Falling is the beginning of flying

"No por segunda vez venimos a la tierra, príncipes chichimecas.

Gocémonos y tráiganse las flores.

¡Al reino de la muerte!... sólo estamos de paso: ¡de verdad, de verdad nos vamos!

¡Verdad es que nos vamos!"

-Cant. Mex. Anónimo de Tenochtitlán.

Había fuego en sus sueños, fuego hambriento que devoraba naciones enteras entregándolas al olvido. En su tierra el fuego no parecía consumir nada, se colaba entre los monumentos de la ciudad, entre los ríos, las cascadas y las personas, pero no dañaba nada, el fuego había nacido en una tierra lejana, pero pertenecía ahí.

Sintió fuera de su sueño el cuerpo de Sertia recargarse en el suyo, tenía la piel caliente y olía a cerveza, sudor y carne cocida. Mirla abrió los ojos despacio y se acomodó debajo de las sábanas, su hermana pareció sentir su desnudez y se movió hacia la orilla.

—¿Todo bien? —. Preguntó estirando los dedos para acariciarle el cabello revuelto.

Mirla no contestó, se giró para verle la cara y sonrío ante el reflejo tenue de sus rizos dorados. ¿Cómo era posible que Sertia se viera como una diosa de la luz después de un día llevando bandejas? La castaña enterró la cara en el cuello de su hermana y sintió las lágrimas amargas pero débiles surcar su nariz. El sueño de calor se desvanecía lentamente dejando el frío entrar por su cuerpo desnudo, el cambio de temperatura le recordó otro momento en su vida y un escalofrío le recorrió la columna.

—¿Mirla? —. La voz de Sertia era dulce y suave, como un manto de seda que caía sobre la piel herida. Siempre había sido así para ella, un refugio en medio del desastre de la rodeaba. Cuando niña después de volver de la casa de las armas su hermana estaba ahí para recibirla, para limpiar las heridas de su cuerpo y decirle que todo estaría bien, que algún día saldrían de ahí y serían libres como los dragones que vuelan hacia donde su voluntad quiere.

—Ya cariño, todo está bien, estoy aquí —. Sí, estaba ahí y era todo lo que debía importarle, estaban juntas a pesar de todo y nada podría separarlas ahora, pero la sensación que le había dejado la voz de Jon seguía en su cuerpo, al igual que sus ojos grises y fríos.

Yo sé de marcas y siempre terminan llamando la atención, le había dicho el hombrecito, pero la marca que Mirla llevaba en la mejilla no era igual, su marca no la volvía un desecho, no, ella era una sombra; mercenaria, asesina, arma, guerrera y muerte. Sertia le acarició el cabello hasta quedarse dormida y su cuerpo le dio el calor que le robaba el norte. Por un momento Mirla pensó en como habrían sido las cosas de no haber huido, su hermana, de haber escuchado a su padre, quizá sería más feliz; tendría un palacio lleno de rosas, mármol y joyas, un nombre que la protegería del tiempo y un reino de muerte a su mando. Pero no, Sertia había sido criada como una dama porque eso tenía que ser, una noble que defendiera lo que su madre se negó a hacer, pero Mirla la había obligado a abandonar todo lo que le pertenecía.

¿Y para qué? ¿Para llorar en la noche el rechazo de las personas?

Su propia mente se quejó de su debilidad, ella era una sombra y Sertia una noble. Ambas estaban hechas para servir a la muerte, pero de manera distinta y su hermana no necesitaba cuidar de una sombra débil que se negaba a aceptar su naturaleza. ¡Que Jon le lamiera el culo de todos los dioses! Él era un bastardo, estaban en la misma posición de rechazo.

Mirla se limpió las lágrimas con el dorso de su mano y decidió dormir, porque una sombra siempre estaba en control de su cuerpo.

