mirla podía disfrutar del estilo de pelea y del anonimato, tener una cara marcada en las tierras de Dorne no significaba nada.
La mañana se pasó corriendo y los caballos iban y venían, la joven disfrutaba de su compañía, silenciosa y necesitada, a veces los animales solían agradarle más que las personas, quizá porque le recordaban a su hermana cuando eran niñas; Sertia solía ser una bodoque de piel rosa, cascadas de oro y ojos como lagunas verdes que la seguía a todos lados, a pesar de llevarse un par de años, Mirla no recuerda un momento en que su hermana mayor no dependiera de ella.
Ahora ya no, el frío del norte la había cambiado como Desembarco del rey nunca lo hizo, en la cercana compañía de las hijas de un Lord, Sertia había creado su mejor papel, una chica simple pero educada como princesa, de ahí que todos los servidores le llamaran así.
Pero Mirla estaba segura que solo bastaba con volver al sur, a Dorne, para que su hermana volviera a ser la misma de antes. Dos hombres entraron en el establo y la joven se mantuvo en la esquina más alejada de ellos pensando en las mejores fechas para salir de Invernalia, su día del nombre estaba cerca y sería un regalo precioso en poder montar un caballo nuevamente hacía la libertad sureña, la fantasía le hizo casi creer que podía sentir el calor emanando del suelo, pensó en arena y playas, el calor aumentó un poco y Mirla se recostó al costado de los fardos sintiendo un vapor caliente subir por sus muslos.
Demasiado real... pero ¿Qué importaba? Cerró los ojos disfrutando de la sensación de paz que la llenó por completo y las voces masculinas que anunciaban la llegada del rey se disiparon de su mente, algo en su interior le decía que debía presentarse como los demás, formar una línea para recibir al hombre con corona, pero no quería moverse.
Era casi como estar ahí, era estar ahí.
La voz de su padre le susurró cosas extrañas, palabras de amor que se disolvían cuando quería repetirlas, una imagen se desplegó ante ella mientras los murmullos la acunaban, su madre estaba ahí, también su padre, pero Sertia no, los dos la miraban con ojos amables, sinceros y le repetían las canciones de sus abuelos, canciones sobre hombres valerosos, dragones, secretos y tesoros.
Cuando Mirla logró despertar la noche había caído sobre el castillo, la joven se levantó rápidamente alertando a los caballos a su lado, con un leve siseo logró calmarlos, pero su corazón aún latía con fuerza en su pecho. ¿Qué había pasado? Recordó el calor subiendo por su cuerpo y el sueño de sus padres amorosos y sintió algo helado correr por su espalda, aquello no parecía normal, más bien, parecía alguna de esas señales que las brujas dicen vienen de las visiones.
¿Sería algún mensaje sobre su futuro?
Ignorando las dudas en su mente Mirla salió de los establos para ir con su hermana, no sabía dónde estaba, quizá en la fiesta sirviendo o en su recamara descansando un rato, la necesitaba terriblemente. Por primera vez desde que tenía ocho años sintió un vació profundo en el estómago de miedo, miedo puro y terrible, no era algo que su padre le hubiera enseñado a controlar, no eran oraciones a la muerte.
Siguió caminando por el patio cuando escuchó el ruido de la espada, un golpeteo rítmico atrajo su atención y sus pasos se detuvieron a medio camino, debía seguir caminando, pero su corazón latía al compás de los golpes. Es él, pensó, y se acercó lentamente hasta el tejado dónde los hombres entrenaban.
Jon estaba de espaldas a ella, tenía una espada en la mano y golpeaba con fuerza a un oponente falso. A pesar de la furia con que dejaba caer el filo sobre la tela parecía que danzaba, sus manos gráciles parecían sostener la espada solo con el empuje del viento, Mirla se escondió entre los postecillos de madera para mirarlo mejor, su cabello se veía más corto pero quizá solo era el peinado, no sabía pero lucía perfecto y la joven sintió el pecho contraérsele de emoción contenida. Nunca nadie le había hecho sentir así, jamás.
Una sombra no siente nada más que la muerte, una sombra espera en la oscuridad, una sombra es una guerrera, un artefacto de guerra, un arma, pero Mirla se sentía más como la chica diecisiete que era, cada vez que Jon Snow estaba cerca, que como la sombra.
Las puertas del castillo se abrieron y un caballo entró galopando rápidamente, Mirla no pudo reconocer al jinete, aunque por su vestidura era más que obvio su identidad como miembro de la guardia de la noche, Mirla había visto algunos cuervos antes, pero los encuentros no habían sido personales. Nadie le había pedido a una sombra matar a un hermano de guardia.