—O—

La mañana siguiente fue movida, la noticia de que Lord Stark serviría como mano del rey había dejado a la servidumbre inquieta y aquel sentimiento se respiraba por todo Invernalia. Mirla sintió el malestar de su existencia en la nuca y en la presión de su frente así que no le preocuparon mucho las noticias. Con mucho esfuerzo siguió a los mozos de las cuadrillas tratando de mantenerse tan alejada como podía de las visitas, pero en más de una ocasión se encontró sorpresivamente con el gemelo de la reina. El cabello rubio, mucho más brillante que el del hombrecito, le hizo detenerse en medio de su limpieza. El caballo a su lado se quejó de la falta de atención, pero la joven castaña lo ignoró fijando la mirada en los ojos verdes y hermosos que parecían ver todo con hartazgo, se parecían a los ojos de Sertia en el color, pero no en la calidez ni amabilidad, su hermana era un caramelo derritiéndose en la boca suavemente y los Lannister eran un moneda dura con sabor amargo, brillantes pero insensibles.

Los ojos verdes se concentraron en ella por un segundo y Mirla sintió un malestar en el estómago. No le gustaba la manera en que el hombre la miraba, no como sombra sino como diversión, la hacía sentirse como un fenómeno que merecía se visto y reído. Desvió los ojos de los pozos verdes y se concentró en el animal, la cicatriz le ardía como siempre, suave en las orillas y más concentrado en el centro, el mínimo recuerdo de un cuchillo caliente en su niñez.

Sertia caminó hacia ella antes del mediodía, llevando consigo una jarra de cerveza y mirando de reojo a la mata de cabellos rubios de los Lannister. Su hermana era conocida por ser hermosa, incluso con su condición de bajeza en el reino, Mirla podía apostar que cualquier hombre rey o vasallo vendería su vida para poder estar con Sertia.

—Hueles a establo —. Le comentó con una sonrisa de lado, los ojos brillantes la animaron y la joven castaña olvidó por un momento la terrible nube sobre su vida. Se giró sin dejar de acariciar al caballo llamando la atención de su hermana y le hizo una mueca, Sertia sonrío y desapareció por la puerta principal rumbo a la torre. Diez minutos después Mirla acicalaba al último de los caballos, el jefe del establo la había mirado con agrado al ver su trabajo terminado tan pronto, por esa razón le gustaba estar aquí, lejos de los ojos de las personas, los caballos eran una buena compañía, seguros y tranquilos dejaban que la castaña se acercara a ellos sin temerle, eran animales inteligentes pero amables. Había estado una vez muy cerca de un lobo, no un huargo como los que los Stark tenían en el castillo, era un lobo común con el pelaje negro y del tamaño de un perro grande, no le llegaba a la cintura, pero Mirla había odiado el miedo que recorrió su cuerpo al ver los dientes afilados apuntando en su dirección. Pero los caballos no eran salvajes ni gustaban de comer hombres, eran simples y precavidos, los del norte eran más altos y músculos que los sureños, quizá por el cambio de clima. A Mirla le gustaban porque la ocultaban completamente, detrás de un caballo de Invernalia la joven no era más que una niña, una sombra pequeña e inofensiva.

Mientras los demás trabajadores se volvían hacia el castillo para servir en los preparativos de salida Mirla decidió caminar, le gustaban las tierras que rodeaban la fortaleza gris, sobre todo la torre abandonada. Le recordaban las ruinas de su antiguo hogar y su infancia, no la infancia de entrenamiento, de muerte y golpes, sino la infancia que compartía con su hermana. Lejos de la casa de las armas y de sus padres las dos niñas habían sido más unidas que cualquier otro par en toda la comunidad, aquello enfurecía a los mayores porque Sertia era una blanca a usar y Mirla un arma y ninguna tenía relación con la otra, pero ellas apenas si podían mantenerse alejadas el tiempo que duraban los entrenamientos. Tan pronto como la castaña salía de su prisión de peleas y armas, la rubia la esperaba lista para curar sus heridas, consolarla y ayudarla a levantarse, a pensar en algo más allá de la muerte y las sombras que se cernían sobre ella. Mirla se sentía viva cuando estaba con su hermana y ese sentimiento era el que la había impulsado a escapar.

Una sombra no deja nunca de serlo.

Sí, en cierta parte ella sabía que estaba condenada pero no era solo una sombra, también era una hermana y su amor y lealtad por Sertia iban más allá que cualquier entrenamiento.

Un movimiento la hizo salir de sus pensamientos; ágil y rápida la castaña prestó atención a su alrededor en busca de peligro, desechando sus pensamientos apenas vio al joven Bran que corría por el costado del camino directo a la torre. Tenía el cabello desaliñado y el rostro rojo por el viento frío que le rozaba las mejillas y aun así no se detenía. Mirla sintió el corazón latirle con fuerza pensando en Jon y en si él seguiría a su hermano por el campo.

No, Bran siempre corría así cuando deseaba escalar y nunca nadie podía alcanzarlo.

La joven sonrío maliciosa, ella era rápida, mucho más rápida que cualquier sombra, bandido o "nadie". Sin perder un segundo más se echó a correr detrás del él, sonriendo ante la libertad que le produjo el sentir sus piernas estirarse y la sangre llenar cada espacio de su cuerpo. El chico se giró para mirarla sin dejar de correr, los ojos castaños temerosos se encendieron al verla, pero no se detuvo, con una sonrisa traviesa que reflejaba la de Mirla siguió corriendo hasta llegar a la torre y sin esperar saltó hacia las losas desprendidas y comenzó a escalar.

La joven se detuvo ante la pared de piedra verdosa, Bran ya estaba a un par de metros de distancia, sus manos y pies uniéndose a los espacios entre las rocas y las salientes como si no lo costará trabajo.

—¿Cómo se siente? —. Preguntó y el niño dejó de escalar para mirarla, castaño contra castaño. Bran no tenía los ojos llenos de miedo o desagrado como los demás, sus orbes del mismo tono que los de ella parecían atravesarla completamente, mirar más allá de su piel y sus faltas y llegar hasta ese fondo que parecía solo pertenecerle a su hermana.

Y en ciertos momentos a Jon cuando la miraba aún a pesar del frío desagrado.

Bran abrió la boca varias veces, pero nada salió.

—¿Qué se siente estar arriba? —. Mirla recargó las manos en la pared fría y sintió las vibraciones del viento que atravesaba la vieja construcción.

—Fabuloso— Sonrío Bran girándose para seguir subiendo, pero mucho más lento que antes —Soy libre ahí —. El aire se quedó atorado en su garganta, una imagen se dibujó en su mente, la libertad de poder mirar el mundo por encima, sentir el aire revolotear sus cabellos y tan lejos de los hombres que nadie pudiera percibirla.

—Me gusta eso —. El niño volvió a detenerse, sus manos lo sostuvieron sin problemas, con tanta fuerza que Mirla creyó podría quedarse en esa posición todo el día.

—¿Quieres subir? —.

Ambos se miraron fijamente, desde arriba Bran observó los ojos de la chica abrirse con sorpresa, sombras extrañas bailaron en el mar café de su mirada. Después de retirarse brillaban con tanta fuerza que el niño sonrío y Mirla le correspondió la sonrisa.

—¿Me enseñarás? —. Bran asintió aun sonriendo y ella se arremangó las faldas del vestido para subir los pies en el peldaño, pero antes de poder hacerlo la voz del jefe del establo la llamó.

—¡Niña! ¡Necesitamos esos caballos ahora! —. Mirla miró hacia arriba al niño castaño que le regresaba el semblante decepcionado.

—Tal vez — Le dijo tan alto como podía para que la escuchara —Otro día puedas enseñarme —.

—Claro —. respondió Bran sonriendo con tristeza.

Mirla regresó a los establos con el corazón extendido, los ojos castaños de Bran la siguieron en todo el camino hasta que desapareció dentro de la estructura de madera. Los caballos que quedaban estuvieron atentos a sus movimientos, siguiéndola mientras les aseguraba las sillas y cepillaba el pelo de los costados, revisó sus herraduras con precaución; un caballo que no llevará bien las herraduras era un caballo que duraría poco tiempo en el camino. Sudor corría por su cuello y brazos, el vestido se le enredaba en las piernas mientras se movía pesadamente y Mirla lo odiaba, prefería las ropas cómodas de sombra, hechas específicamente para darle movimiento y protección, con un suspiro la joven dejó otro fardo en el piso cercano a la pared de piedra en la parte más escondida del establo, ayer por esa misma hora el sueño del calor la había sorprendido.