El hombre dijo algo lo suficientemente fuerte para que Jon lo escuchara y se girara para verlo, Mirla dejó salir un suspiro, se había cortado la barba y tenía la piel lisa y pálida como la luna. Su corazón volvió a acelerarse y la joven estaba segura que en cualquier momento saldría huyendo de su pecho.
—Tío Benjen—. Los ojos de Jon brillaban pálidos y cálidos cuando se acercó para saludar al jinete, Mirla no tenía la menor idea de quién era el tío Benjen, pero debía ser alguien importante para que lo dejaran entrar en Invernalia tan tarde y en medio de un banquete.
Mirla aguantó la respiración, podía escuchar la música del banquete saliendo del salón principal y una sonrisa nostálgica le salió de la boca cuando pensó en su hermana, ataviada como una servidora llevando platos y cuencos con vino. Sertia había estado hablando de la primera noche que el rey pasaría en el castillo desde que se había sabido de su venida, su hermana tenía esperanza de poder estar en el mismo cuarto que la realeza y la familia Stark, como casi una dama.
—Padre me dejará, si se lo pides—. Mirla se concentró de nuevo, Jon que había alzado la voz lo suficiente para que ella pudiera escucharlo, el hombre de negro sonrío y dijo algo que la joven no pudo distinguir, abrazó a Jon y desapareció dentro del salón.
Cuando Mirla se disponía a salir de su escondite y seguir su camino alejándose del peligro de ser descubierta, una voz la sorprendió a ella y a Jon, había sonado tan cerca que la joven sintió el cabello de la nuca erizarse y saltó de entre los postes a la claridad de luz.
¿Había perdido tanto la concentración que alguien logró escabullirse a sus espaldas?
Una sombra nunca deja de mirar y escuchar.
Jon la estaba mirando fijamente ahora y el aire se le quedó atorado en la garganta, Mirla sintió pesadamente no haber escuchado a su hermana cuando le advirtió que se cambiara de ropa. Aún tenía el vestido manchado de sangre, los brazos y el costado de la cara también, parecía una vagabunda, una salvaje recién salida del muro y lista para comer niños, terrible, horrible, inconcebible.
—Vaya, vaya, un espía—. Mirla alejó su mirada de los ojos fríos de Jon y vio ante sí al responsable de su sorpresa.
De las sombras surgió un hombre del tamaño de un niño pequeño, tenía el cabello rubio brillante y una cicatriz que le cursaba la mayor parte de la cara. Su propia cicatriz pulsó con violencia; no era lo mismo, ella tenía una marca de oficio.
—Oh no— dijo el hombrecito al acercarse para mirarla —Una sombra—. A pesar de que sonreía las palabras salieron amargas de su boca, un silbido que hizo que Mirla se pusiera a la defensiva al instante.
Sombra.
—No…—. contestó la joven sin poder articular otro sonido, la voz de su padre se extendió por sus oídos dejándola sorda a todo lo demás.
Una sombra nunca abandona Mirla, lo que eres lo serás hasta tu muerte.
El hombrecito la miró con una mueca de burla, pero con ojos precavidos, ella sentía el remolino de emociones en su interior y apenas si podía seguir respirando sin caerse.
Me reconoció.
—Una sombra y un bastardo ¿Las sorpresas que trae la noche? —. Jon se irguió rápidamente y le respondió sin ni siquiera mirarla.
—Soy el hijo de Lord Eddard Stark—. La miró, como esperando que ella añadiera algo, pero las palabras se negaban a dejarla, solo el susurro que se repetía sin parar llenaba su mente.
Sombra.
—Pero no de Lady Stark así que, sí, eres un bastardo —. El hombrecito se encogió de hombros cuando Jon se giró violentamente, no parecía importarle que sus palabras hubieran calado tan fuerte en los dos jóvenes.
—¿Disculpa te he ofendido? —. Preguntó con sorna y Mirla sintió la ira despertar en su interior. Estaba acostumbrada a las burlas y los comentarios, pero esto era demasiado, nadie le había llamado sombra en ese tono despectivo sin enfrentar la muerte que la acción conllevaba.
—Déjelo en paz —. Espetó con su voz recién ganada, pero antes de que hubiera avanzado para terminar la amenaza silenciosa Jon habló.
—No necesito que me defiendas, sombra —.
Mirla sintió el terreno bajo sus pies moverse con violencia, se giró para mirarlo y comprobar que había sido él, que su voz había verdaderamente cargado esas palabras al viento. Sombra había sonado como algo amargo y pestilente, algo que se tiene que arrojar la piso cuando se toca para evitar mancharse, la cicatriz en su mejilla parecía quemarle como fuego vivo contra la piel.