Era tan caliente como el fuego.

Sí, pensó, era tan caliente que podía sentirlo emanar de la tierra. Se colocó encima del mismo lugar donde había caído dormida, pero nada paso, el ambiente estaba sofocando y aún tenía sudor resbalándose por cada parte del cuerpo, pero era por el trabajo y el calor que los caballos emanaban, el establo estaba bien recubierto para evitar que el frío molestara mucho a los animales, claro que los norteños apenas si se quejaban cuando salían. Pero, el calor del día anterior se había desvanecido por completo.

Quizá fue todo un sueño.

No había razón para que no fuera, recordó las imágenes de su tierra encendida, los edificios, las plazas y las personas, todo se veía igual a pesar de fuego que las cubría ¿Significaba algo más? ¿Algo por venir? No parecía, un escalofrío le recorrió la espalda de solo pensarlo. Sertia y ella habían tenido que huir de aquel terrible lugar para luchar por la mediana libertad que ahora tenían, pero, aun así, ambas pertenecían ahí, a esas calles y a esos miedos.

Una sombra no deja de serlo.

Nunca, pero por ahora no era tiempo de romperse la cabeza pensando en eso, por ahora solo importaba su hermana y las miradas frías que podía recibir de Jon.

Mirla no había visto al chico en toda la mañana, no era lo que más deseaba a pesar de que su corazón se alborotara como un ave de solo imaginarlo, tampoco se había cruzado con el hombre pequeño, el otro hermano de los Lannister. Les agradecía a los dioses (quiénes fueran) y al destino por eso, lo que menos necesitaba era encontrarse con alguno de los dos, sentir esas miradas inquisidoras que la reconocían por haberla visto débil y temblorosa. La voz de su padre dentro de su mente la reñía a mantener lo poco que quedaba de dignidad y tener un mal encuentro con los ojos gris oscuro de Jon no iba a ser la mejor manera de hacerlo.

Terminó de acomodar los fardos y se giró para salir, necesitaba aire y buscar a su hermana, al menos verla desde la distancia, el frío de la soledad que sentía con más fuerza desde la noche pasada la había vuelto más dependiente de Sertia quien era su sol personal, solo con verla sabía que debía intentarlo, levantarse y vivir por ella.

Afuera el viento de la tarde hacia danzar las hojas de los árboles cercanos, la brisa era más fría que el día anterior pero soportable. Mirla la recibió con gusto, levantando sus codos para que la brisa secara los rastros de sudor en los pliegues de su ropa, el patio estaba lleno de personas que iban y venían con sus labores y ventas, un par de ellas la miraron de reojo cuando pasaron y la joven se dedicó a ignorarlos, sabía que estarían mirando su cicatriz y lo dejó pasar.

Cuando vio a un par de hombres salir corriendo por la puerta principal siguiendo a otro grupo el vello de su nuca se erizó, no sabía a qué se debía el repentino alboroto, pero en su interior algo se sintió fuera de lugar, otro grupo de mujeres y hombres corrieron desde el castillo y pasaron junto a ella, dos mozos que también ayudaban en el establo se detuvieron a su lado sin mirarla, ambos con los ojos fijos en la puerta y las mandíbulas apretadas. Mirla apretó los puños y espero hasta que su corazón latió con lentitud, un par de mujeres entraron con las manos cubriendo sus rostros y la cabeza gacha.

Oh destino, no ahora por favor.

La chica había visto el mismo semblante miles de veces, la muerte siempre engalana a sus visitantes con esos adornos, esa piel pálida y esos ojos desorientados, las lágrimas también si era necesario.

Una sombra nunca deja de servir a la muerte.

La había encontrado, mucho antes que cualquiera de sus hermanos o sus enemigos la muerte la había encontrado, un aire frío le subió por las pantorrillas hasta rozar sus muslos, era la bienvenida de una vieja amiga y la castaña sintió que el aire se le quedaba atascado en el pecho.

—¿Qué ha pasado? —. preguntó a los dos mozos que se habían detenido junto a ella, parecían sorprendidos de su voz, pero si sintieron miedo o repugnancia no lo demostraron.

—No sabemos, debió ser algo grave, tal vez algún desertor —.

No, le respondió esa voz oculta en su interior, aquello iba más allá de un desertor anónimo.

Otro grupo mucho más grande de personas entraron, llevaban consigo un bulto pequeño en una camilla, Mirla los siguió con la mirada y su mente le dio vueltas a la imagen. Una torre abandonada le llenó los pensamientos, pero aplastó con fuerza el presentimiento, no podía ser, no eso.

Detrás de ellos el mayor de los hijos Stark caminaba con pasos inseguros, Theon Greyjoy también caminaba con él, pero su aspecto era menos digno que el de su compañero. No eso no. Otros hombres se movieron con ellos hasta la entrada del castillo donde el grito de Lady Stark los hizo saltar a todos, No destino por favor, que no sea eso.

La joven quitó la mirada de la imagen oscura que le reflejaba la puerta entreabierta del castillo por donde antes había pasado el bulto pequeño para volver a mirar la puerta, el jefe de los establos estaba ahí, con el ceño fruncido y los ojos turbios, discutía con otros ojos oscuros y fríos. Jon parecía congelado en su lugar, la mandíbula apretada y los puños cerrados, lucía diez años más viejo e irradiaba una furia que, a pesar de la distancia, la envolvía.

Cuando los ojos del jefe se encontraron con los suyos, relámpagos la encontraron, los dos hombres (Jon no era más que un niño, pero su aspecto le hacía lucir como igual) susurraron y ambos la miraron. Inseguridad repto por su espalda y la misma brisa que le había acariciado los muslos le envolvió el estómago, se dirigieron a ella con la vista clavada en su figura. Respira Mirla, piensa rápido, no veían a hablar, su porte seguro y dominante se lo decía y el peso de un miedo pequeño que le arañaba el pecho.

Una sombra siempre tiene control sobre su cuerpo, una sombra no teme, una sombra analiza.

Dos hombres son fáciles de derribar, pensó mientras separaba los tobillos y relajaba los hombros, vendrían más cuando el alboroto se escuchará, pero quizá tendría oportunidad de llevarlos a los establos y así ganar tiempo para Sertia. Los ojos de Jon eran invierno helado, el mismo frío que le consumía las entrañas, pero ella era una sombra, aún con el estúpido vestido, no había nada más peligroso, más terrible ¿Cuántos hombres habían muerto en sus manos? Demasiados para contar.

Ninguno de los dos tenía armas a la vista lo que le dio la ventaja, sin armas esos hombres bien podían haber sido niños, aunque ella había visto los entrenamientos del joven y sabía que era rápido y sus golpes certeros y fuertes, solo tendría que evitarlo, sería más fácil si pudiera hacerlo caer y tenerlo en el suelo por algunos segundos, en aquella posición no sería capaz de atacar o defenderse, casi ningún caballero podría hacerlo en tal situación y menos si se enfrentaba con una sombra.

Piensa como una.

Eso le habían dicho sus entrenadores siempre, tenía que pensar como una sombra y ahora lo estaba haciendo, su frío estómago se volvió nudo. Todo este tiempo huyendo de su pasado, del lugar que la había formado, renegando de cada enseñanza y lección, negándose a volverse lo que ellos habían trabajado tanto en hacer realidad. La mejor de todos, siempre por encima, el destino de su padre y el de ella, sin embargo, apenas sentía la mínima seña de peligro y todos sus sentidos gritaban su naturaleza.

El ambiente se volvió oscuro a su alrededor mientras se enfocaba en los pasos que faltaban para que los nombres llegaran a su lado ¿Cuál era su intención? No lo sabía, pero el mal presentimiento que le había recorrido la mente, el bulto pequeño y el grito de Lady Stark le daban una idea, una que apenas lograba formarse concretamente la desechaba, no podía ser porque aún el destino que la marcó para siempre en su mejilla no podría ser tan terrible con alguien que no lo merecía. Ella estaba condenada desde su nacimiento, pero él… no Mirla detuvo sus pensamientos, si tan solo lo pensaba podía volverse realidad y ella no iba a tomarse ese riesgo, el niño no lo merecía.