—No hay necesidad de ser grosero — El hombrecito levantó las manos entre ambos y la joven miró sus ojos mientras él le observaba la mejilla —Es difícil ocultar eso, yo sé de marcas y siempre terminan llamando la atención —. Con una sonrisa sus manos parecieron moverse hacia ella y el peligro grito en su alma, tenía que salir de ahí, tenía que alejarse.
Sombra.
No, no era ella, pensó. Pero claro que lo era, una sombra con el peso de la muerte en su piel, para siempre reconocida ante todos, nadie nunca miraba a la joven detrás de la marca, solo la marca de su oficio.
Mirla salió corriendo sin mirar atrás, ninguna sombra jamás debía actuar así. Defiende tu honor le habría dicho su padre, pero no podía. No, lo único que se repetía en su mente era el rostro de Jon cuando habló, la boca en una línea recta y los ojos destilando desprecio. Mirla había sido una buena servidora, silenciosa e invisible, la única razón por la que era conocida era por la cicatriz, se había mantenido lejos de todos para no alterar los ánimos. Había sido una sombra, pero no de muerte, ya no.
¿Por qué la odiaba tanto? La pregunta y los ojos grises fríos se repitieron en su mente mientras Mirla atravesaba los pasillos y bajaba los escalones. El pecho le ardía, su respiración volviéndose inútil porque el aire se le estancaba en la garganta y le hacía sentir como si estuviera ahogándose lentamente.
Para cuando llegó a su habitación con las manos temblorosas tenía el rostro empapado en lágrimas que bajaban hasta su boca llevando la sangre con ellas. Sabía a metal y desesperación, el sabor le recordaba la marca en su mejilla y los ojos grises, apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta antes de que los sollozos salieran como dardos hacia la nada. El vestido le pesaba y se lo arrancó de la piel lastimándose en el proceso, se deshizo las trenzas y cayó en la cama sin dejar de llorar, la voz de su padre le susurraba la misma sentencia.
Una sombra no deja nunca de ser una sombra.
No papá, pensó, nunca deja de serlo, jamás.
La piel al borde de la cicatriz se estiró y Mirla recordó el calor abrazándola mientras escondía el rostro en el almohadón. Debía odiar a Jon por haberle contestado de ese modo, debería, pero su corazón dolía simplemente y el dolor le llenaba cada parte vacía en su interior. Es todo lo que tenía, su padre mirándola sin amor mientras aguantaba los golpes de los entrenadores, siempre vigilando que no saliera ni un solo quejido de su boca, entrecerrando los ojos cuando una lágrima caía. Su madre fría e indiferente llevándola a la casa de las armas todos los días, Mirla le rogaba que no lo hiciera.
"Mamá seré una buena niña mamá, no me dejes con ellos por favor, voy a ser buena como Sertia mamá", pero nadie se detenía, nunca.
Jon tampoco, no tenía porque, no la conocía, no quería hacerlo, ella era un peligro, una bestia enjaulada y hambrienta, al igual que todos miraba siempre la marca nunca a la chica.
Estaba cansada, en Invernalia ella no era Mirla, pero tampoco era una sombra, era un terrible intermedio que los demás desechaban y estaba cansada de estar ahí, quería salir y nunca volver, irse a donde nadie le mirara como a una rareza, a algún lugar donde el nombre de Jon no fuera más que un recuerdo estúpido de la juventud.
Una sombra no debe sentir.
No, una sombra no debe.
Pero ella sentía, sentía el mundo quebrarse y el pecho caérsele y no le gustaba, Mirla se giró en la cama cubriéndose la espalda con una manta delgada, la calidez de las paredes atravesaba su cuerpo y poco a poco la mecía, el dolor era afilado como dagas clavándose en su carne y la cicatriz le picaba, pero el calor del castillo la hacía sentirse bien, alejada.
Recordó el sueño de la tarde, el calor del desierto quemando sus pies y sus muslos, ahora el calor regresaba, cálido llevándose al frío terrible y gris, el calor era negro como la habitación, pero no le hacía daño, se colaba entre sus piernas hasta su vientre y subía por su garganta.
Pronto las lágrimas dejaron de caer y la joven pudo sentirse lo suficientemente bien como para cerrar los ojos y dejarse llevar. Pensó en sus padres amorosos, los del sueño, cantándole canciones y protegiéndola, solo que está vez sus padres no lucían igual, el cabello castaño de su madre caía como cascada y sus ojos negros parecían el manto de la noche, su padre tenía los ojos grises amables como el cielo de Desembarco de rey al amanecer. El calor la arrullo hasta que se quedó dormida y soñó con dragones que escupían fuego y una voz dulce que le susurraba.
No eres una sombra, eres mucho más.