—Niña —. El jefe de los establos clavo sus ojos pálidos en ella, los dos mozos a su lado se retiraron un poco, lo suficiente para saber que no se dirigían a ellos, pero dispuestos a escuchar de que trataría la disputa. Mirla respiró profundamente concentrándose en el momento.

Actúa siempre rápido, antes de lo calculado por los demás.

—Señor —. La joven bajó su cabeza lo suficiente para mostrar respeto y sus ojos viajaron por el rostro de Jon rápidamente. No escuches el latido de tu corazón, concéntrate.

—¿En qué momento has entrado? —. Mirla sopesó su respuesta un momento inclinando su rostro, la cicatriz en la mejilla le ardía levemente en las esquinas advirtiéndole.

—Cuando me llamó, Señor —. Jon a espaldas del hombre cruzó los brazos sobre el pecho, parecía mucho más alto ahora que antes y la imagen le causó cosquillas en el vientre.

—¿Quién estuvo contigo? —. Mirla se encogió de hombros al escuchar la pregunta, nunca nadie se quedaba dentro de los establos cuando ella se encargaba de los caballos, los mozos salían siempre llenos de temor y asco.

—Nadie señor, estuve limpiando y preparando los fardos tal como usted…—.

—Mentira —. Interrumpió Jon con los ojos tan oscuros como la noche. Brillantes de odio e irá, prepárate.

—Pero…—.

—Estuviste ahí, con él . Mirla lo miró fijamente, por un instante sintió el aire frío golpear sus mejillas y los ojos castaños amables que la miraban desde arriba. ¿Quieres subir?

—No entiendo-. Respondió, aunque su corazón lo entendía perfectamente. Por favor, rogó.

—Niña, necesitamos que vengas con nosotros, algo ha ocurrido —. El jefe del establo se acercó lentamente y colocó su mano en su espalda. El toque era inofensivo, pero su cuerpo se tensó de inmediato.

—¿Por qué? —. Jon se acercó a ella también causando estragos en el latir de su corazón. Con violencia la tomó del brazo, aparentando tanto como podía, Mirla ignoró el dolor que se disparó por su piel porque el calor que le producía el contacto era mucho más fuerte. Sus dedos era largos y ásperos, por la espada y el arco y le causaban un cosquilleo en el vientre que por un momento sobrepasó todo lo demás.

¿Cómo se atrevió? La voz de su padre la regresó a la realidad y escucho fuera de sí el tono seco en que Jon le habló.

—Porque estuviste ahí con él —. Mirla se sacudió su agarre con facilidad sorprendiendo al joven, sus ojos negros iracundos precavidos la miraron fijamente desviándose levemente a la cicatriz en su mejilla.

—No sé de qué hablas —. Mentirosa, lo sabes muy bien.

—Calma, calma — Dijo el hombre con sus manos extendidas, Mirla confiaba más en su control que en el de Jon —Queremos saber qué fue lo que hiciste con el joven Bran —. sonrío falsamente, pero sus ojos parecían serenos.

—¿Bran? —. La tierra debajo de sus pies tembló y un zumbido le llenó los oídos.

—El joven Bran ha tenido un accidente —. Su voz sonaba lejana y el viento en su cabeza aumentó, no podía ser, no él.

Por favor no.

—No entiendo —. dijo Mirla y la piel de su mejilla se estiró con dolor. Los ojos castaños del niño habían sido dulces con ella, como los de su hermana, inocentes y amables.

¿Quieres subir?

Sí, pensó, debí subir contigo.

—Cayó —. Respondió Jon y aprovechándose de su turbación la tomó del brazo de nuevo sin encontrar resistencia, la chica tenía los ojos perdidos y parecía más una niña que una asesina.

—Él nunca cae —. susurró Mirla, pero era demasiado tarde, la realidad se había consumado a pesar de sus pensamientos. La muerte había venido a ella de nuevo reclamando su servicio, su adoración y su cuerpo. El destino y el pasado que la perseguían desde siempre parecían burlarse desde las esquinas del castillo, acunados por la oscuridad y las sombras de la tarde.

Antes de consumirse en ellas escuchó la voz de su padre baja como una serpiente.

Muerte es lo único que rodea a una sombra.